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El aullido y el lamento - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 El primer encuentro
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6: El primer encuentro.

6: El primer encuentro.

—Mi armario, mi cama… mis reglas —susurré, con una voz baja y rasposa, cargada con el tono del licántropo que acababa de despertar.

Samara sonrió.

Fue una sonrisa pequeña y absolutamente feral, la clase de expresión que indicaba que había conseguido exactamente lo que quería.

—Siempre tan intenso, Von Wolf —respondió, su voz apenas un susurro de seda.

Dejó caer su cabeza en la almohada, su cuerpo relajándose bajo el mío en un acto de sumisión que era más un desafío que una rendición.

—Quiero ser tu presa.

Esa palabra detonó el último control que me quedaba.

El instinto tomó el mando.

Mi mano derecha soltó la cama y se dirigió a la tela de su camisa.

No perdí el tiempo desabotonándola.

Con un rugido silencioso que solo mi pecho podía contener, agarré el borde de la tela.

La fuerza licántropa concentrada en mi mano hizo que la camisa y el sujetador se rasgaran limpiamente.

El sonido de la tela cediendo fue un estallido violento en la tranquila habitación.

Dejé caer los trozos a un lado, revelando la piel pálida de Samara.

Me incliné sobre ella.

Su pecho desnudo se agitaba bajo mi mirada.

Acerqué mis labios a su oído, mi aliento cálido era una promesa.

—No hay presa más dulce, que la que se entrega así misma —susurré, con hambre en mi voz.

Mis labios se deslizaron por su mejilla hasta llegar a su cuello.

Podía sentir los latidos de su corazón desbordado.

Cada vez que mi aliento rozaba su piel, se volvían más y más intensos.

Mis labios siguieron bajando, recorriendo su piel tersa y suave en busca de sus pechos.

Ella jadeó, la excitación y la expectación brillando en sus ojos verdes.

No necesitó moverse ni levantar un dedo.

Mientras yo bañaba de besos y caricias sus hermosos pechos, una leve neblina plateada pareció ondular alrededor de su cuerpo.

Aparté mi rostro de su piel para ver lo que estaba pasando.

Era un destello de energía, la magia evanescente fue usada como una herramienta de seducción.

La neblina se centró en los bordes de sus pantalones ajustados.

Con un susurro inaudible de poder concentrado, activó su hechizo.

La tela de sus pantalones y su ropa interior parecieron evaporarse, dejando solo jirones que cayeron sobre las sábanas.

Samara estaba ahora completamente desnuda ante mí, su cuerpo pálido contrastando con las sábanas oscuras.

Había una intensidad en su expresión que me decía que ella había querido esto tanto como yo; quizá desde hace tanto como yo.

—¿Aún dudas si quiero continuar, Von Wolf?

—preguntó, llena de un desafío seductor—.

¿O necesitas más pruebas?

Samara había usado la magia para deshacerse de la barrera de su ropa y para acelerar lo inevitable.

Era increíble como en esa posición vulnerable, su actitud seguía siendo retadora.

La fiera dentro de mí rugía.

Toda mi pretensión de sarcasmo y juego de poder se desmoronó.

El uso de su magia había sido el acto final de entrega y dominación a la vez.

Me incliné por completo, mi cuerpo presionándose contra el suyo.

Ya no había distancia.

Ya no había palabras.

Solo el hambre del licántropo y el desafío de la banshee.

Inspiré profundamente.

No era solo un respiro, era una acción de depredador, embriagándome con el aroma de su piel, el perfume de banshee, el calor y el aroma del deseo.

Mis ojos ya no eran humanos.

El dorado salvaje regresó y se intensificó, brillando como dos lunas llenas.

Entonces, me dejé llevar.

El instinto más primario y visceral tomó el control.

Mi temperatura corporal se disparó en una fracción de segundo.

La forma humana se deshizo.

El cambio fue violento y efímero, apenas un latido.

Músculos densos y piel cubierta en un pelaje más negro que una noche sin estrellas.

Me convertí en licántropo.

La poca ropa que antes cubría mi piel se hizo trizas con la expansión de mi cuerpo.

El peso de mi forma bestial fue demasiado para el frágil mobiliario universitario.

El armazón de madera de la cama crujió y las cuatro patas se partieron en ángulos imposibles.

La cama, junto con nosotros, se desplomó contra el suelo con un golpe seco y sordo, dañando aún más el colchón.

Sin permitirme distracciones, la bese, en el instante exacto en que mis labios se estrellaron contra los de Samara, la forma del licántropo había desaparecido.

Mi piel estaba cálida y sudorosa, mi corazón seguía latiendo con la furia de la bestia.

Estábamos en lo poco que quedaba del colchón, sobre un marco de madera hecha trizas, rodeados de escombros y sábanas.

Pero yo solo podía pensar en ella.

Mi boca estaba sobre la suya, consumiendo la distancia de un modo que solo el licántropo había sido capaz de inspirar.

No hubo pausa.

El golpe contra el suelo no fue un impedimento, sino un nuevo catalizador.

El crujir de la madera y la destrucción solo hicieron que el frenesí se intensificara.

Mi boca devoraba la suya con urgencia, sin dar espacio para el aliento, ni a ella ni a mí.

Samara, la banshee que había entrado en su forma espectral para dominarme, ahora respondía con una fuerza y una pasión que solo podían venir de la satisfacción de ver a la bestia desatarse.

Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello, aferrándose a mí, atrayéndome aún más a pesar de que el peso de mi cuerpo ya la inmovilizaba.

Separé nuestros labios solo para atrapar su cuello con mi boca, clavando mis colmillos en su piel con una mordida juguetona que no buscaba herir, sino marcar.

El gemido que escapó de su garganta fue un sonido exquisito, una mezcla de su lamento espectral y placer puro.

Era la banda sonora perfecta para el desastre en el que habíamos convertido la habitación.

Una mordida más, ahora en su pecho desnudo.

De nuevo dejó escapar un gemido ahogado, como tratando de no alertar a nadie fuera de la habitación El aroma de su piel me inundaba.

Era una mezcla embriagadora de su perfume frutal y algo más profundo, algo salvaje que solo podía ser suyo.

Un olor a ozono y a la calma que precede a una tormenta, un aroma que llamaba a la bestia en mí de una forma que nada lo había hecho antes.

Mis manos, que habían estado ancladas a la cama rota, comenzaron a moverse.

No con prisa, con la deliberación de quien reclama un territorio largamente anhelado.

Recorrí la curva de su cintura, la suavidad de su abdomen, sintiendo el leve temblor de sus músculos bajo mi tacto.

Su piel era una contradicción fascinante: fresca al contacto, como la niebla de su esencia de banshee, pero ardiendo con el fuego de su deseo.

Ella no era una presa pasiva.

Sus manos, que antes se aferraban a mi cuello, ahora exploraban mi espalda, sus uñas trazando líneas de fuego sobre los músculos de mis hombros.

Cada caricia era una respuesta, un desafío.

Su cuerpo se arqueó bajo el mío, sus caderas buscando las mías en un ritmo instintivo, un lenguaje sin palabras que ambos entendíamos a la perfección.

Este caos, esta destrucción a nuestro alrededor, era el escenario perfecto.

Años de miradas furtivas en la biblioteca, de réplicas afiladas en los pasillos, de una tensión tan densa que se podía cortar con una daga…

todo había culminado en esto.

En la madera rota y las sábanas desgarradas.

En su piel contra la mía.

Mi boca abandonó su cuello y descendió, besando la curva de su clavícula, saboreando el pulso acelerado que latía allí.

Ella echó la cabeza hacia atrás, un suspiro tembloroso escapando de sus labios entreabiertos.

No era un sonido de rendición.

Era uno de pura, indómita satisfacción.

Me detuve un instante, solo para mirarla.

Sus ojos verdes, normalmente velados por la ironía, ahora eran pozos de una lujuria oscura y profunda.

En ellos no vi a mi rival, ni a la banshee.

Vi a la única criatura que había sido capaz de igualar mi intensidad, de provocar a la bestia y de no retroceder ante el fuego.

Y eso la hacía irresistible.

Mis manos se deslizaron por su cuerpo ansioso, reclamándola sin prisa, saboreando el calor que ahora emanaba de cada poro.

Su temperatura parecía haberse ajustado a la mía.

Podía sentir el temblor de anticipación bajo mi tacto, la prueba definitiva de que mi explosión había sido la respuesta que ella estaba buscando.

El roce de mis dedos en sus muslos provocaba que sus piernas se abrieran tímidamente, poco a poco.

Necesitábamos movernos.

No para detenernos, sino para acomodar el inevitable final de nuestro juego.

Sin romper del todo el contacto de nuestros cuerpos, me moví.

El instinto bestial ahora me guiaba para encontrar la posición perfecta.

Me arrodillé entre sus piernas con sutileza, usando mi agarre posesivo en sus caderas para arrastrarla suavemente sobre las sábanas caídas, apartándola de algunos restos rotos de la madera.

Ella era maleable en mis manos, una sumisión total que contrastaba con su naturaleza desafiante.

Al quedar perfectamente centrada bajo mi cuerpo, Samara arqueó la espalda y me miró a los ojos.

El brillo dorado, aunque atenuado, aún estaba allí, dictando el tono de la noche.

Todo era calor, deseo y la promesa inminente de la unión.

Mi mano derecha se aferró a su cuello.

—Dime, banshee —jadeé—.

¿Aún te parezco un cachorro?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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