El aullido y el lamento - Capítulo 62
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62: El nuevo vínculo 62: El nuevo vínculo —¿Saben qué?
—dijo Diana con una sonrisa que era pura luz, rompiendo el silencio reverente de la sala—.
Deberíamos hacer algo épico esta noche.
¡Antes de volver a la monotonía de las clases!
¿Qué tal un duelo de transformaciones en el jardín?
Con solo alzar una ceja, Samara demostró una serenidad inquebrantable que contrastaba fuertemente con el torbellino emocional de Diana.
—Épico, ¿eh?
—replicó—.
La última vez que intentaste algo “épico”, terminaste enredada en un arbusto encantado cubierta de plumas.
—¡Eso fue un accidente!
—protestó Diana, aunque la diversión brillaba en sus ojos—.
Además, ahora tengo dos aliados.
¿Verdad, Víktor?
Me reí, un sonido grave que pareció hacer vibrar los cristales flotantes a nuestro alrededor.
—No estoy seguro de querer ser cómplice de tus desastres, Diana.
Pero… —hice una pausa, mi mirada encontrando la de Samara.
Sus ojos verdes parecían absorber la luz de las runas, convirtiéndola en un hechizo propio—.
Tal vez podamos encontrar algo que valga la pena esta noche.
Samara me sostuvo la mirada.
Por un instante, el mundo se redujo a ese destello en sus iris: un remolino de niebla, desafío y una promesa silenciosa.
La sala misma pareció contener el aliento, la luz de los cristales se intensificó apenas un grado.
—Cuidado, Von Wolf —murmuró, su voz baja era un filo envuelto en seda—.
No hagas promesas que no puedas cumplir.
El desafío quedó suspendido en el aire, denso y cargado.
No era solo ella.
Era el eco de nuestro vínculo, una vibración que ahora los tres podíamos sentir.
—Pues yo creo que la sala tiene algo más para nosotros— Dije al sentir ligeras vibraciones que cambiaban el flujo de la magia.
Diana inclino la cabeza —Eso no suena muy épico.
Samara no dijo nada, pero la curva sutil de su sonrisa me dijo todo lo que necesitaba saber.
La Sala de los Ecos comenzó a cambiar, la puerta de entrada se desvaneció, las columnas negras parecían absorber la luz de las antorchas mágicas, y los cristales flotantes no vibraban con su habitual urgencia.
En cambio, se mecían lentamente.
El aire era denso, cargado de un silencio que no era vacío, sino expectante.
Olía a cera antigua, a piedra húmeda y a algo más, algo que solo podía ser el perfume combinado de los tres: el mío, terroso y cálido; el de Samara, frutal con un dejo de niebla; y el de Diana, fresco como el viento que cruza un bosque al amanecer.
Nos paramos en el centro del círculo de piedra.
Los cristales sobre nuestras cabezas comenzaron a girar, lentos, como si danzaran al ritmo de nuestros corazones.
Diana fue la primera en moverse.
—No es épico, pero parece interesante— dijo quitándose los zapatos con un gesto despreocupado y dejando que sus pies descalzos tocaran la piedra fría.
—Esto se siente…
diferente —dijo, girando sobre sí misma, su cabello volando como una bandera, como si la sala supiera que estamos aquí por algo muy muy importante.
Samara se acercó a una de las columnas, pasando los dedos por los grabados rúnicos.
—La sala siempre sabe— respondió, su voz suave pero cargada de intención—.
Pero esta vez, no queremos respuestas, solo queremos sentir.
Me quité la chaqueta, dejándola caer al suelo, y me acerqué a ellas.
El peso de sus miradas era como un hechizo sin palabras.
Diana, con su energía vibrante, giró hacia mí, sus manos extendidas como si quisiera atraparme en su torbellino.
Samara, más contenida, se acercó por el otro lado, su presencia un contraste perfecto: calma, pero con un fuego que quemaba bajo la superficie.
—¿Y qué vamos a sentir?
—preguntó Diana, su voz juguetona, pero con un matiz nuevo, más profundo, como si supiera que el juego había cambiado.
Sonreí, dejando que mi mano rozara la suya, un contacto ligero que envió una corriente cálida por mi brazo.
—Lo que sea que la sala quiera mostrarnos— respondí, mi mirada alternando entre ella y Samara.
—Lo que sea que nosotros queramos mostrarle.
Samara se acercó, su cuerpo a solo un suspiro de distancia.
Su mano encontró mi pecho, los dedos deslizándose bajo el borde de mi camisa, no con la urgencia de aquella primera vez en mi habitación, sino con una deliberación que era casi reverente.
—La sala no decide, Viktor— susurró, su aliento cálido contra mi mandíbula.
—Nosotros lo hacemos.
El aire entre nosotros se volvió espeso, como si la magia misma contuviera el aliento.
Diana dio un paso más cerca, su energía chispeante llenando el espacio.
Sus dedos rozaron mi brazo, luego el de Samara, uniendo los tres en un triángulo invisible.
La sala respondió: los cristales flotantes emitieron un destello suave, rojo, verde y plateado, que de nuevo se entrelazó como un manto sobre nosotros.
No era un hechizo, era la manifestación del vínculo.
Samara inclinó la cabeza, su cabello cayendo en ondas sobre su hombro, y rozó los labios de Diana con los suyos, un gesto tan suave que parecía más una pregunta que una acción.
Diana se quedó inmóvil por un instante, sus ojos abiertos, brillando con sorpresa y algo más, algo que vibraba en sintonía con la magia de la sala.
Luego, con una risa baja, casi nerviosa, respondió, inclinándose hacia Samara, sus manos encontrando su cintura con una timidez que pronto se volvió audacia.
Los cambios en la sala y el flujo de la magia en ella parecían llevarnos a este momento, pero en ninguno de nosotros había duda, esta era nuestra decisión.
Me quedé quieto, mirando con devoción la forma en que se movían, cómo sus labios parecían danzar al ritmo de algo antiguo, era más poderoso que cualquier transformación que hubiera sentido.
Mis manos encontraron las suyas, entrelazando nuestros dedos, y el calor de su piel contra la mía era como un conjuro que no necesitaba palabras.
Me incliné hacia Samara, mis labios rozando su cuello, donde aún podía sentir el eco de su pulso.
Ella suspiró, un sonido que era mitad desafío, mitad rendición, y giró la cabeza para encontrar mi boca, su beso un equilibrio perfecto entre la frialdad de su banshee y el calor de mi boca.
Diana no se quedó atrás.
Sus manos subieron por mi espalda, ligeras pero firmes, y cuando sus labios rozaron mi mejilla, fue como si una chispa saltara entre los tres.
No había urgencia, solo una corriente lenta, deliberada, que fluía de uno a otro.
Cada roce, cada susurro, cada mirada era una provocación elegante, un desafío a explorar los límites de lo que éramos juntos.
La sala amplificaba todo: el roce de la tela contra la piel, el calor de nuestros alientos mezclándose, el latido compartido que parecía resonar en las piedras.
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