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El caballero del Vacío - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 El juramento del Vacío
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12: El juramento del Vacío 12: El juramento del Vacío Capítulo 12  La mañana llegó demasiado rápido.

Arel se despertó con el sonido de Yuren moviéndose por la cabaña, preparando sus cosas con eficiencia practicada.

No había tiempo para ceremonias.

No había tiempo para despedidas lentas.

Algo malo estaba sucediendo en el reino.

Y debían partir.

Se vistió en silencio, colocándose el uniforme blanco que ya se había vuelto tan familiar.

La tela se ajustaba mejor ahora, después de semanas de entrenamiento.

Su cuerpo había cambiado.

Se había fortalecido.

Ya no era el mismo muchacho que había salido de Aurora.

Yuren terminó de guardar algunas provisiones y se giró hacia él.

—Arel.

—¿Sí?

Yuren metió la mano en su morral y sacó algo pequeño, envuelto en tela oscura.

Lo desenvolvió con cuidado.

Era un parche.

De tela negra, con el símbolo de Alfa bordado en blanco en el centro.

Simple.

Elegante.

Cargado de significado.

Se lo extendió a Arel.

—Toma.

Colócatelo en tu uniforme.

Arel lo tomó con ambas manos, observándolo con curiosidad.

—¿Qué es?

Yuren lo miró directamente a los ojos.

—Es el antiguo parche que me dio Kael cuando fui su alumno —dijo con voz seria—.

Quien fuera estudiante suyo… o mío en el futuro… se le daría este parche.

Hizo una pausa.

—Simboliza que eres alumno y parte de él.

De Arkhaion.

De su familia.

Arel sintió cómo algo se apretaba en su pecho.

Familia… Miró el parche con atención renovada.

El símbolo Alfa brillaba apenas bajo la luz de la mañana.

Se llenó de orgullo al saber que pertenecía al linaje de hechiceros de su padre.

Que llevaba ese legado.

Con manos cuidadosas, lo colocó en el brazo izquierdo de su uniforme.

Quedó perfectamente centrado.

Como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Yuren asintió con aprobación.

—Te queda bien.

Terminaron de arreglarse y salieron de la cabaña.

El aire de la montaña era frío y limpio.

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados.

Yuren cerró la puerta de la cabaña y se giró hacia Arel.

—¿Te sientes listo para lo que venga?

Arel lo miró con una expresión algo seria, pero determinada.

—Sí —respondió con firmeza—.

Me preparaste tú.

Así que estaré bien… pase lo que pase.

Yuren sonrió apenas, complacido.

—Bien dicho.

Comenzó a caminar hacia el claro, pero se detuvo a medio camino.

Se giró.

—Antes de irnos… te daré una última lección.

Arel hizo una pequeña cara de impacto.

—¿Por qué una lección ahora?

—preguntó con genuina confusión—.

¿No deberíamos apurarnos?

Yuren negó con la cabeza.

—Es algo rápido.

Y necesario.

Su expresión se volvió más seria.

—Te hablaré sobre los “Pactos y Maldiciones”.

Arel se sorprendió al escuchar eso.

—¿Pactos?

¿Maldiciones?

—repitió, como si las palabras fueran ajenas a él.

Yuren asintió y comenzó a explicar.

—Los pactos son tratos donde se involucra la voluntad de uno hacia otro… o de uno mismo hacia sí mismo.

Estos pactos, al realizarse, suelen ser irrompibles.

Caminó en círculos lentamente.

—Como dicen los grandes arcanistas e investigadores en magia: “Es como si el maná escuchara y nunca olvidara lo que juraste”.

Levantó un dedo.

—Los pactos tienen la regla de que deben ser equivalentes.

Para lograr algo, debes dar algo de mismo valor.

Cuando esto no se cumple… puedes tener un rebote.

Una “maldición”.

Arel frunció el ceño, tratando de procesar toda la información.

—Las maldiciones son el resultado por no cumplir el pacto o por hacerlo desigual —continuó Yuren—.

Sin embargo, también puedes maldecir sin pacto previo.

Aunque eso es muy raro.

Pocas personas nacen con la capacidad de poder maldecir directamente.

Arel estaba un poco desconcertado.

Bromeó, tratando de aligerar el ambiente: —Suena muy complicado.

¿No que era fácil?

Yuren rio brevemente.

—Déjame simplificarlo.

Se detuvo frente a él.

—Los pactos pueden ser contigo mismo o con alguien más.

Pueden ser verbales o pactados de mano.

Siempre debes tener cuidado cuando uses tu maná y hables… ya que por accidente puedes emanar tu voluntad y crear un pacto sin darte cuenta.

Arel asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de esas palabras.

Yuren respiró hondo.

—Ahora haremos uno.

Arel alzó la vista, sorprendido.

—Hace muchos años, hice un pacto con Kael —dijo Yuren con voz más baja, más solemne—.

Un pacto el cual ahora deberás cargar igual que yo.

Arel se impactó al escuchar eso.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Pero al mismo tiempo… sintió una emoción que no sabía nombrar.

Un pacto… Con mi padre… Yuren comenzó a elevar levemente su maná.

Arel lo sintió de inmediato.

El aire a su alrededor se volvió más denso, más pesado, cargado de intención absoluta.

No era amenazante.

Era sagrado.

Yuren habló con voz clara y firme, cada palabra cargada de peso.

—Arel, hijo de Kael, heredero de su voluntad… Hizo una pausa.

—¿Juras proteger los secretos que se te han enseñado con tu vida?

Arel cerró los ojos por un momento.

Respiró hondo.

Y cuando los abrió, su voz salió firme, sin duda.

—Lo juro.

Yuren continuó.

—¿Juras usar este poder para defensa y protección, ya sea propia o de alguien indefenso?

Arel sintió cómo el maná a su alrededor respondía a sus palabras, como si estuviera escuchando.

—Lo juro.

—¿Juras que usarás este poder para un bien mayor?

—Lo juro.

Yuren lo miró directamente a los ojos.

—¿Juras entregar este conocimiento y legado solo a aquellos que sean dignos de él?

Arel sintió el peso de esas palabras.

Entregar el legado… Como padre se lo entregó a Yuren… Como Yuren me lo entregó a mí… —Lo juro.

Yuren hizo una pausa más larga esta vez.

Su voz se volvió más suave, pero también más intensa.

—Y por último… El silencio que siguió fue absoluto.

—¿Juras seguir con el legado del Caballero del Vacío?

Arel abrió los ojos de forma muy grande.

Como si esas palabras lo hubieran golpeado en el pecho con la fuerza de un mazo.

El Caballero del Vacío… Mi padre… Su título… Su legado… Un nudo se formó en su garganta.

Trató de hablar, pero las palabras no salieron de inmediato.

Sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas que se negaba a dejar caer.

No puedo llorar.

No ahora.

Respiró hondo, tragándose las emociones que amenazaban con desbordarse.

Y con voz temblorosa, pero firme, respondió: —Lo juro.

Yuren le extendió la mano.

Arel también lo hizo.

Y estrecharon manos.

El contacto fue firme.

Cálido.

Cargado de significado.

Mientras sus manos permanecían unidas, Yuren habló con voz más suave, casi un susurro.

—Nunca olvides este juramento, Arel.

Sus ojos grises se clavaron en los de Arel con intensidad absoluta.

—Recuerda el legado de padre.

Siempre que dudes… siempre que te sientas débil… recuerda para qué usas este poder.

Arel asintió, incapaz de hablar.

Tenía un cúmulo de emociones atrapadas en el pecho.

Comprendía el juramento que estaba haciendo.

Comprendía que cargaba con el legado de su padre.

Un legado que no había pedido.

Pero uno noble.

Uno que, de cierta forma, lo llenaba de orgullo llevar.

—Nunca lo olvidaré —logró decir, su voz apenas por encima de un susurro.

Mientras pronunciaba esas palabras, sintió algo extraño.

Como si algo se sellara dentro de él.

Como si el maná de los alrededores… y el suyo propio… escucharan y nunca olvidaran este juramento.

No era una sensación física.

Era más profunda.

Más real que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

El maná me escuchó.

Y nunca lo olvidará.

En ese momento, el juramento y legado de su padre habían sido transmitidos.

De Kael a Yuren.

De Yuren a Arel.

Y algún día… de Arel a alguien más.

Bajaron las manos lentamente.

Yuren dio un paso atrás y habló con voz más fuerte, más formal, cargada de autoridad absoluta.

—Oficialmente… Hizo una pausa.

—Yo, Yuren Valken, el Arconte del Mimetismo, con mi autoridad y como protector directo de este reino… Sus ojos brillaron con orgullo genuino.

—Te nombro como “El Caballero del Vacío”.

El silencio que siguió fue sagrado.

—Sigue con su legado —continuó Yuren con voz más suave—.

Y haz que se sienta orgulloso de ello.

Arel sintió cómo las lágrimas finalmente escapaban de sus ojos.

No pudo contenerlas más.

No quería contenerlas.

Rodaron por sus mejillas en silencio.

—Lo haré —dijo con voz quebrada, pero determinada—.

Te lo prometo.

Yuren sonrió con calidez.

—Lo sé, pequeño.

Lo sé.

Dio un paso adelante y puso una mano sobre el hombro de Arel.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

Yo estoy orgulloso de ti.

Arel asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Gracias… por todo.

—No me las des todavía —respondió Yuren con una sonrisa—.

Aún nos queda mucho camino por recorrer.

Se giró hacia el horizonte, donde la capital brillaba a lo lejos.

—Pero ahora… es hora de partir.

Arel se limpió las últimas lágrimas y se enderezó.

Miró el parche en su brazo izquierdo.

El símbolo Alfa.

El símbolo de su familia.

De su legado.

Soy el Caballero del Vacío.

Hijo de Kael Arkhaion.

Heredero de su voluntad.

Respiró hondo.

Y sintió cómo algo cambiaba dentro de él.

No era más fuerte físicamente.

No había ganado más poder.

Pero había ganado algo más importante.

Propósito.

Yuren comenzó a formar los sellos de teletransportación, sus manos moviéndose con precisión practicada.

—Prepárate —dijo—.

Esta vez te avisé.

Arel sonrió apenas, recordando la primera vez.

—Estoy listo.

Yuren terminó los sellos.

—Entonces vamos.

Puso una mano sobre el hombro de Arel.

Y dio un aplauso.

PAM.

El mundo se distorsionó.

La montaña desapareció.

Y cuando la realidad se recompuso… Estaban frente a las puertas de la capital.

Arel sintió el mareo familiar, pero esta vez lo soportó mejor.

No vomitó.

Solo se tambaleó un poco.

Estoy mejorando.

Yuren lo soltó y caminó hacia adelante.

—Bienvenido de regreso a la capital, Caballero del Vacío.

Arel lo siguió, caminando a su lado.

Con el parche Alfa brillando en su brazo.

Con el juramento grabado en su alma.

Con el legado de su padre pesando sobre sus hombros.

Pero esta vez… No se sentía abrumado.

Se sentía listo.

Las puertas de la capital se abrieron ante ellos.

Y mientras entraban… Arel supo que nada volvería a ser lo mismo.

El entrenamiento había terminado.

La verdadera prueba estaba por comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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