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El aullido y el lamento - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 Los profesores de ULTIMA
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60: Los profesores de ULTIMA 60: Los profesores de ULTIMA La mañana comenzó con una rutina inesperadamente armoniosa.

Los tres tomamos turnos para ducharnos, respetando el espacio y el tiempo de cada uno.

Diana fue la primera, cantando una melodía sin sentido mientras el vapor llenaba el baño.

Samara fue la segunda, más silenciosa, pero con una sonrisa permanente que no se le había visto en semanas.

Yo fui el último, y mientras el agua caía sobre mi espalda, pensé en lo que había construido.

No solo la cama, si no algo más profundo.

Después de vestirnos, bajamos juntos al comedor.

El desayuno fue ligero, pero lleno de pequeñas risas.

Diana se robó una tostada de mi plato, Samara le lanzó una servilleta como represalia, y yo solo observaba.

—¿Qué haremos hoy?

—preguntó Diana, con la boca llena de fruta.

—Es nuestro último día libre —respondí—.

Y tengo una idea.

Samara me miró con curiosidad.

—¿Qué clase de idea?

Sonreí.

—Vamos a visitar al Profesor Thörne.

Y vamos a sorprenderlo.

Diana se atragantó con una uva.

—¿Sorprenderlo?

¿No es él quien siempre parece querer disecarte?

—Eso solía pensar, hasta que habló conmigo antes de las vacaciones— respondí —Quiero ver su cara cuando le entreguemos las esencias que nos pidió.

Samara se río.

— Esto va a ser divertido.

Caminamos los res juntos hasta llegar a la puerta del laboratorio de Thörne.

Golpeé la puerta con los nudillos.

Thörne gruñó desde dentro.

—¿Qué quieren?

Aun no hay clases— Dijo Thörne Entramos sin esperar invitación.

El laboratorio estaba en su habitual estado de caos controlado.

Frascos burbujeaban, vapores se mezclaban en el aire, y el olor a hierbas, metal y resentimiento flotaba como una nube permanente.

El Profesor estaba inclinado sobre un caldero, ajustando la temperatura del fuego cuidadosamente.

—Buenos días, Profesor —dije, con una sonrisa que sabía que lo irritaría.

Thörne levantó la vista, frunciendo el ceño.

—Von Wolf.

Señorita Samara.

Therian parlanchina.

¿Qué hacen aquí?

Diana saludó con una exagerada reverencia.

—¡Venimos en son de paz!

Samara se acercó al escritorio y colocó dos frascos cuidadosamente etiquetados: uno con polvo de luna, otro con raíz de lamento.

Thörne se quedó inmóvil.

Luego, lentamente, se acercó.

Tomó los frascos, los examinó con una lupa encantada, y su expresión pasó de incredulidad a…

¿respeto?

—¿Dónde…

cómo…?

—balbuceó.

—Bueno usted me pidió que repusiéramos lo robado y casualmente encontramos estas esencias en nuestro viaje— respondí —¿Casualmente?

—replicó con sarcasmo— Vamos, señor Von Wolf… dígame la verdad.

Nos miramos los tres.

Diana se encogió de hombros, Samara suspiró, y yo asentí.

No tenía sentido ocultarlo.

—Está bien —dije— Le contaremos todo.

Y lo hicimos.

Le hablamos del mapa que nos entregó la Dama del Velo Gris, de los puntos de poder, del cementerio, del Bosque Antiguo, del Lago del Velo Gris.

Le explicamos cómo el polvo de luna surgió tras mi reconexión con la naturaleza, y cómo las raíces de lamento brotaron del primer grito de Samara lleno de paz.

Le contamos sobre los ecos, los nudos mágicos, y cómo cada uno se desató con una experiencia emocional profunda.

Thörne escuchó en silencio.

Al principio, su rostro mostraba escepticismo.

Luego, asombro.

Y finalmente, una mezcla de respeto y algo que parecía…

admiración.—Entonces…

—dijo, con voz baja— ustedes tres desataron los puntos de poder del mapa.

Y generaron estas esencias…

no por accidente, sino por resonancia emocional.

—Exactamente —respondió Samara.

—No fue magia tradicional.

Fue algo más antiguo.

Más íntimo.

Thörne se sentó lentamente en su silla, como si el peso de la información lo hubiera alcanzado de golpe.

—Esto…

esto es más grande de lo que imaginaba —murmuró— No solo cumplieron con lo que les pedí.

Lo superaron.

Y lo hicieron sin destruir nada.

Bueno…

casi nada.

Diana se rió.

—La habitación de Víktor no cuenta.

Ya la reconstruyó.

Thörne nos miró con una expresión que rara vez mostraba: genuina gratitud.

—Gracias —dijo, sin adornos— No solo por las esencias.

Por demostrarme que aún hay magia que no se puede medir en fórmulas ni frascos.

Nos despedimos sin más palabras.

Al salir del laboratorio, el aire se sentía más ligero.

Como si algo se hubiera cerrado.

Como si el ciclo de caos y reconstrucción hubiera llegado a su fin.

—¿Lo vieron?

—dijo Diana, mientras caminábamos por el pasillo— ¡Casi se le cae una lágrima!

—No exageres —respondí, sonriendo—.

Pero sí…casi hacemos llorar al viejo Thörne.

Al salir del laboratorio de Thörne, Samara se estiró como si se hubiera quitado un peso de encima.

—Ha sido…

refrescante contarle todo —dijo, con una sonrisa tranquila—.

No pensé que hablar con Thörne pudiera sentirse tan bien.

—¿Refrescante?

— repetí, arqueando una ceja—.

¿Estamos hablando del mismo Thörne?

—Sí —respondió ella— Y ahora que lo pienso…

deberíamos hacer lo mismo con Nimue.

Diana se detuvo en seco, girando hacia nosotros con los ojos brillantes.

—¡¿Vamos a ver a Nimue?!

¡Sí, por favor!

Ella siempre huele a bosque y dice cosas que suenan como profecías.

¡Vamos!

Nos reímos, y comenzamos a recorrer el campus.

Preguntamos a un par de gremlins, que nos señalaron el patio central.

Caminamos entre los pasillos de piedra, cruzamos el jardín de alquimia, y finalmente llegamos a la fuente de piedra.

Allí estaba Nimue.

De pie junto al agua, con su túnica de musgo ondeando suavemente con la brisa.

A su lado, como si el universo hubiera decidido facilitarnos la vida, estaba el Profesor Ványar, observando el reflejo de la luna en la superficie plateada de la fuente.

—¡Dos por uno!

—exclamó Diana, con una sonrisa radiante— ¡Qué suerte!

Así no tendremos que buscar a Ványar después.

Samara se rió.

—A veces, la magia nos ahorra trabajo.

Nos acercamos con paso tranquilo.

Nimue giró la cabeza antes de que dijéramos una palabra, como si ya supiera que estábamos allí.

—Buen día, jóvenes —dijo con voz suave—.

El viento me susurró que vendrían.

Ványar alzó una ceja, pero no dijo nada.

Su mirada se posó en nosotros con curiosidad.

—Queríamos hablar con ustedes — comenzó Samara.

—Contarles lo que pasó en nuestro viaje.

Nimue asintió, como si ya lo esperara.

Ványar cruzó los brazos, pero no se movió.

Nos sentamos en el borde de la fuente, y comenzamos a hablar.

Les contamos todo.

El mapa.

Los ecos.

Los nudos mágicos.

El cementerio, el bosque, el lago.

La conexión emocional que desató las esencias.

La reconstrucción.

El baile.

Las noches en el pueblo.

Nimue escuchaba con los ojos cerrados, como si cada palabra fuera una nota en una melodía que ya conocía.

Ványar, en cambio, fruncía el ceño, como si intentara procesar cada detalle con precisión académica.

Cuando terminamos, hubo un largo silencio.

—Han hecho más de lo que se les pidió — dijo Ványar finalmente.

—Y lo han hecho con una magia que no se enseña en esta escuela.

—La magia emocional — agregó Nimue— La que nace del vínculo, no del poder.

Diana se inclinó hacia ellos, con los ojos brillando.

—¿Eso significa que estamos aprobados?

Ványar soltó una risa breve, casi imperceptible.

—Eso significa que están listos para lo que sigue.

Nimue se acercó a Samara, tomó su mano con delicadeza.

—Tu magia está despertando, niña.

No como antes.

No como espectro.

Sino como mujer, como guía.

Samara bajó la mirada, conmovida.

—Gracias —susurró.

Ványar se giró hacia mí.

—Y tú, Von Wolf…

has dejado de ser solo una criatura para convertirte en algo más difícil: un hombre con propósito.

Me quedé en silencio.

No por falta de palabras, sino por respeto.

—¿Y yo?

—preguntó Diana, con una sonrisa nerviosa.

Nimue se giró hacia ella.

—Tú eres el lazo.

El puente.

La chispa que mantiene el fuego encendido.

Diana se sonrojó.

—¡Eso suena muy importante!

—Lo es —respondió Ványar—.

Más de lo que imaginas.

Nos quedamos allí un rato más, junto a la fuente de piedra hasta que los profesores se retiraron para seguir su conversación.

El peso de sus palabras rondaba el ambiente, nos sentíamos enormes al escuchar como resaltaban nuestros logros.

—Falta el profesor Caelum supongo, dije viendo a Samara.

—¡A la sala de los ecos!

—Gritó Diana, como invocando a una reunión de superhéroes, ese don suyo para destrozar la solemnidad de un momento es tan…Diana —¡Andando equipo!

— respondió Samara.

Ambas me miraron con los ojos llenos de expectativa.

—Ni lo sueñen…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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