El aullido y el lamento - Capítulo 70
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70: Un descanso 70: Un descanso La puerta se abrió en ese momento, y Samara entró con una bandeja llena de café y panecillos.
Nos miró a los dos sentados en la cama, tomados de la mano, y una sonrisa iluminó su rostro.
—Vaya, ¿interrumpo algo?
—dijo, su tono era una mezcla perfecta de burla y cariño—.
No se detengan por mí.
Dejó la bandeja en una mesita de madera y se cruzó de brazos con aire teatral.
—Puedo mirar cómo ustedes se comen primero el postre, pero no puedo dejar que el desayuno se enfríe.
Si no se dan prisa, les tocará comer solo bayas.
Diana y yo nos reímos, y la tensión íntima del momento se transformó en una mañana perezosa y feliz.
Nos acomodamos en la enorme cama de musgo, compartiendo el desayuno entre bromas y roces casuales.
La luz del sol se filtraba por la cortina de flores, pintando patrones de colores en la habitación.
Era una paz que ninguno de nosotros había conocido antes, simple y profundamente nuestra.
Después de comer, mientras Diana y Samara charlaban sobre qué atuendo mágico sería más práctico para el entrenamiento, yo caminaba descalzo por la habitación.
La tierra compacta del suelo se sentía fresca y viva bajo mis pies.
De repente, una vibración rítmica subió por las plantas de mis pies, un pulso suave pero insistente que no era un temblor, sino un mensaje.
Uno-dos-tres…
pausa…
uno-dos-tres.
—Nimue —dije en voz alta.
Las chicas se callaron y me miraron.
—¿Qué pasa?
—preguntó Diana.
—Nos llama.
En una hora, en el claro del entrenamiento —expliqué.
Samara suspiró, aunque con una sonrisa.
—Una extraña forma de comunicarse la que tiene Nimue.
Podría usar el viento para susurrar un mensaje, ¿no crees?
—Le quitas la diversión, Sam —replicó Diana, levantándose de un salto—.
¡Es como un código secreto del bosque!
¡Me encanta!
Mientras Diana buscaba qué ponerse, Samara se dirigió al baño.
—Voy a ducharme primero.
No pienso entrenar oliendo a café.
Desapareció tras la pared de piedra de donde brotaba la cascada.
Unos segundos después, el sonido del agua llenó la choza.
Una idea traviesa, un impulso nacido de nuestra nueva conexión, cruzó mi mente.
Miré a Diana, que estaba de espaldas a mí, cepillándose el cabello.
Le hice un gesto y arqueé las cejas, una pregunta silenciosa.
Ella me vio por el reflejo de un pequeño cristal que usaba como espejo, y una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios.
Asintió sutilmente.
Aclaré la garganta y grité hacia el baño, asegurándome de que mi voz se elevara por encima del sonido de la cascada.
—¡Samara, a ver si puedes sentir esto!
En el instante en que terminé la frase, me acerqué a Diana y le di un apretón firme y juguetón en el trasero.
Ella soltó una risita ahogada, dando un pequeño saltito.
No pasó ni un segundo.
Desde el baño, por encima del ruido del agua, la voz de Samara resonó con una claridad cristalina y una indignación fingida: —¡Lobo mañoso!
Diana y yo estallamos en carcajadas creando un sonido alegre que llenó cada rincón de la choza.
El grito de Samara desde el baño no había sonado a enojo real, sino a la clase de regaño que se da con una sonrisa.
Nos miramos, y en ese instante, compartimos el mismo pensamiento travieso, una idea que no necesitaba palabras.
Era el siguiente paso lógico en nuestro juego, una extensión de la conexión que acabábamos de poner a prueba.
Con una complicidad silenciosa, nos levantamos.
Diana me guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio.
Nos movimos con un sigilo exagerado hacia el rincón del baño, donde el sonido de la cascada se hacía más fuerte.
El vapor ya se escapaba, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y a las hierbas del jabón natural que Nimue había dejado para nosotros.
Nos deslizamos uno tras otro detrás de la cortina de agua.
Samara estaba de espaldas a nosotros, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando que el agua cayera sobre su rostro y su cabello.
Saltó al sentir nuestras manos en su cintura, una en cada lado.
Se giró de golpe, con una exclamación ahogada que rápidamente se convirtió en una risa incrédula al vernos allí, empapados y sonriendo.
—¿En serio?
—dijo, arqueando una ceja, aunque sus ojos brillaban con diversión—.
Veo que mi grito fue una invitación.
No se puede tener un momento de paz en esta choza, ¿verdad?
—Nos pareció que necesitabas ayuda con la espalda —respondió Diana, tomando una esponja y comenzando a pasarla suavemente por el hombro de Samara con una naturalidad encantadora.
Me acerqué por detrás de Samara, rodeándola con mis brazos y apoyando mi barbilla en su hombro.
Mi pecho se presionó contra su espalda, y sentí cómo se relajaba en mi abrazo, suspirando.
—Además —murmuré cerca de su oído, mi voz grave por el sonido del agua—, el entrenamiento es en equipo.
La ducha también debería serlo.
El resto del baño transcurrió entre risas suaves, el calor del agua y el contacto de nuestros cuerpos moviéndose en el pequeño espacio sin torpeza ni apuro.
No era un acto de pasión, sino algo más profundo: una celebración de nuestra intimidad, una cómoda y alegre aceptación de que ya no había barreras entre nosotros.
Después, envueltos en toallas tejidas con fibras suaves de alguna planta, nos preparamos para ir con Nimue.
El aire en la choza se sentía ligero, cargado de la energía renovada de los tres.
Nos vestimos con ropa cómoda para el entrenamiento, nuestros movimientos sincronizados por una familiaridad recién descubierta.
Mientras Diana se ataba las botas, me miró y sonrió.
—Definitivamente, esta es la mejor forma de empezar un día de entrenamiento.
Samara, que se estaba trenzando el cabello, me lanzó una mirada por encima del hombro.
—No te acostumbres, lobo.
A la próxima, pongo un hechizo de bloqueo en la cascada.
Sabía que mentía.
La amenaza juguetona en su voz era la confirmación final de que nuestro vínculo, en todas sus formas, no solo había sido aceptado, sino bienvenido.
Listos y con los espíritus en alto, salimos de la choza, adentrándonos de nuevo en el bosque para encontrarnos con nuestra maestra.
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