El aullido y el lamento - Capítulo 81
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81: La segunda hora 81: La segunda hora La gota de sudor de Ványar fue nuestra medalla, nuestro combustible para la segunda hora.
Era la prueba irrefutable: no era invencible.
Pero esa victoria mínima nos costaba cada vez más.
Nuestros movimientos eran menos explosivos, nuestras magias, menos densas.
Al reanudar el asalto, el profesor ya no jugaba.
Concentró su ofensiva en Samara.
Su lógica era clara: ella era el eje de la disonancia y la calma.
Si ella caía, nuestra coordinación fallaría.
Un torrente de esferas de energía dorada llovió sobre ella.
Samara usó su Aeromancia para crear una defensa puramente aérea: una burbuja de viento rotatorio que desviaba las esferas, pero la obligaba a mantenerse estática, su energía drenándose rápidamente.
«¡Fuego de cobertura!
¡Necesito moverme!», envió Samara, la tensión en su voz vibrando en mi pecho.
Respondí de inmediato.
Mi Geomancia ya no creaba muros; ahora dibujaba trampas.
Hundí un área a su izquierda, creando una zanja profunda.
Mientras Ványar ajustaba su puntería, Diana se transformó en un canguro –una forma que no había usado antes–.
Saltó con una fuerza elástica increíble sobre la zanja, aterrizando a la derecha de Ványar.
El objetivo era puramente distracción.
Él no cayó en la trampa.
Con un gesto de su mano, canalizó la energía pura para estabilizar el aire alrededor del ella.
Diana quedó suspendida por un segundo, atrapada en una cárcel de éter.
«¡Presión!
¡Presión en el pecho!», gritó Diana mentalmente, luchando contra la inmovilización.
Samara vio la oportunidad.
Abandonó la burbuja de aire y canalizó su Lamento de Furia, pero lo dirigió hacia abajo, contra el suelo que Ványar pisaba.
La disonancia vibró en la tierra, haciendo que la estabilidad que él había creado para atrapar a Diana se tambaleara.
Él parpadeó, y Diana pudo liberarse, aterrizando como un gato antes de volver a la carrera.
La presión era constante.
Ványar ya no tenía tiempo para grandes hechizos.
Sus ataques eran rápidos, limpios y letales: lanzas de energía enfocada que nos obligaban a usar nuestra magia elemental en defensa constante.
Una lanza se dirigió a mi abdomen.
No tuve tiempo de levantar una roca.
Usé la tierra que ensuciaba mi ropa, la endurecí justo en el punto de impacto.
El golpe me hizo retroceder varios metros, el dolor era punzante, pero el ataque no penetró.
«¡Impacto confirmado!
¡Su magia quema, no desgarra!», informé, el sabor a sangre en mi boca.
Mientras me reincorporaba, vi a Diana y Samara ejecutando una maniobra defensiva brillante.
Diana, con su Hidromancia, levantó un velo de niebla espesa y fría.
Samara, con su Aeromancia, atrapó esa niebla y la hizo girar rápidamente sobre Ványar, creando un escudo rotatorio que dispersaba sus rayos.
Era una defensa perfecta, pero agotadora para ambas.
Ványar rompió la formación con un simple movimiento.
Emitió una onda de calor que evaporó al instante la niebla defensiva.
El calor nos golpeó como un puñetazo, haciéndonos tambalear.
«¡La energía pura nos destruye!
¡Separación!», envié.
Nos dispersamos por el claro.
La segunda hora se convirtió en un juego del gato y el ratón.
Yo me movía entre los árboles, usando mi instinto Licántropo para predecir dónde golpearía Ványar y mi Geomancia para crear obstáculos y coberturas.
Ványar usó su magia para incendiar la cobertura.
Un círculo de fuego azul comenzó a rodear el claro.
«¡Fuego!
¡Diana, Hidromancia máxima!», fue el único pensamiento.
Diana se concentró con una fiereza agotadora.
Invocó el agua no de un charco, sino de la misma humedad de los árboles y la tierra.
Una columna de agua helada se levantó, no como un chorro, sino como un latigazo líquido que se abatió sobre las llamas.
El vapor resultante llenó el aire, denso y caliente, pero el fuego retrocedió.
Samara aprovechó el vapor.
Con su Lamento de Paz, estabilizó las moléculas de aire.
El vapor se convirtió en una cúpula protectora alrededor de los tres, creando un breve respiro para recuperar el aliento y evaluar.
Ványar respetó esa defensa.
El elfo no atacó; se paró en el centro del claro, su armadura reluciendo, su respiración un poco descompuesta, aun se veía fuerte, aunque nosotros sabíamos que el coste estaba allí, el cansancio estaba, aunque no nos dejara verlo.
Nosotros tres estábamos magullados y exhaustos.
Mi piel ardía por la onda de calor; Diana temblaba por el esfuerzo de convocar tanta agua; y Samara se apoyaba en mí, su rostro pálido por el drenaje de su magia mental.
Pero no habíamos caído.
Sentados en esa burbuja de vapor protector, nos miramos.
Los tres teníamos los ojos inyectados en sangre, nuestros cuerpos cubiertos de barro y ceniza.
El Vínculo ya no era un canal de conversación fluida, sino una serie de gritos telepáticos de dolor y advertencia.
Teníamos que usar la poca energía restante para un ataque coordinado, o esta hora nos destrozaría.
Y esa, en sí misma, ya era una victoria.
Después se esos valiosos segundos de descanso que nos dio Vanyar, salimos de la burbuja, en instante el Profesor ya estaba junto a mí.
Ványar me dio un golpe directo en la pierna con el dorso de su guantelete.
El golpe fue rápido y limpio.
Sentí el crujido de mi hueso y caí de rodillas, el mundo dando vueltas.
La tierra endurecida en mi ropa me había salvado de una fractura fatal, pero el dolor era casi insoportable.
Me tomo por la camisa y me levanto del suelo.
Diana, cojeando y con un brazo maltrecho por la batalla, se transformó en un leopardo de las nieves.
Se lanzó sobre la espalda de Ványar.
No atacó su armadura; clavó sus dientes en el único punto blando que conocía: el cuello del elfo, donde su pelo plateado se unía a la armadura.
Ványar gruñó, su concentración rota.
Me soltó.
Samara vio el hueco, una ventisca en el rostro del profesor, más que desconcentrarlo, pareció molestarlo y con un movimiento ágil lanzó a Diana.
Ella antes de caer, volvió a su forma base y Canalizó su Hidromancia, usando lágrimas, sudor, sangre, lo poco que había cerca, y lo dirigió a la cara del Alto Elfo.
El agua se convirtió en un velo ácido y cegador.
El profesor se limpió los ojos con furia.
No sabíamos si eran los gritos o nuestros ataques, pero la serenidad de Vanyar ya estaba severamente afectada.
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