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El aullido y el lamento - Capítulo 67

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67: Una tarea de campo 67: Una tarea de campo La calma del amanecer se rompió con tres golpes secos en la puerta.

Un gremlin con un pergamino sellado nos informó que éramos convocados a la Sala de los Ecos de inmediato.

Intercambiamos una mirada.

Las clases, al parecer, tendrían que esperar.

Al entrar en la imponente sala, el aire se sentía denso, cargado de una solemnidad que no habíamos percibido antes.

Ványar, Nimue y el profesor Caelum nos esperaban en el centro del círculo de piedra.

Los cristales flotantes giraban lentamente sobre ellos, emitiendo una luz pálida y constante.

Fue el Profesor Caelum el primero en hablar.

Su voz no resonó en las paredes, sino directamente en nuestro interior, una vibración que parecía tocar cada fibra de nuestro ser.

—Su magia, chicos, puedo verla en el plano etero, sublime y hermosa, está entrelazada.

Fluye y se fortalece en un mismo canal.

Lo que antes eran tres ríos distintos, ahora convergen en un solo caudal poderoso.

Ványar interrumpió, dando un paso al frente con el aire de un académico que por fin ha resuelto una ecuación compleja.

—Mi teoría es que cuanto más fortalecen su amistad, más fuerte se vuelve su magia y más dones se les revelan.

El vínculo emocional es el catalizador directo de su poder arcano.

Es fascinante.

En cuanto pronunció la palabra “amistad”, noté la casi imperceptible mueca burlona en el rostro de Nimue.

Samara, a mi lado, se tensó ligeramente y sus mejillas comenzaron a teñirse de un suave carmesí.

Nimue la miraba con una concentración pasmosa en los ojos.

La voz de la elfo del bosque susurraba directamente en la mente de Samara.

«Ese viejo ingenuo…

Típico de alto elfo.

Se enfocan tanto en los grandes flujos de magia que no ven los detalles más pequeños, las verdades que susurra el viento.

Ustedes han trascendido los límites de la amistad de una manera no solo emocional, sino también física, según me cuenta la brisa de la noche».

Samara bajó la mirada de inmediato, enrojeciendo hasta las orejas, fingiendo un repentino interés por la punta de sus zapatos.

Diana y yo intercambiamos una mirada de confusión que rápidamente se convirtió en diversión al ver su vergüenza.

Caelum retomó la palabra, su presencia serena devolviendo el foco a la reunión.

—Jóvenes, su sinergia es la razón por la que los hemos convocado.

Tendrán una nueva tarea.

Un viaje de campo.

Hizo una pausa, dejando que la anticipación se asentara en el aire.

—En las montañas del norte, más allá del Bosque Antiguo, se encuentra un túmulo antiguo y abandonado.

Los flujos de la magia me muestran algún tipo de maldición activa en el lugar y la presencia de una entidad hostil.

Puede resultar un trabajo difícil, pero mis cálculos, sumados a los del profesor Thörne y al instinto de la profesora Nimue, nos dicen que ustedes tres pueden hacerse cargo de la situación.

Es una prueba para su magia renovada y una oportunidad más para fortalecer sus lazos.

El desafío quedó flotando entre nosotros.

Una maldición.

Una entidad hostil.

Nuestra primera misión como equipo.

Miré a Samara; su vergüenza se había disipado, reemplazada por una determinación de acero.

Miré a Diana; sus ojos brillaban con la emoción de una nueva aventura.

No hacían falta palabras.

Asentimos al unísono.

Salimos de la Sala de los Ecos mientras el sol de la mañana comenzaba a calentar las piedras del campus.

La conversación de los profesores, la vergüenza de Samara, la promesa de peligro…

todo se arremolinaba en mi mente.

Pero por encima de todo, sentía una calma profunda.

Miré a las dos mujeres que caminaban a mi lado, discutiendo en voz baja si debían empacar más pociones o más bocadillos.

La prueba no era solo para nuestra magia.

Era para nosotros.

Y por primera vez desde que todo comenzó, no tenía miedo de fallar.

Porque ya no caminaba solo.

El peso de la nueva misión se asentó sobre nosotros, como un propósito.

Al salir de la Sala de los Ecos, la necesidad de un momento a solas, lejos de oídos curiosos y miradas indiscretas, era palpable.

—Vamos a los jardines —sugerí, mi voz apenas un murmullo.

Diana asintió con una seriedad inusual en ella, y Samara simplemente comenzó a caminar, guiándonos hacia el rincón más apartado del campus, un pequeño santuario de árboles centenarios y flores lunares que brillaban suavemente a pesar del sol de la mañana.

—Vigila —me dijo Samara, con una mirada que era mitad orden, mitad súplica.

Asentí, tomando mi puesto de guardia a una distancia prudente, dándoles la espalda para ofrecerles una ilusión de privacidad.

El aire olía a tierra húmeda y a la promesa de una conversación importante.

Me concentré en los sonidos del campus, en el murmullo lejano de los estudiantes, dispuesto a interceptar a cualquiera que se acercara.

Detrás de mí, el silencio se estiró.

Luego, escuché la voz suave de Diana.

—¿Estás bien, Sam?

—Lo estoy— respondió Samara, su tono más cálido de lo que esperaba —Solo…

estoy aquí.

Con ustedes.

Y eso es todo lo que importa.

Un impulso me hizo girar la cabeza apenas un centímetro.

Lo que vi me llenaba el corazón.

Diana, con una ternura que desarmaba, había tomado el rostro de Samara entre sus manos.

Samara, por su parte, se inclinaba hacia ella, cerrando los ojos.

Fue un beso suave, lento, cargado de afecto, de gratitud y del vínculo que habían forjado en el caos.

Era un momento perfecto, frágil y absolutamente nuestro.

—¿Interrumpo, señoritas?

La voz de Nimue, suave como el musgo, surgió de la nada a mi lado.

Salté por la sorpresa, ellas dos se separaron de golpe, pasando por mil tonalidades de rojo.

La vergüenza fue instantánea, seguida por una mirada fulminante en mi dirección.

Se suponía que yo debía vigilar.

—Víktor…

— comenzó Samara, su voz una mezcla de reproche y pánico.

Miré confundido a Nimue, que me observaba con una sonrisa divertida.

—¿Cómo…?

No la sentí acercarse.

Nimue posó una mano en el tronco del árbol más cercano.

—Tal vez ya escuchas y hablas con la tierra Víktor, pero el bosque, es mi confidente.

No podrías encontrarme o sentirme aquí si yo no lo deseo.

Se acercó a las chicas, cuya vergüenza no había disminuido.

—No tienen da que avergonzarse.

El amor que comparten es tan natural como la raíz que busca el agua.

Luego, su mirada se posó en Samara con serena intensidad.

—En fin, lo que le dije en privado en la Sala de los Ecos, señorita Samara…

¿sabe cómo ocurrió?

Diana y yo nos quedamos expectantes.

La miramos, esperando la respuesta.

—¿Telepatía, supongo?

—aventuró Samara —Pero para eso se requiere una conexión…  —y la tenemos— interrumpió la profesora.

—Aquella noche, cuando compartimos el dolor de su pérdida en el bosque, cuando el nombre de Alun’diel sanó la herida de la tierra, se creó esa conexión entre nosotras.

—Samara dejo rodar una lagrima por su mejilla, instintivamente Diana puso una mano en su hombro, yo también sufría en silencio, el eco de la perdida es un herida abierta que ni el vínculo había podido sanar, sangra de vez en cuando, dolía por ratos.

Dolía escuchar lo que ya sabíamos.

La profesora hizo una pausa, su expresión volviéndose más seria.

—Vine porque me queda más que claro que ustedes tres tienen una conexión aún más fuerte y, sin embargo, no se comunican así.

No con la mente.

Esta habilidad será de vital importancia en su nueva asignación, un canal silencioso en medio del peligro.

Así que no puedo permitir que se marchen de ULTIMA sin dominarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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