El aullido y el lamento - Capítulo 71
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71: Prueba superada 71: Prueba superada Llegamos al claro del bosque y encontramos a Nimue esperándonos, sentada con las piernas cruzadas sobre una raíz que parecía haber crecido para formar un asiento perfecto para ella.
Al acercarnos, no nos miró a nosotros, sino al espacio que nos rodeaba, como si pudiera ver el aura que tejíamos juntos al caminar.
Una sonrisa sutil curvó sus labios.
—El susurro de ayer es el eco de hoy —dijo, su voz tan clara como el aire de la mañana—.
Y suena más fuerte.
Se levantó con una agilidad que contradecía su calma.
—La conexión entre ustedes ha madurado durante la noche.
Puedo sentir la calidez y la cohesión en su energía.
Eso significa que los ejercicios de hoy serán más difíciles.
La percepción es el primer paso, pero la acción sincronizada es el verdadero desafío.
Nuestro primer ejercicio fue de proyección.
Nimue le entregó a Diana una simple piedra de río, lisa y gris.
—Diana, no pienses en la piedra.
Siente su historia.
Siente el agua que la pulió, el sol que la calentó.
Ahora, muéstraselo a ellos.
Diana cerró los ojos, sosteniendo la piedra entre sus manos.
Samara y yo nos concentramos, abriendo nuestra percepción a ella.
Al principio, solo sentí una confusión de sensaciones: frío, aspereza, oscuridad.
Pero Diana se esforzó más, y poco a poco, las imágenes comenzaron a llegar, no como un pensamiento, sino como un recuerdo implantado.
Vi el rápido fluir de un arroyo, sentí el golpe de la piedra contra otras en el lecho del río, y finalmente, la quietud de la orilla bajo el sol.
—Bien —dijo Nimue, satisfecha.— Ahora, algo más complejo.
Para el siguiente ejercicio, nos vendó los ojos a Samara y a mí.
—Víktor, Samara, ustedes serán el cuerpo.
Diana, tú serás los ojos.
Nimue hizo crecer del suelo un laberinto bajo de enredaderas espinosas.
La tarea era simple: Diana, desde fuera del laberinto, debía guiarnos a través de él solo con sus pensamientos.
Samara y yo, tomados de la mano para mantener el contacto, debíamos confiar ciegamente en las instrucciones que sentíamos en nuestra mente.
Los primeros intentos fueron un desastre.
Un impulso mental de “¡Izquierda!” de Diana llegaba a mí con urgencia, pero a Samara como una duda, haciéndonos tropezar con las espinas.
Pero poco a poco, aprendimos a filtrar el ruido.
Diana dejó de “gritar” mentalmente y comenzó a “empujar” suavemente, enviando la sensación de un giro en lugar de la palabra.
Samara y yo aprendimos a movernos como una sola entidad, respondiendo al impulso compartido.
Al final, logramos cruzar el laberinto sin un solo rasguño, nuestros pasos en perfecta sincronía, guiados por una voz que no podíamos oír.
Agotados, hicimos una pausa para el almuerzo.
Nimue volvió a proveernos con bayas que brotaban al instante y el agua de rocío de las flores acampanadas.
Mientras comíamos, el silencio no era de cansancio, sino de asombro ante lo que éramos capaces de hacer juntos.
Poco antes del atardecer, Nimue nos reunió para la prueba final.
—Como ya lo saben, en este momento del día, las energías de la naturaleza convergen.
Han aprendido a percibir y a actuar.
Ahora, aprenderán a crear.
Se paró a varios metros de nosotros y levantó una mano.
Una esfera de energía comprimida, tejida con viento y polen, se formó en su palma.
—Lanzaré esto hacia ustedes.
No es peligroso, pero los derribará si no lo detienen.
Deben crear un escudo, juntos y sin palabras.
Nos miramos los tres.
No hubo tiempo para planear.
La esfera de viento y polen salió disparada hacia nosotros dividiéndose en tres partes.
Mi instinto fue inmediato.
No pensé en mí, pensé en ellas.
Grité “¡Atrás!” y golpeé el suelo del claro con ambas palmas.
Mi conexión con la tierra respondió, obedeciendo a mi pánico protector.
Una pared de tierra y raíces brotó del suelo, un escudo crudo para proteger a Samara y Diana del impacto.
Pero en el mismo instante, sentí un cambio en el aire a mi alrededor.
El viento del claro, que momentos antes era una brisa suave, se detuvo.
Se volvió…
espeso.
Samara, con los ojos cerrados y los brazos extendidos, había creado una barrera de aire denso, protegiéndonos a Diana y a mí.
Y antes de que pudiera procesar eso, un destello de movimiento a mi derecha.
¡Agua!
Los pequeños charcos de rocío que Nimue nos había dado para beber y el lodo de la tierra se levantaron, formando un escudo líquido y tembloroso que se interpuso entre la esfera, Samara y yo.
¡Diana!
Todo sucedió en una fracción de segundo.
Los tres habíamos actuado por puro instinto, y ninguno se había protegido a sí mismo.
La esfera de Nimue nos golpeó.
O, mejor dicho, golpeó nuestras defensas.
La pared de tierra absorbió la mayor parte del impacto, explotando en una nube de polvo y astillas.
El escudo de aire de Samara siseó y dispersó la energía cinética restante.
El escudo de agua de Diana hirvió y se evaporó al instante.
Estábamos exhaustos, jadeando, pero de pie.
Nos miramos, atónitos.
Nimue bajó la mano.
Y por primera vez, nos dedicó una sonrisa amplia y llena de orgullo.
—Sabía que la magia llamaría a la magia —dijo, su voz resonando con una satisfacción profunda—.
Diana…
¿qué sentiste?
Diana miró sus manos mojadas.
—Yo…
no lo sé.
Vi la esfera venir hacia Víktor y Samara…
y solo…
solo quería que el agua los cubriera.
Como si fluyera para protegerlos.
Nimue asintió.
—Y tú, Samara.
Samara miraba el aire.
—Yo…
sentí el viento.
Sentí que podía…
detenerlo.
Sostenerlo.
Como contener la respiración.
Nimue se acercó.
—Cuando abrí sus canales de energía, permití que sus afinidades naturales despertaran.
La magia del bosque los ha estado llamando, y hoy, por instinto, han respondido.
—Así como Víktor es la Roca, la fuerza y permanencia de la tierra, tú, Samara, eres el Viento.
La calma, pero también la fuerza contenida.
Y tú, Diana, eres el Agua.
Siempre fluyendo, siempre adaptándote.
La revelación nos dejó sin aliento.
Geomancia, Aeromancia e Hidromancia.
—Han aprendido no solo a susurrar —dijo Nimue—.
Han encontrado su propia canción.
Hizo una pausa, y cuando pensábamos que nos daría la bendición para partir, añadió: —Pero aún no pueden marchar.
El sol se oculta, y su viaje debe comenzar con la luz.
Además, aún quedan cosas que aprender.
Pasado mañana, al amanecer, los espero aquí mismo.
El profesor Thörne vendrá a enseñarles algo.
Agotados, asentimos y vimos a Nimue desvanecerse entre los árboles.
Regresamos a nuestra cabaña mágica.
El esfuerzo del día se sentía en cada músculo.
Los roces con las enredaderas espinosas del laberinto habían dejado pequeños arañazos en nuestros brazos y piernas.
Diana, con su dramatismo habitual, examinaba un rasguño en su rodilla como si fuera una herida de guerra.
—Creo que necesitaré una poción de regeneración —declaró, dejándose caer en la cama de musgo.
Samara soltó una risita y se arrodilló a su lado, pasando suavemente la yema de sus dedos sobre el arañazo.
—¿Mejor, soldado?
—Luego me miró.
Yo tenía un corte más profundo en el antebrazo—.
Tu turno, lobo descuidado.
Me senté junto a ellas en la cama.
Samara limpió la herida con un trozo de hoja humedecida en agua de la cascada, su contacto era delicado y preciso.
Mientras lo hacía, Diana se inclinó y sopló suavemente sobre el corte, un gesto infantil y extrañamente reconfortante.
Sentí el calor de sus cuerpos a mi lado, la simpleza de su cuidado, y por un instante, la misión, la magia y el peligro desaparecieron.
Solo éramos nosotros, sanando las pequeñas heridas del otro en la quietud del bosque.
Esa noche dormimos profundamente, nuestros cuerpos entrelazados buscando calor y consuelo, unidas nuestras tres respiraciones en un solo ritmo tranquilo.
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