El aullido y el lamento - Capítulo 84
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- Capítulo 84 - 84 Vibraciones entre los planos
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84: Vibraciones entre los planos 84: Vibraciones entre los planos El sol de la tarde filtraba motas doradas a través de las lianas que cubrían la ventana, iluminando el suelo de la cabaña.
No fue el canto de un pájaro ni el murmullo de la cascada lo que me despertó, sino la abrumadora sensación de calma total y un calor agradable.
Abrí los ojos.
Por la luz y el ángulo de las sombras supe que era casi medio día.
Habíamos dormido como si no existiera el tiempo.
Estábamos enredados, los tres en la cama de musgo: piel contra piel, calor contra calor.
El brazo de Diana, completamente sano, estaba extendido sobre mi pecho, y Samara tenía la cabeza anclada en la curva de mi hombro.
Justo cuando empezábamos a pensar en comida, un gremlin mensajero apareció entre las enredaderas de la entrada, sosteniendo un pequeño pergamino sellado.
Ványar nos ordenaba descansar al menos un par de semanas, hasta sanar por completo del “entrenamiento intensivo”.
Sonreí.
Incluso en su orden, había un matiz de respeto ganado.
Así que, sin nada que nos apresurase, nos permitimos una mañana lenta.
Desayunamos tranquilamente en la cama, compartiendo los frutos y el agua fresca que el bosque, o Nimue, seguían proveyéndonos.
La conversación era escasa, pero las miradas lo decían todo.
Había una nueva profundidad en la forma en que nos veíamos, una mezcla de orgullo, alivio y una ternura que se sentía casi sagrada.
La mañana transcurrió en una calma doméstica, entre risas suaves y la cómoda presencia del otro, un bálsamo necesario después de la tormenta.
Fue cerca del mediodía cuando lo sentimos.
No fue un sonido ni una vibración externa.
Fue un pulso, un latido silencioso que resonó directamente en nuestro vínculo, justo en el centro de nuestro pecho donde ahora sabíamos que ardía una conexión trina.
Era una llamada, serena pero ineludible, inconfundible.
—Caelum —dijo Samara, su voz apenas un susurro.
Diana y yo asentimos al unísono.
Nos vestimos con calma, ayudándonos mutuamente, nuestros movimientos ya imbuidos de una familiaridad íntima.
Salimos de la choza y nos dirigimos a la Sala de los Ecos.
El camino a través del bosque se sentía diferente.
Mi conexión con la tierra seguía ahí, vibrante, pero ahora había otra capa: la conciencia constante de ellas a mi lado, no solo física, sino energéticamente.
Éramos tres corrientes fluyendo juntas.
Al entrar en la imponente sala, el profesor nos esperaba, flotando silenciosamente en el centro del círculo de piedra.
Pero algo era diferente.
Su aura, normalmente vasta y difusa como una nebulosa, parecía más concentrada.
Por primera vez, su voz no resonó como un eco de múltiples planos; sonó clara, directa, casi humana, teñida de una emoción que nunca le había oído, algo parecido a la curiosidad maravillada.
—Mi enigma favorito —dijo, mientras nos acercábamos.
Su mirada blanca, sin pupilas, no parecía atravesarnos, sino vernos por primera vez.
Nos detuvimos frente a él, esperando.
El aire en la sala era denso, expectante.
—Sus magias, sus auras, su esencia misma…
están entrelazadas en el plano etéreo —continuó—.
Lo he observado desde que se unieron.
Era un torrente caótico, una fusión inestable.
Ahora… es diferente.
Es un río furioso, sí, pero que ha encontrado un cauce que, aunque apenas puede contenerse, fluye con propósito.
Poderoso, sí.
Inestable aún.
Y luego…
está el eco.
Su mirada, normalmente perdida entre velos de realidad, se enfocó en nosotros con una intensidad abrumadora.
Sentí cómo sondeaba nuestro vínculo, no con intrusión, sino con una especie de reverencia.
—Lo que una vez perdieron, ahora protege a quienes no quieren perder.
Cuando salvé esa pizca de magia que se aferraba al velo tras su sacrificio, creí que era solo un recuerdo, un sentimiento anclado a ustedes dos.
Un eco de amor y pérdida.
Una huella dorada dejada por una vida que no pudo ser.
Hizo una pausa, y la luz de los cristales flotantes pareció atenuarse, como si la sala misma contuviera el aliento, respetando la magnitud de lo que estaba por revelar.
—Pero al ver ahora cómo ese brillo dorado se acurruca no en dos, sino en tres corazones…
me pregunto si es algo más.
No es solo un recuerdo pasivo.
Es… consciente.
Responde.
Se adapta.
Ha elegido incluirlos a todos.
Sus palabras cayeron sobre nosotros con el peso de una revelación sagrada.
La calidez que habíamos sentido, esa guía silenciosa en la batalla contra Ványar, Alun’diel.
Nuestro eco.
Y ahora no solo estaba con Samara y conmigo.
Había sentido la sinceridad de Diana, su lealtad, su amor incondicional por nosotros, y la había abrazado, reconociéndola como parte de su familia, de su círculo de protección.
Fue demasiado.
Sentí cómo la emoción me ahogaba, un nudo apretado en la garganta.
La primera lágrima rodó por la mejilla de Diana, silenciosa y brillante, seguida de otra.
Samara se llevó una mano a la boca, un sollozo ahogado escapando de su garganta, sus hombros sacudiéndose.
Y yo, que había enfrentado bestias y sacrificios con el rostro endurecido, sentí cómo mi propia coraza se quebraba.
El dolor de la pérdida, que habíamos enterrado bajo capas de entrenamiento y determinación, resurgió, pero esta vez mezclado con una gratitud tan inmensa que era casi insoportable.
Nos aferramos los unos a los otros allí mismo, un abrazo melancólico y desesperado en el centro de la sala.
Nos convertimos en un mar de lágrimas.
Lloramos por la pérdida que volvía a sentirse tan nueva, por la belleza desgarradora de un amor que trascendía la vida y la muerte, y por la certeza abrumadora de que nuestro eco, de una forma que nunca hubiéramos imaginado, estaba allí, cuidándonos a los tres, tejiendo su luz dorada a través de nuestro vínculo rojo, verde y plateado.
Permanecimos abrazados, un ancla de tres cuerpos temblorosos en medio de una tormenta de emociones.
Las lágrimas se calmaron lentamente, no porque el dolor se hubiera ido, sino porque se había transformado, asentándose en una quietud solemne, una aceptación agridulce.
Fue entonces cuando la voz del profesor Caelum volvió a llenar la sala, suave ahora, despojada de su tono críptico, cargada con el peso de una revelación cósmica.
—Jamás vi magia tal —continuó, su tono una mezcla de asombro y fascinación académica—.
Tan arraigada y guiada por emociones.
Una sinergia que parece reescribir las propias leyes del flujo arcano.
Nos separamos lentamente, sin soltar el contacto de nuestras manos, y lo miramos.
Él ya no nos observaba como a estudiantes, ni siquiera como a un enigma.
Nos veía como a un fenómeno que desafiaba su vasto conocimiento de los planos y las realidades.
—Estoy seguro, jóvenes, de que sus decisiones, su simple existencia como unidad, tienen una consecuencia directa en este mundo y en varios de los planos que visito.
Cada vez que su vínculo se fortalece, que su amor se profundiza, que su poder combinado resuena… siento las ondas expandirse.
Cuanto más unen sus lazos, más impredecible se vuelve el cauce de su magia, aun si nunca deja de verse como un caos controlado…
Es una fuerza que atrae la mirada.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, una verdad tan abrumadora como la que acabábamos de recibir.
Nuestra conexión, nuestro amor, nuestro dolor…
no solo nos afectaba a nosotros.
Tenía el poder de enviar ondas a través de diferentes planos.
Éramos, como él había dicho, un río furioso, y el mundo entero —quizás mundos enteros— sentían nuestra corriente.
La advertencia implícita era clara.
Éramos poderosos.
Éramos únicos.
Y eso… eso nos podría convertir en un objetivo.
La Sala de los Ecos pareció oscurecerse un grado, las sombras alargándose desde las columnas de obsidiana.
Nuestro viaje apenas comenzaba, y el universo ya estaba observando.
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