El aullido y el lamento - Capítulo 68
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- Capítulo 68 - 68 El Susurro del Viento
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68: El Susurro del Viento 68: El Susurro del Viento El desafío quedó flotando en el aire fresco del jardín.
Nuestra misión en las montañas del norte acababa de adquirir una nueva capa de complejidad.
Ya no se trataba solo de enfrentar una maldición, sino de aprender a escuchar nuestros propios pensamientos como uno solo.
Nimue sonrió, esta vez con el aire de una maestra que está a punto de impartir su lección más importante.
—No se preocupen, síganme a lo profundo del bosque oscuro, ahí, en donde el viento me enseñó a escuchar, yo les enseñaré a ustedes a susurrar.
Sin esperar respuesta, Nimue se dio la vuelta y se adentró en la espesura.
La seguimos sin dudar, dejando atrás los cuidados jardines del campus para sumergirnos en el corazón salvaje del bosque.
Nimue se movía sin hacer ruido, como si fuera una parte más del paisaje.
Nos guio a un pequeño claro bañado por una luz verdosa que se filtraba a través de las altas copas de los árboles, un lugar que se sentía antiguo y apartado del resto del mundo.
—Aquí comenzaremos— dijo, su voz apenas un murmullo —Su vínculo es emocional, pasional y mágico.
Pero sus percepciones aún son individuales.
Debemos sincronizarlas.
Que lo que uno siente, los otros lo intuyan.
Nos indicó que nos sentáramos en círculo.
—Samara, cierra los ojos.
Víktor, acércate a Diana.
Toca suavemente una parte de su cuerpo, un solo punto.
Que el contacto sea casi imperceptible.
Obedecí.
Con la punta de mi dedo índice, rocé con levedad el lóbulo de la oreja izquierda de Diana.
Ella contuvo el aliento, inmóvil.
Samara, con los ojos cerrados, frunció el ceño en concentración.
—El hombro…
no.
Es más arriba —susurró.
—Cerca del cuello…
la oreja.
Siento un cosquilleo, un pequeño punto de calor en mi oreja izquierda.
Diana y yo nos miramos, asombrados.
No era una adivinanza; era una percepción compartida.
Ese había sido solo el primer ejercicio, nos turnábamos para que el receptor fuer diferente cada vez.
Pasamos el día así, inmersos en una serie de ejercicios que desafiaban los límites de nuestros sentidos.
En un momento, Diana se concentró en el canto de un pájaro específico, y Samara y yo, con los ojos cerrados, tuvimos que aislar esa misma melodía del mar de sonidos del bosque a través de ella.
En otro, yo visualicé la textura de una roca cubierta de musgo, y ellas, sin verla, describieron la sensación fría y húmeda en sus propias manos.
Hicimos pausas únicamente para comer.
Nimue, con un gesto de su mano, hacía que bayas jugosas y dulces brotaran de arbustos cercanos.
Para mitigar la sed, nos enseñó a beber el rocío acumulado en el interior de enormes flores en forma de campana invertida, un agua pura y fresca que parecía cargada de la propia energía.
Poco antes del atardecer, cuando la luz del sol teñía el claro de tonos dorados y anaranjados, Nimue detuvo el entrenamiento.
—Este momento del día es perfecto— dijo, su voz solemne —Las energías de la naturaleza convergen.
Acérquense.
Se paró primero frente a Diana.
Posó su mano suavemente sobre su pecho, justo encima del corazón.
Sentimos una oleada de energía emanar de ella.
Entonces, su mano hizo el sutil gesto de tomar una llave invisible y girarla lentamente.
Los ojos de Diana se abrieron de par en par, llenos de asombro, y su cuerpo se desplomó, cayendo hacia atrás abrumada.
Samara y yo nos tensamos para ayudarla, pero algo en nuestro interior, una calma compartida, nos detuvo.
Sabíamos que estaba bien.
Nimue siguió con Samara.
Repitió el mismo ritual: la mano en el pecho, el giro lento de la llave.
La reacción fue idéntica.
Samara soltó un suspiro y se desvaneció, cayendo suavemente sobre la hierba.
Finalmente, la profesora se detuvo frente a mí.
Me preparé para el impacto, pero ella simplemente me observó.
—Con usted no es necesario — dijo, bajando la mano —Acabo de abrir un canal de energía natural en ellas.
—Usted ya tiene ese canal abierto desde que comulga con la naturaleza, se ira desarrollando más poco a poco.
Ellas se están ajustando a sentir el viento y el aroma de los árboles no solo con sus sentidos, sino como la energía que son y que usted ya canaliza.
Si bien los sentidos de sus compañeras no serán tan agudos como los suyos o tan sensibles como los míos, igual les tomará un poco de tiempo ajustarse a percibir el mundo de esta manera, así que por ahora puede llevarlas a descansar.
Miré a las dos tendidas en el suelo.
Respiraban profundamente, sus rostros serenos, como si estuvieran en el más profundo de los sueños.
La lección había terminado, pero su viaje acababa de empezar.
Con cuidado, me arrodillé, estaba a punto de ayudarlas a levantarse cuando la voz de la profesora Nimue detuvo mis pasos.
—Víktor, mientras entrenan conmigo, su habitación será aquella.
Señaló un punto entre los árboles al tiempo que la tierra vibraba.
Un sonido de ramas y raíces crujiendo y moviéndose inundaba el bosque.
Estaba tan absorto escuchando y sintiendo el cambio en la naturaleza que no noté cuándo Nimue desapareció.
Con cuidado, ayudé a Samara y a Diana a ponerse de pie.
Aún estaban visiblemente aturdidas, sus sentidos recién abiertos abrumados por el torrente de información que el bosque les ofrecía.
Caminamos lentamente en la dirección indicada.
Unos metros más adelante, perfectamente oculta entre la vegetación, se alzaba una hermosa choza de madera, lianas y ramas, con un techo de hojas secas superpuestas.
En lugar de puerta, una cortina de flores que caían en una hermosa enredadera de colores resguardaba la privacidad del interior.
Entramos.
Lo primero que llamó mi atención fue una enorme cama de musgo suave y fragante, suficientemente grande para los tres.
La idea de ya no tener que dormir en el piso me provocó una felicidad inmensa y casi infantil.
Pequeñas cómodas y mesitas de madera tallada adornaban la habitación.
Incluso había un baño en un rincón, donde la ducha era una pequeña cascada que nacía de entre las paredes de piedra, una visión tan natural que opacaba el simple agujero en el piso que supuse sería usado como letrina.
Samara y Diana, aún un tanto abrumadas, ya buscaban el confort de la cama.
Se acurrucaron sobre el musgo y un abrazo silencioso se formó entre ellas mientras una sábana hecha de delgadas y frescas hojas cubría sus cuerpos.
Las vi con ternura.
Me arrodillé para tocar la tierra bajo mis pies y, cerrando los ojos, murmuré: —Gracias, profesora.
Lo dije con la certeza de que Nimue, dondequiera que estuviese, había recibido el mensaje.
Con el corazón en calma, me levanté, me fui a la cama y me acurruqué con ellas, dejando que el silencio y el aroma del bosque nos arrullaran hasta dormir.
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