El aullido y el lamento - Capítulo 74
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- Capítulo 74 - 74 Alquimia y explosiones
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74: Alquimia y explosiones 74: Alquimia y explosiones A la mañana siguiente, después del desayuno en la choza, nos dirigimos de nuevo al claro del entrenamiento.
Esta vez, no solo Nimue estaba allí.
A su lado, con los brazos cruzados y su habitual expresión de impaciencia, se encontraba el Profesor Thörne.
La profesora era un torbellino de emociones contenidas, nos miraba con los ojos muy abiertos, como si estuviera llena de una sorpresa que luchaba por ocultar.
Leves tonalidades de rojo pasaban por su rostro, y no dejaba de alisarse la túnica de musgo con nerviosismo.
Samara se inclinó hacia mí, extrañada.
—¿Sabes qué le pasa?
—susurró.
Observé a Nimue por un segundo más, notando cómo desviaba la mirada en cuanto la nuestra se encontraba.
Y entonces, lo entendí todo.
Miré a Diana y a Samara, sintiendo cómo el bochorno me subía por el cuello.
—La cabaña…— murmuré, tan bajo que apenas fue un soplo de aire.
—Nos delató.
El rostro de Samara pasó del desconcierto al pánico en una fracción de segundo.
Su piel, normalmente pálida, se tiñó de un rojo intenso que no le había visto nunca, ahogó un gritito y se tapó la boca con las manos, sus ojos abiertos como platos.
La vergüenza era palpable, una ola de calor que nos envolvió a los tres.
La profesora, disimulando lo mejor que pudo, con un gesto de su mano, hizo surgir mesas de madera y raíces de la tierra.
—Profesor Thörne, son todos suyos.
—Sí, sí, sí, hola a todos —dijo el viejo, sin detenerse—.
La profesora Nimue me pidió que les ayudara, así que vamos a empezar.
Los humanos no vivimos miles de años, así que no me hagan perder el tiempo.
Dejó el maletín sobre una de las mesas con un golpe sordo y nos miró a cada uno.
—Señor Víktor, su nueva comunicación con la tierra le ayudará a entender las propiedades de cada planta, raíz o flor que pueda encontrar.
Señorita Samara, su manejo impecable de la magia será útil al momento de hacer las mezclas.
—Y, por último, la parlanchina, usted, Diana, con sus transformaciones y los dones que puede tomar prestados de los animales, será vital para recolectar ingredientes.
Hoy les enseñaré a crear antídotos, venenos y un par de explosivos.
Abrió su maletín y sacó otro mucho más pequeño, apenas más grande que la palma de mi mano, hecho de una madera oscura y pulida.
—Les regalaré uno de mis maletines mágicos.
Cuídenlo, fue un regalo de Ványar.
Nos lo entregó.
El pequeño objeto era ligero, pero zumbaba con una energía contenida.
Al abrirlo, el interior parecía expandirse hasta el infinito, un espacio oscuro capaz de guardar cientos de viales, frascos e ingredientes.
—Si hoy progresan satisfactoriamente— continuó Thörne, cerrando su propio maletín.
—Mañana les enseñaré a improvisar nuevas recetas, siempre y cuando Von Wolf pueda identificar características específicas en las plantas.
Yo les enseñaré su compatibilidad.
La primera lección fue un antídoto para el veneno de Colmillo de Sombra.
Thörne nos describió sus efectos paralizantes y nos dio el primer paso: encontrar una planta con propiedades que “aquieten” la energía.
Cerré los ojos, concentrándome.
Pisé con fuerza el suelo bajo mis pies.
Mi conexión con la tierra era fuerte, pero se sentía limitada a mi entorno inmediato.
Samara, que había estado observando a Nimue, se acercó a mí y puso su mano en mi hombro.
No dijo nada, pero sentí una oleada de su esencia a través del vínculo: su empatía mágica, clara y afinada.
Sentí el pulso de la tierra de nuevo, pero esta vez amplificado por su percepción.
Cada vibración era más nítida.
Busqué una en específico, una energía calmante.
La encontré.
La sensación subía por la pared de la roca del claro como si fuera una extensión de mi propio cuerpo.
—Ahí —dije, señalando—.
En la grieta de esa roca, a unos veinte metros de altura.
Crece un musgo.
Siento cómo absorbe la energía a su alrededor, la ralentiza.
Su esencia es fría y densa…
—Bien.
Parlanchina, tráigalo —ordenó Thörne.
Sin dudarlo, Diana se transformó en una pequeña ardilla de pelaje rojizo.
Trepó por el tronco del árbol más cercano a la roca con una agilidad asombrosa, saltó a la cornisa y, en minutos, regresó con un trozo del musgo entre los dientes.
La siguiente fase era la mezcla.
Thörne colocó sobre la mesa varios frascos: savia de árbol de hierro, polvo de espora de hada y el musgo que trajo Diana.
—Señorita Samara, el mortero.
Triture el musgo y mézclelo con tres gotas de savia.
Luego, una pizca de polvo de espora.
Con cuidado, la mezcla es inestable.
Samara asintió, su concentración era absoluta.
Sus manos se movían con una precisión increíble, cada movimiento era fluido y medido.
Trituró el musgo y añadió la savia.
La mezcla comenzó a emitir un suave vapor azul.
Al tomar el frasco de esporas, se detuvo.
—Profesor— dijo en voz baja —Siento una…
fluctuación.
La energía del musgo y la de las esporas están repeliéndose.
Es parte del proceso, siga las instrucciones — replicó Thörne con impaciencia.
Samara dudó, pero obedeció.
Dejó caer una diminuta pizca del polvo brillante en el mortero.
Hubo un chispazo, un silbido agudo y un sonido ensordecedor cruzo el claro… Una pequeña explosión nos cubrió a todos de una pasta azulada y pegajosa.
El silencio que siguió fue denso.
Diana se quitó un trozo de musgo de la frente, perpleja.
Yo me limpié la cara, conteniendo una risa.
Thörne se quedó inmóvil, con el rostro cubierto de la sustancia, mirando a Samara.
Su expresión no era de ira, sino de puro asombro.
Claramente, esperaba que la fuente de cualquier desastre fuera Diana.
—Hmph— gruñó finalmente, limpiándose con un pañuelo —Sentiste la inestabilidad antes que yo pudiera verla.
Un error por exceso de habilidad, no por falta de ella.
Tolerable.
La tensión se rompió.
Samara, sonrojada pero aliviada, soltó una risita.
En el segundo intento, canalizó una pizca de su propia magia empática para “calmar” la reacción entre los ingredientes antes de mezclarlos.
El resultado fue un antídoto perfecto, un líquido plateado y brillante.
El resto del día transcurrió así, en un ciclo de detección, recolección y mezcla.
Creamos un veneno que inducía un sueño profundo usando el polen de una flor que Diana tuvo que arrebatarle a un enjambre de abejas mágicas, transformándose en un oso.
Terminamos con un pequeño explosivo de impacto hecho con savia de pino y una roca de azufre que yo localicé bajo tierra.
Al atardecer, estábamos agotados, sucios, pero eufóricos.
El pequeño maletín mágico ahora contenía nuestros primeros viales, creaciones nacidas de nuestro vínculo y nuestras nuevas habilidades.
Thörne nos miró con una rara expresión de aprobación.
—Mañana improvisaremos —dijo, guardando sus cosas—.
No lleguen tarde.
Mientras se marchaba, Nimue se giró hacia nosotros por un segundo, su sonrisa era tan sabia como el bosque mismo.
Habíamos dado un paso más.
De inmediato Diana y yo interrogamos a Samara, te vimos mirándola, antes de que pusieras tu mano en mi hombro…¿qué te dijo?
—Tenías razón Viktor, la choza, el viento, el bosque mismo nos delataron, Nimue se entero de todo, con lujo de detalle—.
Los colores rojizos volvieron a la cara de Diana al instante.
—Al parecer fue algo bueno, al enterarse de como usamos el vinculo para mandar sensaciones físicas entre nosotros, se le ocurrió que podíamos hacer lo mismo con magia, ella me dijo que pusiera la mano en tu hombro y fue muy, muy enfática, solo en el hombro…
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