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El aullido y el lamento - Capítulo 85

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  4. Capítulo 85 - 85 Epílogo El verdadero comienzo
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85: Epílogo: El verdadero comienzo 85: Epílogo: El verdadero comienzo Una semana después de la prueba de fuego, una calma extraña y bienvenida se había asentado sobre la Universidad ULTIMA.

Las cicatrices del caos mágico aún eran visibles —un ala de dormitorios en reconstrucción, jardines donde la hierba crecía con patrones erráticos—, pero la atmósfera de pánico se había disipado, reemplazada por un murmullo de cautela y recuperación.

Las clases habían recuperado su ritmo, aunque con una nueva solemnidad.

Los profesores observaban a sus alumnos con más atención, conscientes de la fragilidad del equilibrio que habían estado a punto de perder.

Pero para Víktor, el licántropo de tierra; para Samara, la banshee del aire; y para Diana, la Therian de agua, la calma no era una simple ausencia de caos.

Era algo nuevo, tejido con hilos de dolor, resiliencia y una conexión que desafiaba toda comprensión.

Nada volvería a ser monótono.

El mundo se sentía más nítido para ellos, los colores más vivos, como si el sacrificio de su antigua conexión hubiera limpiado un velo de sus percepciones.

Y el vínculo que los unía, forjado en el fuego del ritual y sellado en el sacrificio silencioso de Alun’diel, era una corriente subterránea constante, un susurro silencioso que los acompañaba a cada paso, una presencia dorada que calentaba sus almas.

La Sala de los Ecos se había convertido en su santuario.

El lugar que había sido testigo de su dolorosa introspección y de la revelación de su vínculo trino, ya no era solo un aula, sino un hogar.

Allí estaban, refugiados del murmullo recuperado del campus, sentados en el centro del círculo de piedra.

Ya no era una formación de entrenamiento, sino que simplemente estaban juntos, en una cómoda maraña de extremidades y silencios compartidos.

Diana tarareaba una melodía sin sentido, recostada con la cabeza en el regazo de Samara, cuya mano trazaba círculos perezosos en el cabello rojizo de su amada mientras sus ojos seguían las líneas de un viejo libro de poemas.

Víktor, recargado contra la espalda de Samara, con los ojos cerrados, sentía el ritmo tranquilo de la respiración de las dos, un ancla en la quietud.

No hablaban.

No hacía falta.

Podían sentir la presencia del otro a un nivel más profundo que las palabras.

Sentían el flujo de su magia recién despertada, aquel “río furioso” del que había hablado el Augur, ahora fluyendo no con violencia, sino como un caudal profundo y sereno que podían navegar juntos.

Sus energías roja, verde y plateada danzaban en una armonía silenciosa, ancladas por el eco dorado en sus corazones.

Por primera vez en mucho tiempo, había paz.

Una paz ganada a pulso, frágil quizás, pero intensamente real.

—El río ha encontrado su cauce —resonó una voz que no nació en el aire, sino en el centro de sus mentes, clara y resonante.

Los tres abrieron los ojos al unísono.

El Profesor Thalor Caelum se materializó desde la penumbra, su túnica de niebla arremolinándose lentamente como si estuviera tejida con la misma magia expectante de la sala.

Sus ojos blancos, sin pupilas, los observaban no como a individuos, sino como a la singularidad que formaban, una trinidad de poder y emoción.

—Pero un río tan poderoso —continuó, y ellos notaron cómo su tono perdía la calma académica distante, adquiriendo un matiz de urgencia que nunca le habían oído—, inevitablemente llama la atención.

Se deslizó hasta el borde del círculo, su presencia llenando la sala de una gravedad palpable que heló el aire, disipando la atmósfera de paz.

—La tarea que les fue asignada, esa misión al túmulo en las montañas del norte… ya no es una simple misión de campo.

Era una prueba pensada por Ványar y Thörne para medir su recuperación.

Ahora… es una advertencia.

Diana se incorporó de golpe, sentándose, la despreocupación borrada de su rostro.

Samara cerró su libro con un suave golpe.

Víktor se tensó, enderezando la espalda, un eco de su instinto protector —ahora más guardián que bestia— latente en su interior.

—La entidad que allí reside —explicó Caelum, su mirada perdida por un instante, como si consultara corrientes invisibles—, no es un simple espíritu o una maldición territorial, como creíamos al principio.

Mis percepciones eran incompletas entonces.

Ahora, con su vínculo resonando con tanta claridad, lo veo.

Es un coleccionista.

Un devorador de magias únicas que ha sentido su canción a través de los planos.

Ha venido por ustedes.

Un escalofrío los recorrió.

La vaga amenaza de la misión se acababa de solidificar en un depredador con un objetivo claro: ellos.

Justo cuando terminaban de asimilar la gravedad de la palabra “coleccionista”, uno de los cristales flotantes que pulsaban en la sala se detuvo.

El suave zumbido que llenaba la habitación cesó de golpe.

El cristal, antes de un blanco pálido, comenzó a vibrar con violencia.

Un color oscuro, como tinta derramándose en agua clara, reptó por su superficie, tiñéndolo de negro.

La luz de la sala pareció atenuarse, absorbida por esa única mota de oscuridad palpitante.

Proyectó una sombra antinatural en el suelo de piedra, una sombra que parecía observarlos.

Samara se puso de pie de un salto, su libro cayendo al suelo con un golpe sordo.

—Profesor, ¿qué es eso?

—preguntó, la voz de la banshee teñida de un pánico frío.

Caelum, que había estado flotando serenamente, descendió hasta que sus pies rozaron la piedra.

Por primera vez, su voz no solo era urgente; estaba tensa, cargada de una energía que erizó la piel del licántropo.

—Es él.

Víktor frunció el ceño, poniéndose de pie junto a Samara, sintiendo la necesidad instintiva de interponerse entre sus compañeras y la fuente de la amenaza.

—Pero dijo que estaba en el túmulo de las montañas…

Caelum se giró hacia ellos, y en sus ojos blancos sin pupilas, ahora vieron algo que nunca habían presenciado: alarma.

—Ya no —sentenció—.

Ha sentido su vínculo.

Ha sentido nuestra conversación.

Está aquí.

La palabra resonó en la sala con un peso aterrador.

“Aquí”.

Su paz, ganada con tanto esfuerzo, se hizo añicos.

El santuario estaba violado.

Diana se levantó de un salto, antes de que la Therian recordara controlarse.

Samara no retrocedió; en su lugar, el aire a su alrededor se volvió más denso, más frío, el poder de la banshee respondiendo a la amenaza.

El cristal oscuro vibró de nuevo, y por una fracción de segundo, Víktor creyó ver algo moverse en su interior: una silueta distorsionada, una presencia antigua que los observaba desde una distancia imposible, susurrando sus nombres a través de los planos.

La misión acababa de volverse personal, pero más que eso, se había vuelto inmediata.

Samara tomó la mano de Diana.

Víktor se interpuso entre ellas y el cristal oscuro, sintiendo la fuerza de la tierra subir por sus pies, lista para obedecer.

La cicatriz dorada de Alun’diel ardió en su pecho, un recordatorio de por qué luchaban.

—Que observe —gruñó Víktor, su voz era un eco de la bestia que había sido, pero con la firmeza del hombre que era ahora—.

Le enseñaremos lo que le pasa a quien se atreve a perturbar nuestro río.

FIN.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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