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El aullido y el lamento - Capítulo 73

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73: Como la primera vez 73: Como la primera vez Mis manos comenzaron a explorar, no con la posesión de un amante familiar, sino con la reverencia de quien descubre un paisaje sagrado.

Tracé la curva de su cintura, la línea de su espalda, la suavidad de sus muslos.

Cada centímetro de su piel era un territorio nuevo.

Ella respondió a mi toque con un estremecimiento, su cuerpo arqueándose hacia el mío, su respiración volviéndose un jadeo suave.

La ropa se convirtió en un obstáculo suavemente apartado, una barrera que se disolvió bajo la urgencia silenciosa de nuestras manos.

Su piel, al contacto con la mía, era cálida, vibrante.

Era la sensación de la vida misma, indómita y apasionada.

Sus movimientos tenían una gracia casi salvaje, una libertad que reflejaba su naturaleza Therian ahora evolucionada.

No había torpeza en ella, solo una respuesta instintiva al placer.

Se movía conmigo, a veces guiando, a veces siguiendo, en una danza improvisada sobre el lecho de musgo.

La energía en la choza vibró.

La sentí rendirse a la sensación, su cuerpo tensándose, un grito ahogado perdido contra mi boca.

Y yo la seguí, mi propia liberación un pulso único que resonó a través de nuestro vínculo, un eco que llegó hasta la mujer sentada en la silla de raíces y regresó a nosotros, amplificado, sellando el momento.

Nos quedamos abrazados, sin aliento, el ritmo de nuestros corazones ralentizándose al unísono.

Diana escondió su rostro en mi cuello, su risa era un temblor feliz contra mi piel.

Habíamos cruzado un nuevo umbral, no como dos, sino como tres, unidos en una danza de deseo, confianza y un amor que seguía desafiando toda definición.

Ahí, acostados en el suave musgo, con Diana aún a mi lado, un pensamiento rompió el silencio.

No fue hablado, fue transmitido, una onda clara y decidida que nos llegó a Samara y a mí al mismo tiempo.

«Mi turno…» Diana se levantó lentamente.

Su movimiento no era juguetón, sino firme, como si reclamara un trono que le correspondía.

Con una sola mirada, Samara entendió que debía volver a la cama.

Se movió con gracia, ocupando el lugar que Diana había dejado a mi lado.

Sin decir una palabra, Diana se sentó en la silla.

La roca pareció ajustarse a su forma.

Se acomodó, con las piernas elegantemente separadas, y mientras nos miraba fijamente, su voz fue un susurro cargado de autoridad y deseo.

—Muéstrenme lo que saben hacer.

Samara se giró hacia mí sobre la cama.

La poción revitalizante corría por sus venas, y podía sentir el zumbido de su energía renovada.

En mi interior, el ímpetu y la vitalidad del licántropo, ahora despierto y en sintonía conmigo, respondían con una fuerza abrumadora.

La estamina no era un problema.

Nuestras miradas se encontraron, y el fuego prendió.

La ternura de los momentos anteriores se consumió, reemplazada por una llama antigua y familiar.

Un desafío.

Un anhelo.

Un solo pensamiento nos unió, tan claro como un grito en la noche: «…como la primera vez…» No hubo más vacilación.

Me moví sobre ella con una urgencia que recordaba el caos de mi dormitorio, pero esta vez no era torpe, era precisa.

El licántropo en mí no buscaba destruir, sino reclamar.

La banshee en ella no respondía con sorpresa, sino con una demanda igual de intensa.

Nuestras bocas se encontraron en una colisión, una batalla de voluntades que ninguno de los dos quería ganar.

Era un beso de posesión, de memoria, de redención.

Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con fuerza, mientras las mías se aferraban a sus caderas, anclándola a mí.

Desde la silla de raíces, sentía la energía de Diana, una mezcla de asombro y fascinación.

No era una espectadora pasiva; su presencia alimentaba la nuestra, su placer se convertía en parte del nuestro, cerrando el círculo.

Su excitación llegaba a mí a través del vínculo, un pulso rítmico que avivaba aún más el fuego entre Samara y yo.

Esto no era un descubrimiento tierno; era una afirmación de poder.

El recuerdo de aquella primera noche nos guiaba, pero ahora con el control que habíamos ganado.

Mis movimientos eran firmes, dominantes.

Ella respondía con una fuerza igual, sus piernas enredándose en las mías, luchando por el control en una danza de poder y entrega.

Sus uñas se clavaron ligeramente en mi espalda, no para herir, sino para recordarme a la criatura que acechaba tras sus ojos verdes.

—Intenso…

—jadeó contra mi boca, la palabra era tanto un recuerdo como una orden.

—Siempre —gruñí en respuesta.

El aire en la choza crepitaba.

La luz de los hongos pulsaba con nuestro ritmo, más brillante, más rápida.

Sentí la energía de Samara acumularse, un poder espectral que ya no era frío, sino ardiente.

Fue una colisión, un estallido de magia y pasión que no rompió la cama, sino que hizo temblar los cimientos de nuestro vínculo.

Un grito ahogado escapó de sus labios, y el mío se unió a él, un eco del aullido y el lamento originales, pero transformado en una canción de puro placer.

Caí sobre ella, sin aliento, nuestros cuerpos cubiertos de sudor.

La energía en la habitación se calmó lentamente, la luz volviendo a su brillo suave.

Nos quedamos así, enredados, nuestros corazones latiendo como uno solo.

Levanté la vista hacia la silla.

Diana nos observaba, su rostro iluminado por la magia residual, una expresión de pura admiración en sus facciones.

No dijo nada.

Solo nos sonrió, una sonrisa que lo decía todo.

Había visto la tormenta, la furia y el fuego.

Y en lugar de asustarse, había encontrado en ella una belleza salvaje que ahora, también, le pertenecía.

Lentamente, como si no quisiera romper el hechizo que envolvía la habitación, se levantó de la silla de roca.

Se deslizó hacia la cama con la gracia silenciosa de un felino, su movimiento era una caricia en el aire quieto de la choza.

Samara y yo, aún abrazados, nos movimos para hacerle un espacio entre nosotros, un gesto instintivo que no requirió palabras.

Diana se acurrucó en el hueco que le ofrecimos, su cuerpo encajando perfectamente con los nuestros.

Su cabeza encontró el hueco de mi hombro, mientras su mano buscaba la de Samara en un gesto de tranquila posesión.

El aire de la choza estaba impregnado no solo del eco de nuestro placer, sino de una corriente más profunda, una calma absoluta que se asentó sobre nosotros como un manto.

Éramos un solo aliento, un solo latido, un nudo de cuerpos y almas entrelazados.

El licántropo, la banshee y la Therian, despojados de todo menos de la verdad que habíamos construido juntos.

Y en la quietud de esa noche, unidos en un placer satisfecho, un deseo compartido y un amor que, ahora lo sabíamos, era inigualable, nos entregamos al sueño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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