El aullido y el lamento - Capítulo 75
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75: La prueba de los viales 75: La prueba de los viales A la mañana siguiente, después de haber desayunado una increíble variedad de frutos que habían aparecido misteriosamente en una cesta en la choza, una recompensa de Nimue, seguramente, nos dirigimos al claro del entrenamiento.
La energía de la noche anterior aún vibraba entre nosotros, una corriente de confianza y afecto que hacía que el aire de la mañana se sintiera aún más fresco.
Al llegar, nos encontramos con una escena inesperada.
Nimue estaba allí, serena como siempre, pero junto a ella, el Profesor Thörne se afanaba con un pesado carruaje de madera.
En lugar de su habitual túnica de profesor, llevaba una armadura de cuero endurecido, llena de bolsillos y correas, que le daba el aspecto de un veterano explorador.
Sobre el carruaje descansaban dos cajas grandes de madera, cerradas con pesados cerrojos de hierro.
Al notar nuestras miradas de asombro, Thörne gruñó, dándole una palmada a su armadura.
—Por si explotan de nuevo—dijo, sin más explicación.
—Hoy les mostrare como descubrir propiedades.
La alquimia no es una vieja receta en un pergamino.
Al usar elementos vivos de la naturaleza, no es así de sencillo.
Debe aprender a identificar cada detalle, y puede aprovechar la gran imaginación de Diana para pensar en las posibilidades.
Por ejemplo, si tomamos una telaraña como elemento base…
—¡Bomba pegajosa!
—interrumpió Diana con una emoción incontenible.
—Excelente idea —replicó el maestro, con una rara chispa de aprobación—.
Ahora, deben encontrar al menos otros dos elementos con propiedades pegajosas, que endurezcan o algo similar.
No olviden la Regla de Tres en la alquimia: siempre tres elementos físicos y tres mágicos para cada mezcla perfecta.
Otro ejemplo, las flores de Fuego de Hada…
—¡Bomba incendiaria!
—replicó Diana de nuevo.
Thörne casi sonrió.
—¡increíble!
La imaginación de la parlanchina a veces se puede confundir con una aguda intuición.
Quiero que, además de estos dos ejemplos, durante la tarde inventen dos recetas defensivas y dos ofensivas.
La mañana se convirtió en un torbellino de actividad.
Para la bomba pegajosa, me concentré y sentí la energía de la tierra, al no encontrar nada, me refugié en el conocimiento teórico, —La savia de un abedul plateado” —, le dije a Diana, “se vuelve como ámbar al contacto con el aire.
Momentos después la tierra me mostro algo mas —Bajo aquella roca, hay un polvo de cristal que vibra con una energía que une, que adhiere”.
Transformada en un pájaro carpintero, Diana picoteó la corteza para extraer la savia, y luego, como un topo, excavó para sacar los cristales.
Samara, con una precisión de cirujana, mezcló los tres elementos físicos, canalizando su propia magia como catalizador, creando unas esferas de vidrio que contenían un líquido espeso y burbujeante.
El proceso se repitió una y otra vez.
Inventamos un “Velo de Sombras”, una bomba de humo que anulaba la visión, usando un hongo que absorbía la luz.
Creamos una “Esquirla de Hielo”, una poción que congelaba cualquier líquido al instante.
La sinergia era perfecta: mi percepción guiaba, la agilidad de Diana recolectaba y la precisión de Samara creaba.
Fue durante la creación de la bomba incendiaria que ocurrió lo inevitable.
—¡Necesito más polen de Girasol de Fuego!
—gritó Diana desde la copa de un árbol, sacudiendo una flor que brillaba con luz propia.
—¡Con cuidado, el polen es volátil!
—le advirtió Thörne desde abajo.
Demasiado tarde.
Diana sacudió la flor con demasiado entusiasmo.
Una nube de polen dorado cayó en espiral y aterrizó directamente sobre nuestra mesa de trabajo, justo en un charco de catalizador que se había derramado.
La reacción fue instantánea.
Un ¡sonido seco y ahogado, seguido de una enorme nube de humo rosa con chispas doradas, nos cubrió a todos.
Cuando el humo se disipó, Diana estaba en el suelo, cubierta de hollín rosa y con el pelo erizado.
Samara y yo la mirábamos, atónitos, antes de estallar en carcajadas.
Pero el sonido más inesperado fue el de Thörne.
Se reía.
Una risa genuina, ronca y profunda.
Se giró hacia Nimue, que observaba la escena con una sonrisa divertida.
—¡Ja!
—dijo Thörne, secándose una lágrima de risa— Esa es la explosión que había estado esperando.
Al atardecer, estábamos agotados, cubiertos de manchas de colores y oliendo a una extraña mezcla de azufre y flores.
Pero sobre las mesas descansaban nuestras creaciones: viales con líquidos que burbujeaban, esferas de cristal que zumbaban con energía contenida y pastas que endurecían al tacto.
—Interesantes recetas— dijo Thörne, su tono volviendo a ser serio.
—Espero, por su propio bien, que funcionen.
Se acercó a las pesadas cajas de madera en el carruaje.
Con un movimiento seco, abrió los cerrojos.
De la primera caja salió corriendo un Zavéido.
Era una criatura aterradora, con el cuerpo de un lobo sin pelaje, cubierto de escamas iridiscentes que cambiaban de color con la luz.
Sus ojos brillaban en la penumbra con una inteligencia maligna.
Sin previo aviso, nos lanzó una ráfaga de energía cinética, una onda de aire invisible que me golpeó en el pecho y me hizo retroceder varios pasos.
Enseguida, de la otra caja surgió un Mordisco de Brea.
Era un cuadrúpedo bajo y musculoso, con una piel negra, viscosa y burbujeante.
Abrió sus fauces, revelando dientes translúcidos y afilados, y escupió un chorro de sustancia negra y pegajosa que aterrizó a los pies de Diana, inmovilizándola al instante.
El caos se desató.
El Zavéido comenzó a moverse en un patrón en zigzag, lanzando ráfagas cinéticas que nos obligaban a esquivar y separarnos.
Mientras tanto, el Mordisco de Brea se arrastraba desde las sombras, intentando atraparnos con sus proyectiles de alquitrán.
—¡Ahora!
—grité, recuperando el aliento—.
¡Necesitamos un plan de ataque!
Mi mente trabajaba a toda velocidad, analizando a los enemigos.
La velocidad del Zavéido era el principal problema, y la inmovilización del Mordisco de Brea, la trampa más peligrosa.
El profesor nos había tomado por sorpresa con sus bestias, pero no por eso podría humillarnos tan fácilmente, mi cabeza no seria un adorno mas en su sala de trofeos, este desafío era la oportunidad perfecta para mostrarle de una vez por todas quien es Viktor Von Wolf…y lo mejor, no estaba solo.
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