El aullido y el lamento - Capítulo 77
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77: Probando ingredientes 77: Probando ingredientes Ese día desayunamos en la cama, entre risas y el desorden sobre la sábana de musgo y hojas.
Después, nos duchamos juntos en la cascada, sin urgencia, con una calma juguetona, prolongando el ritual con caricias y besos robados bajo el agua tibia.
Después, decidimos aprovechar el día.
—Recolectaremos ingredientes por separado y nos veremos por la tarde en el claro de entrenamiento —propuse—.
Así cubriremos más terreno.
Crearemos más pociones y guardaremos algunos ingredientes al natural en el maletín.
El plan fue aceptado con entusiasmo.
Diana, con una sonrisa, dio un par de pasos hacia atrás y, en un remolino de energía, adoptó la forma de un halcón de plumaje rojizo.
Con un grito agudo, se elevó hacia el cielo, en busca de flores de montaña y otros componentes lejanos.
Samara y yo nos internamos en el bosque, no sin antes compartir un beso lento, una promesa silenciosa de reencontrarnos.
Luego, tomamos direcciones opuestas.
La vi desaparecer entre los árboles, su silueta mezclándose con las sombras.
Me quedé solo en el bosque.
El silencio me envolvió, pero ya no era un silencio vacío.
Era…
expectante.
Miré los tenis que llevaba.
Se sentían como jaulas, aislándome, mi propio instinto me impulsó.
Me senté en un tronco caído y me los quité, junto con los calcetines.
En el instante en que mis pies descalzos tocaron la tierra húmeda y fría del bosque, sentí un suspiro de alivio.
La conexión fue inmediata: el zumbido de la tierra profunda, la frialdad de la piedra bajo el musgo, la vibración de la vida.
Comencé a caminar.
Pasé las siguientes horas solo con mis pensamientos.
La tierra me señalaba un hongo que crecía oculto bajo un helecho, una raíz nudosa con un pulso de energía calmante.
Los recolectaba casi por inercia, mi mente en otro lugar.
Pensé en ese primer día, cuando vi a Samara en el pasillo.
Había pensado: “Este año va a ser interesante”.
Qué estupidez.
“Interesante” no era la palabra.
“Cataclísmico” se sentía más apropiado.
Jamás imaginé que “interesante” significaría destrozar mi habitación por una pasión descontrolada, ser exiliado unos días en un pueblo humano, visitar un cementerio y un lago para sanar el mundo y mi propia magia, y, sobre todo, morir.
O casi morir.
“El Intersecto”, como lo llamó Caelum.
Ese momento de oscuridad total entre la hoguera y el claro, esos minutos de la nada que para mí fueron menos que un parpadeo, «¿Eso es morir?
Ese instante de…“nada” durando una eternidad ¿De verdad no hay nada más?
¿O fue la hoguera que nos quería condenar a la inexistencia?» Y todo había comenzado por ella.
Samara.
La rivalidad que se convirtió en un amor tan profundo que decidimos arder juntos.
Y luego estaba Diana.
Recordé cómo la había visto en años anteriores…”Agotadora”, “Parlanchina”.
Una chica “atolondrada” que descarté como un caos adorable pero intrascendente.
Qué idiota había sido.
Esa chica “atolondrada” fue la única que corrió hacia el fuego por nosotros.
Fue la que nos salvó.
La que nos cuidó en Whitepine, la que nos hizo reír en el baile y la que nos unió en la Sala de los Ecos.
Ahora, la idea de mi vida sin su energía chispeante se sentía tan vacía como la vida sin la calma de Samara.
Mi mano se posó sobre mi pecho.
Y ahí estaba el dolor.
El eco.
Alun’diel.
Nunca imaginé que perdería un hijo.
Un hijo que ni siquiera supe que tenía hasta que ya se había ido.
Me detuve, apoyando una mano en la corteza de un roble, la conexión con la tierra de repente se sentía más triste.
Me pregunté cómo sería caminar por este mismo bosque con un pequeño niño a mi lado.
O una niña.
¿Correría a mi lado?, su herencia de licántropo vibrando con la tierra, ¿O flotaría junto a Samara?, su cabello plateado brillando con poder espectral…¿O sería algo completamente nuevo?
Un linaje nacido del Aullido y el Lamento…
Tragué el nudo en mi garganta.
Este año me había dado dos amores que quería proteger y conservar por siempre…pero…también me había abierto a un dolor que no sabía cómo procesar.
Sacudí la cabeza, forzándome a volver al presente.
Soy roca, soy fuerza, soy estabilidad, soy su roca me repetía una y otra vez…ese estúpido impulso de hombre de fingir que todo está bien, de sonreír para que mis chicas pudieran respirar en calma, cargar mi dolor en silencio y compartir el de ellas, eso era yo.
Si Samara ocultaba su ternura con Sarcasmo y Diana sus miedos con locura…mi ego desmedido cubría mi vulnerabilidad.
El sol estaba alto.
Había pasado horas perdido en mis pensamientos.
Era hora de volver.
Después de la recolección en solitario.
Pasamos la tarde juntos en el claro, ahora seria nuestro laboratorio al aire libre.
Las mesas que Nimue había creado seguían allí, esperando.
Extendimos nuestras cosechas: Diana trajo plumas de arpía y cristales de cuarzo de picos altos; Samara, hongos luminiscentes y cortezas de sauce espectral; y yo, una variedad de raíces y musgos que mi instinto me había ayudado a identificar.
Nos dedicamos a categorizar, triturar y mezclar, llenando viales que guardábamos cuidadosamente en el maletín mágico.
El trabajo era metódico, casi una meditación.
Fue en medio de este proceso que encontré una raíz nudosa y de color púrpura oscuro.
Mis sentidos me decían que era potente, pero no lograban descifrar su cualidad exacta.
Recordé el consejo de Thörne.
—Chicas, voy a probar esto —anuncié, sosteniendo la raíz.
Samara me miró con preocupación.
—¿Estás seguro?
—Thörne dijo que a veces es la única forma.
Sin pensarlo más, le di un pequeño mordisco.
El sabor era amargo, terroso.
Y entonces, nada.
Por un segundo, pensé que era inofensiva.
Al instante siguiente, sentí cómo mis músculos se tensaban violentamente, desde los pies hasta la mandíbula.
Un espasmo me recorrió, y caí pesadamente al suelo, completamente petrificado, con los ojos abiertos pero incapaz de mover un solo centímetro.
Escuché la risa de Diana, clara y sin una pizca de pánico.
—¡Jaja!
¡Es una suerte que ya tengamos el antídoto para eso!
—exclamó.
Sentí cómo me giraban y me forzaban a abrir la boca.
Un líquido plateado y frío se deslizó por mi garganta.
El efecto fue casi tan rápido como el del veneno.
Un calor recorrió mi cuerpo, y mis músculos comenzaron a relajarse con dolorosos espasmos.
Pude volver a respirar.
—El veneno…
de Colmillo de Sombra…
—jadeé, mientras Samara me ayudaba a sentarme.
—Exacto —dijo ella, con una sonrisa burlona—.
Parece que tu instinto encontró el ingrediente principal de un veneno paralizante.
Felicidades, conejillo de indias.
Entre sus burlas y las imitaciones que hacía Diana de mi caída como una estatua, continuamos trabajando hasta que la noche comenzó a cernirse sobre el bosque.
Cansados pero satisfechos, pasamos de nuevo a la cafetería por una cena ligera.
Antes de irnos, y ante la mirada confundida del personal de la cocina, llenamos varios viales vacíos con café recién hecho.
—Para emergencias —le explicó Samara al gremlin cocinero, guardando los viales en el maletín como si fueran pociones de vital importancia.
Con nuestro inventario repuesto y la cafeína de Samara asegurada, volvimos a nuestra choza en el bosque, listos para la lección del día siguiente.
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