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El aullido y el lamento - Capítulo 59

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  4. Capítulo 59 - 59 Reconstrucción
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59: Reconstrucción 59: Reconstrucción El viaje de regreso a ULTIMA fue melancólico en el mejor de los sentidos.

El sol se ponía a nuestras espaldas, pintando el cielo de colores cálidos mientras dejábamos atrás los días de libertad en Whitepine.

La risa y la ligereza del pueblo dieron paso a un silencio cómodo, el de quienes regresan a casa con una nueva perspectiva.

A medida que el coche se adentraba de nuevo en el perímetro del Bosque Oscuro, sentí cómo el aire cambiaba.

Se volvía más denso, más antiguo, cargado con el peso de la magia.

Antes, este cambio me habría puesto en alerta, habría despertado el instinto de la bestia.

Ahora, mi nueva conexión con la naturaleza me permitía sentirlo de otra forma: no como una amenaza, sino como el abrazo familiar de un poder ancestral.

Samara miraba por la ventana, su rostro tranquilo, sus ojos verdes ya no veían un lugar de tragedia, sino simplemente un bosque.

Diana, en el asiento trasero, estaba inusualmente callada, su habitual torbellino de energía calmado por el cansancio y la reflexión.

Regresábamos diferentes.

Más fuertes, más unidos y, de alguna manera, más completos.

Al llegar al campus, la mayoría de los estudiantes aún no había vuelto.

Los pasillos de piedra estaban tranquilos, casi desiertos, y un aire de calma perezosa flotaba sobre el lugar.

Caminar por ellos se sentía extraño.

Recordaba haberlos recorrido lleno de una furia contenida, y más tarde, con el peso del duelo.

Ahora, con Samara a un lado y Diana al otro, se sentían simplemente como un camino a casa.

—Bueno, chicos, yo necesito una siesta de al menos doce horas —anunció Diana, estirándose en cuanto nos detuvimos—.

Toda esa felicidad humana es agotadora.

¡Nos vemos mañana!

Con un bostezo, se despidió y se dirigió a su dormitorio, su figura desapareciendo en la penumbra del corredor.

Samara y yo nos quedamos solos en el patio, la luz de la fuente mágica bañándonos en un resplandor plateado y silencioso.

—¿Te acompaño?

—le pregunté.

Ella negó con la cabeza, sus ojos verdes encontrando los míos en la penumbra.

—Quiero ir a tu habitación.

Su petición fue simple y directa, pero cargada de un significado que hizo que mi corazón se acelerara.

Asentí y caminamos en silencio hacia mi dormitorio.

Con cada paso, sentía un nudo de nerviosismo formándose en mi estómago.

No sabía cómo reaccionaría.

No sabía si entendería lo que había intentado hacer durante la semana que estuvimos separados.

La reconstrucción no había sido solo un trabajo manual; había sido una declaración, una promesa que no me había atrevido a hacer con palabras.

Al abrir la puerta, me detuve para dejarla pasar primero, mi respiración contenida.

Samara entró y se quedó inmóvil en el umbral.

Sus ojos recorrieron la habitación lentamente, absorbiendo cada detalle con una quietud que me puso los pelos de punta.

Vio el marco de la cama, que había reconstruido torpemente con madera nueva y clavos que no estaban del todo rectos.

Vio el armario, con la puerta de nuevo en sus bisagras, aunque ligeramente desnivelada.

Vio los libros, apilados en perfecto orden sobre el escritorio.

Su mirada no se detuvo en la imperfección de mi trabajo, sino en el esfuerzo.

Lo supe por la forma en que sus hombros se relajaron, por el casi imperceptible temblor de sus labios.

No estaba perfecto.

Las cicatrices de la destrucción aún eran visibles en la madera reparada, en las marcas del suelo.

Pero estaba completo.

Estaba en orden.

Vi cómo sus dedos rozaban suavemente el poste de la cama, trazando la veta de la madera nueva, sintiendo el trabajo de mis manos.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

Se giró para mirarme, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa, ternura y un profundo entendimiento que me liberó de toda la ansiedad.

Se acercó a mí, cerrando el poco espacio que nos separaba.

Sus manos subieron hasta mi pecho, y apoyó su frente en el mío.

Sentí su respiración, cálida y tranquila, y el nudo en mi estómago se deshizo.

Lo había entendido.

—Lo hiciste —susurró, y en esas dos palabras escuché admiración, alivio y algo parecido al orgullo.

—¡¿Qué hicieron para destrozar la habitación en primer lugar?!

La voz de Diana, cargada de una sonrisa traviesa, rompió el hechizo.

Samara se separó de mí de inmediato, y yo me giré con lentitud.

Ambos enrojecimos al mismo tiempo, como si nos hubieran atrapado cometiendo el crimen original de nuevo.

Diana estaba en la puerta, mirándonos con una mezcla de curiosidad y diversión.

—¿Por qué no estás dormida?

—preguntó Samara, cruzándose de brazos, aún con las mejillas encendidas.

La sonrisa de Diana vaciló.

Bajó la mirada, y cuando la alzó, había una sinceridad vulnerable en sus ojos.

—Me siento sola —dijo, encogiéndose de hombros—.

Es que…

allá éramos ‘nosotros’.

Un equipo.

Y aquí…

aquí solo soy yo, en mi habitación, y ustedes en la suya.

El silencio es demasiado ruidoso, ¿saben?

Supongo que después de todo lo que vivimos en el pueblo…

volver aquí me hace sentir un poco vacía.

Su confesión desarmó por completo la tensión.

Intercambié una rápida mirada con Samara, una pregunta silenciosa que ella respondió con un casi imperceptible asentimiento.

Era una decisión compartida.

Me acerqué a Diana con una sonrisa suave, sin rastro de sarcasmo.

—Pasa —le dije—.

Antes de que algún otro alumno nos vea y tenga que dar explicaciones incómodas.

Además, después de esos últimos días en el pueblo…

incluso extrañaría no dormir en el piso.

Diana sonrió, aliviada.

Entró despacio, sus ojos recorriendo la habitación reconstruida, no con la curiosidad de antes, sino con una nueva comprensión.

Se detuvo un momento, observando la madera nueva, las marcas de mis herramientas.

Entendió que no solo había reparado un mueble, sino que había estado sanando una herida.

—Ustedes usen la cama —añadí, señalando el colchón reparado—.

Debería aguantar el peso de ambas sin problema.

Samara me miró, y en sus ojos vi una ternura y una complicidad tan profundas que sentí cómo algo se asentaba en mi pecho.

Era la sensación de estar exactamente donde debía estar.

Diana se dejó caer sobre el colchón con un suspiro exagerado, estirando los brazos como si fuera su nuevo trono.

—¡Esto es mucho mejor que dormir sola!

—exclamó.

Me acomodé en el suelo, usando una manta doblada como almohada.

El suelo estaba duro, pero no me importaba.

Samara se sentó en el borde de la cama, y Diana, ya medio dormida, se acurrucó a su lado, buscando su calor instintivamente, como si siempre hubiera pertenecido allí.

Aún faltaba un día para volver a clases.

Yo ya estaba disfrutando de nuestra nueva normalidad.

Y a juzgar por la pequeña sonrisa en el rostro de Diana y la expresión serena de Samara mientras sus párpados se cerraban, ellas también lo hacían.

Éramos tres almas cansadas encontrando refugio en el lugar más inesperado: un dormitorio reconstruido, un nido improvisado, un hogar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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