El aullido y el lamento - Capítulo 79
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- Capítulo 79 - 79 La cicatriz dorada
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79: La cicatriz dorada 79: La cicatriz dorada Ványar se paró frente a nosotros, su armadura dorada intacta, perfecta, sin un solo rasguño.
No parecía ni siquiera haber sudado.
Con un suspiro, su armadura se desvaneció, volviendo a ser su túnica de profesor.
El muro de árboles y lianas se deshizo, volviendo a la tierra tan rápido como había aparecido.
Nos miró, no con decepción, sino con la severidad de un maestro cuya lección no había sido aprendida.
—Aliméntense.
Descansen.
Y piensen —dijo, su voz volviendo a la normalidad —Mañana, tendrán que volverlo a intentar.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándonos solos en el claro, con el sabor amargo de nuestro fracaso.
Nimue nos observaba desde la distancia, su rostro ya no lleno de orgullo, sino de una compasión silenciosa.
Sabíamos lo que habíamos hecho mal.
El arsenal no servía de nada si el ejército no sabía cómo comunicarse.
Esa tarde, la choza no fue un refugio, sino una cámara de meditación.
Nos sentamos en silencio sobre la cama de musgo, cada uno repasando el fracaso en su mente.
No hacían falta palabras.
El recuerdo de nuestros ataques descoordinados, de estorbarnos el uno al otro, de la facilidad con la que Ványar nos había neutralizado, era una herida compartida.
El fallo no había sido de poder, ni de estrategia, ni de alquimia.
El fallo fue la comunicación.
Luchamos como tres extraños, no como el vínculo que éramos.
Nadie sugirió cenar, pero comimos las bayas y bebimos el agua que Nimue había dejado, todo con un automatismo mecánico, sin sabor.
El silencio se alargaba, pesado y agrio.
Vi a Diana arrancar sin pensar el musgo de la cama, y a Samara mirar fijamente la pared de madera viva, su mandíbula apretada.
Cada uno estaba atrapado en su propia repetición de la batalla, analizando cada error, cada oportunidad perdida.
La frustración era una presencia física en la choza, más densa que el aroma a tierra.
Así permanecimos hasta que fue hora de dormir… El día siguiente llegó como una sentencia.
El amanecer no trajo calidez, solo la cruda luz que anunciaba la repetición de nuestra humillación.
Solo desayunamos lo que el bosque nos ofrecía, bayas y agua de rocío, en un silencio tenso y sombrío.
Cuando fuimos al claro, Ványar ya estaba esperando, su armadura dorada ya desplegada, brillando bajo el sol de la mañana.
No hubo saludos.
—Tres horas —dijo, su voz era una sentencia.
Al instante, el bosque nos aisló de nuevo, el muro de madera y lianas creciendo a nuestro alrededor, delatando la presencia cercana pero indetectable de Nimue.
Esta vez, estábamos preparados.
O eso creíamos.
La batalla comenzó no con un grito, sino con un pensamiento.
«¡Carga por la derecha, Diana!
¡Samara, prepárale una bomba sónica!» proyecté.
El movimiento fue casi perfecto.
Mientras Diana se lanzaba, Samara ya tenía la esfera de cristal en la mano, lista para lanzarla al flanco de Ványar y desorientarlo.
Pero Ványar era más rápido.
Con un giro de su bastón, creó un muro de aire comprimido que frenó a Diana en seco y, con un segundo gesto, nos devolvió la bomba sónica, que estalló a nuestros pies con un chillido que nos hizo retroceder.
La lucha fue mucho más ardua que la anterior.
Ya no éramos tres individuos, sino una mente con tres cuerpos, tratando de coordinarse en medio del caos.
Usábamos el vínculo por momentos, logrando una sincronía asombrosa.
Samara sentía la intención de Ványar de lanzar un hechizo de luz y nos advertía mentalmente, permitiéndonos cerrar los ojos a tiempo.
Yo sentía sus movimientos sobre la tierra y proyectaba su posición a las chicas, permitiéndoles anticipar sus ataques.
Logramos presionarlo.
En un momento de perfecta coordinación, lancé un Velo de Sombras para cegarlo.
En la oscuridad, usé la tierra para sentir su ubicación y le transmití la imagen a Diana.
Antes de que Vanyar pudiera hacer su hechizo de luz.
Ella, en forma de pantera, se lanzó a través del humo negro, sus movimientos silenciosos y letales.
Vimos a Ványar sorprenderse por primera vez, obligado a bloquear su ataque con el antebrazo de su armadura en un movimiento apresurado.
Pero él era muy rápido, muy fuerte.
Se adaptaba.
Aprendió el ritmo de nuestra comunicación silenciosa y comenzó a usarlo en nuestra contra, creando fintas y señuelos mágicos que generaban “ruido” en nuestro canal mental, haciéndonos dudar.
Sus ataques eran más potentes, obligándonos a defendernos constantemente, rompiendo nuestra concentración.
El esfuerzo de luchar y mantener el vínculo al mismo tiempo era agotador.
Al cabo de las tres horas, el resultado fue el mismo.
Fracaso.
Una derrota.
Estábamos en el suelo, más magullados y descorazonados que el día anterior.
La pequeña victoria de haberlo presionado solo hacía la caída más dolorosa.
Ványar se acercó, su armadura aún brillante, su respiración tranquila.
Nos miró a los tres, tendidos y derrotados.
Luego, lentamente, dirigió su mirada a la pieza del hombro derecho de su armadura.
Siguiendo sus ojos, vimos algo que nos quitó el aliento.
Sobre la superficie dorada e inmaculada, había una grieta.
Una fina línea plateada donde el ataque sorpresa de Diana en la oscuridad había logrado marcar el metal élfico.
Ványar nos devolvió la mirada, su rostro impasible, pero en sus ojos había un nuevo matiz de respeto.
—Buen trabajo —dijo— Aliméntense.
Descansen y piensen.
Mañana, lo volverán a intentar.
Al regresar a la cabaña de nuevo, el sentimiento de derrota era un peso compartido, más denso y amargo que el día anterior.
La pequeña victoria del rasguño se sentía ahora como una burla.
Nos derrumbamos en la cama de musgo, el silencio solo roto por nuestras respiraciones cansadas.
Noté que Diana estaba más afectada de lo normal.
No había parloteo ni intentos de aligerar el ambiente.
Estaba absorta en sus pensamientos, su mirada perdida en algún punto invisible de la pared de madera viva.
Samara y yo, movidos por un instinto de cuidado mutuo, nos levantamos y trajimos la comida que Nimue nos había dejado: más bayas, nueces y odres de agua fresca.
Nos sentamos en la cama, creando un pequeño nido de consuelo.
Diana se nos unió, comiendo mecánicamente, su mente claramente en otro lugar.
En un momento, su mirada se quedó fija en la silla de raíces que aún permanecía al pie de la cama.
La observó durante un largo rato, inmóvil.
Samara y yo intercambiamos una mirada de preocupación.
—¿Qué pasa, Diana?
—preguntó por fin Samara, su voz suave para no romper la concentración de nuestra amiga.
Diana pareció meditarlo un momento más.
Luego, se giró hacia nosotros, y en su rostro ya no había derrota, sino una claridad y una concentración que nunca le habíamos visto.
—El vínculo —dijo, su voz firme—.
La manera en que lo usamos esa noche…
aquí.
Era constante.
No había pausas.
Los tres sentimos todo al mismo tiempo.
Ya sé lo que tenemos que hacer.
Samara y yo la escuchamos con total atención.
La Diana juguetona había desaparecido, reemplazada por una estratega.
—Primero, el fallo —continuó—.
Víktor, cuando escuchas a la tierra, apagas el vínculo por un momento para concentrarte, y después lo vuelves a encender para comunicarnos lo que sientes.
Igual yo, cuando tomo prestada alguna habilidad animal.
Y Samara, cuando usa la magia para un grito o un hechizo.
Estamos haciendo una cosa a la vez.
—¿A qué te refieres?
—interrumpí, confundido.
Diana se inclinó hacia adelante, explicando como si estuviera dando cátedra.
—Me refiero a que debemos mantener el vínculo activo en cada momento, sin interrupciones.
Si yo uso mi vista de águila para ver los movimientos de Ványar, al mismo tiempo que tú sientes el cambio de la distribución de su peso en la tierra y Samara, con su conexión natural, detecta cómo su cuerpo corta el viento, si toda esa información esta sincronizada en el vínculo…
entonces, tendremos una oportunidad.
Hizo una pausa, asegurándose de que la estuviéramos siguiendo.
—Debemos combinar nuestros dones al mismo tiempo que peleamos y nos comunicamos por instinto en todo momento.
No podemos pensar y luego actuar.
Debemos sentir y reaccionar como una sola mente.
Solo así lo lograremos.
La tierra, el agua, el viento, mis sentidos y formas animales, el grito calmante de Sam para disminuir el torrente mágico de Vanyar, la fuerza y la velocidad de Viktor, el arsenal alquímico, la comunicación, todo absolutamente todo, debe ocurrir en perfecta sincronía.
Samara y yo estábamos boquiabiertos.
La revelación era tan simple y, a la vez, tan profundamente compleja.
La “parlanchina”, la “despistada”, acababa de desentrañar el nudo táctico que ni mi instinto ni la precisión de Samara habían podido ver.
No era una cuestión de más poder, sino de una conexión absoluta y constante.
Una oleada de adrenalina y esperanza recorrió mi cuerpo, borrando todo el cansancio y la desmotivación.
Miré a Samara, y vi el mismo fuego reflejado en sus ojos.
Estábamos motivados, deseosos de poner en práctica la estrategia de Diana.
La derrota de hoy ya no importaba.
Solo importaba el amanecer.
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