El caballero del Vacío - Capítulo 16
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Capítulo 16: Sombras y cenizas
Capítulo 16
Kaerys no se movió.
Simplemente levantó la mano.
El aire se congeló de inmediato.
El líder de los bandidos dejó de sonreír.
—¿Qué…?
El suelo bajo sus pies comenzó a cubrirse de escarcha blanca que se extendía como telarañas cristalinas. El viento se volvió corto, helado, como si millas de agujas invisibles atravesaran la piel.
Kaerys habló con voz plana, sin emoción:
—Última oportunidad. Marchense.
El líder escupió al suelo con desprecio.
—¡Ataquen!
Los cinco bandidos se lanzaron hacia adelante, levantando sus armas con determinación.
Y Kaerys movió la mano hacia abajo.
CHOCAR.
El suelo bajo los bandidos se cubrió de hielo instantáneamente. Sus pies se congelaron en el acto, atrapándolos como estatuas. Trataron de moverse, gritaron, forcejaron, pero el hielo subía por sus piernas implacablemente, inmovilizándolos por completo hasta las rodillas.
El pánico se apoderó de ellos.
—¡No puedo moverme!
—¡Mis piernas!
Kaerys caminó hacia ellos con pasos medidos, cada pisada resonando contra el suelo congelado.
Levantó la mano de nuevo.
Pequeños cristales de hielo se formaron en el aire a su alrededor, flotando como estrellas mortales, brillando bajo la luz del atardecer.
—No volverán a amenazar a nadie —dijo con frialdad absoluta.
Con un gesto de casi perezoso, los cristales se dispararon.
No hacia los bandidos.
Hacia sus armas.
SONRÍE. SONRÍE. SONRÍE. CHOQUE.
Las espadas y hachas se congelaron y se hicieron pedazos, cayendo al suelo como escombros inútiles. El metal se fracturó en millas de fragmentos que tintinearon contra las piedras.
El líder gritó con desesperación:
—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Nos rendimos!
Kaerys bajó la mano.
El hielo se derritió lentamente, liberando a los bandidos.
Cayeron al suelo, temblando por el frío y el miedo, abrazándose a sí mismos.
Se levantaron tropezando.
—Márchense —dijo Kaerys—. Y agradezcan que no los mate.
El líder no necesitó que lo dijeran dos veces.
Los cinco bandidos huyeron por el bosque como si el diablo los persiguiera, sin mirar atrás.
Kaerys los vio desaparecer entre los árboles.
Luego se giró hacia el grupo.
—¿Algún herido?
Todos negaron con la cabeza, aún procesando lo que acababan de presenciar.
Taren murmuró con asombro, los ojos muy abiertos:
—Es… increíble…
Sheska tragó saliva.
—Por eso es una Arconte…
Arel observaba a Kaerys con una mezcla de admiración genuina y algo más que no sabía nombrar.
Es tan fuerte…
Tan segura.
Kaerys notó su mirada.
Sus ojos se encontraron por un instante.
Y ella desvió la vista de inmediato.
—Continuamos. Estamos perdiendo tiempo.
Camino adelante sin decir más.
El grupo reanudó la marcha en silencio.
El ataque de los bandidos había sido rápido, casi intrascendente comparado con lo que esperaban delante. Pero había servido para recordarles que el camino no estaba libre de peligros.
Lyra caminaba junto a Arel, con los ojos ligeramente entrecerrados.
Los pequeños discos metálicos en sus guantes brillaban apenas, pulsando con un ritmo calmado.
Estaba usando su magia.
Resonancia.
Enviaba ondas de vibración al suelo y al aire, detectando movimientos a su alrededor como si el mundo entero fuera de un instrumento musical que solo ella podía escuchar.
De pronto, se detuvo.
Abrió los ojos.
Su expresión cambió.
—Hay alguien —murmuró en voz baja, casi un susurro.
Arel la miró con atención.
—¿Dónde?
Lyra señaló hacia los árboles a la izquierda, unos cien metros de distancia, más adentro en el bosque.
—Alguien nos observa. No se mueva. Solo… observa.
Arel sintió un escalofrío.
Lyra se acercó a Kaerys discretamente, sin llamar la atención de los demás.
Le susurró lo mismo.
Kaerys no reaccionó visiblemente.
Solo presionó ligeramente la mano izquierda.
Pero sus ojos se afilaron.
Se dio cuenta de que observaban a alguien que podía ocultarse de Kaerys.
Eso significaba que no eran simples bandidos.
Sin hacer un movimiento brusco, Kaerys le respondió a Lyra con un susurro:
—¿Estás segura?
Lyra asintió apenas.
—Completamente. La vibración es distinta. Es alguien que sabe lo que hace.
Kaerys procesó eso en un segundo.
Decidió actuar.
Se lanzó hacia los árboles a máxima velocidad, moviéndose como un borrón blanco y azul que atravesó el claro en menos de un segundo.
Llegó al punto que había señalado Lyra.
Y no había nadie.
Se detuvo, observando alrededor con atención absoluta.
Buscó huellas. Marcas en el suelo. Ramas rotas. Cualquier cosa.
Nada.
Era como si nadie hubiera estado ahí nunca.
Volvió con el grupo, con expresión seria.
—No hay nadie —dijo.
Lyra frunció el ceño, desconcertada.
—Estaba ahí. Lo sentí con claridad.
Cerró los ojos de nuevo y concentró su magia. Envió más ondas por el suelo y el aire, extendiendo su alcance todo lo que pudo.
Nada.
Abrió los ojos lentamente.
—Ya no escucho ninguna vibración —dijo con confusión—. Es como si… hubiera desaparecido. Así, de nada.
Taren tragó saliva, visiblemente incómoda.
—¿Magia de ocultamiento?
Kaerys ascendió, con la mandíbula apretada.
—Probablemente.
Miró al grupo.
—Están alerta. Si alguien nos sigue con esa habilidad… no son simples bandidos.
El ambiente se volvió tenso como una cuerda a punto de mameluco.
Continuaron avanzando, pero ahora todos miraban constantemente hacia los árboles, hacia las sombras, hacia cualquier lugar donde alguien pudiera esconderse.
Godric, desde la carreta, no dijo una palabra. Pero sus manos temblaban sobre las riendas.
El resto del segundo día transcurrió en silencio.
Un silencio incómodo, cargado de preguntas sin respuesta.
¿Quién los había observado?
¿Por qué no lo habían atacado?
¿Por qué desapareció sin dejar rastro?
Nadie tenía respuestas.
Y eso era lo peor.
Arel caminaba junto a Lyra.
Decidió romper el silencio, aunque solo fuera un poco.
—Lyra… ¿puedo preguntarte algo?
Lyra lo miró.
—Claro.
—Tu magia. La de Resonancia. ¿Cómo funciona exactamente?
Lyra lo observó un momento, evaluando si la pregunta era sincera.
Lo era.
—Emito ondas de vibración —explicó con voz tranquila—. A través del suelo, del aire, de la misma materia. Es como… escuchar el mundo.
Hizo una pausa.
—Puedo detectar movimientos. Presencias. Incluso calcular distancias aproximadas.
—¿Por eso pudiste sentir a quien nos observaba?
—Exacto. Pero…
Se dejó caer un segundo.
—Como viste, alguien lo bloqueó. Pudieron esconderse de mis ondas. Eso no es fácil. Requiere conocimiento de la magia y mucho control.
Arel asintió.
—¿Puedes hacer más cosas?
Lyra asintió.
—También puedo desorientar a los enemigos. Envíe pulsos sónicos que afecten su equilibrio. Y reforzar golpes aliados con vibración.
—¿Reforzar golpes?
-Si. Si un aliado ataca justo cuando yo envío un pulso… el golpe se vuelve más potente.
Arel quedó impresionado.
—Eso es muy útil.
Lyra sonrió apenas.
—No es ofensiva directa. Pero en el momento justo… puede cambiar el resultado de una batalla.
Arel entendió.
No es la más fuerte. Pero es la más inteligente en combate.
Es el equilibrio.
Segundo día — Noche
Acamparon en un claro cercano al camino.
La fogata crepitaba bajo el cielo estrellado.
Nadie hablaba mucho.
La tensión del observador invisible pesaba sobre todos.
Kaerys se sentó aparte del grupo, como siempre. Sus ojos escaneaban los árboles constantemente.
Taren hizo la primera guardia.
Arel se recostó en su morral, mirando el cielo.
Los demás se dormían poco a poco.
Menos Kaerys.
Kaerys no dormía.
No podía.
La imagen de alguien observándolos sin poder ser vista la molestaba profundamente.
¿Enemigo? ¿Espía?
¿O algo más?
No tenía respuestas.
Y eso la frustraba.
Tercer día — Amanecer
Se levantaron temprano.
El sol apenas apareció en el horizonte cuando reanudaron la marcha.
Llegaron al amanecer al lugar de las coordenadas originales.
Y cuando lo vieron…
Todos se detuvieron.
El lugar estaba destruido.
Completamente.
No quedaba nada en pie.
Solo cenizas.
Edificios colapsados hasta los cimientos. Árboles carbonizados, sus troncos convertidos en pilares negros. El suelo cubierto de hollín oscuro en todas las direcciones.
El aire olía a humo y muerte.
Un silencio absoluto envolvía el lugar.
No había pájaros.
No había viento.
Solo cenizas.
Godric dejó escapar un grito ahogado y detuvo la carreta.
—¡Por los dioses…!
Sheska se tapó la boca con las manos.
Taren se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Lyra bajó la mirada, con una expresión de dolor contenido.
Arel sintió náuseas.
El aroma era desagradable. Un olor a cuerpos quemados, a carne carbonizada, que se mezclaba con el humo residual que aún flotaba en el aire.
¿Cuántos mueren aquí?
¿Cuántos…?
Miró a sus alrededores tratando de imaginar lo que había sido ese lugar antes.
Un puesto fronterizo. Soldados. Civiles tal vez.
Ahora, solo cenizas.
Kaerys estaba de pie al borde de las ruinas.
Su expresión era inexpresiva, como siempre.
Pero Arel notó algo.
Sus manos.
Las tenía apretadas en puños.
Tan fuertes que los nudillos se habían vuelto blancos.
Está furiosa.
Furiosísima.
Kaerys sacó un cristal de su morral.
Era pequeño, del tamaño de un puño, y brillaba de un color púrpura profundo. Tenía runas grabadas en la superficie que pulsaban levemente con vida propia.
Lo sostuvo frente a ella y canalizó maná.
El cristal brilló con intensidad.
Y de él surgió una proyección.
Una figura encapuchada, envuelta en sombras. No se veía el rostro, solo una silueta oscura que flotaba en el aire como un fantasma.
La voz que salió era distorsionada, como si viniera desde muy lejos y muy cerca al mismo tiempo.
“Dama de Hielo. Confirmo recepción de señal. Estoy al escucha.”
Kaerys habló con firmeza.
—Situación. ¿Qué sucedió aquí?
“Ataque coordinado. Tropas de Oriana apoyadas por fuerzas no identificadas. Estimamos el ataque hace aproximadamente tres días. No hay sobrevivientes reportados.”
El silencio cayó sobre el grupo como una losa de piedra.
Arel no podía apartar los ojos de la proyección.
Se acercó a Taren y susurró:
—¿Quién es eso?
Taren respondió también en susurro, sin dejar de mirar la figura:
—Un sensor.
Sheska añadió desde el otro lado, igualmente en voz baja:
—Son caballeros mágicos especiales. Tienen habilidades psíquicas, ilusorias o de sonido. Todo encaminado al espionaje.
Taren continuó:
—Los lidera el Arconte del Eco. Arel…
Arel pensó un momento.
Lo recordaba. Una figura discreta, casi en un rincón de la sala durante su audiencia en el consejo, que apenas había llamado la atención.
—Sí… lo recuerdo.
—Estos hombres —siguió Sheska— son los ojos y oídos del reino. Del aegis. De las familias que esperan noticias de sus hijos en la guerra. Son los primeros en enterarse de todo. Desde la presencia de enemigos, hasta ubicaciones estratégicas.
Taren bajó aún más la voz.
—Son ultrasecretos. Nadie sabe desde dónde mandan sus informes. Solo sabemos que están… en algún lugar de la capital. En algún lugar oculto.
Sheska añadió:
—Para que nada les pase. Si el reino pierde a los Sensores… quedamos ciegos y sordos.
Arel ascendió, comprendiendo la gravedad de lo que estaban viendo.
La proyección continuó hablando.
“La batalla en este sector parece haber terminado mal según los informes anteriores. Han llegado tarde a esta posición. Sin embargo, tengo nuevas coordenadas donde las provisiones podrían ser de utilidad.”
Kaerys asiente.
—Dálas.
La figura extendiendo una mano, y de la proyección emergieron números y coordenadas que brillaron en el aire por unos segundos antes de desaparecer.
“Un lugar a seis días de marcha al norte. Tenga precaución, Dama de Hielo. Puede que haya enemigos en el camino.”
—Entendido.
El cristal dejó de brillar.
La proyección desapareció.
El silencio volvió.
Kaerys guardó el cristal y miró al grupo con expresión seria.
—Seis días más. Nos movemos.
Nadie discutió.
Pero antes de partir, necesitaban alejarse de ese lugar.
El olor era insoportable.
Caminaron durante una hora en silencio, alejándose de las cenizas.
Arel sintió náuseas por todo el camino.
El olor a ceniza y muerte no abandonaba sus fosas nasales.
Lyra caminaba a su lado, con la misma expresión callada pero los ojos llenos de un dolor que no mostraban a todos.
Taren caminaba atrás, sin hablar.
Sheska no se separaba de la carreta, como si temiera que el mundo se fuera a hundir bajo sus pies.
Cuando finalmente el aire se volvió más limpio, cuando los árboles volieron a estar verdes y el sonido de los pájaros regresó…
Kaerys ordenó detenerse.
—Aquí. Pasaremos la noche.
Todos aceptaron sin quejarse.
Godric desenganchó los caballos de la carreta con manos temblorosas.
Taren se ofreció para hacer la primera guardia esa noche.
La noche pasó sin mayor dificultad.
Nadie durmió mucho.
Pero pasó.
Día 1 del nuevo viaje
El amanecer llegó con un aire más fresco.
El grupo se preparó en silencio, packing sus pocas cosas y reanudan la marcha.
Kaerys lideraba adelante, como siempre.
Godric conducía la carreta.
Y Arel, Lyra, Taren y Sheska caminaban en formación alrededor.
Fue Taren quien rompió el silencio, como casi siempre.
—Bueno… nadie va a hablar de lo que vimos ayer, ¿o sí?
Todos lo miraron.
Taren se encogió.
—¿Qué? Era lo que todos pensaban.
Sheska suspiró.
—No tenemos mucho que decir, Taren. Fue horrible. Y punto.
—Pero alguien lo hizo —insistió Taren, cruzando los brazos—. Alguien destruyó todo ese lugar. Y no fueron simples soldados de Oriana.
Lyra habló con calma:
—Lo sabemos.
—¿Y no les preocupa?
—Claro que nos preocupa —respondió Lyra—. Pero preocuparnos no va a cambiar lo que ya sucedió. Solo podemos hacer nuestro trabajo.
Taren apretó los labios.
—Mierda…
Sheska lo miró de reojo.
—Lenguaje.
—¿Qué? Estamos en una zona de guerra, Sheska.
Sheska se encogió de hombros.
—No es excusa.
Arel sonrió apenas entre la tensa atmósfera.
Caminó un poco más adelante, junto a Lyra.
—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja.
Lyra lo miró.
—¿Yo?
—Sí. Anoche no dormiste bien.
Lyra no respondió de inmediato.
—Recordé a Marcus —dijo finalmente—. Cuando vi todo eso… recordé que él también murió así. En un lugar lejos de casa. Convirtiéndose en ceniza antes de que alguien lo encontrara.
Arel no supo qué decir.
Lyra continuó, con voz más suave:
—No te preocupes. Voy a estar bien.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Día 1 — Tarde
El camino era largo y tedioso.
Sheska caminaba junto a Arel, cargando uno de sus libros.
—¿Sabes? —dijo de repente—. Cuando el capitán nos asignó esta misión, pensé que iba a ser algo tranquilo.
Arel se rio.
—¿Tranquilo? Con una guerra encima.
Sheska hizo una mueca.
—Bueno, más tranquilo que estar en el bastión con todo ese caos.
Hizo una pausa.
—Al menos aquí no tengo papeles.
—En cambio, tienes bandidos y misterios —dijo Arel.
—¿Ves? No es tan diferente.
Arel se rio de nuevo.
Sheska lo observó un momento.
—¿Cómo estás tú? Ayer estabas muy pálido.
Arel se tensó un poco.
—Estoy bien. Solo… no estaba preparado para ver algo así.
Sheska asintió.
—Nadie estaba.
Siguieron caminando en silencio un rato.
A lo lejos, Kaerys caminaba sola, adelante de todos.
No se giraba.
No hablaba.
Pero Arel notó que sus pasos eran un poco más rígidos que los de antes.
¿Está pensando en lo mismo que yo?
Día 1 — Noche
La fogata crepitaba bajo un cielo despejado.
Taren estaba recostado con los brazos detrás de la cabeza, mirando las estrellas.
—¿Saben algo sobre el Arconte del Eco? —preguntó de repente.
Lyra lo miró.
—¿Por qué?
—Porque los Sensores dependen de él. Si es tan importante… ¿por qué nadie habla de él?
Sheska respondió sin levantarse:
—Es parte del secreto. Cuanto menos se sepa sobre ellos, mejor.
Taren bufó.
—A veces siento que en este reino nos ocultan más cosas de las que nos cuentan.
Lyra no respondió.
Pero asintió levemente.
Kaerys se sentó un poco más cerca del grupo esta vez.
No mucho.
Pero más que antes.
Arel lo notó.
—¿Quieres algo de comer? —le preguntó señalando el pan que estaba repartiendo Godric.
Kaerys lo miró.
—Gracias. Estoy bien.
Un silencio.
Luego:
—…Pero un poco de agua no estaría mal.
Arel le extendió su cantimplora sin decir nada.
Kaerys la tomó. Sus dedos rozaron los de él por un segundo.
Ninguno de los dos lo mencionó.
Pero ninguno lo ignoró.
Día 2
El segundo día del nuevo viaje comenzó con lluvia.
No una tormenta brutal, sino una llovizna constante y fría que cubría todo en una capa húmeda.
La carreta avanzaba con más dificultad por el camino empapado.
Godric maldecía cada vez que una rueda se hundía en el barro.
Kaerys caminaba adelante, casi sin inmutarse ante la lluvia. Su armadura brillaba con gotas que no parecían afectarla.
Arel caminaba junto a Taren.
—Oye, Taren…
—¿Qué?
—¿Hace cuánto conociste a Lyra?
Taren se pensó un momento.
—Hace como un año y medio. Llegamos al mismo día a la Cuarta División.
—¿Y a Marcus?
Taren se tensó ligeramente.
Pero respondió.
—Llegó con Lyra. Eran de la misma aldea. Inseparables desde niños.
Arel asintió.
—¿Cómo era?
Taren sonrió, una sonrisa nostálgica que no llegaba a sus ojos.
—Un idiota —dijo—. El mayor idiota que he conocido. Siempre corría hacia el peligro sin pensar. Se metía en problemas por defender a gente que ni conocía.
Hizo una pausa.
—Pero era el tipo de idiota que te hace querer ser mejor persona.
Arel entendió.
Como Yuren describe a Kael.
—Suena como alguien especial.
Taren asintió.
—Lo era. Y aquí estoy yo… ocupando su lugar.
Arel lo miró.
—No lo estás ocupando. Estás siendo tú mismo.
Taren lo miró sorprendido.
Luego se rio.
—Eres un filósofo, ¿o qué?
—Solo digo lo que pienso.
Taren le dio una palmada en la espalda.
—Gracias, hermano.
Día 2 — Tarde
La lluvia continuó durante horas.
Todos estaban empapados y agotados.
Cuando finalmente dejó de llover, el grupo decidió descansar bajo un grupo de árboles grandes que formaban un pequeño techo natural.
Sheska se sentó inmediatamente, exprimiendo el agua de sus cabellos.
—Odio la lluvia —dijo con expresión de total sufrimiento.
Lyra se sentó junto a ella con calma.
—Te acostumbrarás.
—¿Acostumbarme? ¡Ha sido un año y medio con muchas lluvias y aún no me acostumbro!
Taren se rio.
—Sheska, tú te quejaste hasta del sol.
—¡El sol seca los papeles!
Arel no pudo evitar reírse.
Kaerys observaba la escena desde un poco más lejos.
Estaba apoyada contra un árbol, con los brazos cruzados.
Arel la miró.
—¿No te gusta la lluvia? —le preguntó.
Kaerys lo miró con sorpresa.
—¿Por qué preguntas?
—Estabas caminando sola en la lluvia. Todos los demás estaban tratando de cubrirse.
Kaerys desvió la mirada.
—El frío no me afecta mucho. Es parte de mi hechicería.
—¿Entonces sí te gusta?
Un silencio breve.
—…Un poco —admitió Kaerys.
Era la primera cosa personal que había compartido.
Arel sonrió.
Kaerys lo notó.
Y esta vez…
No desvió la mirada de inmediato.
Día 3
El tercer día fue más tranquilo.
El camino se secó parcialmente bajo el sol de la mañana, y el grupo avanzó con más facilidad.
Lyra caminaba junto a Arel, como se había vuelto costumbre.
—Arel —dijo de repente.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has pensado en lo que va a pasar después de esta misión?
Arel frunció el ceño.
—No mucho. ¿Por qué?
—Todos los caballeros se preguntan eso —respondió Lyra—. En dónde estarán mañana. Si volverán a casa.
Hizo una pausa.
—Marcus siempre decía que iba a volver a su aldea cuando la guerra terminara. íbamos los tres. Los había prometido.
Su voz se quebró apenas.
Arel no dijo nada.
Solo caminó a su lado.
Lyra lo agradeció con un silencio.
Día 3 — Mediodía
Taren caminaba junto a Arel.
—Oye, hermano… algo me ha estado rondando la cabeza.
—¿Qué?
Taren lo miró de reojo.
—Tu título. “Caballero del Vacío”. Eso no es un nombre que inventan así que sí. Tiene peso.
Arel se tensó.
—¿Y?
—Y tu parche. El símbolo Alfa. Sheska y yo lo buscamos en los archivos que tiene acceso en su mente. No encontramos nada.
Arel no supo qué decir. Y se pregunto “¿Su mente?”
Taren continuó:
—No te estoy acusando de nada. Solo… es raro. Un novato con un título tan importante, con un parche que no tenemos registros, y con un maestro misterioso.
Se encogió.
—Tú no eres un soldado común. Eso ya lo sabemos todos.
Arel tragó saliva.
Debo cuidar lo que digo.
—Es complicado —dijo finalmente—. Y cuando pueda explicarte, lo haré.
Taren asintió.
—Está bien. Solo… ten cuidado. No todos van a ser tan pacientes como yo.
Día 3 — Noche
La fogata ardía bajo un cielo estrellado despejado.
Sheska estaba leyendo uno de sus libros.
Taren se había dormido casi de inmediato.
Lyra hacía guardia, con los ojos cerrados y los discos de sus guantes pulsando.
Kaerys se sentó esta vez más cerca del grupo.
No al lado de Arel.
Pero cerca.
Suficiente para que cuando Arel la mirara, esta lo notara.
Arel la miró.
—¿Estás bien? —le preguntó en voz baja.
Kaerys no respondió de inmediato.
—¿Por qué siempre me preguntas eso?
—Porque parece que nadie más lo hace.
Kaerys lo miró.
Sus ojos brillaban levemente bajo la luz de la fogata.
—…Estoy bien —respondió.
Pero esta vez, Arel no le creyó del todo.
Y Kaerys supo que no le había creído.
Pero no añadió nada más.
Día 4
Arel despertó de golpe.
Respiraba agitadamente.
Sus manos estaban temblorosas.
Había tenido el sueño de nuevo.
El mismo sueño.
Estaba en un campo abierto, interminable. El cielo era de un azul perfecto, sin nubes. El viento soplaba suavemente, moviéndole el cabello.
Y a lo lejos…
Una figura.
De pie.
Sonriendo.
Era un hombre. De complexión musculosa, con un cabello corto de negro con mechones grises. Ojos de un gris brillante.
Su padre.
Arel quiso correr hacia él.
Pero no podía moverse.
Sus piernas no obedecían.
El hombre siguió sonriendo.
No hablaba.
No hacía nada.
Solo miraba a Arel con esa sonrisa cálida.
Como si dijera: Estoy orgulloso de ti.
Y luego…
La distancia entre ellos se hizo más grande.
El campo se extendió.
El hombre se hizo más pequeño.
Hasta desaparecer.
Arel abrió los ojos.
El cielo de la mañana brillaba sobre él.
Se quedó acostado, mirando hacia arriba, con un nudo enorme en la garganta.
Padre…
¿Dónde estás?
El pensamiento lo golpeó con fuerza.
No solo la imagen de su padre.
Sino todo lo que representaba.
La soledad.
El vacío.
Toda su vida había cargado con eso.
Desde que su madre murió, desde que quedó solo a los diez años.
Los ancianos que lo habían cuidado, la pareja de vecinos que quería a su madre y a él… habían sido gentiles. Amorosos, incluso.
Pero no eran familia.
No tenían su sangre.
Y cuando decidió partir, el único motivo fue ese:
Encontrar a sus abuelos.
Sentir que aún tenía a alguien.
Pertenecer a algo.
En la búsqueda de esa familia lo encontró a Yuren. A Raiken.
No era lo que había esperado.
Absolutamente no.
Pero… lo hacía feliz.
De una forma que no había sentido en mucho tiempo.
Tengo familia.
Tiene forma diferente a la que imaginaba.
Pero es familia.
Pero la imagen de su padre no abandonaba su mente.
¿Por qué no estás aquí?
¿Por qué te fuiste?
¿Me importabas?
Se sentó lentamente, limpiándose los ojos con la manga.
—Arel.
Levantó la vista.
Lyra estaba de pie frente a él, con una expresión de preocupación suave.
—¿Estás bien? —preguntó.
Arel tragó saliva.
—Sí. Estoy bien.
Trató de sonreír.
Pero Lyra lo conocía ya lo suficiente.
Observó la forma en que sus ojos se habían enrojecido.
La forma en que sus manos temblorosas trataban de calmarse.
Está mintiendo.
Y no me gusta que guarde tantos secretos.
Lyra no insistió.
Pero hizo una nota mental.
Un poco más lejos, Sheska estaba sentada junto a la fogata que aún ardía levemente, con un libro abierto en las rodillas.
Había visto.
No todo, pero sí suficiente.
Lo que había visto en los ojos de Arel.
La forma en que había tratado de esconder su dolor.
Y desde su posición, un poco más apartada, apoyada contra un árbol…
Kaerys también había escuchado.
No las palabras.
Pero los sonidos.
Los gemidos suaves que Arel había hecho mientras dormía.
La forma en que se había despertado con el aliento entrecortado.
Se le apretó algo en el pecho.
¿Qué te pasó?
No supo por qué se lo preguntó.
Solo lo hizo.
El viaje reanudó.
La tensión del sueño de Arel pesaba levemente sobre el grupo, aunque nadie más lo mencionó.
Sheska caminaba junto a Arel.
Después de unos minutos de silencio, habló.
—Arel.
—¿Sí?
Sheska no lo miró. Mantuvo la vista al frente.
—No deberías esconder tantas cosas.
Arel se tensó.
—¿Qué te hace pensar…?
—No me mientes —lo interrumpió, con un tono más serio de lo que Arel había escuchado antes—. Esta es tu primera misión con nosotros. Eso significa que a partir de ahora, nosotros somos tu escuadrón. Tu equipo.
Se giró para mirarlo.
—Si algo te pasa a ti, nos afecta a todos. Si nos ocultas cosas, no podemos ayudarte. Y en el campo de batalla, eso puede matar a alguien.
Arel no respondió de inmediato.
Tiene razón.
Está completamente razón.
—Entiendo —dijo finalmente.
Sheska asintió, satisfecha.
Luego su expresión se suavizó.
Cambió completamente de tono.
—Bien. Ahora que sacamos eso de la mesa…
Señaló hacia el morral de Arel.
—¿Puedo ver ese libro?
Arel parpadeó.
—¿El libro?
—El que llevas contigo. Lo vi hace unas noches cuando ajustabas tu morral. El libro antiguo.
Arel dudó.
Era el libro de poemas.
El libro de su padre.
Uno de los dos tesoros más importantes que tenía.
Pero Sheska no parecía tener mala intención.
Solo curiosidad.
—Es… un libro de poemas y dibujos —explicó Arel, sacando el libro del morral con cuidado—. Lo hizo mi padre.
Sheska observó la portada con interés.
—¿Puedo?
Arel dudo un segundo más.
Luego lo extendió.
—Cómo no.
Sheska lo tomó con manos cuidadosas.
Y en el instante en que sus dedos tocaron la portada…
El libro comenzó a levitar.
Arel retrocedió un paso, sorprendido.
El libro se abrió solo.
Y de las páginas comenzó a salir un brillo dorado, tenues destello de maná que emergían como pequeñas partículas luminosas.
Las partículas volaron hacia el pecho de Sheska.
Ella no se asustó.
Solo cerró los ojos.
Las palabras brillantes se acercaban a ella, y era como si la información fluyera directamente hacia su mente.
Segundos pasaron.
Tal vez cinco.
Tal vez diez.
Y luego todo se detuvo.
El libro dejó de brillar.
Dejó de levitar.
Y cayó suavemente entre las manos de Sheska.
Ella abrió los ojos y le devolvió el libro a Arel con una sonrisa tranquila.
—Es un libro hermoso.
Arel lo tomó, observándolo con incredulidad.
—¿Qué… qué acabas de hacer?
Sheska se ajustó los lentes.
—Es mi hechicería. Magia de Registro.
Se cruzó de brazos.
—Puedo copiar libros enteros en mi mente con solo tocarlos unos segundos. Es como…
Hizo una pausa buscando las palabras.
—…Una biblioteca andante. Cuando toco un libro, la información entra directamente a mi memoria. Y nunca la olvido. Nunca.
Arel quedó asombrado.
—¿Eso es…?
—Sí —sonrió Sheska—. Con solo ese toque ya sé todo lo que decía tu libro. Cada palabra. Cada poema. Cada dibujo.
Arel no supo qué decir.
Es una habilidad muy única.
No ofensiva, pero…
En los momentos correctos debe ser invaluable.
Asintió lentamente.
—Es increíble, Sheska.
Sheska se sonrojó un poco.
—Gracias. No es la más llamativa, pero…
Se encogió.
—Es lo que tengo.
Mientras caminaban, Sheska no podía dejar de pensar.
Había copiado el libro entero en su mente.
Todo.
Los poemas.
Los dibujos.
Las palabras.
Pero había algo más.
Algo que no encajaba.
Mientras procesaba la información que había absorbido, notó patrones extraños en los poemas. Palabras que parecían inocentes pero que, al reordenarse de cierta forma…
Esto es raro.
Es como si el libro ocultara algo.
Un mensaje tal vez.
Se detuvo ese pensamiento.
No seas paranoica, Sheska.
Estás viendo cosas donde no las hay.
Es un libro de poemas. De un padre para su hijo.
Nada más.
Descartó la idea.
Pero la sensación de que algo no encajaba no desaparecó del todo.
Día 4 — Tarde
El día avanzó sin incidentes.
El grupo caminó durante horas bajo un sol que comenzó a descender lentamente.
El camino se volvió más estrecho conforme avanzaban hacia el norte, bordeado por bosques densos a ambos lados.
Un sendero amplio, sin iluminación, que parecía tragarse la luz.
Kaerys caminaba adelante como siempre.
Lyra caminaba junto a Arel.
Taren iba detrás de la carreta junto a Sheska.
Godric conducía en silencio.
Todo parecía normal.
Hasta que el sol desapareció completamente tras los árboles.
La oscuridad cayó.
Rápido.
Demasiado rápido.
Y entonces…
Lyra se detuvo en seco.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Los discos de sus guantes pulsaron violentamente.
—¡Enemigos! —gritó—. ¡Dos, muy cerca! ¡Ahora mismo!
Kaerys reaccionó antes de que el grito terminara.
Se giró, desenfundando su sable en un solo movimiento.
Y en ese instante…
De las sombras emergieron dos figuras.
El primero salió del lado izquierdo.
Un hombre alto y delgado, vestido en ropajes de un negro profundo que parecían fusionarse con la oscuridad. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una máscara de cuero oscuro que solo dejaba visibles sus ojos, dos puntos brillantes de un color amarillo reptiliano.
Su maná desprendía sombras que se retorcían como serpientes vivas alrededor de su cuerpo.
Sus movimientos eran fluidos, casi líquidos, como si se disolviera y se recomponiera en cada paso.
Mordrin Umbralis.
Caballero de Oriana.
Magia de Oscuridad.
El segundo salió del lado derecho.
Una mujer de mediana altura, con cabello rojo oscuro recogido en un moño apretado. Vestía armadura carmesí adornada con grabados que brillaban como brasas encendidas. Sus ojos eran de un naranja intenso, como el centro de una llama.
En sus manos flotaban dos esferas de fuego que chispeaban con impaciencia.
Seris Ignivar.
Caballera de Oriana.
Magia de Fuego.
Mordrin habló primero.
Su voz era suave, casi susurro, pero se escuchó con claridad en el silencio:
—Dama de Hielo. Cuánto gusto.
Seris sonrió con crueldad, lanzando una de sus esferas al aire donde explotó en chispas.
—Entreguen las provisiones. O vamos a quemar todo. Incluyéndolos a ustedes.
Kaerys no se movió.
Solo levantó el sable.
—Nunca.
Sheska reaccionó inmediatamente, escondiéndose detrás de la carreta.
—¡Godric! ¡No te muevas!
Godric asintió, paralizado pero vivo.
Y entonces…
Seris atacó primero.
Una ola de fuego salió de sus palmas como un muro incandescente que atravesó el aire a una velocidad brutal.
Kaerys respondió sin dudar.
Del suelo surgió un muro de hielo, grueso y alto, que interceptó el fuego.
SSSSSSHHH.
El muro se derritió parcialmente, pero sostuvo.
El fuego no pasó.
Seris frunció el ceño.
—Interesante.
Y lanzó otra ola.
Más fuerte.
Kaerys creó otro muro.
Este se derritió más rápido.
Está probando mis límites.
Mordrin desapareció.
Se fusionó con las sombras del suelo y reapareció detrás de Taren.
—¡Cuidado! —gritó Lyra.
Taren activó su magia de Impulso y se lanzó hacia adelante de un salto brutal, esquivando el ataque por centímetros.
El cuchillo de Mordrin cortó el aire donde había estado Taren un segundo antes.
—Mierda… —jadeó Taren.
Mordrin sonrió apenas y desapareció de nuevo.
Arel vio todo eso y algo dentro de él activó.
No calculó.
No pensó.
Solo actuó.
Se lanzó hacia donde Mordrin había desaparecido, hacia las sombras, con la espada en mano.
Kaerys lo vio.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Es diferente.
No es el mismo chico del campamento.
Ahora es alguien que puede tomar la iniciativa.
Ahora es alguien que puede pelear.
Arel pensó lo mismo mientras corría.
Soy diferente.
Cambié.
No me voy a quedar atrás.
Arel, Taren y Lyra lo siguieron hasta un pequeño bosque cercano,se adentraron, pero sin perder de vista el combate de kaerys.
El combate explotó.
Kaerys y Seris se enfrentaban directamente.
Ola de fuego. Muro de hielo.
Otra ola. Otro muro.
Otro y otro.
Era una batalla de egos.
Seris lanzó fuego con sus palmas, oleadas y oleadas de calor brutal que iluminaban el sendero como si fuera mediodía.
Kaerys respondió creando muros de hielo desde las plantas de sus pies, uno tras otro, cada uno más grueso que el anterior.
Los muros se derretían.
Pero sostenían.
El calor y el frío chocaban, creando vapor denso que llenaba el aire.
Seris apretó los dientes.
—¡Interesante! —gritó—. ¡Peleas bien! Pero el fuego siempre gana contra el hielo.
—El fuego se apaga —respondió Kaerys con frialdad—. El hielo permanece.
Seris gruñó y aumentó la intensidad.
Kaerys no cedió un paso.
Mientras tanto, en el bosque cercano…
Arel, Taren y Lyra enfrentaban a Mordrin.
Y Mordrin era un problema.
Era escurridizo. Se movía entre las sombras como si fuera parte de ellas. Aparecía y desaparecía en fracciones de segundo, atacando desde ángulos imposibles.
En la oscuridad del bosque, estaba en su territorio.
Imposible de leer.
Imposible de anticipar.
Mordrin atacó desde las sombras, lanzando un cuchillo oscuro hacia Taren.
Taren lo esquivó por los pelos, usando su Impulso para dar un salto lateral.
El cuchillo se incrustó en un árbol.
Mordrin reapareció detrás de Arel.
Arel se giró justo a tiempo y bloqueó el ataque con su espada.
El impacto fue brutal. Mordrin era más fuerte de lo que parecía.
—Interesante —murmuró Mordrin—. Tú no eres un soldado común.
Arel no respondió.
Solo empujó de vuelta.
Mordrin retrocedió y desapareció de nuevo.
Los tres estaban siendo abrumados.
Taren jadea.
—¡Este tipo es insoportable! ¡No puedo tocarlo!
Arel apretó los dientes.
—Necesitamos estrategia.
En ese momento, Mordrin atacó de nuevo, surgiendo de detrás de un árbol.
Los tres retrocedieron, jadeando.
Se quedaron espalda contra espalda.
Arel.
Taren.
Lyra.
Mordrin los observaba desde las sombras con una expresión casi divertida.
Lyra habló en voz baja, rápido pero clara:
—Yo puedo predecir dónde aparecerá.
Taren la miró.
—¿Cómo?
—Mi magia detecta vibraciones. Cuando se mueve entre sombras, deja una traza mínima en el suelo. Puedo sentirla.
Se miró a Arel.
—Taren ataca donde yo le diga. Tú eres respaldo. Si Taren falla, tú conectas.
Arel asintió.
Taren tragó saliva, pero asintió también.
—Entendido.
Lyra puso ambas manos en el suelo.
Cerró los ojos.
Los discos de sus guantes comenzaron a pulsar con más rapidez.
Las ondas de Resonancia salieron del suelo, extendiéndose por todo el bosque como anillos en un estanque.
Lyra podía sentir todo.
Cada vibración.
Cada movimiento.
Y entonces…
Lo sintió.
Ahí.
—¡Taren! ¡Arriba a la derecha! ¡Tres segundos!
Taren activó su Impulso de golpe.
Sus piernas se cargaron de maná explosivo.
Se lanzó hacia arriba y a la derecha en un salto brutal.
En ese instante exacto…
Mordrin surgió de las sombras en exactamente ese punto.
El puño de Taren, reforzado con Impulso, conectó directamente en la cara de Mordrin.
CRACK.
La cabeza de Mordrin retrocedió violentamente.
El caballero de las sombras se tambaleó.
—¡Otra! —gritó Lyra.
Mordrin reaccionó rápido, tratando de desaparecer de nuevo.
—¡Abajo a la izquierda! ¡Dos segundos!
Taren aterrizó y se relanzó.
Esta vez, el golpe llegó al costado de Mordrin.
Mordrin salió disparado contra un árbol.
CRASH.
Taren jadeó, visiblemente agotado. El Impulso consumía resistencia rápido. Demasiado rápido.
Mordrin se incorporó lentamente.
Su expresión cambió.
Ya no había diversión en sus ojos.
Solo frialdad.
Se giró hacia Lyra.
Ella es la que predice mi posición.
Ella es el problema.
Se lanzó.
Más rápido que antes.
Más violento.
Lyra lo vio venir, pero no tenía tiempo de esquivar.
Lo intentó de todas formas, saltando hacia un lado.
Mordrin la siguió con precisión brutal.
Su cuchillo cortó el aire.
Lyra intentó desviar el golpe, pero era demasiado rápido.
El cuchillo le hizo un corte en medio del abdomen.
Profundo.
Lyra gritó.
Y Mordrin no se detuvo.
Con dos movimientos más, le hizo cortes en ambas piernas.
Lyra cayo al suelo, jadeando, con la mano presionando la herida del abdomen.
La sangre mancha sus dedos.
Sus manos temblaban.
—L-Lyra! —gritó Taren.
El sonido lo hizo retroceder un paso.
El color desapareció de su rostro.
No.
No de nuevo.
No puede pasar de nuevo.
La imagen de Marcus cruzó su mente como un rayo.
Marcus en el suelo.
Marcus sangrando.
Marcus sin poder levantarse.
Taren sintió cómo sus rodillas temblaban.
Otra vez.
Otra maldita vez.
Y entonces…
Arel llegó.
Corrió como nunca había corrido.
Lo primero que vio fue a Lyra en el suelo.
Las heridas.
La sangre.
Y algo dentro de él explotó.
No fue el Vacío.
No fue magia.
Solo fue enojo.
Un enojo puro y crudo que quemaba desde dentro.
Mordrin se lanzó hacia ellos de nuevo, surgiendo de las sombras con un cuchillo brillante en la mano.
Arel lo vio.
Y no pensó.
En una fracción de segundo, concentró todo el maná posible en sus piernas.
El suelo bajo sus pies se agrietó.
Se lanzó hacia adelante a una velocidad brutal, anticipándose al ataque de Mordrin.
Mordrin abrió los ojos con sorpresa.
¿Cómo…?
Arel redirectió todo ese maná a su puño derecho.
Y conectó.
Directamente en el pecho de Mordrin.
BOOM.
El impacto fue tan violento que el sonido llegó como un trueno.
Mordrin salió disparado.
Atravesó un árbol.
Luego otro.
Luego otro.
Y desapareció en la oscuridad del bosque.
Arel quedó inmóvil.
Jadeando.
Miró su mano derecha.
Estaba sangrando.
Los nudillos estaban destrozados.
El golpe había sido tan potente que ni su propio cuerpo lo soportó.
Un golpe…
Con tanta potencia…
Ni mi cuerpo lo soportó.
Taren lo miró con los ojos abiertos.
En ese momento, desde el sendero, se escuchó un grito de Seris:
—¡MORDRIN!
Y en segundos, las dos figuras desaparecieron en la oscuridad.
El combate terminó.
Arel no lo notó.
Ya estaba arrodillado junto a Lyra.
Puso sus manos sobre la herida del abdomen y comenzó a canalizar maná.
Taren se acercó, temblando.
—Va a estar bien? ¿Vas a…?
—Cállate —dijo Arel sin mirar—. Déjame trabajar.
Su voz era firme. Seria.
La voz del médico.
Lyra lo miró con los ojos entrecerrados, jadeando de dolor.
—A-Arel…
—Sin amigos. Conserva energía.
Sus manos brillaban con maná mientras la herida comenzaba a cerrarse, lentamente, milímetro a milímetro.
Taren se quedó de rodillas a un lado, mirando a Lyra con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba caer.
No de nuevo.
Por favor.
No de nuevo.
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