El aullido y el lamento - Capítulo 58
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58: Conexión 58: Conexión Diana nos miraba aun sonriente.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
Ya no hay más puntos en el mapa, su magia ha vuelto y las clases aún no se reanudan.
Aún tenemos unos días libres…
Samara y yo intercambiamos una mirada.
Ya no había dudas ni miedos en ella, solo una calma que se sentía como un hogar.
—Thörne y la universidad pueden esperar unos días más —respondí, guardando los frascos— Creo que nos hemos ganado una cena de celebración.
Una de verdad, sin salchichas quemadas en una fogata.
—Estoy de acuerdo —dijo Samara, tomando mi mano—.
Volvamos a Whitepine.
Pero esta vez, no como fugitivos o como pacientes.
Volvamos para celebrar.
Diana dio un saltito de alegría.
—¡Perfecto!
¡Oí que hay un lugar que vende el mejor pastel de bayas de la región!
¡Será nuestra recompensa por desatar nudos mágicos!
Mientras guardábamos las últimas cosas, me detuve un momento para mirar el lago una última vez.
El velo de niebla se había disipado por completo, y la superficie del agua reflejaba el azul intenso del cielo sin una sola onda.
Ya no era un lugar de duelo, sino de calma.
Un silencio que ya no era pesado, sino pacífico.
Por primera vez, sentí que mi propio interior reflejaba esa misma quietud.
Samara se paró a mi lado, siguiendo mi mirada.
No dijo nada, solo deslizó su mano en la mía.
A lo lejos, la voz de Diana nos sacó del trance.
—¡Vamos, tortolitos!
¡Ese pastel de bayas no se comerá solo!
Apreté la mano de Samara, y ella me devolvió el gesto.
Nos giramos, dejando atrás el lago y los ecos del pasado, y caminamos hacia el futuro que nos esperaba en el pueblo El viaje de regreso al pueblo fue mucho más silencioso que el de ida.
Dejábamos atrás el lago sagrado y los bosques antiguos para volver a las calles familiares de Whitepine.
El mapa, ahora un simple pergamino en blanco descansaba en la guantera como un recuerdo de nuestra odisea.
Fue Diana quien rompió la calma, su voz apenas un murmullo desde el asiento trasero.
—Chicos…
¿puedo confesarles algo?
Samara se giró en su asiento para mirarla, su expresión suave y atenta.
—¿Estás bien?
—Sí, es solo que…
me siento un poco celosa —admitió, y el peso de esa palabra pareció sorprenderla incluso a ella—.
No de una mala manera.
Es solo que…
quisiera encontrar un amor como el de ustedes.
Uno dispuesto a todo, incluso a romperse y sanar…juntos.
Yo no he tenido algo así.
Hizo una pausa, mirando el paisaje montañoso pasar por la ventana.
—Sé que algunos chicos en la universidad me tachan de torpe y despistada.
La verdad no me molesta, ellos se lo pierden.
Solo…
es incómodo que lo digan en voz alta.
Samara se estiró y le apretó la mano por encima del asiento del coche.
—Eres la persona más genuina y tierna que conocemos, Diana.
Cualquiera que no vea eso es un idiota.
—Tiene razón —añadí, encontrando la mirada de Diana en el espejo retrovisor ——Eres como un vendaval de energía, a veces un caos, sí, pero eres la energía más pura y valiente que he conocido.
No tienes nada de torpe.
La sonrisa de Diana fue pequeña, pero sincera y llena de gratitud.
—Los quiero chicos— dijo diana en voz baja.
—Y nosotros a ti —respondió Samara, apretando su mano.
El resto del viaje transcurrió en un silencio cómodo, el de tres personas que ahora se entendían sin necesidad de tantas palabras, unidas por la aventura que acababan de compartir.
Al llegar de nuevo a Whitepine, la sensación era de volver a casa, aunque fuera una temporal.
La misión había terminado, pero nuestras vacaciones aún no.
Los siguientes días se sintieron como respirar por primera vez después de haber estado bajo el agua demasiado tiempo.
Libres de la presión de los ecos y los nudos mágicos, nos dedicamos a la misión más importante de todas: no hacer absolutamente nada de provecho.
Diana nos arrastró de nuevo a “El Castor Curioso”, pero esta vez como una experta curadora de un museo.
—Observen —dijo, sosteniendo un patito de hule con una seriedad digna de un catedrático—.
Los humanos han creado una criatura anfibia, inmune al agua y que chilla cuando la aprietas.
Es el guardián perfecto para sus rituales de limpieza.
¡Ingenioso!
Samara y yo intercambiamos una mirada de pura diversión.
La fascinación de Diana por la simplicidad humana era contagiosa.
Terminamos comprando las gafas de sol más ridículas que encontramos y las usamos durante todo el día, posando para fotos imaginarias que Diana insistía en “guardar en su memoria”.
Por la tarde, encontramos una pequeña feria local.
Mientras Diana intentaba en vano ganar un peluche gigante en un juego de lanzar aros, Samara me retó a subir a la rueda de la fortuna.
—¿No te dará miedo estar tan alto sin poder convertirte en un lobo gigante para amortiguar la caída?
—bromeó, sus ojos brillando.
—Contigo aquí, creo que puedo arriesgarme…y no soy un lobo— respondí, apretando su mano.
Desde lo alto, con el viento fresco en el rostro y las luces del pueblo extendiéndose bajo nosotros, el mundo de la magia ancestral se sentía a un millón de kilómetros de distancia.
Las noches eran aún mejores, pasaban entre juegos, chismes y platicas sin fin, los tres dormíamos en la misma habitación, yo en un par de cobijas en el piso y las chicas en la cama.
Pasamos una de esas noches intentando descifrar las reglas de un juego de mesa humano que Diana había comprado.
Se llamaba “Clue”.
—¡Absurdo!
—declaró Diana después de una hora—.
Si la coronel Mostaza fuera una therian, se habría transformado en un halcón y visto al asesino desde el techo.
¡Caso resuelto en dos minutos!
¿Por qué los humanos complican tanto todo?
Samara, que estaba perdiendo, le arrebató una carta.
—Quizás porque disfrutan del misterio, Diana.
Y porque tú haces trampa.
Entre acusaciones de trampas, risas y el caos de piezas de juego esparcidas por la alfombra, me recosté y simplemente las observé.
Vi a Samara reír hasta que le dolía el estómago, a Diana gesticular dramáticamente sobre una injusticia en el juego, y me di cuenta de que este era nuestro verdadero eco.
No el de la magia, sino el vínculo.
La alegría.
La última noche, volvimos al viejo salón de baile.
Esta vez, cuando la música sonó, no dudé.
Tomé la mano de Samara y la guie a la pista.
Mis pies seguían siendo igual de torpes, pero ya no me importaba.
Pisé su pie de nuevo, y ella se rió, apoyando su cabeza en mi hombro mientras seguíamos moviéndonos lentamente.
No había espectros ni aullidos.
Solo nosotros, en un salón mundano, rodeados de luces cálidas y música suave.
Y, aun así, algo en ese momento se sentía profundamente mágico.
Cuando la canción terminó, Samara se separó con una sonrisa tranquila.
Me giré hacia Diana, que nos observaba desde una mesa con los ojos brillantes de emoción.
—¿Me concedes esta pieza, Therian?
—pregunté, extendiendo la mano con una reverencia exagerada.
Diana se levantó de un salto, divertida.
—¡Pensé que nunca lo pedirías!
El siguiente baile fue un caos.
Diana giraba demasiado rápido, yo intentaba seguirla, y en algún momento casi derribamos una silla.
Nos reímos tanto que la música parecía acompañarnos en lugar de guiarnos.
No había ritmo, pero había alegría.
No había técnica, solo algo parecido a un baile.
Samara no paraba de reír mientras nos observaba de cerca.
Cuando la canción terminó, Diana se giró hacia Samara y le ofreció la mano.
Samara la miró con sorpresa, luego con ternura, y aceptó.
Las dos comenzaron a bailar juntas.
En su baile no había caos, eran dos almas que habían compartido dolor, risas, secretos y silencios.
Sus movimientos eran suaves, sincronizados, casi hipnóticos.
Me quedé a un lado, viendo cómo se movían.
Cómo se miraban.
Cómo se reían.
Y entonces lo sentí.
No fue un hechizo, algo vibraba en el aire, el vínculo se fortalecía, nosotros nos fortalecíamos, una conexión íntima y real nos envolvía.
En ese momento, rodeado de música, y risas supe que habíamos sanado más en esos pocos días de “normalidad” que en todo nuestro viaje mágico.
Estábamos listos para volver.
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