El caballero del Vacío - Capítulo 2
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2: El Valle del Este.
2: El Valle del Este.
Capitulo 2 Pasaron varios días.
El caballero herido ya podía sostenerse por sí mismo.
El corte había cerrado lo suficiente como para no volver a sangrar al menor movimiento, y aunque su respiración seguía siendo pesada, la muerte había quedado atrás.
Arel no se apartó de él durante ese tiempo.
Cambió vendajes, vigiló la fiebre, contó latidos en silencio.
Dormía poco.
La mañana del viaje llegó sin ceremonia.
El sol apenas despuntaba cuando los caballeros comenzaron a preparar sus monturas.
La posada estaba en silencio, como si el lugar mismo entendiera que algo terminaba.
Arel ajustó la pequeña bolsa que llevaba al hombro.
No tenía mucho: algunas telas limpias, un frasco de aguardiente, un cuchillo sencillo, pan seco.
Lo necesario para no sentirse inútil.
Edrik Halegard lo observaba desde la puerta.
No dijo nada al principio.
Solo se acercó y apoyó una mano pesada en el hombro del muchacho.
—No te voyas creyendo invencible —dijo finalmente—.
Vuelve cuando puedas.
Arel asintió.
—Volveré —respondió—.
Se lo prometo.
Edrik no pidió más.
Fue entonces cuando Elin se acercó.
Había esperado a que los demás se alejaran un poco.
Su expresión era tranquila, pero sus manos se movían con nerviosismo, entrelazando los dedos una y otra vez.
—Arel… —dijo en voz baja.
Él se giró hacia ella.
—Gracias —continuó—.
Por quedarte.
Por ayudar.
Hizo una pausa breve.
—Por salvarme, hace dos meses.
Arel negó con la cabeza, incómodo.
—Solo era una infección —murmuró—.
Nada grave.
Elin sonrió apenas.
—Para mí sí lo fue.
Se acercó un paso más.
El silencio entre ambos se volvió espeso, extraño.
Elin alzó los brazos y lo rodeó con cuidado, como si temiera romper algo frágil.
Arel se quedó rígido un instante, sin saber qué hacer, hasta que correspondió torpemente.
El abrazo fue más largo de lo que esperaba.
Cuando se separaron, Elin se inclinó y dejó un beso suave en su mejilla.
No fue rápido.
Tampoco inocente.
Fue cálido, meloso, lleno de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
Arel sintió el rostro arder.
—Yo… —intentó decir, pero no encontró palabras.
Elin sonrió, satisfecha.
—Cuídate —dijo—.
Y no te mueras, ¿sí?
Arel soltó una risa nerviosa.
—Haré lo posible.
Se giró antes de que el rubor lo delatara más.
Caminó hacia los caballeros con el corazón acelerado, sin atreverse a mirar atrás.
Montó por primera vez en su vida con manos temblorosas.
Cuando el grupo comenzó a avanzar, Arel apretó los dedos alrededor de las riendas y respiró hondo.
No sabía qué le esperaba.
Pero ya no estaba en la posada.
Ya no estaba a salvo.
Y aun así… no se arrepentía.
El camino se abrió frente a él.
Y con él, la guerra.
El camino se volvió estrecho tras dejar atrás el pueblo.
Los árboles crecían más juntos y el suelo, húmedo por el rocío, amortiguaba el sonido de los cascos.
Durante un buen rato nadie habló.
Solo se escuchaba el viento entre las ramas y el crujido del cuero y el metal al moverse.
Arel montaba en silencio, rígido, todavía poco acostumbrado al ritmo del caballo.
Sentía las miradas sobre él desde hacía rato, aunque nadie había dicho nada.
Fue uno de los caballeros quien rompió finalmente el mutismo.
—Muchacho —dijo desde un costado—.
No aceptaste venir por el reino.
Arel tensó los hombros.
Otro añadió, sin dureza, pero directo: —Ni por nosotros.
El que iba al frente levantó una mano, indicando calma, pero no negó lo dicho.
—Nos dimos cuenta —continuó—.
Cuando mencionamos el valle, tu rostro cambió.
Arel tragó saliva.
Durante unos segundos pensó en mentir, pero el traqueteo del camino y la forma en que lo observaban le hicieron saber que no valía la pena.
—Es verdad —admitió—.
No habría venido si no fuera por eso.
No hubo reproche.
Solo un asentimiento lento.
—¿Qué hay en ese valle?
—preguntó uno de los arqueros.
Arel bajó la mirada hacia las riendas.
—Mi familia… lo que queda de ella.
El silencio volvió, esta vez distinto.
Menos tenso.
—Mi madre murió hace ocho años —continuó, con la voz más baja—.
Era médica.
Todo lo que sé… lo aprendí de ella.
Sus dedos se cerraron ligeramente.
—Me enseñó a limpiar heridas, a reconocer infecciones, a no tener miedo a la sangre.
Decía que el miedo hace torpes las manos.
Nadie interrumpió.
—Mi padre… —añadió tras una breve pausa— no estuvo presente.
No explicó más.
—No sé dónde está.
Ni siquiera sé quién fue realmente.
El aire se volvió un poco más pesado, pero ninguno lo presionó.
—Después de que mi madre murió —prosiguió—, viví con unos vecinos, una pareja de ancianos.
Me cuidaron lo mejor que pudieron.
Pero yo sabía que no podía quedarme ahí para siempre.
Inspiró hondo.
—Mis abuelos viven cerca del valle.
Nunca los he visto, pero mi madre hablaba de ellos.
Pensé que… tal vez allí tendría respuestas.
Uno de los caballeros carraspeó.
—¿Y el pueblo?
Arel levantó un poco la vista.
—Llegué por casualidad.
Estaba cansado.
Sin dinero.
El tabernero me dio trabajo.
Hizo una pausa breve.
—Curé a su hija.
Una infección.
Si no la trataba, habría empeorado.
—Elin —dijo uno de ellos, recordando.
Arel asintió.
—Me dejaron quedarme.
Comí bajo su techo.
Pasé ahí mi cumpleaños.
No dijo más.
No hizo falta.
El que iba al frente exhaló lentamente.
—No suena a que huyeras —dijo—.
Suena a que estabas intentando no perderte.
El ambiente cambió.
Uno de los caballeros soltó una risa baja.
—Bueno… ya que vamos a compartir camino, será mejor que sepamos quién es quién.
Se giró hacia Arel.
—Yo soy Darian.
Espada y escudo.
El herido al que salvaste es Brom, y créeme, no deja de hablar de ti.
—El arquero es Iseck —añadió otro—.
No parece mucho, pero no falla.
—Y yo soy Havel —dijo el que lideraba—.
Mientras estemos juntos, haré lo posible por traerte de vuelta con vida.
Arel los miró uno por uno.
Por primera vez desde que salió del pueblo, aflojó un poco los hombros.
—Arel Herwyn —dijo—.
Gracias… por no obligarme.
Havel sonrió apenas.
—No obligamos a quien ya decidió.
Los caballos siguieron avanzando.
El camino aún era largo, la guerra seguía esperándolos, pero por ese momento, entre árboles y polvo, Arel no iba solo.
Y eso… hacía toda la diferencia.
Avanzaron un poco más antes de que Arel se atreviera a hablar.
—Cuando entraron a la posada… —dijo con cautela— dijeron que venían de una emboscada.
Havel giró apenas la cabeza, lo suficiente para saber que Arel hablaba en serio.
—Así fue.
—¿Quién los atacó?
—preguntó—.
No parecían bandidos comunes.
Los caballeros intercambiaron miradas breves.
Darian fue el primero en responder.
—El reino está en una situación delicada —dijo—.
Más de lo que el pueblo cree.
Arel frunció el ceño.
—¿Guerra?
Havel asintió.
—Oriana declaró la guerra a Aorion —dijo sin rodeos—.
Pero aún no es pública.
—El Consejo decidió mantenerlo en silencio mientras se movilizan tropas.
—Si el pueblo lo supiera ahora —añadió Iseck—, habría pánico.
Huida.
Caos.
Arel apretó las riendas.
—Entonces… ¿ustedes?
—Avanzábamos para asegurar rutas —respondió Havel—.
Reconocimiento, protección de aldeas.
Nada glorioso.
Darian escupió al costado del camino.
—Hasta que nos atacaron.
Arel los miró con atención.
—¿Soldados de Oriana?
Brom, que cabalgaba más atrás, soltó una risa seca.
—Eso creemos.
—¿Creen?
—repitió Arel.
Havel guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Eran pocos —dijo finalmente—.
Demasiado pocos para una patrulla formal.
—No llevaban estandartes —añadió Darian—.
Ni insignias visibles.
—Vestían de blanco —continuó Iseck—.
Telas claras, incluso sucias por el camino, pero blancas.
No era práctico para una emboscada.
Arel sintió un escalofrío leve.
—¿Y sus armas?
—Comunes —respondió Havel—.
Espadas, cuchillas cortas.
Nada que no hayamos visto antes.
—Lo extraño no eran las armas —dijo Brom, con voz grave—.
Eran ellos.
Los demás asintieron.
—Tenían marcas —explicó Darian—.
Sellos, tatuajes.
Líneas y símbolos que no reconocimos.
—En el cuello, los brazos… incluso el rostro —añadió Iseck—.
No parecían decorativos.
—¿Magia?
—preguntó Arel con cautela.
Havel negó con la cabeza.
—Si era magia, no era de la que conocemos.
Brom apretó los dientes.
—Se movían raro —dijo—.
No como soldados.
—Avanzaban sin miedo.
Sin dudar.
Como si el dolor no importara.
—Uno siguió atacando incluso después de recibir un corte mortal —añadió Darian—.
Cayó solo cuando el cuerpo ya no respondió.
El silencio volvió a caer sobre el grupo.
—Creemos que eran de Oriana —dijo finalmente Havel—.
Alguna fuerza irregular.
Fanáticos, quizá.
Arel bajó la mirada.
—¿Y si no lo eran?
Havel lo miró de reojo.
—Entonces estamos lidiando con algo que aún no entendemos.
El viento sopló entre los árboles, haciendo crujir las ramas.
—Por eso el reino no quiere que esto se sepa —continuó—.
Una guerra abierta ya es suficiente problema.
—Un enemigo desconocido… eso rompe a la gente.
Arel no respondió.
En su mente, sin saber por qué, apareció la imagen de manos marcadas, de símbolos que no curaban, de miradas vacías.
El camino siguió adelante.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, todos sintieron lo mismo: esa emboscada no había sido un simple ataque.
La noche los alcanzó antes de que nadie lo dijera en voz alta.
Havel levantó el puño y el grupo se detuvo.
El camino ya no ofrecía ventaja alguna en la oscuridad, y los caballos comenzaban a mostrar cansancio.
—Aquí —ordenó—.
Descansamos.
No encendieron fuego grande.
Solo una pequeña llama protegida entre piedras, lo justo para calentar las manos y ahuyentar el frío.
Darian e Iseck tomaron la primera guardia; el resto se acomodó cerca de los caballos, envueltos en capas y mantas gastadas.
Arel se sentó un momento, observando cómo la noche se cerraba a su alrededor.
El bosque parecía distinto cuando no había sol: más profundo, más antiguo.
Se recostó finalmente, con la cabeza apoyada contra la silla de montar, y cerró los ojos.
El cansancio lo tomó rápido.
Demasiado rápido.
Estaba en una habitación que conocía.
Pequeña.
Oscura.
Con el olor familiar de hierbas secándose y telas limpias.
Arel estaba acostado, envuelto en mantas, el cuerpo pesado por el sueño.
No podía moverse, pero podía ver.
La puerta estaba entreabierta.
Su madre estaba de pie, de espaldas a la cama, hablando en voz baja con alguien más.
Su postura era tensa, como si cada palabra pesara más de lo que debía.
Frente a ella, medio oculto por la sombra, estaba un hombre.
Alto.
Quieto.
Su figura apenas se recortaba contra la oscuridad del pasillo.
Arel no podía ver su rostro con claridad; la luz no llegaba hasta allí.
Solo distinguía el contorno de sus hombros, la forma de su cabeza, el modo en que mantenía las manos juntas, como si se estuviera despidiendo.
No escuchaba lo que decían.
Las palabras se perdían, ahogadas, como si el sueño se negara a dejarle oírlas.
El hombre dio un paso atrás.
Antes de irse, giró ligeramente la cabeza.
Por un instante, la luz rozó su rostro lo suficiente para que Arel pudiera verlo… solo un poco.
No lo suficiente para reconocerlo del todo, pero sí para notar algo que siempre se repetía en ese recuerdo.
El hombre miraba hacia la cama.
Hacia él.
Y sonreía.
No era una sonrisa triste.
No era una sonrisa culpable.
Era cálida.
Sincera.
Llena de una felicidad silenciosa, como si aquel momento, incluso al irse, fuera suficiente.
Luego, la sombra lo reclamaba de nuevo.
La puerta se cerraba sin ruido.
Arel despertó de golpe.
El fuego seguía encendido.
El bosque seguía allí.
Darian caminaba lentamente alrededor del campamento, lanza en mano.
Se llevó una mano al pecho, respirando hondo.
No había palabras en su mente.
Nunca las había.
Solo esa imagen persistente: la sonrisa, la oscuridad, la sensación de que algo importante se le escapaba cada vez que intentaba recordarlo mejor.
Cerró los ojos otra vez.
Esta vez, sin sueños.
Y mientras la noche avanzaba, el recuerdo quedó ahí, esperando… como siempre.
Arel no volvió a dormir.
Permaneció recostado, con la mirada fija en el cielo apenas visible entre las ramas.
El recuerdo seguía ahí, insistente, como una imagen que no terminaba de disiparse con la vigilia.
La sonrisa.
Siempre la sonrisa.
No importaba cuántas veces regresara a ese recuerdo, nunca lograba escuchar las palabras.
Nunca podía ver del todo el rostro.
Solo esa expresión tranquila, dirigida hacia él, como si su padre hubiera sabido que Arel estaba mirando… incluso dormido.
Eso era lo que más lo inquietaba.
No tristeza.
No enojo.
Una calma que no entendía.
Cuando el cielo empezó a aclararse, Havel dio la orden de levantarse.
Las guardias se relevaban, las mantas se sacudían, los caballos eran preparados sin demasiadas palabras.
Arel se incorporó con lentitud.
El cansancio no estaba en su cuerpo, sino más adentro.
Como si algo se hubiera removido durante la noche.
—No gritaste —comentó Darian mientras ajustaba su armadura—.
Pensé que tenías pesadillas.
Arel negó con la cabeza.
—No fue una pesadilla.
Darian lo observó un instante, pero no preguntó más.
Partieron poco después.
El camino retomó su ritmo, pero Arel iba más callado que el día anterior.
Su mirada se perdía a ratos entre los árboles, como si buscara algo que no sabía nombrar.
Cada sonido le parecía más nítido.
El roce del viento, el crujir de ramas lejanas, incluso el latido en sus oídos.
No era miedo… era atención.
Como si el mundo se hubiera vuelto ligeramente más cercano.
Havel notó el cambio.
—¿Todo bien?
—preguntó sin girarse.
Arel dudó antes de responder.
—Sí —dijo—.
Solo… recordé algo.
—Los recuerdos suelen aparecer cuando el camino se alarga —respondió Havel—.
No siempre es mala señal.
Arel asintió, aunque no estaba seguro.
Mientras avanzaban, su mano fue inconscientemente al pecho, justo donde había sentido el peso al despertar.
No había herida.
No había marca.
Pero la sensación persistía.
Una certeza vaga, incómoda.
Ese recuerdo no había terminado de mostrarse.
Y por primera vez, Arel tuvo la sensación de que no era él quien lo estaba recordando… sino que el recuerdo lo estaba esperando.
El sol terminó de alzarse entre los árboles.
El viaje continuó.
Y con cada paso, Arel se alejaba un poco más del pueblo… y un poco menos de aquello que aún no entendía.
El camino se estrechó de nuevo al cruzar una zona más rocosa.
El suelo estaba cubierto de grava suelta y raíces expuestas que obligaban a avanzar con cuidado.
Uno de los caballos resbaló.
No fue una caída violenta, pero el animal perdió el equilibrio y relinchó con fuerza, levantando polvo y piedras.
Brom tiró de las riendas, intentando estabilizarlo, pero el terreno cedió un poco más de lo esperado.
Arel reaccionó antes de pensar.
Extendió la mano, instintivamente, como si pudiera sujetar el aire mismo.
No ocurrió nada visible.
No hubo luz.
No hubo sonido.
El caballo recuperó el equilibrio por sí solo, con un golpe seco de las patas contra la tierra firme.
—Mal terreno —gruñó Brom, palmeando el cuello del animal.
Los demás siguieron avanzando.
Arel se quedó inmóvil un segundo más.
Retiró la mano lentamente y la observó.
Los dedos le temblaban apenas, no por miedo, sino por una sensación extraña, como un eco que se disipaba demasiado rápido.
Un calor leve le recorría la palma.
Tan débil que podría haber sido su imaginación.
—¿Viste algo?
—preguntó Iseck desde atrás.
Arel negó de inmediato.
—No.
Siguieron adelante.
Pero durante el resto del trayecto, Arel mantuvo la mano cerrada, como si temiera que, al abrirla, algo pudiera escapar… o responder.
Y aunque nadie lo notó, el suelo bajo sus pasos parecía un poco más firme allí donde él avanzaba.
Solo un poco.
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