El aullido y el lamento - Capítulo 57
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57: El Renacer de la magia 57: El Renacer de la magia A la mañana siguiente, un aroma familiar me sacó del sueño.
Agudo, metálico.
Abrí los ojos de golpe y noté que mis sentidos estaban agudizados como antes del ritual.
Olía a sangre.
A mi lado, Samara también se despertó de golpe, incorporándose con una urgencia que me heló la piel.
—Siento la muerte —dijo de inmediato, su voz tensa, sus ojos fijos en la bruma del lago.
El alboroto despertó a Diana, que se asomó desde su saco de dormir.
—¿Qué está sucediendo?
—preguntó, frotándose los ojos.
Vio que ambos estábamos de pie, concentrados, buscando el origen de nuestras percepciones.
Siguió nuestra mirada hacia el bosque de pinos y ahogó un grito.
De entre los árboles emergió un ciervo.
Cojeaba, acercándose a la orilla del lago, y de su costado sobresalía el fuste de una flecha.
—Oh, no…
—susurró Diana, y en su voz escuché el eco de un dolor genuino.
Dio un paso instintivo hacia adelante, deteniéndose a medio camino, sus manos apretadas en puños a los costados.
Las lágrimas brillaban en sus ojos, pero no caían—.
Sé que estas cosas pasan, es el ciclo que acabamos de presenciar…
pero detesto verlas.
Detesto el miedo en sus ojos.
Vi cómo su tristeza luchaba contra su instinto protector.
La empatía del Therian no era una debilidad, sino una brújula.
Su mandíbula se tensó.
—Llorar no lo ayudará —dijo, su voz ahora firme, despojada de toda dota de lágrima—.Podemos asegurarnos de que muera en paz.
Vayan con por el por favor, yo veré si el cazador sigue cerca.
Mientras no sepamos si es humano o criatura…No debe vernos.
Su tristeza no se había ido; se había transformado en determinación.
En un parpadeo, su cuerpo se deshizo en un remolino de energía y plumas rojizas.
Donde antes estaba ella, ahora un águila majestuosa batía sus poderosas alas, elevándose en silencio y desapareciendo entre las altas copas de los árboles.
Su vuelo no era de huida, sino de vigilancia.
Era la guardiana de ese momento sagrado.
Samara y yo nos acercamos lentamente al ciervo herido, que nos miraba con ojos grandes y asustados.
La sensación en el aire era innegable: una convergencia de vida, muerte y magia.
—¿Lo sientes, Samara?
—le pregunté, mi voz grave—.
Diana tenía razón, ya no hay vuelta atrás.
—Sí, Víktor, lo siento —respondió, su mirada fija en el animal—.
Debemos ayudar.
—Toma mi mano, Samara.
Ella lo hizo.
La conexión fue instantánea, una explosión de energía que recorrió nuestros cuerpos.
La magia no solo había despertado.
Estaba presente, más viva que nunca.
Ambos nos arrodillamos frente al ciervo herido.
Enterré mis dedos en el suelo musgoso del bosque y la transformación comenzó.
El licántropo estaba volviendo.
Sentí mi piel arder mientras un pelaje negro y denso brotaba de ella.
Mi rostro se alargó, mis dientes se afilaron, dando paso a un hocico.
Al completar la transformación, rugí: un aullido gutural en un tono muy bajo, casi imperceptible para el oído, pero la tierra lo escuchó.
En mi forma de licántropo, la conexión era mas difícil, había mucho ruido en mi cabeza, como pude me concentre.
Enterré mi mano en el suelo frio y proyecte la calma de los latidos de mi corazón, estos llegaron al siervo calmando el suyo Samara, a mi lado, sintió la inminencia de la muerte.
Su cuerpo se volvió translúcido, sus ropas casuales se deshicieron en volutas de niebla, dejando atrás un vestido blanco a modo de velo espectral.
Su cabello perdió sus tonalidades castañas, convirtiéndose en hilos de seda plateada que flotaban a su alrededor.
Sus ojos verdes brillaron con una intensidad renovada.
Ya convertida, puso su mano sobre el lomo del ciervo.
No percibió solo la muerte; percibió su vida.
La tranquilidad con la que solía pastar por estas tierras, la tristeza al sentirse herido, y finalmente, la aceptación de un final, proyecto esas imágenes de calma en la mente del siervo.
Samara entonces liberó un lamento.
Pero no era el grito de terror de antes.
Era una melodía hermosa, una canción de cuna espectral cargada de empatía y paz.
Jamás se había escuchado así.
El aullido espectral se había manifestado una vez más, esta vez en un acto de misericordia y con un sonido lleno de compasión.
Bajo su tacto y mi presencia, el ciervo exhaló por última vez y murió en calma.
El bosque mismo pareció responder a nuestro acto.
Hojas secas y raíces tiernas emergieron de la tierra, envolviendo suavemente el cuerpo del animal, cubriéndolo por completo y dándole un lugar de descanso eterno bajo el suelo del que una vez se alimentó.
Diana, en su hermosa forma de águila, regresó y se posó frente a nosotros.
Por primera vez, los tres compartíamos el mismo lugar en nuestra forma natural de criatura, sin máscaras.
Era un momento de comunión, poderoso y sagrado.
La energía en viento era palpable, mi nueva percepción captaba vibraciones de la naturaleza, había una fuerza increíble, un vínculo recién forjado pero irrompible entre los tres.
Samara fue la primera en adoptar su forma base, la niebla espectral se replegó sobre sí misma hasta que su cuerpo recuperó su solidez y sus ropas volvieron a la normalidad.
Diana le siguió, su transformación fue un remolino de plumas que dio paso a su figura de siempre.
Yo relajé mis músculos y permití que el licántropo se retirara, volviendo a mi forma base.
Sin embargo, mis ropas, incapaces de soportar la transformación, estaban en el piso completamente rasgadas.
Obligándome a cubrir mi cuerpo desnudo con las manos.
Diana, que se había girado para mirarme, soltó un gritito agudo y se volteó de inmediato, cubriéndose los ojos con las manos, aunque no pude evitar ver cómo espiaba entre sus dedos.
—¡Víktor!
¡Por todos los dioses, para eso servían las clases de evanescencia!
—exclamó, con la cara completamente roja—.
¡Si pusieras un mínimo de atención, sabrías cómo materializar ropa con tu transformación, igual que nosotras!
¡Sam!
¡Vístelo ya, por favor!
¡Es indecente!
Samara soltó una carcajada, un sonido claro y liberado que rompió la solemnidad del claro del lago, haciendo que un par de pájaros cercanos alzaran el vuelo, asustados.
Se acercó a mí con una lentitud deliberada, disfrutando claramente de la situación y del pánico de Diana.
—Tranquila, Diana, no es nada que no haya visto antes —dijo, deteniéndose frente a mí y guiñándome un ojo, antes de añadir en un susurro que solo yo pude oír—: Aunque, ciertamente, la vista nunca cansa.
Se acercó a mí con una sonrisa traviesa.
—Bueno, Von Wolf…
parece que sigues necesitando que te cuide.
Quédate quieto.
Una delicada niebla plateada emanó de sus manos, envolviéndome.
La niebla se arremolinó a mi alrededor, fresca y ligera, antes de solidificarse en una copia perfecta de la ropa que llevaba antes: mis jeans, mi camisa…
todo.
—Gracias —murmuré, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Cuando quieras —respondió, dándome una palmadita en el pecho.
Al escucharnos, Diana volteó a vernos —Chicos, bajo sus pies, ¿qué es eso?
— Preguntó extrañada.
Aun con el rubor en las mejillas por la imprudencia de diana, miré hacia el suelo.
No lo podía creer.
Donde yo había estado arrodillado, un fino y brillante polvo plateado cubría el musgo, resplandeciendo suavemente bajo la luz de la mañana.
Polvo de luna.
El renacer del licántropo había generado una explosión de la esencia en su forma más pura.
Samara miró a sus pies.
De la tierra húmeda, donde ella había canalizado su poder, brotaban unas delicadas raíces negras que parecían absorber la luz.
—Mi lamento…
—susurró, con asombro— Fue el primero sin dolor, sin miedo.
El primer grito de muerte lleno de paz…generó en el bosque raíces de lamento.
Sin dudarlo, saqué los frascos ahora vacíos de las pociones de Thörne y, con cuidado, llené uno con el polvo de luna y el otro con las raíces.
—De seguro el viejo se va a sorprender más que nosotros —dije con una sonrisa.
—No dejan de sorprenderme, chicos —dijo Diana, genuinamente impresionada.
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