El caballero del Vacío - Capítulo 17
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17: La promesa de un médico 17: La promesa de un médico Capítulo 17 El mundo se había reducido a una sola cosa.
Lyra.
Su respiración entrecortada.
Su piel pálida.
La sangre que manchaba sus manos mientras presionaba la herida del abdomen con desesperación.
Arel no escuchaba nada más.
Ni los gritos de Taren.
Ni los pasos apresurados de Kaerys acercándose.
Ni el sonido del viento entre los árboles.
Solo el latido errático del corazón de Lyra.
Está perdiendo demasiada sangre.
Demasiado rápido.
Sus manos brillaban con maná, pero no era suficiente.
La sanación básica cerraba heridas superficiales.
Detenía hemorragias menores.
Aliviaba el dolor.
Pero esto… Esto era diferente.
Las heridas eran profundas.
El corte en el abdomen había alcanzado órganos internos.
Las de las piernas habían cortado arterias importantes.
Si no hago algo ahora… Va a morir.
El pensamiento lo golpeó como un puñetazo en el estómago.
No.
No voy a dejar que eso pase.
Cerró los ojos.
Y recordó.
“La Curación Total es el límite de la sanación mágica.” La voz de Yuren resonaba en su mente con perfecta claridad.
Estaban en la montaña.
La noche en se había recuperado del corte que le hizo Yuren.
Estaban teniendo una platica mas profunda sobre la sanación antes de ir a dormir.
Yuren lo observaba con expresión seria.
“Sanar heridas propias de forma instantánea ya es difícil.
Requiere control absoluto de tu maná y conocimiento perfecto de tu propio cuerpo.” Hizo una pausa.
“Pero sanar heridas ajenas de esa forma… es otra cosa completamente.” Arel lo miraba con atención.
“Cada cuerpo es diferente.
Cada persona tiene un flujo de maná único.
Para sanar a alguien más de forma instantánea, necesitas sincronizar tu maná con el de ellos.
Necesitas entender su cuerpo como si fuera el tuyo.” Yuren se puso serio frente a él.
“Y eso, hermano… es algo que muy pocos pueden hacer.” “¿Cuántos?” preguntó Arel.
Yuren levantó dos dedos.
“En todo el reino, solo dos personas pueden hacer una Curación Total en otros.
El Arconte de la Vida, Elior Vitae.
Y como te mencione hace rato, yo.” Hizo una pausa significativa.
Arel tragó saliva.
“¿Es tan difícil?” “No solo es difícil.
Es peligroso.
Si fallas… puedes dañar permanentemente el cuerpo de la persona que intentas sanar.
O peor… matarla.” Los ojos de Yuren se clavaron en los de Arel.
“Pero si lo logras… puedes traer a alguien del borde de la muerte.” Arel abrió los ojos.
Lyra seguía sangrando.
Sus labios estaban perdiendo color.
Sus ojos se cerraban lentamente.
No tengo opción.
Es todo o nada.
Respiró profundamente.
Y algo dentro de él cambió.
La desesperación desapareció.
El miedo se evaporó.
Solo quedó la calma absoluta.
La mente del médico.
Concéntrate.
Análisis.
Actúa.
Colocó ambas manos sobre la herida del abdomen.
Cerró los ojos.
Y comenzó a fluir su maná.
Pero no de forma normal.
No con la urgencia caótica de antes.
Sino con control.
Con precisión quirúrgica.
Sintió cómo su maná entraba en el cuerpo de Lyra.
Y de inmediato chocó contra una resistencia.
Su maná.
Cada persona tenía su propio flujo.
Su propia firma energética.
Y el maná de Lyra estaba rechazando el suyo.
Como dos corrientes opuestas tratando de mezclarse.
No.
Necesito sincronizar.
Recordó las lecciones de Yuren sobre el control de flujo.
Calmó su maná.
Lo hizo suave.
Gentil.
Como agua que se adapta al cauce de un río.
Y lentamente… Su maná comenzó a fusionarse con el de Lyra.
Las corrientes dejaron de chocar.
Comenzaron a fluir juntas.
Funciona.
Esta funcionando Ahora podía sentirlo.
El cuerpo de Lyra como si fuera el suyo.
Cada órgano dañado.
Cada arteria cortada.
Cada fibra muscular desgarrada.
Lo sentía todo.
BIEN.
Ahora… cura.
Comenzó a reconstruir.
Tejido por tejido.
Célula por célula.
Su maná fluía como hilos de luz dorada que cosían las heridas desde adentro.
Pero era lento.
Demasiado lento.
La sangre seguía saliendo.
No voy a llegar a tiempo así.
Necesito más velocidad.
Pero si acelero sin control… podría matarla.
Apretó los dientes.
Y entonces recordó.
El control de flujo de mi padre.
Yuren le había enseñado la técnica completa.
La forma en que Kael controlaba su maná de una manera única.
Calma absoluta… seguida de caos absoluto… creando un equilibrio perfecto.
Era arriesgado.
Nunca lo había intentado mientras sanaba a alguien más.
Pero no tenía opción.
Perdóname, Lyra.
Esto va a doler.
Kaerys llegó corriendo.
Sheska justo detrás de ella.
Godric observaba desde la carreta, con las manos juntas como si rezara.
Sheska vio a Lyra en el suelo, sangrando, con Arel arrodillado sobre ella.
—¡Necesito vendas!
—gritó Arel sin levantar la vista.
Sheska reaccionó de inmediato.
Corrió hacia el morral de Arel y lo abrió, sacando rollos de vendas limpias.
Se arrodilló junto a él.
—¿Qué hago?
—preguntó con voz temblorosa.
—Presiona aquí.
—Arel señaló la herida del abdomen—.
Con fuerza.
No dejes que siga sangrando.
Sheska obedeció.
Colocó las vendas sobre la herida y presionó con todas sus fuerzas.
Lyra gimió de dolor, pero no abrió los ojos.
Kaerys observaba todo con expresión seria.
Desenfundó su sable y se colocó entre el grupo y el bosque.
Si vuelven… los mataré.
Sus ojos brillaban con frialdad mortal.
Pero Mordrin y Seris no regresaron.
Solo quedó el silencio.
Y la respiración entrecortada de Lyra.
Arel envolvió las heridas de las piernas con más vendas.
Las apretó lo suficiente para detener el flujo de sangre sin cortar la circulación.
BIEN.
Sangrado parcialmente controlado.
Ahora… lo difícil.
Se arrodilló de nuevo frente a Lyra.
Colocó ambas manos sobre su abdomen vendado.
Cerró los ojos.
Y comenzó.
Primero, dejó que su maná se concentrara en su propio cuerpo.
Despacio.
Con calma absoluta.
Lo sintió acumularse en su pecho.
En sus brazos.
En sus manos.
Como un lago tranquilo.
Y entonces… Lo liberó.
De golpe.
De forma violenta.
Caótico.
Su maná explotó dentro de su cuerpo como una tormenta desatada.
AUGE.
Todos lo sintieron.
La presión del maná de Arel se disparó de forma brutal.
Taren retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué…?
Sheska sintió cómo el aire se volvía pesado.
Kaerys giró la cabeza, sorprendida.
Esa cantidad de maná… ¿Cómo puede…?
Pero Arel no se detuvo.
Mantuvo la concentración absoluta.
El maná caótico fluía por su cuerpo como un río desbordado.
Y él lo canalizó.
Todo.
Hacia sus manos.
Hacia Lyra.
La sanación se aceleró.
Las heridas comenzaron a cerrarse más rápido.
Los tejidos se reconstruían a una velocidad antinatural.
Las arterias se sellaban.
Los órganos sanaban.
El color comenzó a regresar al rostro de Lyra.
Arel no dejaba de concentrarse.
Un poco más.
Solo un poco más.
Su respiración era pesada.
Su cuerpo temblaba por el esfuerzo.
El sudor corría por su frente.
Pero no se detuvo.
No podía detenerse.
No voy a perderla.
No voy a dejar que muera.
No otra vez.
¡No otra vez!
Y entonces… Las heridas cerraron completamente.
No quedó ni una cicatriz.
Ni una marca.
Ni un rastro de que alguna vez hubieran existido.
La piel de Lyra estaba intacta.
Como si nunca la hubieran herido.
Arel retiró las manos lentamente.
Y dejó escapar un suspiro largo y tembloroso.
Lo logré.
Funcionó.
Se dejó caer hacia atrás, sentándose en el suelo con las piernas extendidas.
Sheska se quedó mirando las heridas cerradas con incredulidad absoluta.
—No… no puede ser… —murmuró.
Se giró hacia Arel.
—¿Acabas de…?
Arel asintió débilmente.
—Curación Total.
Taren se dejó caer de rodillas, con las manos temblando.
—Está… está bien… —susurró.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin control.
—Está bien… está bien… Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar abiertamente.
Sin tristeza.
De alivio.
De felicidad absoluta.
No es como Marcus.
Esta vez… esta vez llegué a tiempo.
Sheska se acercó a él y puso una mano sobre su hombro.
No dijo nada.
Solo se quedó ahí.
Kaerys observaba todo con expresión inexpresiva.
Pero sus ojos brillaban con algo diferente.
Respeto.
Admiración.
Se acercó lentamente hacia Arel.
Y asintió.
Una vez.
Firme.
Arel la miró.
Y también asintió.
No hicieron falta palabras.
Ambos entendieron.
Sheska procesaba todo en su mente a una velocidad increíble.
Curación Total.
En tan poco tiempo.
Eso lo convierte en… Recordó las lecciones de su padre.
Las historias sobre los sanadores más poderosos del reino.
Solo tres personas en todo Aorion pueden hacer eso.
Elior Vitae, el Arconte de la Vida.
Yuren valken, el arconte más fuerte.
Y ahora… Miró a Arel.
Él.
Un novato.
Un chico de quince años que llegó de la nada.
Enviado directamente por el Aegis.
Con un parche que nadie reconocía.
Con un título que no tenía precedente.
¿Quién eres realmente?
Entonces recordó algo.
Un libro de su infancia.
Una leyenda antigua.
La historia del primer Aegis.
El símbolo que llevaba ese Aegis legendario.
Alfa.
El comienzo.
El primero.
Miró el parche en el brazo izquierdo de Arel.
El símbolo era idéntico.
No puede ser coincidencia.
Tiene que haber una conexión.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un gemido suave.
Lyra abrió los ojos lentamente.
Parpadeó varias veces, desorientada.
—¿Qué…?
¿Dónde…?
Taren se lanzó hacia ella.
—¡Lyra!
¡Estás bien!
¡Estás bien!
La abrazó con fuerza, llorando sin control.
Lyra lo miró confundida.
—Taren… ¿qué pasó?
—Te hirieron.
Casi mueres.
Pero Arel… Arel te salvó.
Lyra giró la cabeza hacia Arel.
Él estaba sentado en el suelo, respirando pesadamente, con una sonrisa cansada en el rostro.
—Hola —dijo con voz suave.
Lyra lo miró fijamente.
Y entonces recordó.
La oscuridad del bosque.
Mordrin surgiendo de las sombras.
El dolor del cuchillo cortando su carne.
La sensación de su vida escapándose.
Y luego… Calidez.
Una luz dorada que la envolvía.
Manos firmes sobre su abdomen.
Una voz diciéndole que resistiera.
Arel.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—Tú… tú me… Arel asintió.
—Estás bien.
Eso es lo que importa.
Lyra se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.
No de dolor.
De gratitud.
De alivio.
Sheska sonrió con calidez y se acercó.
—Bienvenida de vuelta.
Kaerys observaba la escena desde su posición.
Sintió algo cálido en su pecho.
Algo que no sabía cómo nombrar.
Orgullo, tal vez.
O admiración.
EL… No.
No pienses en eso.
Desvió la mirada rápidamente.
Arel respiró profundamente y comenzó a ponerse de pie.
El alivio lo inundaba.
Lo logré.
Está bien.
Lyra es… Y entonces recordó.
Su mano derecha.
El puño que había usado para golpear a Mordrin.
Cuando la adrenalina desapareció… El dolor llegó.
Como un rayo que atravesaba su brazo.
Agudo.
Brutal.
Insoportable.
Miró su mano.
Estaba hinchada.
Deformada.
Los nudillos estaban destrozados.
La piel estaba abierta en varios puntos, sangrando lentamente.
Y los huesos… Los sintió moverse de forma antinatural bajo la piel.
Fracturas múltiples.
Mierda… El dolor lo golpeó de lleno.
Sus piernas temblaron.
La vista se le nubló.
No… No ahora… Dio un paso adelante.
Y se tambaleó.
—¿Arel?
—Kaerys lo miró con preocupación.
Arel trató de responder.
Pero no pudo.
El agotamiento lo alcanzó.
Había gastado todo su maná.
Toda su energía.
Todo lo que tenía.
En salvar a Lyra.
Y ahora… No quedaba nada.
Su cuerpo se apagó.
Cayó hacia adelante.
—¡Arel!
—gritaron Lyra y Sheska al mismo tiempo.
Kaerys se lanzó hacia él.
Lo atrapó antes de que golpeara el suelo.
Lo sostuvo entre sus brazos con cuidado.
Miró su rostro inconsciente.
Sus mejillas estaban húmedas.
¿Lágrimas?
¿Estuvo llorando mientras sanaba?
Algo se apretó en su pecho.
Taren y Sheska se acercaron rápidamente.
—¿Está bien?
—preguntó Taren con pánico.
Sheska revisó su pulso.
—Está respirando.
Solo está agotado.
Lyra trató de levantarse, pero sus piernas aún estaban débiles.
—Tenemos que ayudarlo… Kaerys la miró con firmeza.
—Tú descansa.
Nosotros nos encargaremos de él.
Lyra abrió la boca para protestar.
Pero vio la expresión de Kaerys.
Y asintió.
Kaerys levantó a Arel con cuidado.
Era más ligero de lo que esperaba.
Escuálido.
Como dijo Yuren.
Lo llevó hasta un árbol cercano y lo recostó con cuidado contra el tronco.
Sheska trajo mantas de la carreta y lo cubrió.
Taren se quedó mirándolo con expresión seria.
—Es… increíble.
Sheska asintió.
—Lo es.
Kaerys no dijo nada.
Solo se quedó sentada junto a él.
Observando su rostro en paz.
Arel estaba soñando.
No era la primera vez.
Pero esta vez… Fue diferente.
Estaba en su casa.
La pequeña cabaña junto a la costa.
El olor a sal marina llenaba el aire.
La luz del sol entraba por las ventanas.
Y ahí estaba ella.
Millas.
Su madre.
Estaba de pie frente a la mesa de la cocina, cortando vegetales con movimientos precisos.
Su cabello castaño estaba recogido en una trenza simple.
Sus ojos color avellana brillaban con calidez.
Llevaba su delantal favorito, el que tenía manchas de años de uso.
Arel era pequeño en el sueño.
Tal vez tenía siete u ocho años.
Estaba sentado en una silla, observándola con atención.
—Mamá, ¿puedo ayudar?
—preguntó con voz infantil.
Maera se giró hacia él y sonrió.
—Claro que sí, cariño.
Ven aquí.
Arel se bajó de la silla y corrió hacia ella.
Maera le entregó una zanahoria pequeña.
—Córtala en pedazos pequeños.
Con cuidado, ¿sí?
Arel asintió con seriedad.
Tomó el cuchillo con ambas manos y comenzó a cortar lentamente.
Maera lo observaba con una sonrisa.
—Muy bien.
Lo estás haciendo perfecto.
Arel sonrió con orgullo.
Continuaron cocinando juntos en silencio cómodo.
Y entonces… La escena cambió.
Arel era mayor ahora.
Tal vez tenía diez años.
Estaba sentado junto a la cama de su madre.
Ella estaba acostada, cubierta con mantas.
Su rostro estaba pálido.
Sus ojos hundidos.
Su respiración era trabajosa.
La enfermedad.
Arel sabía lo que venía.
Había vivido esto antes.
Pero no podía detenerlo.
No podía cambiar el pasado.
Solo podía verlo de nuevo.
Maera tosió débilmente.
Arel tomó su mano.
—Mamá… te vas a mejorar, ¿verdad?
Maera lo miró con ternura.
Levantó una mano temblorosa y acarició su mejilla.
—Arel… mi amor… Su voz era apenas un susurro.
—Quiero que me prometas algo.
Arel sintió las lágrimas brotar de sus ojos.
—Lo que sea, mamá.
Maera sonrió.
Una sonrisa cansada pero llena de amor.
—Prométeme que te cuidarás.
Por favor.
Arel asintió, incapaz de hablar.
—Prométeme que conocerás a una buena chica.
Como yo.
Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
—Y por último… prométeme que tendrás una vida larga y feliz.
Por favor… Su voz se quebró.
Pero su sonrisa no desapareció.
Arel se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza.
—¡Te lo prometo!
¡Te lo prometo, mamá!
Maera lo abrazó de vuelta con lo poco de fuerza que le quedaba.
—Te amo, Arel.
Más que a nada en este mundo.
—Yo también te amo, mamá.
Y entonces… Sintió cómo los brazos de su madre se aflojaban.
Cómo su respiración se detenía.
Cómo su calor desaparecía.
Arel se quedó inmóvil.
Abrazando el cuerpo sin vida de su madre.
Sin poder llorar.
Sin poder gritar.
Solo… Vacío.
La escena cambió de nuevo.
Ahora estaba solo.
En la cabaña vacía.
Los días pasaban en un borrón.
Los ancianos venían a visitarlo.
Le traían comida.
Le hablaban con gentileza.
Pero él apenas los escuchaba.
Se quedaba sentado junto a la ventana.
Mirando el mar.
Espera.
Tal vez mamá volverá.
Tal vez todo fue un sueño.
Pero no volvió.
Y los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas en meses.
Y el vacío se hizo más grande.
Hasta que un día… Decidió partir.
No puedo quedarme aquí.
No puedo seguir esperando algo que nunca va a pasar.
Necesito encontrar a alguien.
Necesito… pertenecer.
El sueño se desvaneció.
Arel abrió los ojos lentamente.
El cielo estaba iluminado por la luz del día.
Los pájaros cantaban en los árboles.
Sentía el calor de una fogata cerca.
Y sus mejillas estaban húmedas.
Lloré.
Otra vez.
Se limpió las lágrimas rápidamente con la manga.
Y entonces vio a Kaerys.
Estaba sentada a su lado, con la espalda apoyada contra el mismo árbol.
Sus ojos estaban cerrados.
Pero no estaba dormida.
Arel pudo verlo por la forma en que sus dedos tamborileaban levemente sobre su rodilla.
Al sentir movimiento, Kaerys abrió los ojos.
Se giraron hacia él.
Se miraron en silencio por un momento.
Y entonces Kaerys habló.
—Hablabas entre sueños.
Su voz era suave.
Casi gentil.
Arel se tensó.
—¿Qué… qué decía?
Kaerys desvió la mirada hacia la fogata.
—Llamabas a tu madre.
Un silencio.
—Y llorabas.
Arel sintió cómo algo se apretaba en su garganta.
-Ellos… Las palabras no salieron.
Kaerys lo miró de nuevo.
—No tienes que disculparte.
Arel parpadeó.
—¿Qué?
Kaerys mantuvo su expresión seria.
Pero sus ojos eran más suaves que antes.
—No es algo por lo que debas pedir disculpas.
Extrañar a alguien que amaste… es natural.
Hizo una pausa.
—Es humano.
Arel sintió cómo las lágrimas amenazaban con volver.
Pero las contuvo.
Asintió levemente.
—Gracias.
Kaerys no respondió.
Solo volvió a mirar hacia la fogata.
Arel miró hacia abajo.
Y vio su mano derecha.
Estaba vendada.
Completamente cubierta con vendas limpias y bien apretadas.
La movió levemente.
El dolor era brutal.
Hizo una mueca.
—Lyra te atendió —dijo Kaerys sin mirarlo—.
Dijo que tienes fracturas en todos los huesos de la mano.
Nudillos destrozados.
Tejido muscular dañado.
Hizo una pausa.
—Vas a tardar semanas en sanar completamente.
Arel miró la venda con expresión resignada.
—Entiendo.
En ese momento, Lyra apareció desde detrás de la carreta.
Caminaba lentamente, pero con pasos firmes.
Al ver a Arel despierto, sonrió.
—Al fin despertaste.
Se acercó y se arrodilló frente a él.
—¿Cómo te sientes?
Arel sonrió débilmente.
—Cansado.
Pero bien.
Lyra lo miró con una mezcla de gratitud y preocupación.
—Arel… lo que hiciste por mí… Su voz se quebró ligeramente.
—No tengo cómo agradecerte.
Arel negó con la cabeza.
—No tienes que agradecer nada.
Es lo que debía hacer.
Lyra lo miró fijamente.
—No.
No es solo eso.
Se sentó junto a él.
—Me salvaste la vida.
Arriesgaste todo por mí.
Gastaste todo tu maná.
Te lastimaste gravemente.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—Nadie… nadie había hecho algo así por mí antes.
Arel sintió algo cálido en su pecho.
—Eres mi compañera.
Mi amiga.
Sonrió.
—No iba a dejar que murieras.
Lyra se limpió los ojos rápidamente.
—Gracias.
De verdad.
Kaerys observaba la escena con expresión neutra.
Pero por dentro… Sintió algo extraño.
¿Por qué están tan cerca?
¿Por qué ella lo mira así?
Y ¿por qué… me molesta?
Sin darse cuenta, se acercó más a Arel.
Apenas unos centímetros.
Pero lo suficiente para que su hombro casi tocara el de él.
Arel la miró sorprendido.
—¿Pasa algo?
Kaerys lo miró con frialdad.
—Nada.
Solo te estoy cuidando.
Hizo una pausa.
—Con la mano así eres un inútil.
No puedes hacer nada.
Arel parpadeó.
Y luego soltó una risa nerviosa.
—Oye… eso fue cruel… Kaerys desvió la mirada.
Pero el más mínimo indicio de una sonrisa apareció en sus labios.
Apenas perceptible.
Pero estaba ahí.
Lyra los observó a ambos.
Y sintió algo extraño en su pecho.
¿Está… celosa?
No.
No puede ser.
Desvió la mirada rápidamente.
Sheska observaba todo desde la fogata.
Con una sonrisa de complicidad absoluta.
Oh, esto se está poniendo cada vez más interesante.
Arel miró su mano vendada con expresión pensativa.
Lyra dijo que tardaré semanas en sanar.
Pero… Recordó las lecciones de Yuren.
Si puedo usar la Curación Total en mí mismo de forma instantánea… entonces debería poder sanar de forma gradual también.
Cerró los ojos.
Y comenzó a fluir su maná.
Despacio.
Muy lentamente.
Lo dirigió hacia su mano herida.
Y lo mantuvo ahí.
En un flujo constante.
Como un río tranquilo que nunca se detiene.
No era rápido.
No era espectacular.
Pero funcionaba.
El dolor comenzó a disminuir.
Apenas un poco.
Pero lo sintió.
Abrió los ojos con sorpresa.
Funciona.
Si mantengo un flujo constante de maná… puedo sanar lentamente.
Sin agotarme.
Sin desmayarme.
Sonrió.
Descubrí algo nuevo.
Preguntó en voz alta: —¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Kaerys respondió sin mirarlo: —El resto del día de ayer.
Toda la noche.
Y parte de la mañana.
Hizo una pausa.
—Casi un día completo.
Arel asintió lentamente.
—Entiendo.
Miró hacia la fogata.
Taren estaba sentado ahí, bebiendo té en silencio.
Sheska leía uno de sus libros.
Godric estaba revisando las ruedas de la carreta.
Todo parecía… tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
Pero sabía que no era cierto.
Habían sido atacados.
Lyra casi muere.
Él mismo se lastimó gravemente.
Y aún quedaban cuatro días de viaje.
Cuatro días más.
¿Qué más puede pasar?
Lyra se quedó sentada junto a Arel unos minutos más.
No hablaron mucho.
Solo compartieron el silencio.
Era cómodo.
Cálido.
Como estar con un viejo amigo.
Después de un rato, Lyra habló con voz suave: —Arel.
—¿Sí?
—¿Por qué te volviste médico?
Arel la miró sorprendido.
—¿Por qué preguntas?
Lyra se encogió de hombros.
—Curiosidad.
La mayoría de los caballeros solo piensan en volverse más fuertes.
En subir de rango.
En ganar batallas.
Lo miró directamente.
—Pero tú… eres diferente.
Te importan las personas.
Sanar.
Salvar vidas.
Hizo una pausa.
—¿Por qué?
Arel miró hacia el cielo.
Las nubes se movían lentamente.
—Mi madre era médica.
Me enseñó todo lo que sé.
Su voz se suavizó.
—Ella decía que… no somos dioses.
No podemos salvar a todos.
Y eso no está mal.
Cerró los ojos.
—Pero podemos intentarlo.
Lyra sintió algo cálido en su pecho.
—Suena como una gran persona.
Arel asintió.
—Lo era.
Un silencio.
—La extraño mucho.
Lyra puso una mano sobre su hombro.
—Estoy segura de que estaría orgullosa de ti.
Arel abrió los ojos.
Y sonrió.
Una sonrisa genuina.
Cálida.
—Gracias, Lyra.
Kaerys observaba todo desde su posición.
Y sintió cómo algo se apretaba en su pecho de nuevo.
¿Por qué me siento así?
¿Por qué me molesta verlos hablar?
No tenía respuesta.
Y eso la frustraba.
El resto de la tarde transcurrió con relativa calma.
Taren se acercó a Arel con una taza de té.
—Toma.
Te va a ayudar a recuperarte.
Arel lo aceptó con gratitud.
—Gracias.
Taren se sentó junto a él con expresión seria.
—Oye… lo de ayer… Hizo una pausa.
—Lo que hiciste por Lyra… fue increíble.
Arel se encogió de hombros.
—Solo hice lo que tenía que hacer.
Taren negó con la cabeza.
—No.
Fue más que eso.
Lo miró directamente.
—Arriesgaste tu vida.
Tu maná.
Tu cuerpo.
Todo.
Sus ojos brillaban con emoción.
—Eso no es algo que cualquiera haría.
Arel no supo qué decir.
Taren continuó: —Cuando vi a Lyra herida… me paralicé.
Me acordé de Marcus.
De cómo no pude hacer nada por él.
Su voz se quebró ligeramente.
—Pero tú… tú actuaste.
Sin dudar.
Se limpió los ojos rápidamente.
—Gracias, hermano.
En serio.
Arel sonrió.
—No tienes que agradecer.
Palmeó el hombro de Taren con su mano buena.
—Somos un equipo.
Nos cuidamos entre nosotros.
Taren asintió.
—Sí.
Eso somos.
Sheska se acercó también, con una expresión más seria de lo habitual.
—Arel.
—¿Sí?
Se sentó frente a él y se ajustó los lentes.
—Lo que hiciste ayer… Curación Total en tan poco tiempo… Lo miró fijamente.
—Eso te convierte en el tercer sanador más poderoso de todo el reino.
Arel parpadeó.
—¿Qué?
Sheska asintió.
—Solo tres personas pueden hacer eso.
Elior Vitae, el Arconte de la Vida.
Yuren Valken, el arconte más fuerte hasta ahora.
Hizo una pausa significativa.
—Y ahora tú.
Taren silbó.
-Guau… Sheska continuó: —Eso no es poca cosa, Arel.
Eres un talento excepcional.
Lo miró con curiosidad apenas contenida.
—Lo que me hace preguntarme… ¿quién eres realmente?
Arel se tensó.
-Ellos… Sheska levantó una mano.
—No tienes que responder ahora.
Sé que tienes tus razones para mantener secretos.
Se recostó hacia atrás.
—Pero solo quiero que sepas… que estamos de tu lado.
Sea quien seas.
Vengás de donde vengas.
Taren asintió con entusiasmo.
—¡Exacto!
Eres nuestro compañero.
Eso es lo que importa.
Arel sintió cómo algo se aflojaba en su pecho.
Una calidez que no había sentido en mucho tiempo.
Tengo… amigos.
Personas que confían en mí.
Personas que me apoyan.
Sonrió.
—Gracias.
De verdad.
Sheska sonrió también.
—De nada.
Se ajustó los lentes de nuevo.
—Aunque… tengo que admitir algo.
—¿Qué?
—Cuando copié tu libro… noté algo extraño.
Arel se tensó de inmediato.
—¿Qué cosa?
Sheska frunció el ceño levemente.
—Hay patrones en los poemas.
Palabras que se repiten de formas específicas.
Como si… ocultaran algo.
Lo miró.
—¿Tu padre era poeta?
Arel dudó.
—No… creo que no.
Solo… le gustaba escribir.
Sheska asintió lentamente.
—Puede ser mi imaginación.
Pero… siento que ese libro tiene más de lo que parece a simple vista.
Hizo una pausa.
—Si quieres, puedo investigarlo más a fondo.
Arel lo pensó un momento.
Y asintió.
—Sí.
Me gustaría eso.
Sheska sonrió.
—Bien.
Lo haré cuando volvamos.
La tarde cayó lentamente.
El sol comenzó a descender en el horizonte.
Godric preparó más té para todos.
El grupo se sentó alrededor de la fogata.
Lyra se sentó junto a Arel.
Kaerys se sentó del otro lado.
Taren y Sheska frente a ellos.
Godric un poco apartado, observando todo con una sonrisa cansada.
Hablaron de cosas sin importancia.
Del clima.
De la comida.
De lo incómodo que era dormir en el suelo.
Taren hizo bromas.
Sheska lo regañó.
Lyra sonrió.
Kaerys no habló mucho.
Pero escuchaba.
Y de vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia Arel.
Observando cómo sonreía.
Cómo reía.
Cómo hablaba con los demás.
Es… diferente.
A todos los caballeros que he conocido.
No busca gloria.
No busca poder.
Solo… quiere ayudar.
Sintió algo cálido en su pecho.
Y esta vez… No lo ignoró.
Cuando la noche cayó completamente, Taren se ofreció para hacer la primera guardia.
Los demás se prepararon para dormir.
Lyra se acercó a Arel antes de acostarse.
—Arel.
—¿Sí?
—Gracias.
Otra vez.
Sonrió.
—No voy a olvidar lo que hiciste por mí.
Arel sonrió también.
—No tienes que agradecerme tantas veces.
El río de Lyra fluía suavemente.
—Lo sé.
Pero quiero hacerlo.
Se alejó hacia su lugar para dormir.
Kaerys observó toda la interacción con expresión neutra.
Pero por dentro… Otra vez.
¿Por qué me molesta tanto?
Se acercó a Arel.
—Necesitas descansar.
Arel la miró.
—Lo sé.
Kaerys se sentó junto a él.
—Tu mano todavía está mal.
No hagas nada estúpido.
Arel se rio nerviosamente.
—No lo haré.
Kaerys lo miró fijamente.
—Lo digo en serio.
Con esa mano eres un inútil.
No puedes pelear.
No puedes defenderte.
Hizo una pausa.
—Así que te quedarás cerca de mí.
¿Entendido?
Arel parpadeó.
-¿Eh?
Kaerys desvió la mirada.
—Es… es mi responsabilidad como Arconte proteger a mi equipo.
Su voz salió un poco más defensiva de lo que pretendía.
—Eso es todo.
Arel sonrió.
—Entiendo.
Gracias, Kaerys.
Kaerys no respondió.
Solo se quedó sentada junto a él.
Observando la fogata.
Y por dentro… Sintió cómo algo se aflojaba.
Tal vez… está bien sentir esto.
Sea lo que sea.
Arel se recostó contra el árbol.
Cerró los ojos.
Y mantuvo el flujo constante de maná hacia su mano.
El dolor disminuía lentamente.
Muy lentamente.
Pero funcionaba.
Voy a sanar.
Solo necesito tiempo.
Mientras se quedaba dormido, pensó en todo lo que había pasado.
Aquí está Lyra.
Un Taren.
Una Sheska.
No Kaerys.
En este grupo extraño que se estaba convirtiendo en algo más que compañeros.
Familia.
Tal vez no de sangre.
Pero familia al fin.
Y por primera vez en mucho tiempo… Se sintió en paz.
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