El aullido y el lamento - Capítulo 66
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66: Trascender 66: Trascender Unos días después, mientras paseábamos por los jardines, nos encontramos con la Profesora Nimue regando unas flores fuego de hada, pequeñas flores de un naranja y amarillo tan intensos, que parecen estar en llamas, sobre todo por las noches.
La Profesora nos observaba desde la distancia, con esa sonrisa suya que parecía conocer todos los secretos del viento.
—Crecen fuertes juntos —dijo, acercándose.
Su mirada no era la de una profesora, sino la de una vieja amiga.
—Como tres árboles jóvenes que plantan sus raíces tan cerca que, con el tiempo, nadie sabe dónde termina uno y empieza el otro.
Samara se sonrojó levemente.
—¿Se nota tanto, profesora?
Nimue se rió, un sonido como el de hojas secas danzando.
—Ványar ve tres auras mágicas trabajando en una sinergia sin precedentes.
Thörne ve a tres problemáticos alumnos que, milagrosamente, se mantienen a raya mutuamente.
Yo…— hizo una pausa, sus ojos profundos encontrando los míos, luego los de Samara y Diana —Veo un vínculo que no se define por la magia, sino por el corazón.
El bosque no controla cómo crecen las raíces, solo celebra que se sostengan juntas.
Con esa bendición, nos dejó solos.
Ninguno de nosotros dijo nada.
No hacía falta.
Nimue lo entendía.
Y eso, de alguna manera, lo hacía todo más real.
La siguiente semana pasó en un torbellino de descubrimientos.
Durante una clase de Pociones, Diana se cortó accidentalmente con un frasco roto.
Antes de que pudiera reaccionar, puse mi mano sobre la herida.
Sentí el tejido dañado, el flujo de sangre, y un instinto primario me guio.
Canalicé la energía de la tierra, esa madre dadora de vida, y la piel de Diana se cerró bajo mis dedos, sin dejar cicatriz.
Thörne nos observó desde lejos, levantando una ceja con silenciosa aprobación.
Samara, en la clase de Artefactos Antiguos, purificó una daga ceremonial que susurraba malos presagios.
Mientras otros sentían un frío maligno, ella sintió la soledad del espíritu atrapado en el metal.
Su lamento empático lo liberó.
Pero la mayor revelación fue de Diana.
Había pasado noches enteras en la biblioteca, no estudiando para sus clases, sino devorando grimorios sobre criaturas mágicas.
Una tarde, nos llevó a la Sala de los Ecos.
—El Profesor Caelum me dio permiso— dijo, nerviosa pero decidida —Necesito mostrarles.
Se paró en el centro del círculo de piedra.
Cerró los ojos.
No pensó en plumas ni en garras.
Pensó en la nobleza, en la fuerza, en la majestuosidad de dos naturalezas unidas.
Pensó en el grifo.
La transformación fue lenta, dolorosa.
Vimos sus huesos reacomodarse, sus músculos estirarse.
Plumas doradas brotaron de su espalda mientras sus piernas se convertían en las poderosas patas de un león.
Cuando abrió los ojos, ya no eran los suyos, sino los de un depredador antiguo y sabio.
Se irguió, mitad águila, mitad león, un grito majestuoso resonó en la sala, haciendo vibrar los cristales.
Había trascendido los límites de su linaje.
Ya no copiaba lo que veía; se convertía en lo que entendía.
El grito majestuoso del grifo se desvaneció, dejando un eco de poder puro en la Sala.
Diana mantuvo su nueva forma por unos segundos más, su cuerpo temblando por el esfuerzo monumental.
Luego, con un gemido que fue mitad ave y mitad león, su figura comenzó a contraerse.
La transformación de vuelta no fue fluida como las otras.
Fue dolorosa.
Vimos cómo las plumas se retraían en su piel, cómo sus huesos crujían al reacomodarse a su forma humana.
Se tambaleó, sus piernas cediendo, y tanto Samara como yo nos lanzamos para sostenerla antes de que cayera al suelo.
Estaba pálida, empapada en sudor y temblando de pies a cabeza, completamente agotada.
El Profesor Caelum, que había permanecido en un silencio reverente, no nos miraba a nosotros.
Su mirada blanca estaba perdida en un punto sobre la cabeza de Diana, como si observara algo que nosotros no podíamos ver.
—Acabo de presenciar el nacimiento de una nueva línea en el Velo Eterno del plano astral —dijo, su voz era un susurro cósmico lleno de asombro.
Diana, apoyada en nuestros hombros, levantó la cabeza con dificultad.
Su mirada estaba desenfocada, su habitual chispa de energía reducida a una brasa parpadeante.
—¿Una qué…
en el qué?
—murmuró, su confusión tan genuina que resultaba casi cómica.
El Profesor Caelum finalmente bajó la vista, y en su rostro enigmático había algo parecido a una sonrisa.
—No has imitado a una criatura, niña.
Has tejido una con el entendimiento, ya no solo creas lo que ves, si no lo que entiendes —explicó, su voz volviéndose más clara—.
Felicidades, Therian…Has trascendido el linaje original.
Acabas de crear el tuyo propio.
Es un logro impresionante.
El peso de sus palabras tardó un segundo en asentarse.
Luego, la comprensión nos golpeó.
Samara soltó una risa ahogada que se convirtió en un sollozo de pura alegría.
—¡Diana!
—exclamó, tomando el rostro de nuestra compañera entre sus manos—.
¡Fue…
increíble!
¡Estabas majestuosa!
¡Creaste algo nuevo!
Yo no podía hablar.
Solo sentía un orgullo tan feroz y abrumador que me quemaba el pecho.
La chica despistada, la aliada parlanchina…
había hecho historia.
—Nunca he visto nada igual —logré decir, mi voz ronca por la emoción—.
Has reescrito las reglas.
Diana nos miró a ambos, y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas, no de dolor, sino de una felicidad exhausta.
Intentó ponerse de pie, pero sus piernas flaquearon.
La sostuvimos con más fuerza, pasando nuestros brazos por sus hombros.
—Vamos —dijo Samara con una ternura infinita—.
Necesitas descansar, progenitora de un nuevo linaje.
Casi arrastrándola, con sus pies apenas rozando el suelo, la sacamos de la Sala de los Ecos, dejándola apoyarse en nosotros.
Diana reía y lloraba al mismo tiempo, una melodía caótica y hermosa que llenaba los pasillos silenciosos de la universidad de camino a la cama.
Esa noche, de vuelta en mi habitación, el cansancio era profundo, pero satisfactorio.
Diana se durmió casi al instante, agotada por la transformación.
Samara y yo nos quedamos despiertos un rato, sentados en el suelo, mirando la luna por el balcón.
—Hemos cambiado tanto —susurró ella, apoyando su cabeza en mi hombro.
—No —repliqué, pasando un brazo por su cintura.
—No hemos cambiado.
Hemos renacido y evolucionado.
Ahora descansa, mañana tendremos otro día de clases por delante.
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