El caballero del Vacío - Capítulo 19
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19: El precio de la sangre 19: El precio de la sangre Capítulo 19 Cada grupo estaba en su posición.
Ocultos.
Esperando.
Arel estaba agachado detrás de un árbol grueso, con la espalda presionada contra la corteza.
Su mano derecha sostenía la empuñadura de su espada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Su corazón latía como un tambor de guerra.
Tranquilo.
Respira.
Controla el miedo.
Pero el miedo estaba ahí.
Constante.
Asfixiante.
A lo lejos, podía escuchar los sonidos del campamento.
Soldados moviéndose.
Órdenes susurradas.
El crepitar de las fogatas.
Y más allá… Nada.
Solo oscuridad.
Kaerys estaba de pie en el borde del bosque, con el sable desenfundado.
Sus ojos escaneaban el horizonte norte con la precisión de un halcón.
El aire a su alrededor se había enfriado tanto que su aliento salía en nubes de vapor.
Ven.
Atrévete a venir.
Te estaré esperando.
Sus dedos tamborileaban levemente sobre la empuñadura.
Impaciente.
Lista.
Sheska y Lyra estaban ocultas entre los arbustos, observando el camino que venía del norte.
Sheska tenía las manos temblando ligeramente.
Se ajustó los lentes por quinta vez en dos minutos.
—¿Cuánto tiempo más?
—susurró con voz tensa.
Lyra tenía los ojos cerrados.
Los discos de sus guantes pulsaban con un ritmo constante, enviando ondas de Resonancia por el suelo.
—No lo sé.
Pero están cerca.
Puedo sentirlo.
Taren estaba un poco más adelante, medio oculto detrás de un tronco caído.
Su respiración era pesada.
Trataba de controlarla, pero el nerviosismo lo consumía.
Mantén la calma.
No puedes fallar.
No otra vez.
La imagen de Marcus cruzó su mente.
La apartó de inmediato.
No.
Ahora no.
Pasó una hora.
Tal vez más.
El tiempo se sentía distorsionado.
Cada minuto parecía una eternidad.
Arel sintió cómo sus piernas comenzaban a entumecerse por la posición.
Quiso moverse, pero no se atrevió.
No podía arriesgar hacer ruido.
¿Cambiaron de planes?
¿Se arrepintieron?
¿O…?
Y entonces… BOOM.
Una explosión masiva sacudió el campamento.
El suelo tembló.
Las llamas iluminaron el cielo nocturno.
Gritos.
Soldados corriendo.
El caos estalló en un segundo.
Arel se giró hacia el campamento, con los ojos muy abiertos.
¡Sevrak!
Kaerys lo supo de inmediato.
Sus ojos se afilaron como cuchillas.
—Ya está aquí.
No esperó más.
Se lanzó hacia adelante, moviéndose como un borrón blanco y azul.
Pero entonces… El suelo explotó frente a ella.
Rocas y tierra volaron por los aires.
Y de la nube de polvo emergió una figura.
Enorme.
Colosal.
Como una montaña viviente.
El caballero era gigantesco, fácilmente superando los dos metros y medio de altura.
Su armadura era de un negro metálico con vetas doradas que brillaban tenuemente bajo la luz de las llamas.
Cada pieza estaba grabada con runas antiguas que pulsaban con maná terrestre.
Un casco completo cubría su rostro.
Solo dos ranuras estrechas permitían ver un brillo amarillento detrás—sus ojos.
No había forma de ver sus rasgos.
Solo metal y poder.
En sus manos sostenía un mazo colosal.
La cabeza del arma era del tamaño de un barril, hecha de piedra maciza reforzada con metal.
Cada movimiento del mazo hacía que el aire vibrara.
Gorath el Inamovible.
Caballero de Oriana.
Magia de Tierra.
Levantó el mazo por encima de su cabeza con ambas manos.
Y lo dejó caer.
CRASH.
El impacto fue apocalíptico.
El suelo se fracturó en un radio de diez metros.
Grietas profundas se extendieron como venas negras.
El estruendo fue tan fuerte que algunos soldados en el campamento cayeron de rodillas.
Un temblor.
Pequeño, pero inconfundible.
Como si la tierra misma gritara de dolor.
Kaerys saltó hacia atrás justo a tiempo, esquivando por centímetros el área de impacto.
Aterrizó con gracia, con el sable en guardia.
Gorath se incorporó lentamente.
Su voz retumbó desde dentro del casco, profunda y resonante como el eco de una cueva: —Dama de Hielo.
Se inclinó levemente en lo que parecía una reverencia.
—Es un honor… enfrentarme a una caballera de tu renombre.
Kaerys no respondió.
Solo lo observaba con frialdad absoluta.
Gorath continuó, su tono casi ceremonial: —Tu fama precede tu presencia.
La Dama que convierte el campo de batalla en un cementerio helado.
La que no conoce la piedad.
La que… BOOM.
Otra explosión cortó sus palabras.
Una esfera de fuego comprimido pasó junto a Kaerys, explotando contra un árbol cercano.
El tronco se desintegró en astillas ardientes.
Kaerys se giró hacia la dirección del ataque.
Y ahí estaba él.
Sevrak Ignivar.
De pie sobre una roca elevada, con las manos rodeadas de fuego comprimido que giraba y chisporroteaba como pequeños soles.
Su sonrisa arrogante brillaba bajo la luz de las llamas.
—¡Qué aburrido!
—gritó con diversión—.
¡Gorath, deja el maldito discurso para después!
Gorath se giró hacia él, con voz ofendida: —¡Sevrak!
¡Eso es de mala educación!
¡Estaba saludando a nuestra oponente como se debe!
Sevrak estalló en carcajadas.
—¡¿Mala educación?!
¡Estamos en una misión de exterminio, idiota!
¡No en un maldito duelo de honor!
Lanzó otra esfera.
Kaerys la esquivó con un movimiento fluido.
Gorath suspiró profundamente, con tono resignado: —Nunca entenderás el valor del respeto en combate… Levantó su mazo de nuevo.
—Pero está bien.
Continuemos.
Kaerys apretó la empuñadura de su sable.
Sus ojos brillaban con frialdad mortal.
Dos contra una.
Bien.
Que así sea.
El hielo comenzó a formarse bajo sus pies.
Mientras tanto, en otra parte del bosque… Sheska y Lyra observaban desde su escondite.
Y entonces la vieron.
Seris Ignivar.
Caminaba con confianza arrogante por el camino, con las manos rodeadas de llamas naranjas que danzaban entre sus dedos.
Su cabello rojo oscuro se movía con el viento.
Sus ojos naranjas brillaban con anticipación.
Lyra susurró: —Ahí está.
Sheska tragó saliva.
—¿Estás lista?
Lyra asintió.
—Vamos.
Taren salió de su escondite.
Se plantó directamente en el camino de Seris.
Seris se detuvo.
Lo miró de arriba abajo.
Y sonrió con desprecio.
—Ah.
Tú.
Inclinó la cabeza ligeramente, como si tratara de recordar.
—El chico de la última vez.
El que apenas podía seguirme el ritmo.
Se rio.
—No quiero perder mi tiempo contigo, niño.
Voy por la Dama de Hielo.
Apártate.
Taren no se movió.
—No.
Seris frunció el ceño.
—¿Perdón?
Taren activó su magia.
Su cuerpo se cubrió de un brillo tenue—maná fluyendo por sus músculos.
Adoptó una postura de combate.
—Dije que no.
Seris lo miró fijamente.
Luego soltó una risa seca.
—Valiente.
Estúpido, pero valiente.
Intentó caminar alrededor de él.
Taren se interpuso de nuevo.
Seris chasqueó la lengua con molestia.
—Apártate.
Taren negó con la cabeza.
Seris intentó ir por el otro lado.
Taren se movió de nuevo, bloqueando su camino.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Seris se detuvo.
Su expresión cambió.
La diversión desapareció.
Solo quedó irritación.
—Está bien.
Las llamas en sus manos se intensificaron.
—Si insistes en ser un obstáculo… te mataré primero.
Levantó ambas manos.
Y lanzó una llamarada masiva directamente hacia Taren.
Taren activó Impulso de inmediato.
Sus piernas explotaron con maná.
Se lanzó hacia un lado en un salto brutal, esquivando la llamarada por centímetros.
El calor era insoportable.
Sintió cómo la piel de su rostro se enrojecía.
Aterrizó rodando y se puso de pie de inmediato.
Seris no perdió tiempo.
Creó una bola de fuego del tamaño de su cabeza y la lanzó.
Taren saltó de nuevo.
La bola explotó contra el suelo donde había estado, creando un cráter pequeño.
Otra bola.
Otra.
Otra.
Taren esquivaba cada una, usando Impulso para moverse en ráfagas cortas y explosivas.
Pero no podía acercarse.
Seris lo mantenía a distancia con un bombardeo constante.
Necesito acercarme.
Si no puedo tocarla… no puedo ganar.
Esquivó otra llamarada.
Y entonces vio una apertura.
Seris estaba preparando otra bola de fuego.
Sus manos se movían en un patrón específico.
Ahora.
Taren se lanzó hacia adelante con todo el Impulso que pudo reunir.
El suelo bajo sus pies se agrietó.
Se movió como un rayo.
Directo hacia Seris.
Levantó el puño, cargado con maná explosivo.
Seris lo vio venir.
Sus ojos se abrieron apenas.
¿Tan rápido?
Reaccionó en el último segundo.
Giró la cabeza hacia un lado.
El puño de Taren pasó rozando su mejilla.
Apenas.
Un corte superficial apareció en su piel.
Una gota de sangre corrió por su rostro.
Taren aterrizó detrás de ella, jadeando.
Seris se tocó la mejilla.
Miró la sangre en sus dedos.
Y sonrió.
Una sonrisa verdadera.
Llena de emoción.
—Oh… tal vez sí me des algo de diversión después de todo.
Su maná explotó.
Las llamas a su alrededor se intensificaron, pasando de naranja a un rojo profundo.
Taren sintió cómo el aire se volvía sofocante.
—Ahora… —dijo Seris, con los ojos brillando— …vamos a jugar en serio.
Cambió su postura.
Y comenzó a acercarse.
Taren parpadeó.
¿Está… acortando la distancia?
Seris imbuyó sus puños con fuego.
Las llamas envolvieron sus manos como guantes incandescentes.
Y se lanzó.
Combate cuerpo a cuerpo.
Taren no esperaba esto.
Levantó los brazos para bloquear.
El primer golpe llegó.
El impacto fue brutal.
El fuego quemó la piel de sus antebrazos.
—¡AGH!
Taren retrocedió, tambaleándose.
Seris no se detuvo.
Lanzó otro golpe.
Taren lo esquivó por los pelos.
Otro.
Este lo bloqueó con el hombro, usando Impulso para reforzar la zona.
La quemadura fue instantánea.
El dolor era cegador.
—¡MIERDA!
No podía seguirle el ritmo.
Era demasiado rápida.
Demasiado fuerte.
Y cada golpe… Cada maldito golpe quemaba.
Bloqueó otro puñetazo con el antebrazo.
Esquivó otro por centímetros.
Reforzó su costado justo a tiempo para recibir una patada.
El fuego dejó marcas de quemaduras incluso a través del refuerzo.
No puedo… no puedo con esto… Pero no podía rendirse.
Si caigo… Lyra y Sheska estarán solas.
No puedo fallar.
¡No otra vez!
Apretó los dientes y siguió peleando.
Arel seguía esperando.
Escuchaba las explosiones a lo lejos.
El combate de Kaerys.
El combate de Taren.
Su corazón latía con fuerza.
Quiero ayudar.
Quiero ir con Kaerys.
Pero primero… Algo no estaba bien.
Los enemigos habían aparecido separados.
No juntos.
Eso no tenía sentido.
A menos que… Sea una trampa.
Su instinto le gritaba que algo andaba mal.
Y entonces lo sintió.
Un escalofrío.
Frío.
Antinatural.
Se giró.
Y ahí estaba.
Mordrin Umbralis.
Surgiendo de las sombras directamente detrás de él.
El cuchillo ya en movimiento.
Directo hacia su espalda.
Arel reaccionó por puro instinto.
Se lanzó hacia adelante, rodando.
El cuchillo cortó el aire donde había estado su espalda un segundo antes.
Arel se puso de pie de inmediato, con la espada desenfundada.
Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos.
Por poco.
Por muy poco.
Mordrin aterrizó con gracia, observándolo con esos ojos amarillos reptilianos.
—Bastante rápido.
Se incorporó lentamente.
—Pero velocidad no es suficiente, niño.
Giró el cuchillo entre sus dedos con maestría.
—La última vez tuviste suerte.
Nada más.
Su voz era suave.
Casi un susurro.
Pero llena de veneno.
Arel no respondió.
Su mente trabajaba a mil por hora.
Sabía que estaba aquí.
Me encontró sin esfuerzo.
¿Cómo?
¿Su magia le permite detectar personas?
¿O…?
No tuvo tiempo de pensar más.
Mordrin desapareció.
Se fusionó con las sombras del suelo.
Y reapareció a la izquierda de Arel.
El cuchillo cortó hacia su cuello.
Arel lo bloqueó con la espada.
CLANG.
El impacto hizo vibrar sus brazos.
Mordrin desapareció de nuevo.
Reapareció a la derecha.
Ataque al costado.
Arel se giró y lo bloqueó.
CLANG.
Otra vez.
Desde atrás.
Arel saltó hacia adelante, esquivando.
Otra.
Desde arriba.
Arel levantó la espada justo a tiempo.
CLANG.
El ritmo era frenético.
Mordrin atacaba desde todos los ángulos.
Aparecía y desaparecía como un fantasma.
—¿Por qué no usas tu hechicería?
—preguntó Mordrin con tono burlón mientras desaparecía de nuevo—.
¿O acaso no sabes cómo?
Arel no respondió.
Estaba concentrado.
Cada ataque.
Cada movimiento.
No puedo distraerme.
Si bajo la guardia un segundo… Moriré.
Mordrin lo notó.
Y se irritó.
—¡RESPÓNDEME!
Su siguiente ataque fue más violento.
Más rápido.
Arel apenas lo bloqueó.
El impacto lo hizo retroceder varios pasos.
—¡Estás empezando a molestarme, niño!
Mordrin aumentó el ritmo.
Los ataques venían más rápido.
Más fuertes.
Arel esquivaba.
Bloqueaba.
Paraba los cortes con la espada.
Pero la presión era constante.
Es rápido.
Muy rápido.
Pero… Arel recordó los entrenamientos.
Yuren moviéndose a velocidades que apenas podía ver.
Kaerys atacando con precisión quirúrgica.
Comparado con ellos… Mordrin es… manejable.
No era fácil.
Para nada.
Pero tampoco era imposible.
Arel lo estaba siguiendo.
Apenas.
Pero lo estaba siguiendo.
Necesito un momento.
Una apertura.
Un solo golpe limpio.
Decidió cambiar de táctica.
Pasó a la ofensiva.
Comenzó a atacar.
Mordrin se sorprendió apenas.
—¿Ahora sí decides pelear?
Bloqueó el primer corte de Arel.
Esquivó el segundo.
Desapareció antes del tercero.
Reapareció detrás de Arel.
Pero Arel ya se estaba girando.
Sus espadas chocaron.
CLANG.
Se separaron.
Arel atacó de nuevo.
Mordrin se movió entre las sombras.
Esquivaba.
Desaparecía.
Reaparecía.
—¡Eres escurridizo, lo admito!
—gritó Arel con frustración.
Mordrin se rio.
—Las sombras son mi hogar, niño.
Aquí soy invencible.
Arel apretó los dientes.
Necesito sacrificar algo.
Si sigo así… no llegaré a ningún lado.
Tomó una decisión.
Se quedó quieto.
Bajó la guardia.
Ligeramente.
Lo suficiente para ser una apertura.
Mordrin lo vio de inmediato.
Sus ojos brillaron.
Un error.
Se lanzó.
Directo hacia Arel.
El cuchillo cortó el aire.
Directo hacia su pecho.
Y en el último segundo… Arel se movió.
Apenas.
El cuchillo le hizo un corte en el hombro izquierdo.
Superficial.
Pero ahí.
La sangre brotó de inmediato.
Pero Arel no gritó.
No retrocedió.
En cambio… Giró la espada.
Y cortó.
El filo atravesó la ropa de Mordrin.
Y le hizo un tajo en el mismo hombro.
Superficial.
Pero ahí.
Mordrin retrocedió de inmediato, con los ojos abiertos.
Se tocó el hombro.
Sangre.
Miró a Arel con incredulidad.
—¿Acabas de… sacrificarte para atacarme?
Arel no respondió.
Solo lo observaba con expresión seria.
El dolor en su hombro pulsaba.
Pero lo ignoró.
Comenzó a fluir maná lentamente hacia la herida.
Deteniendo el sangrado.
Mitigando el dolor.
Sanando poco a poco.
Mordrin se rio.
Una risa seca.
Casi de admiración.
—Estás loco.
Completamente loco.
Se incorporó.
—Pero… es buena estrategia.
Teniendo velocidades similares… y siendo ambos capaces de esquivar… sacrificar para atacar es efectivo.
Giró el cuchillo.
—Bien jugado, niño.
Y desapareció de nuevo.
Arel se tensó.
Aquí viene.
El dolor en su hombro era constante.
Estaba usando maná para sanarlo lentamente.
Pero eso significaba dividir su concentración.
No puedo alargar esto.
Mientras más dure… Más maná gasto.
Y más heridas acumulo.
Tengo que acabar con esto.
Rápido.
Las sombras a su alrededor se movieron.
No sabía de dónde saldría.
Adelante.
Atrás.
Izquierda.
Derecha.
Todas las sombras parecían vivas.
Arel se quedó inmóvil.
Esperando.
Y entonces… Sintió un movimiento.
A la izquierda.
Se preparó.
Pero fue un engaño.
Mordrin salió desde atrás.
¡Maldición!
En el último segundo, Arel concentró maná en su costado izquierdo.
Reforzando la zona.
El cuchillo penetró.
Directamente en su abdomen.
El dolor fue cegador.
—¡ARGH!
Pero Arel no retrocedió.
En cambio… Soltó la espada con su mano derecha.
Y agarró el brazo de Mordrin.
Con fuerza brutal.
Canalizando maná en su agarre.
Mordrin trató de zafarse.
—¡¿Qué…?!
Pero Arel no lo soltó.
Sus dedos se clavaron en el brazo de Mordrin como garras de acero.
Sus ojos se encontraron.
Arel estaba lleno de pánico.
De miedo.
Sus manos temblaban.
Pero no lo soltó.
No puedo soltarlo.
Si lo suelto… Me matará.
Con su mano libre, agarró a Mordrin por el pecho.
Y lo derribó.
Ambos cayeron al suelo.
Mordrin abajo.
Arel encima.
Y entonces… Arel comenzó a golpear.
Puño tras puño.
Directo al rostro de Mordrin.
Canalizando maná en cada golpe.
¡CRACK!
El primer golpe rompió la máscara de cuero.
¡CRACK!
El segundo golpe conectó en la mandíbula.
¡CRACK!
El tercero en la nariz.
Arel estaba extasiado.
No pensaba.
Solo atacaba.
Puro instinto de supervivencia.
Un golpe.
Otro.
Otro.
La sangre salpicaba.
De Mordrin.
De Arel.
No sabía de quién.
No le importaba.
Solo… Sobrevivir.
Tengo que sobrevivir.
¡TENGO QUE SOBREVIVIR!
¡CRACK!
Otro golpe.
Mordrin gritó.
Y usó las sombras.
Se fusionó con ellas.
Escapando del agarre de Arel.
Reapareciendo varios metros atrás.
Arel se quedó arrodillado en el suelo, jadeando.
Su rostro estaba salpicado de sangre.
Sus manos temblaban.
Miró hacia abajo.
La herida en su costado sangraba.
Mucho.
Rápidamente comenzó a fluir maná hacia ella.
Deteniendo el sangrado.
Era superficial gracias al refuerzo.
Pero ahí estaba.
Al igual que la del hombro.
Dos heridas.
Agotamiento.
Maná dividiéndose entre sanar y pelear.
Estoy… cansado.
Mordrin se puso de pie lentamente.
Su rostro estaba destrozado.
La nariz rota.
Labios partidos.
Sangre corriendo por todas partes.
Respiraba con dificultad.
—Maldito… niño… Tomó su espada del suelo.
Las sombras a su alrededor comenzaron a elevarse.
No sabía de cuál saldría.
El miedo lo consumió.
Comenzó a mirar a todas partes.
Izquierda.
Derecha.
Atrás.
Adelante.
No sé de dónde vendrá.
No sé… ¡NO SÉ!
El pánico lo envolvió como una manta asfixiante.
Varias sombras se alzaron simultáneamente.
Altas.
Oscuras.
Amenazantes.
De cualquiera podría salir.
De cualquiera… Su respiración se aceleró.
Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener la espada.
Voy a morir.
Voy a morir aquí.
Voy a… Y entonces… Mordrin salió.
Desde el costado derecho.
Arel casi tropezó.
Sus piernas fallaron.
Pero en el último segundo… El instinto de supervivencia tomó control.
Con ambas manos agarró la empuñadura de su espada.
Dejó de poner maná en sus heridas.
Reforzó todo su abdomen.
No sabía dónde impactaría la apuñalada.
Así que reforzó todo.
Y puso maná en sus piernas.
Se lanzó hacia adelante.
Directo hacia Mordrin.
Lleno de miedo.
De terror absoluto.
Pero corriendo de todas formas.
Mordrin vio la intención.
Reaccionó bien.
Pero… Ya es tarde.
Ambos iban a impactarse.
No había escapatoria.
Mordrin levantó el cuchillo.
Arel levantó la espada.
Y se apuñalaron mutuamente.
El cuchillo de Mordrin penetró el abdomen de Arel.
La espada de Arel atravesó el pecho de Mordrin.
Silencio.
Absoluto.
Ambos se quedaron inmóviles.
Conectados por sus armas.
Segundos.
Que parecieron eternos.
Arel sentía el dolor.
Agudo.
Profundo.
Pero distante.
Como si no fuera real.
Mordrin jadeaba.
Su respiración era errática.
Burbujas de sangre salían de su boca.
Se miraron a los ojos.
Y lentamente… Se separaron.
Arel dio un paso atrás.
Tambaleándose.
Mordrin cayó de rodillas.
La herida en su pecho era grande.
Profunda.
Mortal.
Arel apenas podía mantenerse de pie.
Había perdido mucha sangre.
Su visión se nublaba.
Tengo que… sanar… Comenzó a fluir maná hacia sus heridas.
Lentamente.
El sangrado se detuvo.
Respiró con dificultad.
Y miró a Mordrin.
Directo a los ojos.
Con una expresión de… Compasión.
Mordrin lo vio.
Y en sus ojos… No había furia.
No había odio.
Solo… Resignación.
Y algo más.
Decepción.
—Acaba… con mi vida… —susurró Mordrin con voz ronca.
Arel parpadeó.
¿Qué?
La realidad lo golpeó como un martillo.
Tendría que matarlo.
Tendría que… Acabar con su vida.
La sangre.
El dolor.
La adrenalina.
Todo había nublado su mente.
Pero ahora… Ahora lo veía con claridad.
Esto es una guerra.
Y en las guerras… La gente muere.
Y yo… Yo tendría que ser el que… Negó con la cabeza.
—No.
Su voz salió quebrada.
—No lo haré.
Dio un paso hacia adelante.
—Te… te capturaré.
Te llevaré como prisionero.
Pero no voy a… Mordrin lo miró.
Y sonrió.
Una sonrisa triste.
Decepcionada.
—Eres una pérdida.
Tosió sangre.
—Peleas como un hombre… pero hablas como un niño.
Hizo una pausa, jadeando.
—Reacciona… estás en una guerra… no en un paseo.
Arel sintió cómo algo se apretaba en su pecho.
Tiene razón.
Estoy en una guerra.
Esto es real.
Pero yo… Yo no soy un asesino.
—No —dijo con voz firme—.
No voy a matarte.
Voy a curarte.
Y te llevaré como prisionero.
Dio otro paso.
—No soy un asesino.
Mordrin lo miró fijamente.
Y se rio.
Una risa seca.
Amarga.
—De verdad… eres una decepción.
Levantó su cuchillo lentamente.
—Pero no dejaré… que me captures… como prisionero.
Arel frunció el ceño.
—¿Qué…?
Y entonces… Mordrin se llevó el cuchillo al cuello.
Los ojos de Arel se abrieron de golpe.
—¡NO!
Se lanzó hacia adelante.
Pero fue demasiado tarde.
Mordrin cortó.
Rápido.
Preciso.
La sangre brotó de inmediato.
Su garganta se abrió en un tajo limpio.
—Mi muerte… es resultado de ti… —dijo Mordrin con voz entrecortada, mientras la sangre corría por su cuello—.
Jamás… olvides eso… Sonrió.
Una sonrisa maliciosa.
Llena de veneno.
Y se dejó caer.
Arel llegó demasiado tarde.
Se arrodilló junto a él.
—¡NO, NO, NO!
Puso las manos sobre la herida.
Trató de detener el sangrado.
Pero era demasiado profundo.
Demasiado rápido.
La sangre corría entre sus dedos.
Caliente.
Pegajosa.
—¡NO!
¡ESPERA!
Canalizó maná.
Trató de sanar.
Pero no podía.
Era demasiado.
Los ojos de Mordrin se apagaron.
Lentamente.
Su respiración se detuvo.
Y se quedó inmóvil.
Muerto.
Arel se quedó arrodillado.
Con las manos cubiertas de sangre.
Mirando el cuerpo sin vida frente a él.
No.
No, no, no.
Esto no puede estar pasando.
Las palabras de Mordrin resonaban en su mente.
“Mi muerte es resultado de ti.” “Jamás olvides eso.” Arel miró sus manos.
Temblaban.
Cubiertas de sangre.
Yo… yo lo maté.
Yo provoqué esto.
Si no hubiera… Si hubiera… Las lágrimas comenzaron a brotar.
—No… no quería… Su voz se quebró.
—Yo no… yo solo… Se cubrió el rostro con las manos ensangrentadas.
—¡NO QUERÍA ESTO!
Gritó.
Un grito desgarrador.
Lleno de dolor.
De culpa.
De horror absoluto.
—¡YO NO SOY UN ASESINO!
Pero la realidad era innegable.
El cuerpo de Mordrin yacía frente a él.
Sin vida.
Por su culpa.
Lo maté.
Maté a alguien.
Yo… El llanto lo consumió.
Se dejó caer sobre sus rodillas.
Llorando.
Sollozando.
Con las manos aún cubiertas de sangre.
Perdóname.
Perdóname, mamá.
Esto no es lo que me enseñaste.
Esto no es… No es lo que soy.
¡No es lo que quiero ser!
Pero no había vuelta atrás.
No podía deshacer lo que había hecho.
No podía traerlo de vuelta.
Mordrin estaba muerto.
Y Arel… Arel era el responsable.
Se quedó ahí.
Arrodillado.
Llorando.
Mientras la sangre de Mordrin se mezclaba con sus lágrimas.
Y el peso de lo que había hecho… Se asentaba sobre sus hombros.
Para siempre.
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