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El aullido y el lamento - Capítulo 78

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  4. Capítulo 78 - 78 La lección de Vanyar
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78: La lección de Vanyar 78: La lección de Vanyar La mañana fue más silenciosa de lo usual, la simple idea de una lección de campo con Vanyar, era intrigante, las clases de combate, solo las imparte a un pequeño y selecto grupo, del cual no formábamos parte, siempre lo vimos entre libros y pergaminos.

Cuando finalmente nos presentamos en el claro del entrenamiento, Ványar ya estaba allí, de pie en su postura solemne de siempre, tan inmóvil que parecía una estatua dedicada a su propia grandeza.

—Espero que hayan descansado —dijo, su voz grave y autoritaria resonando en el claro.

—La lección de hoy requiere la máxima concentración.

Los tres nos enderezamos al instante, adoptando una pose de estudiantes serios y aplicados.

Ványar nos observó con su habitual seriedad… —La alquimia del profesor Thörne es una artesanía invaluable —comenzó, su voz profunda cortando la tensión—.

Pero un artesano es tan bueno como las herramientas que domina.

Hoy, hablaremos de la suya.

Señor Víktor, el maletín.

Con un movimiento un tanto rígido, saqué el pequeño maletín de madera de mi bolsillo y se lo entregué.

Ványar lo sostuvo en la palma de su mano.

—Thörne es un excelente pocionista, pero un pésimo instructor de artefactos —dijo, con un dejo de superioridad—.

No les explicó el verdadero potencial de lo que les dio.

Recitó una palabra en élfico antiguo, y el maletín se encogió y cambió de forma, transformándose en un elegante bolsillo de cuero oscuro con un broche de plata, diseñado para ajustarse a un cinturón.

—Su forma no es fija —explicó, mientras se lo colgaba de su propio cinto para demostrar—.

Pero su verdadera naturaleza es mucho más compleja.

Esto no es un simple contenedor con un hechizo de expansión.

Es un pliegue en el espacio.

Un pequeño universo de bolsillo con sus propias reglas y una capacidad de almacenamiento casi ilimitada.

Nuestros ojos se abrieron con asombro.

Diana dio un pasito al frente, fascinada.

—Y al ser su propio universo —continuó Ványar, y aquí vino el verdadero núcleo de la lección—, puede tener más de una entrada.

De uno de los bolsillos de su túnica, sacó dos bolsitas idénticas a la que ahora colgaba de su cinturón.

Nos las entregó a Samara y a Diana.

—Si el universo es el mismo, solo se necesitan nuevas puertas.

Así, cada uno tendrá su propio bolso y podrá acceder a su inventario de pociones y viales con mayor facilidad.

Nos indicó que nos acercáramos.

Diana y Samara sostuvieron sus bolsitas, y yo puse mi mano sobre la mía, que Ványar me devolvió.

El alto elfo colocó sus manos sobre las nuestras, formando un círculo.

—Vincire accesso, unum spatium— entonó.

Las tres bolsitas brillaron con una intensa luz plateada por un instante y luego se apagaron.

—Prueben —ordenó.

Diana, con una sonrisa emocionada, tomó una pequeña flor lunar del suelo y la guardó en su bolsita.

Desapareció sin dejar rastro.

—Víktor, recupérala —dijo Ványar.

Metí la mano en mi propio bolsillo.

No sentí el fondo, solo un espacio frío y vacío.

Me concentré en la imagen de la flor lunar y, al instante, sentí su textura sedosa bajo mis dedos.

La saqué.

Era la misma flor.

—Increíble…

—susurró Samara, metiendo y sacando un vial de café de su propia bolsita.

Ványar asintió, satisfecho.

—En combate, no pueden perder tiempo pasándose un solo maletín.

Ahora, cada uno es un arsenal andante.

Úsenlo con sabiduría.

Cuando Ványar dijo esa última frase, los vellos de mi espalda se erizaron.

No fue por el frío del bosque, fue un instinto primario, una alarma silenciosa que anunciaba un peligro inminente.

Vi a Nimue, que hasta ese momento nos observaba con una sonrisa, dar un paso hacia atrás, con los brazos extendidos a sus costados.

El bosque respondió a su llamado.

La tierra tembló suavemente y, en los espacios vacíos que rodeaban el claro, nuevos árboles brotaron del suelo con una velocidad antinatural, sus troncos gruesos y altos.

Enredaderas espesas como serpientes se tejieron entre ellos, completando lo que parecía un muro de madera viva.

Justo cuando la última liana se cerró, sellando por completo la arena, Nimue dio un último paso hacia atrás, desapareciendo al otro lado.

Estábamos encerrados.

Ványar, impasible, dio tres golpes secos en el piso con la base de su bastón.

La tela de su túnica se disolvió en una cascada de luz dorada, revelando una armadura élfica que se materializó sobre su cuerpo.

Era una obra de arte: ligera, forjada en un metal dorado que parecía líquido, con grabados de hojas y enredaderas que se movían como si estuvieran vivas.

—Tienen dos horas para derribarme — anunció, su voz perdiendo su tono de profesor y adquiriendo el filo cortante de un guerrero.

Asumió una pose de batalla, su bastón ahora zumbando con una energía contenida.

El shock inicial duró solo un segundo.

Luego, la adrenalina nos inundó.

Entre la emoción y el miedo, olvidamos por completo la lección más importante que habíamos aprendido.

El vínculo mental, la comunicación silenciosa, se desvaneció, reemplazado por el instinto de combate individual.

—¡A él!

—gritó Diana, y fue la primera en atacar.

Tomando prestada la fuerza de un oso, cargó contra Ványar.

Pero el alto elfo se movió con una gracia fluida, casi insultante.

Esquivó su embestida con un simple paso lateral, y con un leve toque de su bastón en el hombro de Diana, la envió rodando por el suelo.

Fue mi turno.

Canalicé mi conexión con la tierra, ordenando que atrapara sus pies.

La tierra obedeció y se solidifico alrededor de sur tobillos, él ni siquiera se movió.

Un destello de luz emanó de su bastón, y la tierra se volvió polvo.

—¡Velo de Sombras!

—gritó Samara, lanzando una de nuestras nuevas creaciones.

La nube de oscuridad mágica se expandió, pero Ványar simplemente levantó una mano.

—Lumen —dijo, y una esfera de luz pura detonó en el centro de la nube, disipándola al instante.

Comenzó a contraatacar.

No con fuerza letal, sino con una precisión humillante.

Ráfagas de viento nos derribaban, pequeños proyectiles de luz nos golpeaban en puntos clave, dejándonos sin aliento, y glifos de contención aparecían bajo nuestros pies, atrapándonos por valiosos segundos.

Intentamos de todo.

Le lanzamos la bomba pegajosa; la desvió con un gesto de muñeca, haciendo que se pegara a la pared de árboles.

Diana se transformó en un gorrión para distraerlo; él creó una pequeña ventisca localizada que la obligó a volver a su forma humana, temblando de frío.

Samara intentó usar su lamento para calmarlo; él simplemente creó una barrera a su alrededor que devolvió la melodía, aturdiéndonos a nosotros mismos.

Estábamos luchando como tres individuos, no como una unidad.

Nos estorbábamos, nuestros ataques no estaban coordinados y nuestra frustración crecía con cada fallo.

Ványar, por otro lado, parecía estar en todas partes y en ninguna a la vez, repeliendo cada uno de nuestros esfuerzos con una facilidad exasperante.

Las dos horas se sintieron como una eternidad.

Al final, estábamos los tres en el suelo.

Yo, con el aliento entrecortado y el cuerpo dolorido por múltiples impactos de energía.

Diana, con un tobillo atrapado en una runa de inmovilización que nunca vio llegar.

Y Samara, agotada, después de haber gastado su magia en vano.

Estábamos derrotados, lastimados y profundamente desmotivados.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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