El aullido y el lamento - Capítulo 82
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82: La última hora 82: La última hora La pelea continuó, volviéndose cada vez más salvaje.
Estábamos magullados, nuestra energía flaqueando.
Llegamos a la ultima hora con el cuerpo sintiendo que la batalla ya se había extendido durante años.
Ványar me atrapó con un hechizo de atadura, lianas de energía que me envolvieron y me lanzaron contra una roca.
«¡Diana!
¡Libérame!», grité a través del Vínculo.
Diana se transformó en un oso, su fuerza bruta concentrada en una sola garra que usó para romper el nudo de energía en mi pecho.
Al mismo tiempo, Samara usó su Lamento de paz para calmar el dolor en mis músculos, dándome el segundo que necesitaba para volver a la acción.
Lo estábamos llevando al límite.
Su respiración ya no era tranquila; era mesurada, controlada.
El poder ilimitado del Alto Elfo tenía un coste, y se lo estábamos cobrando, ahora él se tomó un respiro, midiéndonos, observando.
Yo aproveche para canalizar mi magia curativa, pensando en la tierra como aquella que da vida, la magia era muy básica, apenas pude sanar cortes superficiales y moretones de los cuerpos de Diana y Samara, esperando que fuera suficiente para renovar al menos un poco de sus fuerzas.
El ataque real comenzó.
Samara se puso de pie y, en lugar de cargar de nuevo, se concentró.
Sentí a través del vínculo cómo canalizaba su poder, dividiéndolo en dos.
Una parte, el poder calmante de su nuevo lamento, se dirigió como una onda invisible hacia la magia de Ványar, buscando apaciguarlo.
Al mismo tiempo, soltó un grito pavoroso, el eco de aquel lamento fantasmal antiguo, era mi señal para rugir…una disonancia pura golpeó la mente del alto elfo, habíamos usado el aullido espectral como arma.
Ványar flaqueó, desconcentrado por un instante por el ataque dual.
Y entonces, una voz que no era nuestra resonó en el canal de nuestro vínculo, clara y final: «Dos minutos.» Era Nimue, la escuchamos en la mente de Samara.
Nos miramos por un instante, y en ese cruce de miradas desesperadas, algo nuevo despertó.
El destello del eco dorado que el profesor Caelum nos había entregado se hizo presente.
Una cálida luz dorada se manifestó en mi pecho y en el de Samara al mismo tiempo.
Un hilo de oro puro se tejió en el aire entre nosotros, y de él, surgió otra hebra luminosa que se extendió hasta tocar a Diana, creando un triángulo de luz que nos unía.
Sentimos la energía, la magia y la calidez de Alun’diel protegiéndonos y guiándonos…
a los tres.
Fue un sentimiento abrumador; el amor por lo que perdimos se convirtió en la fuerza para proteger lo que teníamos.
El entendimiento fue absoluto.
No necesitamos cruzar palabras, ni físicas ni mentales.
La estrategia había nacido en un instante, completa y perfecta, en la mente de los tres.
Sentimos el cambio en la presión del aire alrededor de Vanyar gracias a Samara.
Vimos la tensión en su cuerpo con la vista prestada de Diana.
Y percibimos el anclaje de sus pies con mi conexión con la tierra.
Vimos la verdad en un instante: Ványar no era débil; estaba siempre estabilizado.
Era una columna de perfección.
Para derribarlo, debíamos anular su anclaje.
Recurrí de nuevo a la tierra, un golpe seco de mi talón en el suelo y ahora el profesor luchaba visiblemente por mantener el equilibrio.
La tierra, bajo mi llamado, le negaba la estabilidad, levantando y hundiendo montículos de tierra y roca irregulares bajo sus pies, forzándolo a un baile errático que le impedía fijar un hechizo poderoso.
Diana, aprovechando que estaba a cubierto, se agazapó rápidamente tras mi espalda.
Con un gesto de su mano, el agua del bosque respondió a su voluntad: una columna de agua fangosa, recogida del lodazal, salió disparada hacia Ványar.
El chorro pasó a centímetros del hombro de Samara.
Ella, al sentir el pulso de agua a su lado, canalizó la esencia más fría de su Lamento Banshee.
En un instante, el ambiente a su alrededor se volvió gélido, el agua se congeló de golpe, y el chorro líquido se solidificó en una lluvia de puntas de hielo afiladas.
Las dagas de hielo impactaron de lleno en el hombro derecho de la armadura de Ványar.
El choque fue brutal; se escuchó un crujido metálico que resonó en el claro, y una grieta visible se formó en la placa dorada.
El elfo gruñó de dolor, sus músculos se tensaron, pero de alguna manera, invocando fuerza o pura voluntad, se mantuvo en pie sobre el cambiante suelo de roca y lodo.
La mirada que nos devolvió ya no era de simple evaluación, sino de una furia gélida y contenida.
Lanzamos nuestro ataque final, sincronizado a la perfección.
Samara cargó, un señuelo audaz y suicida.
Ványar, predecible en su perfección, la repelió con un elegante gesto de su mano.
Ella salió dando tumbos por el suelo, aparentemente derrotada.
Pero mientras Ványar concentraba toda su atención en Diana y en mí, que nos acercábamos por los flancos, no notó el leve y extraño movimiento que realizó Samara con su mano justo antes de levantarse, enterrando algo pequeño en la tierra blanda.
El suelo bajo los pies de Ványar se convirtió en un lodo resbaladizo y arcilloso, sin agarre, anulando su estabilidad.
El Alto Elfo intentó cambiar su centro de gravedad, pero ya era demasiado tarde.
Diana se movió como un relámpago, en forma de leopardo corrió hasta él, regresando a su forma humana en un parpadeo.
Su Hidromancia se activó en un solo movimiento.
Del charco que se había formado bajo Ványar, una columna de agua helada y sucia se levantó, cegándolo y desorientándolo al instante.
Ahora estaba ciego, desorientado y resbalando.
Aproveché el caos.
La fuerza del Licántropo subió por mis piernas y se acumuló en mi puño envuelto de roca sólida.
Impacté su abdomen por la izquierda.
El de Diana, usando la fuerza concentrada del oso en su puño desnudo, lo golpeó por la derecha.
El golpe fue físico y mágico, brutal.
Escuchamos el crujido del metal élfico.
La armadura se cuarteó en el abdomen y el pecho, y Ványar salió proyectado hacia arriba, el aire escapando de sus pulmones.
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