El aullido y el lamento - Capítulo 7
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7: Rendición.
7: Rendición.
Ella no contestó con palabras, sino con un gemido que me invitaba a tomarla.
En ese momento, cerré el espacio final entre nosotros.
No fue un movimiento lento ni medido.
Fue un acto de apropiación, rápido y profundo, impulsado por el recuerdo efímero de mi forma lobuna y la rendición que ardía en sus ojos.
Ella no se quejó ni se tensó.
En su lugar, el grito que había intentado reprimir durante todo el juego finalmente escapó: un sonido estrangulado y espectral que resonó por la habitación, una mezcla perfecta de lamento y deleite.
La presión era absoluta.
El contraste de su frialdad fantasmal y mi calor licántropo se unía en un solo punto incandescente.
El aire se hizo más espeso, cargado con la magia combinada de ambos.
Samara se aferró a mis hombros, clavando sus uñas como garras.
Sus ojos se cerraron mientras sus caderas se alzaban para encontrar mi ritmo.
Era una danza mágica, llena de placer y pasión desenfrenada.
La banshee y el licántropo.
El lamento y el aullido unidos en la intimidad.
Mi respiración se volvió errática.
Mi control, ese que me había permitido transformarme y volver en un instante, ahora se disolvía con cada embestida.
Ella abrió los ojos; había una sonrisa triunfante grabada en su rostro.
Me había desafiado, y yo le había dado exactamente lo que buscaba.
—Más intenso —susurró, con un último jadeo.
Sus muslos se aferraban a mi cuerpo y el ritmo de su pelvis era todo menos terrenal.
Mis manos paseaban por sus pechos y ocasionalmente regresaban a su cuello en un recordatorio visceral de mi reclamo sobre su cuerpo.
Sin palabras, mis manos no dejaban de repetir: “eres mía”.
Cada embestida era más profunda.
El sonido del marco de madera destrozándose se mezclaba con sus gemidos, un canto fantasmal que nublaba mi razón y potenciaba a la bestia.
—Intenso…
—esa palabra fue su rendición final, el reconocimiento de que la invasión había sido un éxito rotundo.
Y entonces, una explosión de magia simultánea.
Algo resonó entre nosotros.
Un gruñido bajo y gutural escapó de mi garganta, y sentí el último ápice de mi fuerza desbordarse.
El calor se liberó de mi cuerpo.
La espalda de Samara se arqueó, sus manos tiraron de mi cabello, las mías se aferraron a ese lindo trasero suyo… El lamento de la banshee fue un grito de placer puro, un sonido que se combinó y potenció junto a mi rugido, un estruendo de magia pura que probablemente alertaría a todos los dormitorios.
Caí sobre ella, respirando agitadamente, mi cuerpo temblando por el esfuerzo, rodeado de sábanas y madera rota.
La habitación era un caos, pero nosotros estábamos en paz.
Nuestros cuerpos quedaron sobre lo que alguna vez fue un colchón; sin darnos cuenta, mis garras y las suyas lo habían dejado hecho trizas, un bulto de tela, relleno y uno que otro resorte salido.
El silencio que siguió al éxtasis era profundo, mágico.
Solo se escuchaba el latido doble de nuestros corazones y el crujido ocasional de alguna tabla rota.
Samara fue la primera en moverse, su mano acariciando suavemente la piel de mi espalda.
—Bueno —jadeó ella, su voz aun recuperándose—.
Me miró, y a pesar de la palidez de su piel, el fuego en sus ojos era innegable—.
Parece que sí tienes un cerebro, Von Wolf… por fin entendiste las indirectas.
Aunque con un resultado trágico para tu habitación.
Levanté la cabeza y observé el desastre.
El marco de la cama estaba irremediablemente destrozado.
Las patas habían cedido por mi peso de licántropo que, aunque fugaz, había sido demasiado para la vieja estructura de madera.
La cómoda a un lado de la cama también había resultado afectada y la explosión mágica había dejado un desorden de libros, papeles y restos por toda la habitación.
—Es un nuevo diseño de interiores —respondí, volviendo a mi tono sarcástico habitual.
Ella soltó una risita que esta vez no sonó a tragedia, sino a pura diversión.
—Tenemos que agradecer al profesor Thörne por no venir a disecarte —comentó Samara—.
Si nos descubre, se dará cuenta de que las mandrágoras no son la única fuente de gritos en esta universidad.
Nos quedamos abrazados en silencio.
El tiempo voló sin darnos cuenta, nos perdimos en una charla ligera.
Las bromas y el sarcasmo se habían pausado, dejando espacio para algo más serio, algo que no podía ignorar.
El contacto de nuestros cuerpos desnudos me hizo sentir increíblemente conectado a nuestra propia naturaleza y, a la vez, increíblemente sensible a lo que había fuera.
Algo había despertado esa noche.
Me giré, rodando sobre mi costado, pero sin soltarla.
Miré hacia el balcón abierto y el bosque oscuro más allá.
Las copas de los árboles, agitadas suavemente por la brisa, parecían susurrar.
—Samara —murmuré, mi voz volviéndose grave y urgente.
El tono que indicaba que mi lado salvaje se había calmado, pero no dormido—.
Tienes razón.
Creo que hay algo en ese bosque.
Ella dejó de acariciarme.
—¿Qué pasa?
—Hace un rato, cuando el licántropo salió…
lo sentí más claro.
Es un llamado, Samara.
Y no es solo para destrozar mobiliario —dije, tratando de suavizar la situación—.
Es algo viejo, casi ancestral.
Algo que huele a magia salvaje.
Creo que no estamos aquí por casualidad.
Este bosque no es solo una linda vista desde mi balcón; siento que es una parte de mi historia…
Samara se quedó en silencio por un momento, su mirada fija en el techo.
La palidez de su piel, usualmente signo de su naturaleza de banshee, parecía acentuarse por la seriedad.
Dejó escapar un suspiro, y cuando habló, su voz era un susurro denso que casi se perdía en el desorden.
—No te atrevas a decírselo a nadie, o le ayudaré a Thörne a disecarte —me advirtió, su tono recuperando una pizca de su habitual seriedad oscura—.
Te voy a ayudar a investigar.
Me incorporé ligeramente, mirándola con curiosidad.
—¿Es por cómo afecta tu magia?
Ella se encogió de hombros, trazando círculos abstractos en mi pecho.
—Es porque después de esta noche, no es tu historia…Es nuestra.
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