El aullido y el lamento - Capítulo 83
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83: 60 segundos 83: 60 segundos Diana no apartó la vista de él.
«Un minuto», resonó la voz de Samara en nuestras mentes.
El elfo caía estrepitosamente hacia el suelo.
Pero Diana percibió un detalle, una intención oculta en su caída.
Vimos a través de sus ojos cómo Ványar, con el rabillo del ojo, ya había ubicado un punto en el suelo para aterrizar.
Gracias a Samara, Sentimos en el viento la intención de movimiento de su mano, y así fue.
El elfo estiró el brazo como para apoyarlo en la tierra y hacer una pirueta que lo hiciera caer de pie.
Su caída era controlada, planeada.
Su poder y agilidad eran aterradores.
Los tres veíamos, pensábamos y sentíamos lo mismo al mismo tiempo.
«cuarenta y cinco segundos…» Vimos, a través de los sentidos agudizados de Diana, como si todo se moviera mucho más lento.
La palma de Ványar, ya extendida, paralela al suelo, a unos pocos metros del contacto…
«Treinta segundo segundos…» La Tierra se abrió justo bajo la palma de Ványar justo un instante antes de que la tocara.
Revelando la última de nuestras granadas aturdidoras, la que Samara había plantado en su caída.
La rocas que yo había guiado bajo tierra, arrastrando la granada desde donde ella la enterró hasta el punto exacto donde Ványar caería, ejercieron una ligera presión sobre el detonador.
Un destello cegador y un ruido ensordecedor retumbaron por todo el bosque.
El enlace mental se rompió con un chasquido doloroso… El zumbido en mis oídos comenzó a desvanecerse, reemplazado por el latido de mi propio corazón.
La nube de polvo se asentó, revelando la figura de Ványar en el suelo.
Se incorporó lentamente, con un esfuerzo visible, y se quitó el polvo de su ahora agrietada armadura dorada.
Se quedó un momento de rodillas, mirando el cráter humeante que la granada había dejado en la tierra.
Luego, alzó la vista y nos miró.
Su rostro no mostraba ira, ni humillación.
Solo un profundo y absoluto asombro.
Lentamente, se puso de pie.
Su mirada pasó de Diana a Samara y finalmente a mí.
Entonces, hizo algo que nunca creí que vería: nos dedicó un único y solemne asentimiento.
Un gesto de un guerrero a otros, un reconocimiento de que habíamos superado sus expectativas de la forma más inesperada.
—La lección —dijo, su voz ronca por el impacto— ha terminado.
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor.
La tensión acumulada durante tres días de fracasos y esfuerzo se quebró.
Fue Diana quien rompió.
Soltó una risita ahogada, un sonido incrédulo que se convirtió en una carcajada temblorosa.
Samara la siguió, su risa era una melodía de puro alivio que le brotaba del alma.
Y finalmente, yo también me uní, riendo a carcajadas mientras me dejaba caer de rodillas, el dolor de mis músculos magullados olvidado por la euforia del momento.
Nos derrumbamos en el suelo, un montón de cuerpos doloridos y sucios, riendo hasta que nos dolía el estómago.
Reíamos por el alivio, por la victoria imposible, por la cara de sorpresa de Ványar, por la brillantez de nuestra estrategia.
En ese momento, la pared de árboles y lianas se deshizo en silencio, volviendo a la tierra.
Nimue entró en el claro, sus pasos no hacían ruido.
Se detuvo y nos observó, a nosotros riendo en el suelo y a Ványar, que nos miraba con una expresión que era la más cercana a una sonrisa que jamás le habíamos visto.
La mirada de Nimue estaba llena de un orgullo tan profundo y sereno como el bosque mismo.
—Veo que han encontrado su canción —dijo, su voz era una suave bendición que sellaba nuestra victoria.
Instantes después, los maestros se retiraron rumbo al edificio principal.
Nosotros nos levantamos como pudimos, cubiertos de moretones, raspones y cortes por todo el cuerpo.
Cada músculo protestaba, pero caminamos con la cabeza en alto, dirigiéndonos triunfantes a la choza.
El dolor era un recordatorio de la victoria.
Apenas cruzamos la cortina de flores, las chicas se desplomaron en la cama de musgo, unidas en su agotamiento.
Yo, por mi parte, me fui directo al baño; necesitaba desesperadamente una ducha para calmar el dolor punzante de mis músculos.
Entré y quedé pasmado.
La pequeña cascada había desaparecido.
En su lugar, tallado en la misma piedra del suelo y las paredes, había un jacuzzi enorme, lo suficientemente grande para los tres.
El agua humeaba suavemente, y pequeñas flores luminiscentes flotaban en la superficie, emitiendo un resplandor calmante.
Era, sin duda, un último regalo de Nimue.
—¡Diana, Samara!
—grité, mi voz llena de asombro—.
¡Tienen que ver esto!
Ambas gruñeron al unísono, con los rostros enterrados en el musgo de la cama.
—En serio —repetí, la emoción haciendo que mi voz se elevara—.
Tienen que ver esto.
Sentí cómo se levantaban de golpe.
Sus cabezas se asomaron por la entrada del baño, sus ojos abriéndose de par en par al ver la escena.
La fatiga fue reemplazada por una alegría infantil.
Nos apresuramos para quitarnos las ropas sucias y rasgadas unos a otros, entre risas y gestos torpes por el dolor de nuestros cuerpos.
Sin dudarlo, nos sumergimos en el agua caliente.
El alivio fue instantáneo y absoluto.
Un suspiro colectivo escapó de nuestros labios mientras el calor envolvía nuestros músculos doloridos.
Por un largo rato, nadie dijo nada.
Solo nos recostamos, disfrutando del baño relajante que tanto nos merecíamos.
Samara se acercó y, con una delicadeza infinita, acarició lentamente una herida en mi pecho, un corte profundo donde uno de los proyectiles de luz de Ványar había logrado impactarme.
—Está muy profunda —dijo Diana, su voz suave y preocupada, observando el corte desde el otro lado.
—Deberías usar tu magia de sanación o una poción de Thörne —Continuó Samara, sus dedos trazando el borde de la herida— De otra manera, te dejará cicatriz.
Negué con la cabeza, tomando su mano y llevándola a mis labios para besar sus nudillos.
—Sin pociones— respondí, mi voz firme pero serena —Quiero sanar como un guerrero.
Quizá pueda usar mi magia en el resto de mis heridas menores y en las de ustedes, si así lo desean.
Pero esta…miré el corte, no con dolor, sino con orgullo, —Esta la llevaré conmigo.
Como trofeo de esta batalla.
Como el recuerdo del día en que dejamos de ser solo estudiantes.
Diana, se acercó un poco, quedando al centro del jacuzzi.
Samara y yo la miramos, las gotas de agua escurriendo suavemente por sus pechos eran imposibles de ignorar, pero como pude me concentré en sus palabras.
—Chicos, quiero intentar algo.
Viktor, lograste curar heridas menores porque entendiste que la tierra da vida, yo…yo creo que el agua es vida —dijo, su voz ronca por el cansancio.
Extendió las palmas de sus manos y las colocó sobre la superficie del agua.
—Es lo último que me queda de magia, estoy agotada, pero si funciona, creo que será suficiente—dijo sonriendo, y esa sonrisa era el único consuelo en el mundo.
El agua de todo el jacuzzi comenzó a vibrar levemente y adquirió una ligera fluorescencia, un brillo apenas perceptible.
No era el destello azul de la Hidromancia pura, sino un tono suave, verde esmeralda, que envolvía la superficie.
La sensación fue como tomar una poción de Thörne, pero en lugar de beberla, se ungía en nuestros cuerpos sanándolos por completo.
No era solo la temperatura.
Era la esencia de la vida, la fuente de la creación, revirtiendo el daño.
Sentí el calor penetrar en mi mandíbula.
El crujido de mis huesos fue sordo, y el dolor se fue disipando.
El ardor en mi espalda se enfrió hasta desaparecer.
La tierra había provocado que mi cuerpo se endureciera, pero el agua lo había suavizado y reparado.
Tomabas agua con las manos, y la frotábamos sobre la piel, sanaba al instante.
Diana fue la primera en sumergirse por completo en ese hermoso manantial curativo.
La vimos desaparecer un instante.
Salió unos segundos después, renovada, hermosa y resplandeciente.
Su cabello rojo oscuro brillaba.
El brazo que colgaba casi inútil segundos antes, ahora se apoyaba con firmeza en el borde del jacuzzi.
Samara la siguió, cerrando los ojos al sumergirse.
Ella no tenía heridas visibles, pero la agotadora batalla mágica la había dejado al borde del colapso.
Cuando emergió, el color había regresado a sus labios, y la energía espectral a su alrededor, aunque sutil, era más estable.
Yo dejé intacta mi herida en el pecho, para guardar un poco de reserva de agua.
Me froté las manos sobre la mandíbula y la espalda hasta que el dolor se fue por completo.
La sensación de renovación era total.
Salimos del jacuzzi al mismo tiempo y nos tiramos en la cama.
Las heridas sanaron casi por complete, el dolor remanente eran solo molestias al movernos.
Disfrutamos el resto del día juntos, triunfantes y desnudos…
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