El aullido y el lamento - Capítulo 64
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- Capítulo 64 - 64 El eco del Clímax
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64: El eco del Clímax 64: El eco del Clímax Diana Tomó a Samara por los hombros y la hizo girar, con un paso cerré la distancia con ellas, Ahora la espalda de Samara rozaba mi pecho, mis manos rozaron la cara externa de sus muslos provocando un espasmo.
Diana miraba expectante, su mirada fija en mis ojos, como pidiendo que continuara.
Tome a Samara por la cintura y alinee su cuerpo al mío, una embestida, un gemido, una sonrisa se dibujó en la cara de Diana mientras atrapaba los pechos de Samara con sus manos, un gemido intenso provoco que las runas resonaran con un verde espectral, la sala anunciaba el éxtasis de Samara, mantuve el ritmo de mis movimientos y aumente la presión de mis manos, solo para prolongar esa explosión de placer entre sus piernas que temblaban sin control.
Sutilmente guie su cuerpo para dejarla de rodillas, recuperando el aliento.
Diana se acercó a ella y acaricio su barbilla con ternura, pero fuego en la mirada.
Sin soltarla, acerco su rostro y la beso, después se dirigió hacia mí, paso sus brazos sobre mis hombros y con un saltito aferró sus piernas a mi cadera, nuestros cuerpos se unieron inmediatamente, su calor acababa de a poco con mi cordura, sus caderas iniciaron un movimiento circular con una agilidad felina, como su magia de Therian también despertara de nuevas formas, permitiendo copiar esa agilidad aun en su forma humana, un destello plateado y el aliento entre cortado de Diana anunciaban que había llegado al clímax.
Al igual que con Samara, mantuve movimientos rítmicos de cadera, prolongando su placer, hasta que sus piernas se rindieron y soltaron su agarre.
Entonces la ayude a colocarse de rodillas junto a Samara para que recuperara el aliento.
La estamina del nuevo despertar licántropo se hacía notar como nunca, ambas cruzaron miradas, sin cruzar palabra, el mensaje era claro, aun exhalando pesadamente, se pusieron de pie, no podían caer ante mí.
La vista era hermosa, una junto a la otra, sus cuerpos desnudos, frágiles y temblorosos con gotas de magia y sudor recorriendo cada curva.
Yo podía ver cada poro de su piel respirando, cada cabello húmedo cayendo por sus hombros, esta nueva percepción, esta nueva forma de ver y vivir las experiencias con ellas, era un regalo de los dioses.
Mientras yo me perdía en mis pensamientos admirando la belleza de ambas, sentí como se acercaron a mí, la habitación, una vez más reaccionaba a sus intenciones, una banca de piedra surgió del piso tras de mí, Samara puso su mano sobre mi pecho y con un sutil empujón me dejo sentado, se hizo a un lado y mordió mi odio mientras Diana se acomodaba sobre mí, con las piernas a mis costados, mirándome de frente, uniendo su cuerpo con el mío, el ritmo descomunal de sus caderas fue irresistible, el brillo de las runas se tornó en un intenso color dorado reflejando en el color de mis ojos y anunciando el estallido de mi ser.
Diana se levantó suavemente y dio un paso atrás como para admirar su logro, antes de que pudiera reaccionar, Samara tomo su lugar, nuestros cuerpos entraron en comunión de inmediato, Diana se acercó para recorrer la espalda de Samara con la punta de sus dedos, al igual que la primera vez, Samara me miro a los ojos, con esa mirada retadora desatando un movimiento de caderas que no era terrenal, Diana seguía recorriendo la espalda de Samara, mientras mis manos se aferraban a ese lindo trasero que me resultaba tan familiar.
Diana sin detener sus caricias se puso a un lado de Samara, acariciando su hombro, ella respondió llevando una mano entre los muslos de Diana, subiendo lentamente hasta que sus dedos desaparecieron mi vista, perdiéndose en su intimidad.
Con la otra mano Samara se aferraba a mi cabello, mientras Diana con trabajos podía mantenerse en pie, emitiendo gemidos que solo motivaron a Samara a incrementar los movimientos de su mano y su cadera, nos tenia a ambos dominados con maestría, la habitación respondió con un destello multicolor anunciando la culminación simultanea de placer de los tres.
La banca de piedra se hundió de a poco en el suelo, dejando nuestros cuerpos en el piso, con las piernas entrelazadas, recuperando el aliento.
La lluvia dejo de caer.
Un vitral apareció en el techo de la sala, dejando entrar la luz de la luna.
—Retiro lo dicho, dijo Diana con la voz entrecortada y la respiración agitada.
—¡Eso si fue épico!
Samara soltó una risa ahogada.
—Mi hermosa Therian, me encantas.
Unos minutos después la habitación comenzó a cambiar, volviendo de a poco a su forma original, una clara señal de que ya había cumplido su cometido, esta vez no había duda, la magia no nos estaba manipulando, nosotros la provocamos, la unimos y la utilizamos como herramienta para el placer.
Diana y Samara se levantaron poco a poco y, casi de manera instantánea, materializaron atuendos nuevos para cubrir sus cuerpos, un par de vestidos negros cubrían la misma piel que yo ya tenía memorizada con besos y caricias.
Mi mente estaba absorta en sus siluetas hasta que Diana volteo a verme y de manera sarcástica y juguetona grito.
—¡Sam!
¡Vístelo ya, por favor!
Samara soltó una carcajada.
—Tranquila Diana, no es nada que no hayas visto antes.
Ambas se reían mientras la niebla de la magia evanescente creaba ropa para mí.
La puerta de la Sala de los Ecos se materializó de nuevo ante nosotros.
Era hora de volver.
Caminamos por los pasillos silenciosos de la universidad, envueltos en una calma tejida por la misma magia que nos rodeaba.
Al llegar a la cafetería, Diana se transformó en un pequeño mapache de pelaje rojizo.
Con una agilidad que solo su linaje podía ofrecer, se deslizó por una rendija y emergió minutos después con un par de panecillos y frutas.
—Nada como el robo legalizado por el hambre —dijo, volviendo a su forma humana y repartiendo el botín.
Nos sentamos en un banco del patio, comiendo en un silencio cómodo.
—Oigan— rompió Diana el momento, pensativa.
—Siempre he tenido una duda.
¿Los lobos no se “imprimen”?
Como en esa película de vampiros, donde se enamoran para siempre.
Solté una risa seca, sacudiendo la cabeza.
—Los estereotipos de esa horrible película nunca me dejarán en paz —repliqué.
—La criatura que hizo esa película, mezcló realidad y fantasía para no exponer demasiado nuestro mundo, ‘los lobos’ si se “Impriman” de su pareja, y no, antes de que lo preguntes, los vampiros no tienen brillantina en el cuerpo.
—Y si lo decías por mí, no soy un lobo Diana.
Soy un licántropo.
A diferencia de ellos, no veo nada de malo en una relación ‘no tradicional’.
Samara sonrió, limpiándose unas migajas de los labios.
—Yo tampoco.
Diana se encogió de hombros, traviesa.
—Me encanta lo que somos…
y lo que hacemos.
—Es tarde —susurró Samara, apoyando la cabeza en mi hombro—.
Deberíamos ir a dormir.
El camino de regreso a mi habitación fue tranquilo.
Diana, con su energía finalmente menguando, caminaba a nuestro lado con pasos lentos, casi arrastrando los pies.
Samara no se separó de mí, su mano seguía entrelazada con la mía, un ancla cálida en la quietud de la noche.
La habitación reconstruida nos recibió no como un recordatorio del caos, sino como un lienzo en blanco.
Estaba en orden, limpia, esperando.
Diana fue la primera en moverse.
Con un bostezo que pareció abarcar todo el cansancio del universo, me dio un beso y se lanzó sobre la cama reparada.
—¡Pido el lado de la pared!
—exclamó, con la voz ahogada por las almohadas—.
No me moveré de aquí hasta el mediodía.
Samara sonrió y se acercó al otro lado de la cama.
Se sentó con delicadeza, como si probara por primera vez la sensación de un espacio compartido sin tensión.
Acaricio suavemente la silueta de Diana, y me miró, una pregunta silenciosa en sus ojos.
—Yo dormiré en el suelo —dije, tomando una de las mantas del armario.
Me acomodé en el piso, usando mi chaqueta doblada como almohada.
Desde abajo, la escena era perfecta.
Diana ya estaba casi dormida, acurrucada bajo las sábanas.
Samara estaba recostada, observándome con una ternura que me llenaba el pecho.
Se inclinó desde la cama y me dio un beso suave, lento, que sabía a panecillos y a un nuevo comienzo.
—Buenas noches, Víktor— susurró, su aliento cálido rozando mi piel.
—Descansen— respondí, mi voz apenas un murmullo.
Samara apagó la lámpara de la mesita de noche, sumiendo la habitación en una oscuridad reconfortante, apenas rota por la luz de la luna que se colaba por el balcón.
Me quedé despierto un rato más, escuchando sus respiraciones acompasarse hasta volverse un ritmo único y tranquilo.
Ya no éramos solo un licántropo, una banshee y una therian.
Éramos un hogar.
Y con ese pensamiento, me permití dormir en paz.
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