El caballero del Vacío - Capítulo 14
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14: Los compañeros del Vacío 14: Los compañeros del Vacío Capítulo 14 Arel se quedó inmóvil por unos segundos, mirando alrededor con creciente desesperación.
No sé dónde está la Cuarta División.
¿Qué se supone que haga ahora?
Respiró hondo, tratando de calmarse.
Pregunta.
Es lo más simple.
Se acercó a un grupo de caballeros que pasaban apresurados por el patio de la Central, cargando cajas de provisiones.
—Disculpen —dijo con timidez—.
¿Saben dónde se encuentra la Cuarta División?
Uno de ellos, un hombre mayor con barba gris, se detuvo brevemente.
—A las afueras de la capital.
Bastión Norte.
Camina unos veinte minutos por el camino principal y lo verás.
No tiene pérdida.
—Gracias —respondió Arel con una reverencia rápida.
El hombre asintió y siguió su camino.
Arel comenzó a caminar.
Veinte minutos después, llegó a un pequeño bastión.
Era similar a la Central, pero mucho más pequeño y menos imponente.
Los muros eran más bajos, las torres de vigilancia más simples.
Pero había algo más importante que notó de inmediato: Había caos.
Caballeros corriendo de un lugar a otro, algunos cargando armas, otros provisiones, otros arrastrando cajas de madera que parecían llenas de documentos.
Gritos de órdenes que se superponían entre sí.
El sonido de metal chocando contra metal.
¿Qué está pasando aquí?
Caminó con cuidado entre el caos, tratando de no ser arrollado por alguien.
Entonces vio a una chica sentada en un escritorio improvisado en medio del patio.
Estaba rodeada de pilas y pilas de papeles.
Escribía frenéticamente en uno, luego lo dejaba a un lado y tomaba otro.
Su expresión era de completo agotamiento.
Arel se acercó con cautela.
—Disculpe… La chica levantó la vista.
Tenía cabello largo y castaño, recogido en una cola de caballo desordenada.
Usaba lentes grandes que magnificaban sus ojos color avellana.
Su piel era blanca, con algunas manchas de tinta en las mejillas.
Vestía una armadura ligera y sencilla, más pensada para protección básica que para combate real.
Parecía un ratón de biblioteca.
Alguien que se la pasaba tras documentos las veinticuatro horas del día.
—¿Sí?
—preguntó con voz cansada.
—Me llamo Arel Herwyn —dijo con pena—.
He sido mandado a la Cuarta División por el Aegis.
La chica soltó un suspiro profundo y dramático.
Se recostó sobre la mesa, dejando caer la frente contra los papeles.
—No puede ser… —murmuró con voz ahogada—.
Un recluta más.
Más horas de papeleo.
Con el caos que hay ya tengo bastante… Arel sintió cierta pena, aunque no pudo evitar reírse un poco al escuchar ello.
La chica levantó la cabeza y lo miró con ojos cansados.
—Me llamo Sheska Liber —se presentó—.
Encargada de los comunicados y de pasar órdenes del capitán de división.
Hizo una pausa.
—Básicamente… soy la secretaria.
Y la administrativa.
Y la mensajera.
Y… Suspiró de nuevo.
—Todo lo demás que nadie más quiere hacer.
Arel preguntó con cautela: —¿Eres la única?
Sheska soltó una risa nerviosa.
—Sí.
Así es.
Bienvenido a mi infierno personal.
Se enderezó y buscó entre los papeles.
—Sé quién eres.
El Aegis envió un comunicado.
Caballero del Vacío, ¿verdad?
Arel asintió.
—Sí.
—Bien.
Repórtate con el capitán.
Su oficina está allá.
Señaló hacia un edificio pequeño al fondo del bastión.
Arel agradeció y caminó hacia allá.
Antes de entrar, decidió tocar la puerta.
—Adelante —respondió una voz grave desde adentro.
Arel empujó la puerta.
Y se sorprendió de inmediato.
Dentro de la oficina estaba el capitán de división… y Kaerys.
El capitán era un hombre de mediana edad, de complexión delgada pero fibrosa.
Su cabello era gris claro, casi plateado, cortado de forma práctica.
Sus ojos eran de un color gris pálido, casi translúcido, como la niebla de la mañana.
Vestía una armadura ligera de tonos grises y blancos, adornada con pequeños grabados que representaban nubes y viento.
Tenía una expresión de cansancio perpetuo, como si llevara años sin dormir bien.
Capitán Garren Mistral.
Su hechicería estaba relacionada con la niebla y la neblina—podía crear campos densos que desorientaban a los enemigos, ocultaban aliados, o incluso sofocaban el aire.
Arel entró lentamente, sin saber qué decir.
El capitán habló primero.
—Así que debes de ser el nuevo caballero enviado por el Aegis, ¿no?
—dijo con voz cansada—.
De los rumores.
Arel asintió y comenzó a presentarse.
—Soy Arel Her— —Lo sé —interrumpió el capitán con indiferencia—.
Y no me interesa.
Arel se calló de inmediato.
El capitán continuó.
—Siempre y cuando seas un buen elemento, no me importa quién seas, quién te entrenó, o quién te mandó.
Kaerys miró al capitán con una expresión seria, casi de reproche.
Pero el capitán no reaccionó.
Se giró hacia Kaerys.
—Volviendo a nuestros asuntos, Dama de Hielo.
No me quedan tantos hombres.
Y quieres hacer un viaje largo para proteger provisiones.
Hizo una pausa.
—No te digo que no.
Pero ya no tengo tantos a disposición.
Kaerys habló con frialdad.
—No necesito tantos.
Con unos cuatro será más que suficiente.
El capitán insistió.
—¿Por qué quieres escolta si con solo tú es suficiente?
Eres una Arconte.
Podrías manejar esto sola.
Kaerys respondió con voz firme.
—No es por decisión mía.
Así fue ordenado por el Aegis.
El capitán frunció el ceño, claramente molesto.
Meditó un rato, frotándose el puente de la nariz.
—Está bien —dijo finalmente—.
Te daré lo que tengo.
Miró a Arel directamente.
—Él será uno de la escolta.
Arel parpadeó, sorprendido.
—No me importa quién sea, quién lo entrenó, o quién lo mandó —repitió el capitán—.
Lo que importa es que dé resultados.
Y más en este caos de situación que hay en el reino.
Hizo una pausa.
—También es momento de que demuestre de lo que está hecho como novato.
Kaerys pensó con resignación: Este capitán es como siempre.
Nunca cambia su actitud.
El capitán continuó.
—Estamos escasos de personal, así que te daré lo que tenemos disponible.
Llévate al chico y a Sheska, mi secretaria.
El lugar sobrevivirá sin ella.
Además, casi todos los hombres ya están fuera por esta maldita guerra.
Arel observaba todo esto, entendiendo el pesar del capitán.
Odia la situación.
Y bueno… ¿quién no?
A nadie le gusta la guerra.
Y menos estar en ella.
El capitán siguió.
—También te daré a Lyra Fenwyll y Taren Solvic.
Hizo una pausa.
—Es lo que tengo disponible para tu escolta.
Kaerys asintió.
—Está bien.
El capitán se recostó en su silla.
—Si no hay nada más que discutir, entonces lárguense.
Tengo cosas que hacer.
Kaerys se levantó sin decir nada y salió.
Arel hizo una pequeña reverencia y comenzó a salir también.
Pero antes de cruzar la puerta, el capitán habló.
—Chico.
Arel se detuvo y se giró.
El capitán lo miró directamente.
—El Aegis te tiene en la mira.
No lo defraudes.
Hizo una pausa.
—Y aún más importante… no me defraudes a mí.
Bienvenido a la Cuarta División.
Arel asintió con firmeza.
—No lo haré.
Salió y cerró la puerta.
Al quedarse solo, el capitán habló en voz baja, mirando los documentos sobre su escritorio.
—¿Por qué habrá querido el Aegis que lo emparejara con Lyra y Taren?
Frunció el ceño.
—Algo tendrá entre manos ese hombre.
Afuera, Arel vio a Kaerys y Sheska hablando.
Sheska tenía una cara de impacto absoluto y, al mismo tiempo, los ánimos por los suelos.
Era cómico.
Se notaba que no quería ir al exterior.
Arel se acercó lentamente.
Kaerys habló sin mirarlo.
—Los veré junto a los otros dos en quince minutos.
Salida Este de la capital.
Apúrense.
Su voz era fría.
Seria.
Sin emoción alguna.
Arel no tuvo tiempo para hablar con ella.
Y era claro que ella no deseaba ello.
Volvió a ser la mujer fría que siempre había sido.
Tal vez el momento de la montaña solo fue porque estaba siendo amable.
Un pequeño dolor se formó en su pecho, pero lo ignoró.
Kaerys se fue sin decir más.
Sheska suspiró dramáticamente.
—Sígueme —le dijo a Arel—.
Iré por ellos.
Caminó hacia el interior del bastión.
Arel la siguió con curiosidad.
Llegaron a una pequeña sala con un objeto extraño sobre una mesa.
Era un dispositivo de metal y cristal, con forma cilíndrica, con una rejilla en un extremo.
Parecía antiguo pero innovador al mismo tiempo.
Había cables conectados a cajas de madera que vibraban levemente.
Sheska tomó el dispositivo con familiaridad.
Era un micrófono.
Arel lo miró con asombro.
¿Qué es eso?
Sheska presionó un botón en el costado y habló con voz alta y molesta: —Lyra Fenwyll y Taren Solvic, repórtense de inmediato.
Repito: Lyra Fenwyll y Taren Solvic, repórtense de inmediato.
Su voz resonó por todo el bastión, saliendo de bocinas metálicas repartidas por todos los cuartos y pasillos.
Arel quedó completamente sorprendido.
No sabía que existiera tal tecnología… Miró alrededor, notando las bocinas en las esquinas.
Vivir en un pueblo toda mi vida… me alejó de todo esto.
Esperaron como tres minutos.
Y entonces aparecieron dos caballeros.
La primera era una chica baja, de complexión delgada, con piel clara y pecas visibles en el rostro.
Su cabello era largo, color gris plateado oscuro, normalmente recogido en una trenza simple.
Sus ojos eran de un azul muy claro, casi translúcido, como el hielo bajo la luz del sol.
Su armadura estaba siempre limpia y bien ajustada, a diferencia de muchos otros caballeros.
Llevaba pequeños discos metálicos incrustados en guantes y botas, que brillaban apenas—catalizadores de su magia.
Lyra Fenwyll.
El segundo era un chico alto para su edad, delgado pero fibroso, con hombros aún estrechos por no haber terminado de desarrollarse.
Tenía el cabello castaño oscuro, siempre despeinado sin importar cuánto intentara arreglarlo.
Sus ojos eran color ámbar apagado.
Su rostro mostraba ojeras leves, producto de guardias largas y pocas horas de sueño.
Vestía la armadura ligera estándar de la Cuarta División, con marcas de uso visibles: arañazos, abolladuras que no se había molestado en reparar del todo.
Taren Solvic.
Arel se quedó serio y saludó con una pequeña reverencia.
Lyra y Taren se vieron mutuamente y levantaron una ceja entre los dos, claramente confundidos.
Luego miraron a Sheska.
Sheska habló con voz cansada.
—Este es Arel Herwyn.
El nuevo recluta.
Estará en esta misión con nosotros.
Lyra y Taren se volvieron a ver y levantaron las cejas de nuevo.
Taren habló primero.
—¿Nosotros?
Sheska respondió con molestia.
—Sí.
Yo también iré a esta misión.
Ambos empezaron a reírse levemente.
Taren murmuró con diversión: —Al parecer esto es un castigo del capitán.
Sheska hizo lo que parecía un puchero, como una niña enfadada.
—¡No es así!
Arel sonrió nerviosamente ante toda la situación.
Lyra extendió su mano hacia Arel con propiedad.
—Lyra Fenwyll —se presentó con dignidad—.
Un placer conocerte.
Arel se puso muy nervioso de inmediato.
Una chica… me está hablando… directamente… Tomó su mano con torpeza y la estrechó brevemente.
—I-igualmente… Taren, por otro lado, palmeó la espalda de Arel de forma brusca, casi haciéndolo tropezar.
—¡Taren Solvic!
—dijo con entusiasmo, como si fueran amigos de toda la vida—.
Bienvenido al caos, hermano.
Arel rio nerviosamente.
—G-gracias… Sheska señaló hacia sí misma.
—Pues a mí ya me conoces.
Ahora que la situación está aclarada… Hizo una pausa dramática.
—Es hora de irnos.
La Dama de Hielo nos espera.
Lyra dejó escapar un pequeño suspiro apenas audible.
—Ay no… ¿qué acabas de hacer, Sheska?
Taren se puso como loco de inmediato.
—¡¿LA DAMA?!
—gritó con emoción—.
¡¿LA VEREMOS?!
¡¿ESTARÁ CON NOSOTROS EN LA MISIÓN?!
Se giró hacia Arel con los ojos brillantes.
—¡Deberías conocerla!
Es una de las mujeres más hermosas del reino.
Fría como el hielo, valga la redundancia, pero hermosa.
Increíblemente hermosa.
Arel solo rio nerviosamente.
—¿Ah sí?
Lyra lo observó con atención.
Había algo extraño en él.
No sabía qué.
Pero no sentía miedo.
Sentía… curiosidad.
Taren seguía hablando sin parar.
—Aunque, honestamente, si Marcus estuviera aquí, él sería el primero en emocionarse.
Ese idiota siempre decía que si algún día trabajaba con un Arconte, se moriría feliz.
Sheska y Lyra intercambiaron miradas breves.
Un silencio incómodo cayó por un segundo.
Arel notó el cambio, pero no entendió por qué.
¿Marcus?
¿Quién es?
Taren se dio cuenta de lo que acababa de decir y carraspeó.
—Bueno… en fin.
Vamos.
No podemos hacer esperar a la Dama de Hielo.
Caminaron juntos hacia la salida.
Arel se quedó un paso atrás, observando a sus nuevos compañeros.
Lyra.
Taren.
Sheska.
Y… Marcus.
¿Quién es Marcus?
¿Y por qué todos se pusieron incómodos al mencionarlo?
No preguntó.
Pero guardó el nombre en su mente.
El grupo salió del bastión.
Y mientras caminaban hacia la Salida Este de la capital… Arel sintió que algo nuevo estaba comenzando.
Un capítulo diferente.
Con personas diferentes.
Y secretos aún por descubrir.
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