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El aullido y el lamento - Capítulo 72

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72: Miradas atentas 72: Miradas atentas A la mañana siguiente, nos despertamos con el sol filtrándose a través del techo de hojas.

No hubo una llamada de Nimue ni la presión de un entrenamiento inminente, solo la calma perezosa de un día que nos pertenecía por completo.

Por gusto más que por costumbre, nos bañamos los tres juntos en la cascada.

El ritual del baño se prolongó sin prisa.

El agua tibia, las risas que rebotaban en las paredes de piedra y los besos robados bajo el velo del vapor crearon un ambiente de sensualidad juguetona.

Cada caricia era un redescubrimiento, una reafirmación del vínculo que ahora fluía tan naturalmente como el agua que nos limpiaba.

Al fin, limpios y renovados, decidimos que era hora de un verdadero festín.

Fuimos al comedor de la escuela por algo de comer que no fueran frutos o raíces.

Además, creo que Samara empezaba a mostrar algo parecido al síndrome de abstinencia por la falta de café.

Nuestra entrada en el comedor, todavía medio vacío, causó un pequeño revuelo.

Pedimos una cantidad de alimentos que dejó impresionados al personal y a los pocos alumnos presentes por igual: pilas de panqueques, tortillas, tocino, huevos, jarras de jugo y, para Samara, una cafetera entera que abrazó como si fuera un tesoro perdido.

Comimos con el apetito de quienes no solo alimentan el cuerpo, sino que celebran estar vivos.

Después de una tranquila caminata, llegamos a la cabaña impregnados del aroma a bosque.

La suave luz de los hongos luminiscentes del interior nos recibió como un abrazo cálido.

Al cruzar el umbral de la puerta, tome a Diana por la cintura, ello volteo para mirarme, sentí el abrazo cálido de Samara en mi espalda, ella se aferraba a mi cuerpo, al tiempo que Diana me besaba con ternura.

Esos instantes de amor compartidos eran lo que más disfrutaba de nuestra nueva vida.

Mientras yo guardaba el maletín y acomodaba los viales de café que habíamos traído, Samara y Diana se dejaron caer sobre la cama de musgo, sus cuerpos buscando el descanso.

Las escuché platicar en voz baja, susurros que se mezclaban con el sonido de las hojas en el exterior.

Vi de reojo cómo Diana le apartaba un mechón de cabello del rostro a Samara, y cómo sus labios se encontraron en un beso tierno, casi secreto, un punto y aparte en la conversación del día.

Un calor se instaló en mi pecho.

No era celos, sino un anhelo profundo de ser parte de esa intimidad, no solo como un compañero, sino como un observador devoto.

Imitando los gestos que le había visto a Nimue, extendí mis manos y me concentré en la tierra bajo mis pies.

extendí mis manos y me concentré en la tierra bajo mis pies.

Puse mi mano en el suelo de la choza y sentí la roca madre muy abajo.

La llamé.

La piedra respondió a mi voluntad, emergiendo del suelo para formar un pequeño trono de granito crudo al pie de la cama.

El sonido captó su atención.

Ambas se giraron, interrumpiendo su momento.

Me miraron con una expresión de duda, una pregunta silenciosa en sus ojos.

Ya sentado, recliné mi cuerpo hacia el frente, apoyando los codos en mis rodillas.

No rompí el contacto visual, dejando que mi mirada viajara de una a la otra.

Era una mirada penetrante, despojada de cualquier juego o sarcasmo, una petición nacida desde lo más profundo de mi ser.

Mi voz, cuando salió, fue apenas un murmullo ronco, cargado de una intención que hizo vibrar el aire.

—Quiero verlas…

Lo entendieron de inmediato.

No necesitaron palabras.

A través de nuestro vínculo, sintieron la oleada de mis pensamientos: el deseo, la adoración, la necesidad de ser testigo de su conexión.

No era una orden, era una súplica.

Vi cómo la duda en sus rostros se transformaba en una chispa de entendimiento, seguida de una corriente de calor y anticipación.

Se miraron la una a la otra, y en ese cruce de miradas, sellaron un pacto silencioso.

Diana fue la primera en moverse.

Con una lentitud deliberada, se acercó a Samara.

Sus dedos trazaron la línea de la mandíbula de Samara, un camino suave que descendió por su cuello hasta detenerse en el borde de su camisa.

No había prisa.

Cada movimiento era un verso en un poema que solo ellas conocían.

Samara cerró los ojos, un suspiro apenas audible escapando de sus labios mientras se entregaba al tacto.

Sus propias manos encontraron las de Diana, entrelazando sus dedos.

La sábana de hojas frescas se deslizó, revelando la piel pálida de sus hombros bajo la luz mágica.

Yo observaba, inmóvil, mi corazón martilleando contra mis costillas.

No era solo un espectador; nuestro vínculo me hacía partícipe del calor que crecía entre ellas, del pulso que se aceleraba, de la ternura que fluía en cada caricia.

Lo que siguió fue un balé silencioso y exquisito.

Un juego de roces y susurros, de piel contra piel.

Vi el contraste del cabello rojizo de Diana derramándose sobre el castaño profundo de Samara.

Escuché el susurro de la tela deslizándose, apartada no con urgencia, sino con reverencia.

Sus cuerpos se buscaron, se encontraron, se enredaron en un abrazo que era a la vez exploración y reencuentro.

Sus labios se movían con una pereza sensual, compartiendo besos que eran a veces tiernos, a veces profundos y demandantes.

Los dedos de Diana exploraban la curva de la espalda de Samara, mientras que las manos de Samara se perdían en el cabello de Diana, atrayéndola más cerca.

El aire de la choza se volvió espeso, cargado con el aroma de su piel, de su deseo.

A través de nuestra conexión, sentía el escalofrío que recorría la espalda de Samara cuando los labios de Diana encontraban su cuello.

Sentía el temblor en las manos de Diana cuando Samara acariciaba sus muslos.

Era una sinfonía de sensaciones, y yo era su único público, cautivo y devoto.

La luz de los hongos pareció intensificarse, respondiendo a la energía que emanaba de la cama.

Sus movimientos se volvieron más fluidos, más rítmicos.

Un gemido suave, ahogado, flotó en el aire, y no supe de cuál de las dos provino.

Quizás de ambas.

Se aferraron la una a la otra, un último beso sellando el momento, sus cuerpos temblando en una culminación silenciosa que hizo que la magia de la choza vibrara a su alrededor.

Se quedaron así, abrazadas, con la respiración agitada, en la quietud que sigue a la tormenta.

Y yo permanecí en mi silla de roca, el eco de su placer aún resonando en mi interior, con el corazón lleno de una gratitud abrumadora por haberme permitido presenciar algo tan hermoso y tan íntimamente suyo.

—¿Complacido?

—preguntó Samara, con una complicidad traviesa en la mirada.

—Extasiado —respondí, mi voz aún ronca.

Con una agilidad que contrastaba con la escena anterior, Samara se levantó de la cama.

Fue hacia el maletín, tomó una poción revitalizante y le dio un largo trago.

La vi volver junto a Diana, inclinarse y, con un beso, compartir el elixir, un traspaso de energía que pareció encender una nueva chispa en los ojos de ambas.

Entonces, Samara se levantó de nuevo y se acercó a mí.

Me tomó por la camisa y, con una fuerza sorprendente, me levantó de mi silla.

Se inclinó hasta que sus labios rozaron mi oído.

—Lobo mañoso —susurró, su aliento cálido enviando un escalofrío por mi espalda —No eres el único con fetiches.

Además, te percibí.

Usabas nuestro vínculo para sentirnos.

Yo también quiero probar esa sensación.

Sin más, me empujó hacia la cama.

Tropecé hacia atrás, cayendo sobre el suave musgo junto a Diana, que me recibió con una sonrisa nerviosa y expectante.

Samara, con una calma depredadora, tomó mi lugar en la silla.

Se reclinó, adoptando la misma postura que yo había tenido, y su mirada se volvió fuego líquido.

—Quiero verlos.

La petición resonó en la choza, cargada de un poder que era a la vez permiso y mandato.

Diana y yo nos quedamos inmóviles por un instante, el peso de ser el centro de atención, de su atención, creando una tensión completamente nueva.

Era nuestra primera vez así, solos en el epicentro del deseo.

Giré mi cuerpo para quedar frente a Diana.

Su energía, normalmente un vendaval alegre, ahora era una corriente eléctrica contenida, casi tímida.

La luz de los hongos danzaba sobre su piel, iluminando las pecas de sus hombros y el rubor que subía por su cuello.

En sus ojos vi una mezcla de nerviosismo y una confianza incipiente.

Llevé mi mano a su mejilla, mi pulgar acariciando suavemente su piel.

Ella se inclinó hacia mi tacto, cerrando los ojos.

Era un gesto de confianza pura que me llenó el pecho.

Me incliné y la besé.

No fue un beso de pasión arrolladora, sino uno de descubrimiento.

Un beso lento, tierno, que buscaba aprender la forma de sus labios, el sabor de su aliento.

Ella respondió con una vacilación que se derritió rápidamente, sus labios abriéndose bajo los míos, su mano subiendo hasta enredarse en mi cabello.

Sentí la fuerza contenida en su cuerpo, la agilidad de la criatura bajo la piel de la mujer.

A través del vínculo, sentía la mirada atenta de Samara, no como una intrusión, sino como una caricia más, una bendición silenciosa que envolvía la escena, cargándola de su propia energía.

Su curiosidad y su placer se filtraban en mi mente, intensificando cada sensación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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