El caballero del Vacío - Capítulo 13
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13: Hilos en la oscuridad 13: Hilos en la oscuridad Capítulo 13 Arel y Yuren estaban de regreso en la capital.
Tal vez no con el entrenamiento concluido en su totalidad, pensó Arel mientras caminaban por las calles empedradas.
Pero sí con lo suficiente como para que él hubiera cambiado.
Ya no soy el mismo.
Ya no soy solo un médico de pueblo.
Soy… un caballero.
Al llegar a la capital, se dirigieron rápidamente hacia la Central—la fortaleza donde se encontraba el Aegis y la sala del consejo.
O eso creía Arel.
Pero durante el camino, Yuren cambió de ruta de repente.
Giró por una calle lateral, luego otra, hasta que se detuvieron frente a una tienda pequeña pero acogedora.
El letrero sobre la puerta decía en letras doradas: “Elixires y Maravillas Alquímicas — Propietario: Leonardo Artis”.
Las ventanas mostraban frascos de colores brillantes, hierbas secas colgando del techo, y estantes repletos de ingredientes extraños.
Arel miró a Yuren con confusión.
—¿Qué hacemos aquí?
Yuren no respondió.
Solo empujó la puerta.
Una campana tintineó al entrar.
El interior de la tienda era caótico pero organizado de alguna forma extraña.
Había frascos por todas partes, libros apilados en esquinas imposibles, herramientas alquímicas burbujeando con líquidos de colores vibrantes.
Y en medio de todo ese caos… Un hombre de mediana edad apareció desde la parte trasera.
Era de estatura promedio, con cabello largo castaño atado en una cola de caballo despeinada.
Usaba lentes redondos que magnificaban sus ojos curiosos.
Su ropa estaba manchada de sustancias de varios colores, y tenía una sonrisa perpetua en el rostro.
Leonardo Artis.
—¡Yuren!
—exclamó con entusiasmo genuino—.
¡Tenía un rato sin verte!
Yuren saludó con una inclinación de cabeza.
—Leonardo.
Disculpa la visita apresurada, pero no tengo mucho tiempo.
Leonardo soltó una risa breve.
—Siempre tan apurado.
Y cómo no, si te la pasas salvando al reino.
Caminó hacia el mostrador, limpiándose las manos en un trapo manchado.
—¿Qué necesitas?
—Píldoras de supervivencia —respondió Yuren sin rodeos—.
Las más potentes que tengas.
Leonardo alzó una ceja, pero no hizo preguntas.
—Entendido.
Dame un momento.
Se dirigió hacia una pequeña bodega al fondo de la tienda.
Arel aprovechó para preguntar en voz baja: —¿Es amigo tuyo?
Yuren asintió.
—El mejor alquimista de la ciudad, en mi opinión.
Si necesitas algo que pueda salvar tu vida en el campo de batalla… él lo tiene.
Leonardo escuchó eso desde la bodega y gritó con diversión: —¡Agradezco el halago, Yuren!
Luego asomó la cabeza con curiosidad.
—¿Y quién es el muchacho?
Yuren miró a Arel brevemente antes de responder.
—Es hijo de Kael.
Leonardo dejó caer algo dentro de la bodega.
El sonido de vidrio rompiéndose resonó brevemente.
—¡¿QUÉ?!
—gritó, saliendo de la bodega de golpe con una caja de madera en las manos—.
¡¿Cómo es eso posible?!
Yuren se encogió de hombros.
—Creía que ya estabas enterado.
Fue noticia en la ciudad.
Leonardo negó con la cabeza, colocando la caja sobre el mostrador.
—No sabía mucho de eso.
Llevaba días fuera porque estaba buscando provisiones raras en las montañas del norte.
Se giró completamente hacia Arel.
Y lo observó con una intensidad que hizo que Arel se sintiera incómodo.
Caminó alrededor de él, analizándolo desde todos los ángulos.
Arel no sabía qué hacer, así que se quedó inmóvil.
Tras un rato que se sintió eterno, Leonardo se detuvo frente a él y sonrió.
—Tienes razón, Yuren —dijo con nostalgia—.
Es idéntico a él.
Solo que más joven.
Entonces, sin previo aviso, comenzó a tomar medidas de su cuerpo con una cinta métrica que sacó de quién sabe dónde.
Brazos.
Hombros.
Torso.
Cintura.
Arel se quedó paralizado, completamente confundido.
—¿Eres zurdo, diestro o ambidiestro?
—preguntó Leonardo mientras anotaba números en un pequeño cuaderno.
—D-diestro… —respondió Arel, tartamudeando.
Leonardo asintió, satisfecho.
—Perfecto.
Entendido.
Se enderezó y guardó la cinta métrica.
—Vuelve en unos días —dijo con una sonrisa—.
Tendré algo especial para ti.
Sin costo, claro.
Un regalo entre amigos.
Arel parpadeó, confundido.
—¿Por qué?
Leonardo sonrió, pero sus ojos se llenaron de nostalgia.
—Porque de no ser por tu padre… tal vez ya no estaría en este mundo.
Arel se sorprendió completamente.
Padre… lo salvó.
Leonardo sopló suavemente, sacudiendo la cabeza.
—Es una historia para otro día —dijo, mirando a Yuren con significado—.
Así como la de cómo llegó este chico aquí, ¿verdad?
Yuren asintió.
—Lamento no poder quedarme a conversar más tiempo.
Leonardo agitó la mano con comprensión.
—No pasa nada.
Entiendo.
Por rumores, sé lo del país.
Lo de Oriana.
Miró a Yuren con seriedad.
—Te deseo suerte en lo que se viene.
Que los dioses te protejan.
Yuren agradeció con una inclinación de cabeza.
—Gracias, Leonardo.
Nos vamos.
Caminaron hacia la puerta.
Pero antes de que Arel saliera, Leonardo lo llamó: —Arel.
Arel se giró.
Leonardo sonrió con calidez.
—Vuelve cuando puedas.
Siempre serás bien recibido.
Y estoy feliz de conocer al hijo de un buen amigo, aunque no tengamos el tiempo de conocernos mejor en este momento.
Arel sonrió genuinamente.
—Con gusto volveré para conversar.
Se despidió y salió del lugar.
Afuera, mientras caminaban, Arel preguntó: —¿Qué son las píldoras?
Yuren le entregó la pequeña caja de madera.
—Son para ti.
Solo tómalas si las cosas se ponen feas.
Arel abrió la caja con cuidado.
Dentro había tres píldoras de un color azul brillante, envueltas en papel encerado.
—¿Qué hacen?
—Suprimen el dolor, aceleran la curación básica, y te dan energía suficiente para seguir peleando incluso si estás gravemente herido —explicó Yuren—.
Duran unas dos horas.
Después… te desplomarás.
Hizo una pausa.
—Como caballeros, debemos estar preparados.
Objetos como estos siempre deben estar abastecidos.
Arel asintió, guardando la caja con cuidado.
—Entiendo.
Yuren lo miró.
—Tócame el hombro.
Arel obedeció.
Yuren formó los sellos de teletransportación.
Y en un instante… Aparecieron frente a la Central.
La fortaleza era imponente.
Muros de piedra gris que se elevaban hacia el cielo, torres de vigilancia en cada esquina, el emblema del reino tallado en la entrada principal.
Entraron sin ser detenidos.
Los guardias reconocieron a Yuren de inmediato.
Dentro, se toparon con un hombre alto y musculoso, vestido con armadura plateada adornada con detalles de acero pulido.
Su rostro era serio, marcado por cicatrices de batalla.
El Arconte del Acero.
—Yuren —saludó con voz grave—.
El Aegis te está esperando.
—Gracias, Draven —respondió Yuren.
Draven les dio paso hacia la sala del Aegis.
Yuren entró primero, haciendo una pequeña inclinación con la cabeza en forma de respeto.
Arel lo vio e imitó el gesto.
Vortham Nullis estaba de pie junto a una gran mesa redonda cubierta de mapas y documentos.
Su presencia llenaba la habitación con autoridad silenciosa.
Levantó la vista al verlos entrar.
—Yuren.
Arel.
Bienvenidos.
Su voz era firme pero cansada.
—Disculpen que los haya convocado con tanta urgencia —continuó—.
Y lamento no poder dejar que siguieran con el entrenamiento.
Yuren negó con la cabeza.
—No hay problema, Aegis.
Sé que para ser así de urgente… algo muy malo ha pasado.
Vortham asintió.
—Así es.
Caminó alrededor de la mesa.
—Iré directo al grano.
La situación con Oriana se hará pública y de conocimiento al reino.
Sabemos que Oriana ya está movilizando sus tropas.
Algunas incluso ya se encuentran dentro de nuestro territorio.
Infiltradas.
Otras como grupos completos.
Hizo una pequeña pausa.
—Sin embargo… ese no es el verdadero problema.
Yuren frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Vortham lo miró directamente.
—Oriana está recibiendo ayuda de alguien.
—¿Alguien?
—repitió Yuren, tensándose.
Vortham asintió.
—Hace unos días, mandé a unos caballeros a revisar un puesto importante en la frontera entre Oriana y Aorion.
Lo que encontraron mis informantes fue… una masacre.
Su voz se volvió más oscura.
—Entre todo lo sucedido, encontraron a un superviviente.
Moribundo.
Contó que fue un ataque organizado entre soldados de Oriana y… Hizo una pausa.
—Unos sujetos que vestían túnicas totalmente blancas.
Cubiertos de sellos y heridas.
Parecía como si fueran poseídos.
Arel sintió cómo su sangre se helaba.
Túnicas blancas… Sellos… Heridas extrañas… Vortham continuó.
—Mis informantes también comentaron que las heridas de los muertos no eran comunes.
Era como si sus cuerpos estuvieran dañados por una magia extraña.
Algo que nunca habían visto antes.
Arel no pudo contenerse más.
Con mucha pena, interrumpió al Aegis.
—Aegis… yo… creo que sé algo al respecto.
Vortham lo miró con sorpresa.
—¿Tú?
Arel asintió y comenzó a contar.
Habló de la emboscada que sufrieron los caballeros que lo encontraron en la taberna.
De las heridas extrañas que había visto.
De los murmullos sobre hombres de túnicas blancas.
Vortham estaba impresionado.
—No esperaba que supieras algo al respecto.
Y aún más… que esto no sea nuevo.
Que ya haya precedentes.
Yuren habló entonces.
—Yo también sabía un poco de ellos —dijo con seriedad—.
Justo antes de conocer a Arel en el campamento médico, estaba investigando lo que creo eran ataques previos de este grupo.
Miró a Arel.
—Los heridos que atendiste en el campamento… las heridas que tenían… concordaban con los ataques que había investigado antes.
Hizo una pausa.
—Y ahora con lo que mencionas, Aegis… todo encaja.
El silencio que siguió fue pesado.
Vortham habló lentamente.
—Entonces… nos enfrentamos al mismo enemigo.
Uno desconocido.
Uno que ya lleva rato moviendo los hilos en las sombras.
Sus ojos se oscurecieron.
—Las preguntas ahora son: ¿Quiénes son?
¿Y con qué fin apoyan a Oriana?
Esas preguntas se suspendieron en la sala como un peso aplastante.
Nadie tenía respuestas.
Vortham respiró hondo.
—De momento es un misterio.
Y debemos investigar.
Miró a Yuren directamente.
—Por ello te mandé a llamar, Yuren.
Sé que se te necesita en el frente para detener a Oriana y empezar una ofensiva.
Pero este nuevo enemigo… necesita ser investigado.
Su voz se volvió más firme.
—Esa será tu misión.
Mientras los demás arcontes y caballeros mágicos libran la guerra… tú te encargarás de descubrir quiénes son y qué quieren.
Yuren asintió sin dudar.
—Entendido.
Vortham se giró hacia Arel.
—En cuanto a ti… Arel se tensó.
—Eres oficialmente un caballero mágico —dijo Vortham con firmeza—.
Lamento no poder hacerte la ceremonia que hacemos habitualmente, pero no estamos en tiempos para ello.
Arel negó con la cabeza rápidamente.
—No hay problema, Aegis.
Vortham continuó.
—La investigación que hará Yuren es peligrosa.
Así que no investigarás con él.
Por ahora.
Caminó hacia él.
—Eres de mi máxima confianza.
Pero tampoco te expondré a una misión tan peligrosa todavía.
Por otro lado… se te otorgará el grado de Caballero de Cuarta División.
Como todos, empezando ya con tus funciones.
Hizo una pausa.
—Te reportarás con los demás caballeros y empezarás oficialmente.
Arel asintió, nervioso pero determinado.
Vortham sonrió levemente.
—Por cierto… a todos los caballeros mágicos se les da un sobrenombre.
Es un privilegio que se nos da por no ser simples soldados.
Miró a Arel.
—¿Cuál será el tuyo?
Antes de que Arel pudiera responder, Yuren interrumpió.
—Vacío.
Vortham hizo una pequeña sonrisa, comprendiendo de inmediato.
—Entiendo.
Su voz se volvió más formal.
—Entonces, oficialmente, como el Aegis, el máximo protector y escudo de este reino… Hizo una pausa.
—Te nombro como tal: Caballero del Vacío.
Arel sintió cómo esas palabras lo llenaban de emoción.
—Es un honor, Aegis.
Vortham asintió.
—Muy bien.
No hay más que hablar.
Retírense y partan.
Yuren y Arel hicieron una inclinación en forma de reverencia y se retiraron.
Tras salir de la habitación, Vortham se quedó solo.
Miró los mapas sobre la mesa.
¿Qué más habrás ocultado, Kael?
¿Y por qué ahora aparece tu hijo?
El destino actúa de formas extrañas.
Afuera de la sala, Yuren y Arel comenzaron a hablar.
—Así que es un hasta pronto, supongo… ¿no?
—dijo Arel con voz baja.
Yuren soltó una pequeña risa.
—¿Por qué tan triste, pequeño?
Solo será un tiempo.
Arel bajó la mirada.
—Además, aún debemos seguir con tu entrenamiento —añadió Yuren.
—Cierto… —murmuró Arel, cabizbajo.
Estaba triste.
Volvería a estar solo.
O bueno, lejos de quien ahora era su familia.
Yuren también estaba triste, pero no lo dejó demostrar.
—Ánimo —dijo, dándole una palmada en el hombro—.
Solo será un tiempo.
Debemos hacer esto por la gente.
Miró a Arel directamente.
—Eres médico, ¿no?
Tan solo piensa en todas las vidas que salvarás estando presente en misiones.
Arel asintió, un poco más alegre.
—Tienes razón.
Yuren sonrió y le dio otra palmada en la espalda.
—Es hora de irnos.
Iré por ti lo más pronto posible.
Se abrazaron.
Un abrazo fuerte, cargado de significado.
Cuando se separaron, caminaron juntos hasta las afueras de la Central.
Yuren se giró una última vez.
—Te veo pronto, hermanito.
Formó los sellos de teletransportación.
Y desapareció.
Arel se quedó solo.
Respiró hondo.
Es hora de hacer lo que debo.
Entonces se dio cuenta de algo.
Entró en pánico.
No sé dónde está la Cuarta División.
No sé hacia dónde ir.
Mierda.
Se quedó inmóvil, mirando alrededor con desesperación.
¿Y ahora qué hago?
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