El aullido y el lamento - Capítulo 61
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- Capítulo 61 - 61 La magia llama a la magia
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61: La magia llama a la magia 61: La magia llama a la magia Yo solo podía reír mientras caminaba detrás de ellas, cuando llegamos, la sala de los ecos, tan imponente como siempre, nos invitaba a pasar.
El profesor Caelum nos observaba desde el centro del círculo de piedra.
Su túnica de niebla se ondula con una luz tenue, como si respondiera a nuestra energía.
—No es necesario que me cuenten sobre el viaje— Dijo con su voz siempre envolvente.
—Lo he sentido todo, cada nudo desatarse, la energía liberada…la magia me lo ha contado todo.
—Hoy escucharán ustedes.
No a mí.
A la magia, al vinculo que han creado juntos, pasen al círculo.
Nos sentamos en triángulo.
Samara a mi izquierda, Diana a mi derecha.
Las piedras flotantes comenzaron a girar lentamente sobre nosotros, como si el aire mismo estuviera atento.
Cerré los ojos.
Sentí el calor de Samara, constante, firme, como una llama que no se apaga.
Sentí la vibración alegre de Diana, ligera, chispeante, como una corriente que se desliza entre las grietas del silencio, no había tensión entre ambas energías.
Solo armonía.
—No entiendo por qué esto se siente tan…
completo —susurré, sin abrir los ojos Samara giró levemente hacia mí.
No necesitaba verla para saber que me miraba con esa expresión suya, serena pero cargada de emoción.
—Yo también lo siento —dijo con suavidad.
—Diana, fuiste una valiosa aliada en este viaje, dinos que es lo que sientes.
Diana guardó silencio.
Sentí cómo bajaba la mirada, como si no supiera qué hacer con esas palabras.
Luego, su voz llegó, tímida pero firme.
—Yo solo quería que no se rompieran.
Pero…
también me rompí un poco con ustedes.
Y me reconstruí, maduré y crecí…con ustedes.
Las piedras flotantes se detuvieron.
El aire se volvió más denso, más íntimo.
Una luz roja, verde y plateada se entrelazó sobre nuestras cabezas, formando una espiral que parecía latir con nuestro ritmo.
El Profesor Caelum nos observaba en silencio, como si ya no fuéramos solo alumnos, sino una manifestación viva de algo que la magia apenas comenzaba a comprender.
—La magia llama a la magia, esta no distingue entre número, forma o norma— resonó la voz del Profesor desde cada rincón de la sala.
—Solo reconoce lo que es real, su vínculo emocional ha creado un enlace es su magia.
Sus energías, se llaman, se buscan y se fortalecen con su cercanía.
Es una sinergia maravillosa, por fin encontraron su equilibrio.
Extendí mi mano hacia Samara.
Ella la tomó sin dudar.
Su tacto era cálido, familiar, como si siempre hubiera estado ahí.
Luego extendí la otra hacia Diana.
Ella dudó por un segundo, lo sentí en el aire.
en su respiración, en el leve temblor de su energía.
Pero luego, la tomó.
Y en ese instante, el círculo se cerró, la energía combinada de los tres nos rodeaba iluminando la sala de los ecos, cada piedra, cada runa se encendía y resonaba en reconocimiento de esa increíble combinación.
Tres manos entrelazadas.
Tres voces.
Un eco.
El Profesor Caelum se alejó, dejando que el silencio hablara por nosotros.
Un tipo de silencio que no necesita palabras porque todo ya ha sido dicho, aunque no todo ha sido entendido.
No esperaba que la sala revelara esto —dijo Samara, rompiendo el silencio con una voz suave.
—Puedo sentir la paz y la calma entre nosotros, puedo sentir lo que sienten.
Mi magia espectral se siente más perceptiva a otro tipo de magia ahora, no es solo un lamento.
La miré.
Su rostro estaba iluminado por la tenue luz de los cristales flotantes, y por un instante, me pareció verla como si fuera la primera vez.
No solo como una criatura, como ella misma, renacida, completa.
—Parece que el salón de los ecos no nos dejara tener secretos —admití.
—Puedo sentir como vibra la magia, la energía que emanan nuestros cuerpos, mis sentidos ya no se agudizan solo en lo físico.
Diana se abrazó las rodillas, su mirada fija en el suelo.
Su energía, normalmente un vendaval caótico, estaba contenida, casi encogida, como si temiera romper la frágil santidad del momento.
—Yo…
siempre creí que mi papel era ser la amiga que acompaña, y eso…estaba bien ¿saben?
—dijo, con una voz tan baja que apenas era un susurro—.
La que hace ruido para que el silencio no duela tanto.
La que está cerca, pero no dentro.
Levantó la vista, y en sus ojos vi un miedo y una maravilla que luchaban entre sí.
—Pero ahora…
ya no estoy cerca.
Siento como si estuviera en el centro.
Puedo sentirlos.
Siento tu calma, Víktor, esa fuerza tranquila que encontraste en el bosque.
Y siento tu eco, Samara, que ya no es un lamento, sino una melodía suave y llena de esperanza.
Es…
abrumador.
Sus dedos juguetearon nerviosamente con el borde de su pantalón.
—El lazo que los une, es como una cuerda…siento cómo me envuelve, me ata a ustedes.
Y se siente…
bien —confesó, casi con culpa—.
Se siente como un hogar.
—Pero…
¿está bien que se sienta así?
No quiero ser…
una intrusa.
Este vínculo nació de ustedes dos, de su historia, de su dolor, de Alun’diel.
Siento que estoy ocupando un lugar que no me corresponde.
Samara se giró hacia ella.
Su sonrisa era suave, pero en sus ojos había una ferocidad protectora.
Le tomó la mano, su agarre firme y seguro.
—Diana, mírame —dijo, su voz inquebrantable—.
No eres una intrusa.
Eres el cimiento.
Cuando Víktor y yo éramos solo dos fragmentos rotos, tú fuiste el pegamento.
Cuando el silencio era insoportable, tú lo llenaste con tus historias.
Cuando el dolor era demasiado, nos ofreciste una galleta en un cementerio.
No solo nos acompañaste.
Nos sostuviste.
Eres tan parte de esto como nosotros.
Sentí cómo la verdad de sus palabras resonaba en mi pecho.
Diana fue la primera en tratarnos no como una tragedia, sino como personas.
Nos recordó cómo reír.
—Tiene razón —añadí, mi voz grave—.
No imagine que tu incontrolable caos, seria nuestro equilibrio, pero es verdad…Este vínculo no existiría sin ti, Diana.
Samara me miró entonces, sus ojos buscando los míos, una pregunta silenciosa sobre nuestro futuro, sobre lo que éramos ahora.
—No se trata de lo que fuimos…
—susurró, su voz apenas audible, refiriéndose a la pareja rota que éramos, a la historia de dos.
—No… —respondí, mi voz firme, entendiendo su significado profundo—.
Se trata de lo que podemos ser.
Mi mirada pasó de ella a Diana, y de vuelta a Samara, asegurándome de que ambas entendieran el alcance de mis palabras.
—Quiero que lo exploremos.
Los tres.
Juntos.
Diana levantó la mirada, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de una incredulidad tan profunda que dolía.
Una sola lágrima se formó en el borde de su ojo, una joya temblorosa de esperanza contenida.
—¿Juntos?
—susurró, y la palabra no fue una pregunta, sino un ruego, la plegaria de alguien que teme despertar de un sueño.
Samara le apretó la mano con una firmeza que era una promesa.
Yo tomé la otra, mi mano cubriendo la suya, cerrando el círculo.
Éramos un ancla, los tres, en medio de la sala que había sido testigo de todo nuestro viaje.
Samara nos miró a ambos, su voz era tranquila, pero cargada de una nueva y audaz certeza.
—No sé qué somos —admitió—.
Pero sé que lo que sentimos no cabe en una sola forma.
Y no quiero limitarlo.
—Ni yo —agregué, sintiendo la verdad de sus palabras resonar en mi pecho—.
Quiero descubrir qué sigue en nuestra historia.
Fue entonces cuando Diana se rompió.
La lágrima solitaria que había contenido finalmente se derramó, seguida de otra y otra.
Pero no era un llanto de tristeza.
Una risa nerviosa y ahogada se mezcló con sus sollozos, un sonido de pura e incrédula felicidad.
Se limpió las mejillas con el dorso de la mano, sin esconderse, mirándonos con los ojos brillantes.
—Entonces…
¿esto es una nueva aventura?
—preguntó, su voz temblando de emoción.
Samara sonrió, una sonrisa suave, llena de la sabiduría de una banshee que por fin había encontrado la paz en lugar de la tragedia.
Se inclinó y le dio un beso en la frente a Diana.
—La más importante —afirmó—.
Porque a veces, el vínculo más fuerte no se grita.
Se respira.
Se vive.
Sus palabras no resonaron en la sala, sino dentro de mí, apagando el último eco de duda que quedaba.
El calor de sus manos, la de Samara a mi izquierda, la de Diana a mi derecha, era el único ancla que necesitaba en el universo.
No hubo un plan, ni un acuerdo.
Simplemente sucedió.
Nos acercamos, cerrando el círculo hasta que nuestros hombros se tocaron.
Diana dejó caer su cabeza sobre mi hombro derecho, su respiración un suspiro tembloroso de alivio, de aceptación.
Samara se recostó contra el izquierdo, su cabello rozando mi mejilla, un contacto que se sintió como un regreso a casa después de un exilio demasiado largo.
Y la sala respondió.
La luz roja, verde y plateada que antes danzaba en una espiral frenética sobre nosotros, ahora descendía con la suavidad de la ceniza sobre la nieve.
No era un torbellino, sino un manto.
Una luz cálida y estable que nos envolvió a los tres por igual, reconociendo no la explosión de nuestra magia, sino la quietud de nuestro vínculo.
Apoyé mi cabeza entre las suyas, cerrando los ojos, sintiendo un solo latido.
Un nuevo comienzo.
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