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El aullido y el lamento - Capítulo 65

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65: Evolución 65: Evolución La mañana siguiente llegó con la familiaridad de una rutina que apenas comenzábamos a construir.

El sol se filtraba por el balcón de mi habitación, iluminando el polvo que danzaba en el aire.

Diana ya estaba despierta, sentada en la cama con las piernas cruzadas, examinando una poción que tomó del laboratorio de Thörne como si fuera un tesoro invaluable.

Samara, a su lado, leía un delgado libro de poemas, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios.

El silencio estaba acompañado de tres respiraciones acompasadas en un mismo espacio.

—Si sigues mirando ese frasco con tanta intensidad, vas a hacer que levite — dije, mi voz ronca por el sueño.

Diana levantó la vista, sus ojos brillando.

—¿No sería increíble?

¡Telequinesis impulsada por pura admiración!

Samara cerró su libro.

—Es hora.

Las clases no esperarán a que termines de idolatrar una poción.

Nos duchamos por turnos, nos vestimos y bajamos a un comedor que volvía a bullir con la energía de los estudiantes.

El caos mágico de semanas atrás parecía un mal sueño, reemplazado por el sonido habitual de platos, conversaciones y el ocasional estallido de un hechizo de limpieza.

Nos sentamos juntos, como siempre, disfrutando tanto la comida, como la compañía.

La primera clase del día era Herbología Mágica, una de las asignaturas en las que coincidíamos los tres.

La Profesora Elára, una dríada de mediana edad con enredaderas en lugar de cabello nos instruyó sobre el cuidado de la Planta tristalida solvanea, una planta físicamente parecida a la mandrágora, pero que, en lugar de gritar, emite un sollozo melancólico si sus raíces no están bien aireadas.

—Necesitan sentir la tierra, jóvenes —explicó, mientras nos repartía pequeñas macetas— Su magia depende de su conexión.

Mientras Diana intentaba torpemente trasplantar la suya, haciendo un desastre de tierra y hojas, yo tomé mi maceta.

Al tocar la tierra húmeda, algo cambió.

No fue un pensamiento, fue una certeza.

Sentí a través de la tierra, la pequeña raíz principal de la planta, constreñida y sedienta.

Sentí su anhelo de más espacio, de más agua.

Sin pensarlo, hundí más los dedos en la tierra y moví la raíz con una delicadeza inusual en mí.

La planta respondió de inmediato.

El sollozo melancólico cesó, y una de sus hojas se irguió ligeramente, como si me diera las gracias.

—Impresionante, señor Von Wolf —dijo la Profesora Elára, que me había estado observando—.

Pocos tienen esa sensibilidad.

Es casi como si hablara con ellas.

Miré mis manos, cubiertas de tierra.

No había sido una orden, había sido una conversación.

La conexión que sentí con el roble en el Bosque Antiguo no había sido un evento aislado.

Estaba aquí, conmigo.

Los días de clases se convirtieron en semanas.

Samara descubrió la nueva naturaleza de su poder en la clase de Cuidado de Criaturas del Velo.

La lección era impartida por la Profesora Noctilora, una “Guardiana” que no estaba ni viva ni muerta.

Su figura era etérea, difícil de enfocar, y su presencia transmitía una calma ancestral.

Ese día, estudiaban un Penumbrae, un pequeño espectro que se alimenta de la pena y se manifiesta como un ente de sombra temblorosa, emitiendo un aura de tristeza que hacía llorar a los estudiantes cercanos.

—El Penumbrae se alimenta de la pena, pero no la causa —dijo Noctilora, su voz resonando suavemente.

Recuerden: No todo lo que llora está perdido.

No todo lo que se oculta desea olvidar.

A veces, solo necesitan ser escuchados.

Mientras todos retrocedían, abrumados por la pena, Samara se adelantó.

Cerró los ojos, y de su garganta no emergió un grito, sino una melodía suave, casi un canto de cuna espectral.

No era un lamento de terror, sino de pura empatía.

La nota cristalina envolvió al Penumbrae, no para asustarlo, sino para decirle que entendía su dolor.

La sombra dejó de temblar.

El aura de tristeza se disipó, y el pequeño espectro se acurrucó en el aire, en paz, antes de desvanecerse.

Noctilora Umbra inclinó la cabeza, un gesto de profundo respeto.

—En 400 años dando clases, jamás vi una banshee calmando un lamento.

Has tocado su eco sin romperlo.

Has compartido su pena en lugar de desterrarla.

Pocos entienden esa diferencia.

Los días pasaban y las clases continuaban, a veces juntos, a veces por separado, pero siempre unidos, siempre nos reuníamos para comer, para caminar por los jardines, o dar paseos en el bosque buscando un poco de privacidad.

Había un par de manadas de criaturas que vivían en un tipo de harem, pero no sabíamos de nadie más en la escuela con una relación similar a la que teníamos, así que la manteníamos, privada, nuestra.

Burlar a los estudiantes en los dormitorios era cada vez más fácil, solo me veían a mí.

Samara podía entrar en su forma espectral sin ser vista y Diana en forma de algún pequeño animal, pasaba desapercibida.

De igual forma, ocultar cualquier ruido que pudiéramos hacer en la noche fue muy sencillo, gracias a los hechizos de cancelación de ruido que las chicas aprendieron.

En lo que parecía un día más de clases, Diana, tuvo una revelación.

Estaba en un entrenamiento de Combate.

Se enfrentaba a un golem de práctica, esquivando sus torpes, pero potentes puñetazos.

—¡Concéntrate, Diana!

—le gritó el instructor, un centauro con poca paciencia— ¡Anticipa el movimiento!

Frustrada, Diana cerró los ojos un instante.

“Vista de águila”, “Vista de águila” pensó, recordando la sensación de volar sobre el bosque.

Al abrirlos, el mundo había cambiado.

El lento movimiento del golem se volvió increíblemente predecible.

Veía la tensión en sus hombros de piedra milisegundos antes de que lanzara el golpe, el cambio de peso en sus pies.

Esquivó el siguiente ataque con una fluidez que no era suya, “agilidad felina” pensaba antes de contraatacar con precisión, golpeando la runa de control en la espalda y desactivando al golem.

Se quedó jadeando, la adrenalina mezclada con el asombro.

No solo podía copiar la forma de los animales.

Había copiado sus habilidades, como si tomara prestados sus dones sin perder la forma base.

Al parecer entre más tiempo pasábamos juntos, más cambiaba nuestra magia, más se vinculaban nuestras esencias y el entendimiento entre nosotros era complicidad sin precedentes

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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