El aullido y el lamento - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 La clase de Historia
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9: La clase de Historia 9: La clase de Historia El amanecer llegó con una calma engañosa.
La luz se filtraba por el balcón, acariciando los restos de una habitación que ya no era la misma.
Entre sábanas arrugadas y muebles rotos, nos vestimos en silencio.
Yo con ropa de mi armario y Samara con su magia evanescente.
Éramos conscientes de que el mundo no se detendría por nosotros.
La universidad seguía su curso y, con ella, las clases.
El pasado podía esperar, al menos por unas horas.
Nos habíamos levantado un poco tarde para evitar ser vistos por el resto de los alumnos; a fin de cuentas, los dormitorios no eran mixtos.
La primera clase ya habría terminado, así que tuvimos que saltarnos el desayuno para no llegar tarde a la siguiente asignatura.
Nos dirigimos a la clase de Historia.
En el camino nos topamos con un par de gremlins, los conserjes de la universidad.
Son criaturas pequeñas y escurridizas que usan túneles para recorrer el campus, excelentes en su trabajo, aunque tienen la boca floja.
Tuve que engañarlos con una historia innecesariamente complicada sobre “un hechizo de levitación experimental” que había salido mal en mi habitación, eso y un pequeño soborno por su silencio.
Al llegar a clase, Samara y yo nos colamos en la última fila, un lugar ideal para pasar desapercibidos.
Aún hablábamos sobre la noche anterior cuando, de la nada, la voz del profesor nos sacó de nuestro mundo.
—¡Doscientos cincuenta y siete!
—exclamó el Profesor Aelion Ványar.
El alto elfo de belleza incomparable que rozaba lo intimidante.
Casi dos metros de alto, su cabello largo y plateado caía en cascada por su espalda como una cortina de plata.
Vestía túnicas de seda que parecían absorber la luz, decoradas con bordados que representaban runas y símbolos mágicos.
Elevó su tono y repitió, su voz afilada cual daga de plata resonando en el aula con fiereza: —¡Doscientos cincuenta y siete!
Ese es el número de años que la humanidad tardó en entender que la magia no es una herramienta, sino una fuerza viva —aseveró el profesor—.
Y ustedes, criaturas inmaduras…
Sus ojos, de un azul tan profundo que parecían ver más allá de lo terrenal, se detuvieron sobre mí.
—Ustedes no han tardado nada en intentar romper las reglas y, me atrevo a decir, el mobiliario de la universidad.
Me tensé.
Samara tuvo que apretar mi mano bajo el escritorio para no soltar una carcajada ruidosa.
Seguramente la historia de mi hechizo fallido voló más rápido de lo que esperaba.
Pensé.
Esos malditos gremlins claramente no habían mantenido la boca cerrada.
—Hoy discutiremos el concepto de magia territorial— continuó el Profesor, como si no acabara de humillarme públicamente.
—Entre muchas otras, existen la magia elemental, la magia espectral…
y luego está un tipo particular de magia que está intrínsecamente ligada al territorio, a la tierra que la vio nacer.
Hablamos de sitios donde la barrera entre el mundo civilizado y lo salvaje es tenue.
Lugares como los antiguos asentamientos dracónicos…
o, sin ir más lejos— el Profesor Ványar se detuvo, y con un gesto dramático de su mano, señaló hacia la gran ventana que daba al bosque.
—Los vastos y olvidados bosques que rodean este mismo campus.
Estos bosques no son parques ni moteles.
Son territorio salvaje, lleno de magia.
Algunos rumores antiguos hablan de una concentración inusual de magia justo en la frontera occidental del campus.
También tenemos la magia que fluye en la sangre de las criaturas y se activa de maneral natural.
Un linaje no es solo una herencia, jóvenes.
Es una conexión.
Una llamada.
Intercambié una mirada con Samara.
Él estaba usando nuestras palabras.
Una inquietud recorrió el aula.
El elfo sonrió, pero era una sonrisa cínica.
Hizo una pausa, su mirada recorriendo el aula.
El Profesor Ványar se giró hacia un diagrama de círculos de poder que había dibujado en la pizarra.
—Para entender la magia terrenal, deben comprender la lealtad, el control y la traición.
Estas son solo algunas de las emociones poderosas que pueden arraigar la magia a la tierra.
Por eso —preguntó—, ¿alguien puede explicar el origen del pacto entre los druidas y los cambiaformas que sucedió en estas tierras?
Levanté la mano.
Al fin y al cabo, los licántropos somos un tipo de cambiaformas, así que tenía la respuesta en la punta de la lengua.
Pero Samara fue más rápida.
Como siempre.
—Fue en el año 1283 de la Antigua Era —respondió ella con la confianza de quien se sabe ganadora—.
Los druidas ofrecieron protección a los cambiaformas en estos bosques…
—Esperando a cambio su ayuda durante las cosechas, o al menos eso es lo que mencionan los libros —dije, interrumpiéndola de golpe.
La miré con una sonrisa torcida.
El profesor asintió.
—Respuesta correcta.
Un punto extra para ambos por la competitividad, aunque agradecería menos drama en mi aula.
Samara se inclinó hacia mí y susurró: —Empate, después de lo que pasó anoche.
Qué decepción, creí que te vencería de nuevo.
—Tranquila.
La próxima vez te dejo ganar… solo si prometes no gritar como si anunciaras el apocalipsis cuando pierdas —le susurré de vuelta—.
Y si no mal recuerdo, anoche gané yo.
El Profesor Ványar aclaró su garganta, regresando al punto central.
—Bien.
Ahora díganme cómo puede eso relacionarse con la magia territorial —dijo, con su mirada todavía fija en mí.
—El pacto —respondí—.
Los cambiaformas ofrecieron su ayuda y, con ella, su lealtad.
Es una de las emociones que mencionó.
—Correcto, señor Von Wolf.
Es bueno ver que le gusta estudiar, casi tanto como destruir.
Para la próxima semana, quiero una investigación detallada sobre linajes y magia territorial, además de la historia del campus y el Bosque Oscuro.
El profesor materializó con su magia un viejo mapa de la escuela y sus alrededores en el pizarrón.
Mientras nos daba una breve introducción a la historia del bosque, un símbolo antiguo apareció sobre el mapa.
Era como el golpe de una garra: tres rasguños profundos.
Pero lo que me heló la sangre no fue su forma, sino lo que la rodeaba.
Una neblina tenue, verdosa y fantasmagórica que danzaba alrededor de las marcas.
La mezcla de un símbolo lupino con un aura espectral.
Una conexión visual innegable entre lo que yo era y lo que era Samara.
—Consulten los archivos.
Busquen cualquier mención de los linajes, druidas o el pacto en relación con estas tierras.
La información está ahí para quien sepa buscarla —concluyó el alto elfo, despidiendo la clase—.
Es el conocimiento lo que separa a la criatura de la leyenda.
El profesor se retiró sin mirarnos.
La campana sonó y el aula comenzó a vaciarse, pero nosotros nos quedamos congelados en nuestros asientos, con los ojos fijos en la imagen del pizarrón.
Samara se inclinó sobre la mesa, su rostro, que siempre era pálido, se había vuelto casi translúcido.
—Ese símbolo…
—susurró, su voz sin su sarcasmo habitual, cargada de una tensión fría que me hizo temblar—.
Víktor, yo…
lo he visto antes.
Me giré bruscamente para mirarla.
—¿Dónde?
¿En un libro?
¿Un dibujo viejo?
Ella negó con la cabeza, sus ojos verdes fijos en el lugar donde la imagen había parpadeado.
—En algo que mis hermanas consideraban una reliquia prohibida.
Un amuleto.
Solían hablar de él en voz baja…
susurros, rumores, nada más.
Si es lo que creo, las hermanas más viejas la llamaban ‘La Runa de la Quietud’.
Se mordió el labio.
Me di cuenta de que este no era un dato académico; era algo profundamente personal.
—La leyenda habla sobre ‘la madre’.
El miedo en sus palabras me hizo extender la mano instintivamente hacia ella.
El contacto de nuestros dedos al rozarse fue un catalizador, una chispa.
La proyección del mapa se hizo añicos en un destello de luz y niebla.
Al mismo tiempo, el sonido desapareció.
El murmullo de los estudiantes, el crujido de las sillas…
todo se ahogó.
Fuimos transportados.
No físicamente, sino en una visión compartida que duró apenas un parpadeo.
El mundo se tiñó de sangre.
Vi una luna roja colgando sobre las copas de los árboles.
En el suelo, la hierba estaba cubierta no de rocío, sino de una niebla espectral idéntica a la que envolvía el símbolo.
Pero lo más impactante fue el sonido: escuché un aullido gutural tan salvaje que resonó en mi pecho y, al mismo tiempo, sentí una oleada de dolor, un lamento que no sin duda de banshee.
El aullido y el lamento se unieron, formando una sola melodía potente y aterradora.
La visión se rompió tan rápido como había llegado.
El sonido y el tacto regresaron de golpe.
Samara retiró su mano como si se hubiera quemado.
Estaba jadeando, con los ojos muy abiertos por el terror del descubrimiento.
—¿Lo sentiste?
—preguntó ella, su voz apenas perceptible—.
El aullido y el lamento están conectados.
Algo en el bosque nos está uniendo.
Es como el ruido que provocamos anoche…
creo que nosotros la despertamos con lo que pasó.
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