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El caballero del Vacío - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 El legado del sabio
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10: El legado del sabio 10: El legado del sabio Capítulo 10 El amanecer llegó con una brisa fría que bajaba de las montañas.

Arel estaba sentado en posición de meditación en el centro de un claro, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas.

Sus ojos estaban cerrados, la respiración profunda y controlada.

El rocío de la mañana cubría la hierba a su alrededor, brillando bajo los primeros rayos del sol.

Había aprendido a disfrutar de estos momentos.

La calma antes del entrenamiento.

El silencio antes de la tormenta.

Escuchó pasos detrás de él.

Yuren se arrodilló justo a su espalda, en silencio, observándolo con atención.

Esperó unos segundos más.

Luego habló.

—Durante este tiempo has practicado el uso de tu maná a pura explicación —dijo con voz tranquila pero firme—.

Y has tenido buenos resultados.

Mejores de los que esperaba, honestamente.

Hizo una pausa.

—Aunque eso es porque tienes potencial para la magia y hechicería.

Eso ya lo sabíamos.

Arel no abrió los ojos, pero escuchaba con atención absoluta.

Yuren continuó.

—Sin embargo… eso no es todo.

Puedes volverte aún más fuerte.

Los ojos de Arel se abrieron de golpe.

Se giró ligeramente, mirando por encima del hombro.

—¿Más fuerte?

—preguntó con asombro genuino—.

¿Cómo?

Pensar que podía volverse más fuerte, que podía estar más preparado para lo que vendría, lo llenaba de una emoción que no sabía contener.

Yuren sonrió apenas.

—Como alguna vez te conté, la magia es el estudio de todo lo relacionado al maná —dijo—.

Y en esto hay algo llamado “control de flujo”.

Arel frunció el ceño, concentrado.

—¿Control de flujo?

—Exacto —respondió Yuren—.

Esto no es más que la forma en cómo haces que tu maná viaje por tu cuerpo.

La ruta que toma.

La velocidad.

La intensidad.

Se puso de pie y caminó frente a Arel.

—Hasta ahora, te he enseñado las bases del control de flujo de Kael.

Arel se quedó en silencio.

Un sentimiento de tristeza llegó a él como una ola, lenta pero inevitable.

Escuchar el nombre de su padre siempre le hacía eso.

Era como si el legado de alguien que apenas recordaba cayera sobre sus hombros con todo su peso.

Padre… Yuren notó el cambio en su expresión, pero continuó.

—A lo largo de generaciones, caballeros mágicos han cultivado metodologías.

Formas específicas de cómo fluir el maná, de cómo usarlo con máxima eficiencia.

Cruzó los brazos.

—Este conocimiento suele ser sagrado en las familias.

Por eso algunas personas codician ser alumnos de ciertos caballeros.

Como en mi caso.

Miró a Arel directamente.

—Por eso eres tan popular entre algunos… y tan odiado entre otros.

Nunca he compartido este secreto con nadie.

Hasta ahora.

Arel procesó esas palabras lentamente.

Luego preguntó con curiosidad: —¿Qué pasaría si alguien se hace con un control de flujo ajeno?

Yuren sonrió, complacido por la pregunta.

—Buena pregunta —dijo—.

Lo que sucede es que, si es un flujo muy bueno, el caballero podría hacerse extremadamente fuerte en poco tiempo.

Saltaría niveles de poder que normalmente tomarían años.

Hizo una pausa.

—Además, sería una puerta a poder aprender hechicerías únicas de la familia.

Como te dije, las hechicerías casi siempre son heredadas.

Es muy difícil que alguien externo a la familia pueda aprenderlas.

Caminó alrededor de Arel.

—¿Por qué?

Porque no lleva en su cuerpo la información de cientos de años de entrenamiento, práctica y refinamiento de sus antecesores.

El flujo de maná está tallado en su sangre.

En su ADN, por así decirlo.

Arel asintió lentamente.

—Comprendo.

Yuren asintió también.

—Bien.

Entonces sin más preámbulos… es hora de que aprendas lo que por derecho te corresponde.

Se arrodilló nuevamente detrás de Arel.

—Pero antes… déjame contarte una historia.

Su voz se volvió más suave, casi nostálgica.

—Padre me contó que hace muchísimos años, existió una orden malvada.

Un clan oscuro.

Creaban caos y estragos por donde pasaban.

Hacían el mal con su magia y hechicerías, sin remordimiento alguno.

Hizo una pausa dramática.

—Sin embargo, entre todo ese mal… existió un hombre que creía en lo correcto.

En no dañar a otros.

En usar su poder solo para proteger.

Arel abrió los ojos, sorprendido.

Un recuerdo vago comenzó a formarse en su mente.

—Este hombre alguna vez fue conocido como… el Sabio del Valle.

Arel se giró de golpe.

—¿Acaso… es la historia de aquel legendario mago?

—preguntó con emoción—.

¿El que viajó por el mundo ayudando a las personas?

Yuren sonrió ampliamente.

—Veo que conoces la historia.

Arel asintió con entusiasmo.

—Mamá me la contaba mucho de niño —dijo, su voz volviéndose más suave—.

Decía que el sabio era algo a lo que todos como humanos debemos aspirar.

A siempre hacer lo correcto.

A nunca usar nuestro poder para lastimar a los inocentes.

Sus ojos se llenaron de nostalgia.

—Decía que el sabio era más fuerte que cualquier ejército… pero también más gentil que cualquier sanador.

Yuren guardó silencio un momento, dejando que las palabras flotaran en el aire.

—Ya veo —dijo finalmente—.

Tu madre era sabia.

Continuó.

—Sea un cuento para niños, una fábula para enseñar sobre hacer el bien, un mito o una leyenda… Padre decía que sus principios eran algo que debíamos seguir.

Usar la magia para el bien.

Nunca para el mal.

Su voz se volvió más seria.

—Padre decía que este poder, este control de flujo… es un reflejo de esa idea.

De esa voluntad.

De esa filosofía.

En ese momento, puso ambas manos sobre los hombros de Arel.

El contacto fue firme pero cálido.

—No olvides este momento, Arel —dijo con solemnidad absoluta—.

Porque este es tu legado.

Arel sintió algo extraño.

Como si Yuren le pasara maná… pero se sentía de forma diferente a todo lo que había experimentado antes.

Al principio, el maná se movía de forma calmada por todo su cuerpo.

Suave.

Controlado.

Casi reconfortante.

Pero conforme se expandía sobre su cuerpo, todo cambió.

Se volvió explosivo.

Caótico.

Violento.

Sentía que su cuerpo iba a explotar desde adentro, como si cada célula estuviera siendo presionada hasta el límite.

No puedo… es demasiado… Pero justo cuando pensó que no podría soportarlo más… Se calmó.

El caos se organizó.

La explosión se contuvo.

Y quedó un equilibrio perfecto entre ambos estados.

Arel jadeó, abriendo los ojos con sorpresa.

Yuren retiró las manos y habló con calma.

—Este control radica en la calma —explicó—.

Pero al mismo tiempo, en ser capaz de volverlo caótico y mantenerlo así sin que te destruya.

Se puso de pie.

—Si sentiste que tu cuerpo iba a explotar, es normal.

Con el tiempo te acostumbrarás.

Y cuando eso suceda… Sonrió.

—Podrás hacer que tu maná explote de forma perpetua.

Las veinticuatro horas del día.

Sin descanso.

Sin límite.

Arel lo miró con asombro absoluto.

—Siento que… es un poder inmenso —confesó con voz temblorosa.

—Lo es —respondió Yuren sin titubear—.

Por ello es que este control es tan codiciado.

Y que al mismo tiempo es un motivo más por el cual yo soy odiado.

Su expresión se endureció.

—Poseo un poder inmenso… más no lo comparto.

Porque sé que en manos equivocadas, y aún más si son las del consejo… Hizo una pausa.

—Acabaría siendo usado para más mal que bien.

Arel asintió, comprendiendo el peso de esas palabras.

Yuren continuó, cambiando de tono.

—Sin embargo, este control de flujo, por más fuerte que sea, no hará todo el trabajo por ti.

Tú tendrás que adaptarlo a tus necesidades.

Arel frunció el ceño.

—¿Adaptarlo?

—Exacto —dijo Yuren—.

Te haré un ejemplo.

Si tuvieras un control diseñado para magia de fuego, pero tu hechicería es de agua… estamos de acuerdo en que no sería el flujo adecuado, ¿verdad?

Arel asintió.

—Tu uso del maná interferiría con la hechicería —continuó Yuren—.

Por ello es que debes aprender a cómo usarlo con tu propia hechicería.

Cómo moldearlo.

Cómo refinarlo.

Se cruzó de brazos.

—A lo largo de los años, yo aprendí a cómo adaptarlo tanto para mi hechicería de mimetismo como para mi problema de nacer con una cantidad enorme de maná.

Me tomó años.

Pero lo logré.

Arel procesó la información con cuidado.

Luego preguntó: —¿Existe algún caballero con dos controles?

Yuren sonrió ampliamente, claramente complacido.

—Y esa es otra excelente pregunta —dijo con entusiasmo—.

Sí, los hay.

Son raros.

Muy raros.

Es casi imposible que existan caballeros con dos hechicerías.

Casi.

Levantó un dedo.

—Son casos extraordinarios.

Anomalías.

Pero existen.

Levantó otro dedo.

—Sin embargo, aquellos que aprenden dos o más flujos, si los estudian y les dan la forma suficiente, pueden crear hechicerías únicas.

Completamente nuevas.

Hizo una pausa.

—Pero claro, eso sigue siendo muy difícil.

Y sería algo que tendría que pasar de generación en generación, refinándose, hasta que nazca alguien que pueda usar esa nueva hechicería al máximo.

Comenzó a caminar alrededor de Arel.

—Por otro lado, si combinas flujos, podrías cambiar el cómo funciona tu hechicería.

Podrías hacerla más fuerte… o más débil, dependiendo de la combinación.

Se detuvo frente a él.

—Por ello te digo que con el tiempo la adaptarás a tus necesidades.

Esto que te he enseñado es la base.

El fundamento.

Su voz se volvió más suave.

—Si Padre estuviera con nosotros… él podría decirte exactamente cómo usaba este flujo para la hechicería del Vacío.

Podría enseñarte cosas que yo jamás podré.

Arel guardó silencio.

Bajó la mirada.

Padre… ¿Dónde estás?

¿Por qué te fuiste?

Asintió con la cabeza, tragándose las palabras que no podía decir.

Yuren notó su tristeza, pero no dijo nada.

Le dio un momento.

Luego habló con firmeza renovada.

—Muy bien.

Es hora de ponerte en guardia.

Arel levantó la vista.

—Vamos a probar qué tal peleas ahora que tienes el flujo de maná de Kael corriendo por tus venas.

Arel se puso de pie de inmediato.

Se colocó en guardia, con los puños cerrados, las piernas separadas, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.

Comenzó a dejar que el maná fluyera como había aprendido hace un momento.

Primero calmado.

Suave.

Controlado.

Yuren observó en silencio, evaluando.

Luego se lanzó.

Rápido.

Preciso.

Letal.

Arel esquivó el primer golpe, inclinándose hacia un lado.

Bloqueó el segundo con el antebrazo.

Retrocedió ante el tercero.

Respira.

Mantén la calma.

Espera el momento adecuado.

Yuren atacó de nuevo, una combinación rápida de golpes dirigidos a su torso y rostro.

Arel los esquivó y bloqueó como pudo.

Pero estaba esperando.

Buscando.

Ahí.

Vio la apertura.

Una fracción de segundo donde la guardia de Yuren bajó apenas.

Y en ese instante… Hizo que su maná explotara.

Tal como Yuren le había enseñado.

El maná pasó de calmado a caótico en una fracción de segundo.

Su cuerpo se llenó de energía explosiva.

Y lanzó un golpe con todo lo que tenía.

BOOM.

Yuren bloqueó el golpe, cruzando los antebrazos frente a él justo a tiempo.

Pero el impacto fue brutal.

Salió disparado hacia atrás, arrastrándose varios metros antes de detenerse, clavando los talones en el suelo.

Cuando bajó los brazos, la zona del impacto estaba ligeramente enrojecida, como si hubiera sido quemada.

Yuren miró sus antebrazos con sorpresa genuina.

—De no haber reforzado la zona de impacto con maná… —dijo lentamente— de seguro me hubiera hecho polvo.

Arel se quedó inmóvil, jadeando, con el puño aún extendido.

Lo… lo hice.

Realmente lo hice.

Una sonrisa comenzó a formarse en su rostro.

Una sonrisa de satisfacción.

De orgullo.

De certeza.

Yuren lo notó de inmediato.

—¿Por qué esa sonrisa?

—preguntó con diversión—.

Aún nos falta mucho por ver, pequeño.

Arel borró la sonrisa de inmediato, poniéndose serio.

Pero no pudo evitar sentir la emoción creciendo en su pecho.

Yuren caminó hacia él y le dio una palmada firme en el hombro.

—Tu entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo y con armas… ha concluido aquí.

Arel parpadeó, sorprendido.

—¿Concluido?

—Sí —respondió Yuren—.

Ya tienes las bases.

El resto depende de ti.

De tu experiencia.

De tus batallas.

Hizo una pausa.

—Ahora viene lo más difícil.

Arel tragó saliva.

—¿Qué viene ahora?

Yuren sonrió con una mezcla de emoción y preocupación.

—Ahora… es hora de que aprendas a usar tu hechicería.

Miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a elevarse más alto.

—La Magia del Vacío.

El silencio que siguió fue absoluto.

Arel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

El Vacío.

El poder de mi padre.

Mi legado.

Cerró los ojos un instante.

Y cuando los abrió… Estaba listo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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