El Ayudante del Señor Dragón Quiere Renunciar [BL] - Capítulo 358
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Capítulo 358: El reflejo (M)
Realmente no había discusión posible.
El espejo frente a él no podía estar mintiendo y, en ese momento, contaba una historia que hacía que a Riley le diera vueltas la cabeza.
Mientras Kael lo tomaba por detrás, Riley no tuvo más opción que enfrentarse a su propio reflejo.
Tenía los ojos desorbitados, velados y empañados por un ardor oscuro y líquido que apenas reconocía como propio.
Cada vez que las caderas de Kael se impulsaban hacia adelante y chocaban contra él, Riley observaba cómo cambiaba su propia expresión, sus rasgos se contorsionaban en algo abiertamente erótico: la boca entreabierta, la lengua humedeciendo su labio inferior y un profundo sonrojo que se había extendido desde su pecho hasta la garganta mientras echaba la cabeza hacia atrás.
Fue una extraña revelación.
Pero en lugar de rehuir esa imagen, Riley se abandonó a ella. Aceptó el aspecto que le daba el placer, su crudeza, y la forma aún más cruda en que lo hacía sentir.
Por encima del hombro, observó a Kael a través del espejo, rastreando la afilada y depredadora concentración en aquellos ojos dorados mientras su compañero se movía tras él con un ritmo constante e implacable.
El contraste entre ellos era imposible de ignorar.
Su piel, la forma en que sus cuerpos se movían al unísono, la fricción entre ellos mientras Kael embestía cada vez más profundo.
La sola visión fue suficiente para que las entrañas de Riley se contrajeran sin remedio, sus paredes internas apretándose alrededor de Kael en un pulso desesperado.
—Más —articuló Riley con voz ahogada, la palabra abandonándolo como una orden rota.
—Kael… más profundo.
Hubo una separación momentánea, tan breve que el dragón negro apenas tuvo tiempo de procesar lo que había dicho mientras cambiaban de posición.
Antes de que pudiera siquiera parpadear, las manos de Kael se deslizaron bajo sus muslos, lo giraron y lo levantaron del suelo en un único movimiento fluido y poderoso.
Riley soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se disolvió en un gemido largo e impotente al verse depositado sobre una cómoda cercana, listo para algo que fue verdaderamente más profundo.
En lugar de un mero reflejo, ahora podía ver a Kael en persona. El señor dragón se colocó con firmeza entre las rodillas de Riley, forzándolas a abrirse y atrayéndolo hasta el mismo borde de la madera para quedar pecho contra pecho.
Pero ¿qué podría haber esperado después de pronunciar semejantes palabras?
¿Cómo podía el dragón dorado aferrarse a cualquier atisbo de cordura con un permiso tan explícito —no, más bien con un deseo explícito—?
Así, la madera bajo ellos crujió en violenta protesta, la veta antigua de la cómoda tensándose bajo el ritmo constante y castigador de los movimientos de Kael.
El antiguo mueble tenía una opinión muy clara sobre la situación, pues probablemente nunca esperó que unos dragones lo usaran de esa manera.
Pero, por desgracia, al normalmente cuidadoso ex-mortal no podía importarle menos el mueble cuando apenas lograba encontrar el ritmo para respirar.
En cambio, Riley se aferró al cuello de Kael, sujetándose como si le fuera la vida en ello. Sus dedos se clavaron con fuerza en los hombros del dragón dorado mientras luchaba por mantenerse erguido contra las olas implacables de sensación que lo arrollaban.
¡Haaah!
Sus talones se aferraron con fuerza a la cintura de Kael, anclándose contra el poder puro y visceral de aquel hombre. Con la espalda contra la pared y las piernas abiertas por la postura, Kael podía penetrarlo con una profundidad que parecía casi irreal.
Cada embestida conllevaba un peso denso y deslizante que lo llenaba por completo, estirándolo hasta que la fricción se convertía en un ardor agudo y hermoso que hacía temblar todo el cuerpo de Riley.
¡¡¡
—¡Ah, Kael! ¡Justo ahí! No… ¡Por favor, no pares!
Tenía la sensación de que no sobreviviría si el lagarto dorado intentaba jugar con él en ese preciso instante.
A esas alturas, la voz de Riley ya no sonaba como gemidos normales. Los sonidos que se le escapaban eran más agudos, más desesperados, e inundaban la habitación junto al ritmo inconfundible de sus cuerpos chocando una y otra vez.
El ángulo era perfecto.
Cada vez que Kael embestía, golpeaba aquel punto único y sensible con una precisión aterradora. Cada impacto enviaba ráfagas de placer a través de Riley que fracturaban su visión en destellos dorados y negros. Al mismo tiempo, el maná compartido que fluía a través de su vínculo se disparaba salvajemente entre ellos, tan intenso que el aire de la habitación parecía vibrar.
Desde luego, el último Iltheran no habría podido sobrevivir a todo aquello de haber sido un humano. Tal vez sería posible, pero ¿con un Kael desatado y sin inhibiciones?
Ni aunque rezara.
A estas alturas, el dragón negro no necesitaba que un espejo le dijera nada.
Pues cualquier superficie reflectante le mostraría lo que ya sabía: el rostro sonrojado, la expresión completamente transparente, cada centímetro de su ser temblando de placer puro y una necesidad inexplicable mientras Kael se movía tras él.
Y en ese momento, todo culminó.
Una explosión cegadora. Tal vez no fuera nada para los demás, pero para ellos dos, que lo llevaban esperando quién sabe cuánto tiempo, fue de esas que merecen ser contadas.
Cuando el clímax los golpeó, las piernas de Riley se tensaron instintivamente alrededor de la cintura de su compañero. El agarre fue desesperado, casi hasta dejar marcas, mientras su cuerpo se arqueaba, atrayendo a Kael tan profundo dentro de sí como era posible. Sus paredes internas se contrajeron en pulsaciones potentes y rítmicas que se negaban a parar.
Lo quería todo.
Cada gota.
Cada ápice del poder que Kael poseía.
—Es tuyo, todo tuyo… —gruñó Kael, con la voz ronca cuando su propio control finalmente se quebró.
El dragón dorado embistió y se rindió por completo, vaciándose en Riley con una fuerza que pareció extenderse en ondas por toda la habitación.
Durante un largo momento, ninguno de los dos se movió.
Permanecieron fundidos en un abrazo, aferrándose el uno al otro mientras las réplicas del clímax los recorrían en olas lentas y temblorosas.
Riley permaneció aferrado a su compañero, con los brazos alrededor de los hombros de Kael y el rostro apoyado en el hueco del cuello del dragón dorado. Su respiración era superficial y entrecortada, y cada exhalación, que calentaba la piel de Kael, arrastraba el temblor persistente de todo lo que acababan de hacer.
Se sentía pesado.
Desmadejado.
Completamente deshecho.
Su corazón martilleaba contra el pecho de Kael mientras el intenso calor que los había consumido a ambos empezaba a aplacarse, transformándose en algo más suave y lento.
Bajo ellos, la cómoda emitió por fin su última queja.
Crac.
La madera forzada se astilló con una última y sonora protesta, tras haber soportado mucho más maltrato del que estaba diseñada para aguantar.
¡!
Ambos se quedaron helados.
Riley fue el primero en levantar la cabeza. Con los ojos todavía empañados y el pelo completamente revuelto, bajó la vista hacia la cómoda que tenían debajo. La pobrecita parecía estar a punto de derrumbarse.
Lentamente, Riley volvió a levantar la mirada.
Kael le sostuvo la mirada.
Los labios del dragón dorado se curvaron en una sonrisa pícara y divertida.
Por un segundo, Riley se limitó a mirarlo fijamente.
Entonces, una risita suave y ahogada se le escapó antes de que pudiera evitarlo.
El sonido era contagioso.
Poco después, Kael negaba con la cabeza mientras ambos compartían una risa silenciosa en medio de la estancia, por lo demás en calma.
El señor dragón ni siquiera se molestó en soltarlo.
En su lugar, Kael levantó una mano y agitó los dedos con pereza. Un tenue destello de magia dorada envolvió la cómoda, estabilizando la madera agrietada y sosteniendo a la pobrecilla antes de que pudiera derrumbarse por completo.
Quizá esa se merecía una pequeña reparación.
Aunque, más importante aún…
Quizá ambos necesitaban dormir un poco.
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