El caballero del Vacío - Capítulo 11
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11: La prueba de sangre 11: La prueba de sangre Capítulo 11 El silencio que siguió fue absoluto.
Arel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El Vacío.
El poder de mi padre.
Mi legado.
Yuren dio un paso al frente, con expresión seria pero determinada.
—Por lo poco que sé de esta hechicería —comenzó— la habilidad que hace de bloquear ataques, como si fuera un muro invisible, tiene un límite.
Caminó en círculos alrededor de Arel, como evaluando algo.
—Kael era capaz de soportar toneladas de presión.
Literalmente toneladas.
Podía detener cargas de caballería completa sin inmutarse.
Hizo una pausa.
—Pero claro, obviamente no puedo compararte con él.
No todavía.
Arel asintió, sintiendo el peso de esas palabras.
Toneladas… ¿Algún día podré hacer algo así?
Yuren se detuvo frente a él.
—Iremos a lo básico.
Primero… trata de emanarla.
De manifestarla conscientemente.
Arel frunció el ceño.
—¿Cómo hago eso?
Yuren se tomó un momento para pensar.
—Trata de imaginar un muro entre tú y yo —dijo lentamente—.
Piensa en la nada.
En la inexistencia.
En lo físico chocando y siendo detenido por esa inexistencia.
Levantó una mano.
—Trata de darle forma al vacío que hay entre tú y el espacio libre.
Arel parpadeó varias veces.
—¿Darle forma… a la inexistencia?
—Exacto —respondió Yuren—.
Sé que suena contradictorio.
Pero esa es la naturaleza del Vacío.
No crea.
No destruye.
Solo niega.
Arel cerró los ojos y se concentró.
Trató de visualizar el espacio frente a él.
El aire.
La distancia.
El vacío entre su cuerpo y Yuren.
Darle forma a lo que no tiene forma… Crear un muro con lo que no existe… Era extraño.
Profundamente extraño.
Como tratar de tocar el viento con las manos.
Pero lo intentó.
Concentró su maná.
Trató de visualizar el espacio y el rango de su Vacío.
Imaginó un muro invisible, una barrera intangible pero real.
Pasaron varios segundos.
Un minuto.
Dos.
En un momento, creyó tenerlo.
Sintió algo… diferente.
Como si el aire frente a él se hubiera vuelto más denso.
—Bien —dijo Yuren—.
Ahora lo probaré.
Extendió la mano lentamente hacia Arel.
Arel mantuvo la concentración, apretando los dientes.
Vamos… funciona… La mano de Yuren se acercó.
Más.
Más.
Y tocó a Arel.
Nada.
No pasó nada.
No hubo resistencia.
No hubo muro.
El Vacío no se manifestó.
Arel abrió los ojos de golpe, con una expresión de decepción absoluta.
—No… no funcionó… Yuren retiró la mano.
—No te preocupes —dijo con calma—.
Es normal.
Muy probablemente con el tiempo lograrás manifestarlo a voluntad.
Pero Arel no escuchaba.
Se miró las manos, apretando los puños con frustración.
No pude… No pude usar mi propio poder… ¿De qué sirve tener este legado si no puedo usarlo cuando quiero?
La decepción lo golpeó como un puño en el estómago.
Yuren notó el cambio en su expresión de inmediato.
La forma en que sus hombros se hundieron.
La forma en que su mirada se ensombreció.
Mierda.
Se está castigando mentalmente.
Pensó rápido.
—Muy bien —dijo con repentino entusiasmo—.
Te cambiaré la lección del día de hoy.
Arel levantó la vista, confundido.
—¿Qué?
Yuren sonrió.
—Tocaremos magia y hechicerías de sanación.
Los ojos de Arel se iluminaron de inmediato.
Como si alguien hubiera encendido una llama dentro de ellos.
—¿En serio?
—preguntó con emoción apenas contenida.
Yuren casi se rio ante el cambio tan drástico.
—Sí, en serio.
Como médico, es algo que deberías saber.
Y ya que tienes potencial con el maná… Arel se enderezó de golpe, toda la decepción anterior desvaneciéndose como humo.
—¡Estoy listo!
—dijo con entusiasmo—.
¡Daré lo mejor de mí!
Yuren pensó con diversión: El cambio de ánimo fue increíblemente rápido.
Pero me alegra que haya podido hacerlo sentir mejor.
—Muy bien —dijo Yuren—.
Como médico, ya tienes conocimientos en anatomía humana y enfermedades, ¿correcto?
Arel asintió con fervor.
—Sí.
Mi madre me enseñó todo lo que pudo.
—Perfecto —respondió Yuren—.
Eso hace que sea un poco más sencillo para ti la magia de sanación.
Entender el cuerpo es la mitad del trabajo.
Hizo una pausa.
—Aunque no es tan necesario, honestamente.
Yo puedo curar y eso que no soy un erudito como tú en anatomía.
Pero definitivamente no soy tan experto como tú en eso.
Arel lo miró con atención absoluta, sin parpadear.
Yuren tomó una de las espadas con las que habían estado practicando.
Y sin previo aviso… Se cortó la palma de la mano.
Hizo un tajo profundo en medio de esta, atravesando la piel y llegando a la carne.
La sangre comenzó a brotar de inmediato.
Arel se quedó paralizado.
—¡¿Qué haces?!
—gritó con alarma.
Pero Yuren no hizo ni una mueca de dolor.
Su rostro permaneció completamente neutral, como si acabara de rascarse la nariz.
Arel lo miró con absoluta incredulidad.
—¿C-cómo haces eso?
—preguntó, tartamudeando—.
En tu batalla en el campamento médico pasó lo mismo.
A pesar de tener un gran corte en el pecho… ni siquiera te inmutaste.
Yuren observó su mano sangrante con indiferencia.
—Es por los años de entrenamiento con Kael —respondió con calma—.
Y mi tiempo como caballero.
Levantó la mirada hacia Arel.
—Claro que aún me duele ser herido.
No soy inmune al dolor.
Sin embargo, para mi cerebro, el dolor ya es tan natural que puedo suprimirlo rápido.
Hizo una pausa.
—Incluso al perder extremidades.
Arel pegó un grito.
—¡¿CÓMO QUE EXTREMIDADES?!
Yuren sonrió de lado.
—Con el tiempo te enseñaré eso.
Ahora… Miró su mano sangrante.
—No perdamos más tiempo.
Estoy perdiendo sangre.
Arel asintió rápidamente y se acercó a Yuren, aún procesando lo que acababa de escuchar.
¿Perder extremidades?
¿De qué está hablando?
Yuren comenzó a explicar, levantando su mano herida para que Arel pudiera verla bien.
—Muy bien.
Pon atención a mi mano.
Como puedes ver, está abierta.
Profundamente.
La sangre goteaba al suelo.
—Tienes que concentrarte.
Visualizar la herida.
Y con tu maná, dar forma para tratar la herida.
Cerrarla desde adentro.
En ese momento, el maná de Yuren comenzó a brillar apenas alrededor de la herida.
La herida empezó a cerrarse.
Lentamente.
Muy lentamente.
Milímetro a milímetro.
La piel se regeneraba, las fibras musculares se reconectaban, la sangre dejaba de fluir.
Arel quedó completamente impresionado, observando el proceso con los ojos muy abiertos.
Es… increíble… Está reconstruyendo su propia carne… Tras unos segundos, la herida cerró completamente.
Solo quedó una línea rojiza donde antes había estado el tajo.
Yuren flexionó la mano, probándola.
—Listo.
Ahora te toca a ti.
Extendió la mano hacia Arel, pidiendo la suya.
Arel dudó.
Dio un paso atrás.
El miedo era visible en su rostro.
Yuren lo notó de inmediato.
—Escucha —dijo con voz más suave—.
La sanación dentro de los magos es rara.
Es un talento que pocos pueden hacer.
Arel lo miró, escuchando con atención.
—Es más fácil sanarte a ti mismo que sanar a otros —continuó Yuren—.
Son escasos los magos que pueden sanar a otras personas.
En el reino, en total, son dos.
Y uno de ellos es el Arconte de la Vida.
Hizo una pausa.
—Ellos pueden curarse a sí mismos de heridas fatales… y curar heridas fatales de otros.
Caminó hacia Arel.
—Existe el cuerpo de sanadores mágicos.
Son personas que pueden sanar heridas menores.
Pero sus habilidades son muy limitadas.
Para cerrar una herida como la que me hicieron en el campamento… necesitarían como mínimo cinco de ellos.
Y de los más expertos.
Arel se quedó pensativo.
Procesando.
—Si es algo tan raro… incluso entre magos… —dijo lentamente— ¿por qué crees que yo podría hacerlo?
Yuren respondió con simplicidad absoluta.
—Porque eres hijo de Kael.
Arel sintió cómo esas palabras lo golpeaban.
Porque eres hijo de Kael.
Siempre vuelve a eso.
Siempre.
Se sintió acorralado.
Atrapado bajo el peso de las expectativas.
¿Y si no estoy a la altura?
¿Y si no puedo hacerlo?
¿Y si decepciono a todos?
Yuren, sin dar tiempo a más dudas, le tomó la mano rápidamente.
Y le hizo un pequeño corte con la espada.
—¡AH!
—Arel gritó de dolor, retirando la mano de golpe—.
¡¿Qué haces?!
—No seas tan llorón —dijo Yuren sin compasión.
Arel lo fulminó con la mirada, furioso.
—¡Me cortaste sin avisar!
—Exacto.
Ahora concéntrate.
Yuren señaló la herida.
—Trata de moldear tu maná para cerrar ese pequeño corte.
Visualízalo.
Siente cómo la piel se reconecta.
Arel apretó los dientes, aún enojado.
Pero cerró los ojos.
Se concentró.
Miró su mano herida en su mente.
Imaginó que con el maná creaba herramientas y artículos médicos.
Agujas.
Hilo.
Vendas.
Pinzas.
Todo lo que necesitaría para cerrar una herida… pero hecho de energía pura.
Mientras esto sucedía, Yuren observaba en silencio.
Y notó cómo la herida de Arel comenzaba a cerrarse.
Muy lentamente.
Apenas perceptible.
Pero estaba funcionando.
Incluso para ser la primera vez que se cura con magia… lo está haciendo increíblemente bien.
Los resultados que está dando naturalmente tardarían dos meses como mínimo en cualquier otro.
Tal vez… tal vez también pueda lograr la “Curación Total”.
Y quién sabe… tal vez hasta la “Curación Inversa”.
Entonces tuvo una idea.
Una idea peligrosa.
Pero efectiva.
Arel es bueno cuando está bajo presión.
Muy bueno.
Tal vez… Arel terminó de cerrar la herida.
Abrió los ojos, completamente agotado, jadeando como si hubiera corrido varios kilómetros.
Pero cuando miró su mano… La herida había cerrado totalmente.
Solo quedaba una línea rojiza apenas visible.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—¡Lo logré!
—dijo con alegría absoluta—.
¡Realmente lo logré!
Yuren sonrió también.
—Muy bien hecho, pequeño.
Luego su expresión cambió.
Se volvió más seria.
—Ahora… es hora de pasar a algo más real.
Arel parpadeó.
—¿Más real?
Yuren le arrojó la espada con la que había estado practicando.
Arel la atrapó por instinto.
Luego, de unas mantas que tenía guardadas, Yuren sacó su propia espada.
Su katana.
El acero brilló bajo la luz del sol con un filo mortal.
Arel la miró con fascinación.
—¿De dónde es esa espada?
—preguntó—.
Jamás había visto una así.
Se me hizo rara desde que la vi en el campamento médico.
Yuren observó la katana con nostalgia.
—Es de las espadas que usaban en un país lejano —dijo—.
En el cual alguna vez estuve hace muchos años con Kael.
Hizo una pausa.
—Kael también usaba una de estas.
¿Nunca le viste una?
Arel negó con la cabeza.
—No recuerdo nada de eso.
Era muy niño.
Yuren asintió.
—No importa.
Lo importante ahora es el entrenamiento.
Se puso en guardia.
Arel, al ver esto, también lo hizo por instinto.
Sabía que entrenarían.
Pero algo en la mirada de Yuren era diferente.
Más intensa.
Más peligrosa.
—Hay una regla en este combate —dijo Yuren con voz fría.
Hizo una pausa.
—No mueras.
Arel escuchó esas palabras y sintió cómo el mundo se detenía.
—¿Q-qué?
—tartamudeó—.
¿A qué te refieres con eso?
Yuren no dio explicación.
Se abalanzó.
CLASH.
El sonido del acero chocando contra acero resonó como un trueno.
Arel paró el ataque como pudo, sintiendo cómo el impacto le hacía vibrar los brazos.
Y se dio cuenta de inmediato.
Yuren estaba siendo más brusco que antes.
Mucho más brusco.
Lo atacaba con intención real.
¿Qué está pasando?
Empezaron a tener un intercambio de choques con sus armas.
Arel esquivaba muchos cortes por casi nada.
Algunos incluso le rozaban la cara, quitándole algunos cabellos que caían al suelo.
Estaba asustado.
Pero muy concentrado.
No puedo bajar la guardia.
Ni un segundo.
Yuren aumentó su ritmo.
Comenzó a reforzar su cuerpo con maná, moviéndose más rápido, golpeando más fuerte.
Arel hizo lo mismo, tratando de ponerse a la par.
Tuvieron varios intercambios de golpes.
Pero la mirada de Yuren… Era una mirada de asesino absoluto.
Quiere acabar conmigo, pensó Arel con horror.
En un momento, Yuren aumentó aún más la velocidad.
Arel no pudo seguirle el paso.
Y en ese instante… Yuren le hizo un tajo en el pecho.
Idéntico al que le habían hecho a él en el campamento médico.
SLASH.
Fue tan rápido que Arel apenas lo vio venir.
Soltó su arma.
Se puso las manos sobre el pecho.
La sangre comenzó a brotar de inmediato, llenando sus manos, sus brazos, su ropa blanca.
Perdió el habla.
Solo podía ver a Yuren a los ojos, con absoluta conmoción.
No sentía dolor por la adrenalina del momento.
Pero estaba en shock.
¿Por qué…?
¿Por qué me hizo esto?
Yuren, con su mirada asesina intacta, habló con frialdad absoluta.
—Concéntrate.
Te dije que no murieras.
Arel sintió cómo la sangre seguía saliendo.
Mucha sangre.
Demasiada.
Empezaba a marearse.
El mundo comenzaba a girar.
Me voy a desmayar… No… no puedo… Se puso de rodillas en el suelo, con las manos aún presionando la herida.
Y con la poca conciencia que le quedaba… Trató de cerrar la herida con su maná.
Puso toda su concentración en ello.
Visualiza.
Reconstruye.
Cierra la herida.
Mientras esto sucedía, Yuren observaba con detalle absoluto.
Notó cómo, a pesar de ser una herida profunda y muy grande, Arel lo estaba haciendo muy bien.
Estaba pudiendo cerrar la herida.
Era más rápido que la última vez.
No tanto como Yuren quería… pero podía.
Pasaron casi tres minutos.
Tres minutos que se sintieron eternos para Arel.
Su visión se oscurecía.
Su respiración era errática.
Pero no se detuvo.
Siguió concentrado.
Siguió cerrando la herida.
Milímetro a milímetro.
Hasta que finalmente… La herida cerró por completo.
Arel, con una cara de total agotamiento y unos ojos completamente exhaustos, levantó la vista hacia Yuren.
Y se desplomó.
Yuren solo sonrió con orgullo.
Lo recogió con cuidado y lo llevó a la cabaña.
Esa noche.
Arel se levantó de golpe, casi dando un grito.
Respiraba agitadamente, con el corazón golpeándole el pecho.
Vio a Yuren preparando té junto a la chimenea.
Este le ofreció una taza con calma.
—Bebe.
Te hará bien.
Arel, aún asustado, preguntó con voz temblorosa: —¿Q-qué pasó?
Seguido de eso, se miró el pecho.
No tenía la herida.
La piel estaba intacta.
Solo quedaba una leve marca rojiza.
Yuren habló con tranquilidad.
—Mi teoría se confirmó.
Eres muy bueno bajo presión.
Tanto que pudiste realizar una “Curación Total”.
Arel no entendía.
—¿Curación… Total?
Yuren asintió.
—Una Curación Total es cuando alguien puede sanarse de heridas fatales por sí solo.
Sin ayuda externa.
Arel procesó esas palabras.
Y entonces… Pasó de la confusión al enojo.
—¡¿Y qué hubiera pasado si no hubiera podido sanarme?!
—gritó, poniéndose de pie de golpe—.
¡¿Me hubieras dejado morir como un perro?!
Su voz estaba cargada de furia.
De traición.
—¡Eres un irresponsable!
¡Creí que podía confiar en ti!
Yuren se impactó.
Era la primera vez que Arel le hablaba con tal enojo.
Con tal resentimiento.
Comprendió rápido.
Me excedí.
Fui demasiado duro con él.
Habló con voz más baja, más seria.
—De no haber podido sanarte… yo te hubiera sanado.
Arel parpadeó.
—¿Qué?
Yuren lo miró directamente a los ojos.
—¿Recuerdas que mencioné que solo dos personas en el reino pueden curarse y curar heridas fatales de otros?
Hizo una pausa.
—La otra persona que no mencioné… era yo mismo.
Arel dijo “oh” con voz baja, pasando del enojo al entendimiento.
Comprendiendo del porqué Yuren le había hecho lo que le hizo.
Sabía que podía salvarme si fallaba.
No me hubiera dejado morir.
Yuren le pidió disculpas, bajando la cabeza.
—Lo siento.
Pero quería hacerlo para dejarte listo.
Arel frunció el ceño.
—¿Listo?
¿Para qué?
Yuren respiró hondo.
—El día de mañana iremos a la capital.
Arel se tensó.
—La carta que me trajo Mary era del Aegis —continuó Yuren—.
Estaba pidiendo que nos reportáramos lo más pronto posible ante él.
Ha sucedido algo… algo de lo cual debían hablar.
Una situación crítica.
Hizo una pausa.
—Nos dio cuatro días más desde cuando llegó la carta.
Pero iremos mañana temprano.
Para que el Aegis haga algo así… es porque algo muy malo está sucediendo.
Arel sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué tan malo?
Yuren lo miró con seriedad absoluta.
—No lo sé.
Pero lo suficiente como para convocarme de emergencia.
Continuó.
—Lo más probable es que tengamos que posponer tu entrenamiento.
Si algo muy malo pasó, me necesitarán en el campo de batalla.
Sus ojos se clavaron en los de Arel.
—Por ello aceleré esto.
Por eso te sometí a esta presión.
Porque es muy probable que también tengas que ir al campo.
Y si es así… Hizo una pausa.
—Por lo menos me voy seguro de que sabes lo básico.
Y que estás listo para sobrevivir.
Arel, cabizbajo, asintió lentamente.
—Entiendo.
Estaba preocupado por la noticia.
Muy preocupado.
Yuren le dijo con voz más suave: —Por ahora, descansa.
Mañana partimos temprano.
Arel asintió.
—Está bien.
Yuren lo observó con atención.
—¿Estás enojado?
Arel lo pensó un momento.
—Un poco —admitió.
Yuren sonrió apenas y volvió a pedir disculpas.
—Lo siento, hermanito.
Arel las aceptó, y su ánimo mejoró un poco.
Se recostó en su cama, mirando el techo de madera.
Yuren hizo lo mismo.
El fuego crepitaba suavemente en la chimenea.
Afuera, el viento soplaba entre los árboles.
Y mientras la noche avanzaba… Ambos sabían que algo grande estaba por venir.
Algo que cambiaría todo.
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