El caballero del Vacío - Capítulo 1
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1: El Comienzo Del Fin.
1: El Comienzo Del Fin.
Capitulo 1 En un pequeño pueblo cubierto por las sombras de la noche e iluminado por la luz de la luna, en una modesta taberna se escuchaban las alegres melodías de un pequeño grupo musical conformado por un joven músico con su laúd, otro con un pandero marcando el ritmo del baile de los presentes, uno más con su rabel y el último con su chalumeau.
Tocaban con entusiasmo; las personas bailaban con euforia y felicidad.
La noche parecía transcurrir con naturalidad: los meseros corrían de mesa en mesa entregando pedidos y rondas de cerveza, mientras la cocina trabajaba a toda velocidad para satisfacer la demanda constante.
Ronda tras ronda, la noche avanzaba lentamente, cuando de repente, sin delicadeza ni previo aviso, las puertas de la taberna se abrieron de golpe, azotando contra la pared.
Los músicos tardaron apenas un instante en detener su música.
Todo el mundo quedó observando la entrada, tratando de entender qué estaba sucediendo.
Era una patrulla de caballeros, conformada por ocho miembros.
Todos vestían una ligera coraza de hierro y un yelmo abierto que dejaba ver sus rostros; el resto de su vestimenta era de cuero endurecido.
Iban armados con espadas; dos de ellos portaban arcos y uno cargaba un gran escudo del tamaño de una puerta.
En una esquina de sus corazas se distinguía el símbolo del reino: los signos de Alfa y Omega superpuestos uno sobre el otro.
Eran caballeros de bajo rango, considerados la policía local del reino de AΩrion (Aorion).
Todos estaban heridos.
Parecía que venían directamente de una batalla.
Los locales comenzaron a murmurar entre ellos cosas como: —¿Qué les ha pasado?
—No solemos ver caballeros por aquí… —Están muy lejos de la capital.
Tres de ellos cargaban a su compañero del escudo, un sujeto notablemente más grande y ancho que los demás.
Estaba mucho más herido que el resto: tenía un profundo corte en el pecho y estaba perdiendo una gran cantidad de sangre.
Uno de los caballeros entró gritando: —¡¡¡¿Hay algún médico aquí?!!!
Los pueblerinos se miraron entre sí en silencio.
Fue una de esas situaciones en las que, sin decir una palabra, todos sabían la respuesta.
Los caballeros lo entendieron en ese mismo instante.
Mientras tanto, su compañero agonizaba, completamente pálido, peligrosamente cerca de la muerte.
En ese momento, el dueño de la posada, el tabernero, un hombre ya mayor con una cicatriz en el ojo izquierdo, algunas canas y vestimenta propia de su oficio, alzó la voz: —El muchacho de ahí practica la medicina.
Señaló a un joven que trabajaba como mesero.
Era de estatura ligeramente inferior al promedio, de un cabello largo oscuro, amarrado con una cola de caballo simple, ojos de un profundo color café y tez clara.
Su rostro mostraba una expresión de sorpresa, casi de traición.
El tabernero le hizo un gesto firme con la cabeza, serio, sin dejar lugar a dudas.
Cerca de él, una de las meseras lo observaba con evidente preocupación.
El joven se acercó lentamente, con duda reflejada en el rostro.
Uno de los guardias lo miró con una mezcla de incredulidad y resignación.
Era evidente que no había muchas opciones.
—¿No eres muy joven para practicar la medicina?
—dijo—.
Apenas eres un niño.
El muchacho sostuvo la mirada.
En su expresión apareció por un instante la tristeza, comprendiendo perfectamente el pensamiento del guardia.
Sin embargo, la borró casi de inmediato y la sustituyó por una seriedad absoluta, acompañada de una concentración que contrastaba con su edad.
—Lo sé —respondió—, pero soy todo lo que hay por ahora.
Rápido, denme una mesa.
El caballero herido cayó de rodillas antes de llegar a ella.
La sangre ya empapaba el suelo de madera.
Arel fue el primero en moverse.
—No lo sienten.
No lo acuesten todavía —dijo con firmeza, alzando la voz por encima del murmullo—.
Si se desmaya, lo perdemos.
Se acercó, observó el corte que había atravesado la coraza abollada y respiró hondo solo un instante.
—Necesito una mesa limpia.
Ahora.
—Tú —señaló a uno de los clientes—, retira los platos y el licor.
Todo.
El caballero gruñó, intentando incorporarse.
—Quieto —ordenó Arel, apoyando una mano firme sobre su hombro—.
Si te mueves, sangrarás más.
Levantó la vista con rapidez.
—Agua.
Mucha.
Hirviendo si pueden, y otra cubeta fría.
—Trapos limpios.
Camisas, sábanas, lo que sea, pero sin mugre.
Se inclinó para examinar mejor la herida.
—El hierro detuvo lo peor… —murmuró—, pero el filo entró profundo.
Alzó la voz nuevamente: —Corten la coraza.
No la arranquen.
Si la sacan de golpe, se abrirá más.
—¿Con qué?
—preguntó alguien.
—Con cuchillos.
Si están romos, mejor.
No quiero serrar carne.
El caballero apretó los dientes.
—Va a doler —le dijo Arel, mirándolo a los ojos—.
Si gritas, grita.
Pero no te muevas.
Cuando el metal fue apartado, la sangre brotó con más fuerza.
—Ahora escuchen bien —dijo sin levantar la vista—.
Uno de ustedes presione aquí.
Fuerte.
No suelten, aunque sangre a través del trapo.
Tomó un trozo de tela y lo empapó con el agua caliente.
—El agua limpia no cura, pero evita que la muerte se quede.
—No la arrojen de golpe —añadió—.
Limpien alrededor, no dentro del corte.
Arel respiró despacio.
—Si alguien tiene aguardiente fuerte, tráiganlo.
No para beber.
—¿Y si se desmaya?
—Mejor inconsciente que muerto.
Miró el tamaño del hombre y su respiración pesada.
—Este no es un corte de coser —dijo en voz baja—.
Es uno de cerrar y rezar.
Se incorporó apenas.
—Voy a presionar yo ahora.
Cuando diga, cambian el trapo.
Uno… dos… ahora.
La sangre seguía saliendo, pero más lenta.
—Bien… bien… —susurró—.
Mientras respire así, aún está aquí.
Finalmente, miró a todos.
—Nadie se va.
Nadie bebe.
Si falla esto, fallamos todos.
La sangre dejó de brotar como un río y pasó a salir a intervalos, espesa y pesada.
El pecho del caballero subía y bajaba con dificultad, pero seguía haciéndolo.
Arel no apartó las manos.
El calor del trapo empapado le quemaba los dedos, pero no aflojó la presión.
Entonces recordó las manos de su madre, siempre firmes, siempre tranquilas, incluso cuando la muerte rondaba demasiado cerca.
—Si tiembla tu mano, la herida lo sabe —le había dicho Maera una vez, mientras atendía a un campesino atravesado por un asta—.
Y si la herida lo sabe, se abre.
—No aflojen —dijo Arel en voz baja—.
Todavía no.
El caballero dejó escapar un gemido ronco.
No era un grito, sino el sonido de alguien que había decidido no morir todavía.
Arel inclinó el rostro hacia la herida, concentrado.
Recordó a su madre hirviendo telas en una olla vieja, siempre más tiempo del que parecía necesario.
—El fuego no perdona la suciedad —decía—.
Y la suciedad mata más que el filo.
—Cambien el trapo —ordenó—.
Despacio.
Como si el corte fuera a despertarse.
Cuando retiraron la tela empapada, la sangre volvió a asomar, pero ya no escapó con furia.
Arel colocó otra capa limpia, presionó con ambas manos y contó en silencio, como Maera le había enseñado.
Uno para el pulso.
Dos para la respiración.
Tres para la paciencia.
—Va a vivir —murmuró, más para sí que para los demás—.
Si no se mueve.
El caballero abrió apenas los ojos.
—¿Sigo… aquí?
—preguntó con la voz quebrada.
Arel asintió.
—Sí.
Pero no se ha ido el peligro.
—No esta noche —añadió—.
Ni mañana.
Se incorporó lo justo para dar nuevas órdenes.
—Manténganlo sentado.
Si se acuesta, la sangre volverá a buscar salida.
—Nada de comida.
Solo sorbos pequeños de agua.
Miró el suelo manchado de rojo, la madera oscura absorbiendo lo que no podía salvarse.
Maera también había mirado así muchas veces.
Nunca con horror.
Siempre con respeto.
—No salvamos a todos —le había dicho la última vez que la vio trabajar—.
Pero a los que se quedan, hay que cuidarlos como si fueran los únicos.
Arel apoyó una mano en el pecho del caballero y sintió el latido, lento pero firme.
—Se queda —dijo finalmente—.
Y mientras se quede, no lo soltamos.
El murmullo de la posada volvió poco a poco, más bajo, más contenido.
La música se había detenido sin que nadie lo notara.
Arel no.
Porque en el silencio, por primera vez en mucho tiempo, volvió a escuchar la voz de su madre… y supo que no la había perdido del todo.
El caballero permaneció en silencio unos instantes más, respirando con dificultad, pero estable.
Uno de sus compañeros fue el primero en romper la tensión.
Se quitó el yelmo y dejó escapar el aire que parecía haber estado conteniendo desde que entraron a la taberna.
—Te debemos la vida —dijo, mirando a Arel con respeto—.
No muchos habrían sobrevivido a un corte así.
Arel negó con la cabeza sin levantar demasiado la vista.
—Todavía no canten victoria —respondió—.
Si amanece con fiebre, puede que no vuelva a levantarse.
Otro de los caballeros dio un paso al frente.
Su armadura estaba abollada y manchada de sangre seca, pero su postura era firme.
—Aun así, hiciste lo que ninguno de nosotros pudo hacer —dijo—.
Dinos tu nombre.
Arel dudó apenas un segundo.
—Arel —respondió—.
Arel Herwyn.
Los caballeros intercambiaron miradas.
El apellido no les decía nada, pero la seguridad con la que había actuado sí.
—¿Y tu edad?
—preguntó otro, visiblemente incrédulo.
Arel tragó saliva.
—Quince —dijo—.
Los cumplí hace dos días.
El silencio que siguió fue distinto al de antes.
No era tensión ni miedo, sino sorpresa pura.
Uno de los caballeros soltó una risa breve, incrédula.
—¿Quince?
—repitió—.
A esa edad yo apenas sabía sostener una espada.
—Y tú —añadió otro— acabas de salvar a un hombre que ha peleado en tres campañas.
El que parecía liderarlos dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Escucha, Arel Herwyn —dijo—.
No deberíamos pedirte esto… pero el reino está comenzando una guerra.
Arel levantó la mirada.
—Venimos de una emboscada —continuó el caballero—.
No fue un simple ataque de bandidos.
Fue planeado.
Nuestros contrarios sabían exactamente por dónde pasaríamos.
Apretó los dientes.
—Esto ya no es una escaramuza.
Es el inicio de algo más grande.
Arel sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—preguntó, aunque en el fondo ya intuía la respuesta.
El caballero señaló a su compañero herido.
—Hombres como él no duran mucho sin alguien que sepa tratar heridas en el frente —dijo—.
No hay médicos suficientes.
No los habrá por un tiempo.
Otro añadió: —Necesitamos a alguien que sepa hacer lo que tú hiciste hoy… y hacerlo rápido.
Arel dio un paso atrás casi sin darse cuenta.
—No soy un soldado —dijo—.
No sé pelear.
Solo… solo sé lo que mi madre me enseñó.
—Eso es más de lo que muchos tienen —respondió el líder—.
No te pedimos que luches.
Te pedimos que ayudes a que otros sigan con vida.
Arel bajó la mirada.
Pensó en la taberna, en el tabernero, en la mesera que aún lo observaba desde lejos.
Pensó en Maera.
En sus manos, en su voz.
—No puedo —dijo finalmente—.
No así.
Los caballeros no insistieron de inmediato.
Fue entonces cuando uno de ellos, el más joven del grupo, habló casi como al pasar: —La batalla se está librando cerca del valle del este.
A un día de marcha, quizá menos.
Arel alzó la cabeza de golpe.
—¿El valle del este?
—repitió.
—Sí —respondió el caballero—.
Hay varios pueblos allí.
Estamos tratando de asegurar la zona antes de que avance el enemigo.
El corazón de Arel comenzó a latir con fuerza.
Ese valle.
Ese era el camino.
El lugar del que su madre hablaba en voz baja, casi siempre al anochecer.
Donde vivían sus abuelos.
Arel guardó silencio durante varios segundos.
Luego respiró hondo.
—Si voy —dijo finalmente— no iré como caballero.
Ni como soldado.
El líder asintió.
—No te lo pediríamos.
—Y si las cosas se vuelven demasiado peligrosas… —continuó Arel— me iré.
—Lo entendemos —respondió el hombre—.
Y aun así, te estaremos agradecidos.
Arel miró una última vez al caballero herido, luego a sus manos manchadas de sangre.
—Entonces iré —dijo—.
Pero solo hasta ese valle.
Nadie sonrió.
Nadie celebró.
Porque todos sabían que, a partir de ese momento, nada volvería a ser simple.
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