El caballero del Vacío - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- El caballero del Vacío
- Capítulo 20 - 20 Cuando el alma se quiebra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Cuando el alma se quiebra 20: Cuando el alma se quiebra Capítulo 20 Taren no podía más.
Su cuerpo gritaba de dolor.
Cada músculo.
Cada nervio.
Todo ardía.
Las quemaduras cubrían sus brazos, su pecho, sus piernas.
Ligeras gracias a su hechicería de Impulso que lo hacía más resistente al daño, pero ahí estaban.
Rosas.
Rojas.
Algunas empezando a ampollarse.
El olor a carne quemada llenaba el aire.
Su propia carne.
Jadeaba con dificultad.
Sus piernas temblaban.
Ya no estaba peleando.
Estaba sobreviviendo.
Apenas.
Y Seris… Seris ni siquiera estaba cansada.
Se reía.
Una risa alta.
Burlona.
Llena de desprecio absoluto.
—¿Eso es todo?
—dijo con diversión, girando alrededor de Taren como un depredador acechando a su presa—.
¿Ya te cansaste, juguete?
Lanzó otro puñetazo envuelto en llamas.
Taren lo bloqueó con el antebrazo.
El fuego quemó su piel de nuevo.
—¡AGH!
Cayó de rodillas.
Seris se rio más fuerte.
—Qué decepcionante.
Y yo que pensé que me darías un poco más de diversión.
Se detuvo frente a él, mirándolo desde arriba con esos ojos naranjas brillantes.
—Pero supongo que ya me divertí lo suficiente.
Su expresión cambió.
La diversión desapareció.
Solo quedó frialdad.
—Es hora de terminar esto.
Levantó ambas manos.
Y su maná explotó.
WHOOOOSH.
El aire se volvió sofocante de inmediato.
El calor aumentó brutalmente.
Como si estuvieran dentro de un horno.
Y entonces… Apareció.
Un halo de fuego.
Girando alrededor de Seris como un anillo incandescente.
Las llamas se movían con vida propia, danzando y chisporroteando.
El calor que emanaban era tan intenso que el pasto bajo los pies de Seris se carbonizó instantáneamente.
Taren sintió cómo el aire se le atascaba en los pulmones.
No podía respirar.
El calor era demasiado.
Miró el halo.
Y entendió.
Nunca tuve oportunidad.
Nunca.
Solo estaba… jugando conmigo.
La desesperación lo envolvió como una manta pesada.
Seris lo miró con desprecio absoluto.
—¿Lo ves ahora?
—dijo con voz fría—.
Este es mi verdadero poder.
Hizo una pausa.
—Y tú… no eres nada comparado con esto.
Comenzó un monólogo.
Su voz era plana.
Despectiva.
Llena de veneno.
—Eres débil.
Patético.
Un soldado de quinta que ni siquiera puede rasguñarme sin ayuda.
Levantó una mano, y las llamas del halo se intensificaron.
—Muere sabiendo que nunca fuiste rival para mí.
Que solo fuiste… Pero se detuvo.
Porque Taren ya no la estaba mirando.
Tenía los ojos cerrados.
Su respiración era profunda.
Controlada.
Y su expresión… Era de concentración absoluta.
Taren estaba canalizando maná en sus piernas.
Todo lo que le quedaba.
Cada gota.
Su cuerpo brillaba levemente con energía.
Seris frunció el ceño.
¿Qué…?
¿Por qué de repente tiene esa confianza?
¿Acaso va a hacer un ataque suicida?
Lo observó con atención.
Y entonces sonrió.
—Valiente hasta el final, ¿eh?
Su maná aumentó aún más.
Las llamas del halo crecieron.
El calor se volvió insoportable.
—Bien.
Te concederé una muerte honorable.
Levantó ambas manos al cielo.
El fuego comenzó a concentrarse frente a ella.
Formando una ola.
Masiva.
Incandescente.
Como un tsunami de llamas puras.
Taren abrió los ojos.
Y esperó.
Vamos.
Un poco más.
Solo un poco… Seris sonrió con crueldad.
—¡MUERE!
Y entonces… —¡AHORA!
Un grito.
Desde los árboles a la derecha.
Seris giró la cabeza por instinto.
Y vio a Sheska.
Emergiendo de entre los arbustos.
Con tres cuchillos arrojadizos en la mano.
Los lanzó.
Uno tras otro.
Con precisión quirúrgica.
SHHK.
SHHK.
SHHK.
Los cuchillos cortaron el aire.
Seris reaccionó de inmediato.
Movió el cuerpo.
Esquivó el primero.
El segundo.
Pero el tercero… Le hizo un corte en el brazo izquierdo.
Superficial.
Pero ahí.
Otro cuchillo que no había visto le cortó la pierna.
Y otro le rozó la mejilla.
Seris retrocedió, tocándose la cara.
Sangre.
Miró a Sheska con furia.
—¿Eso es todo lo que tienes, rata?
¡Tienes pésima puntería!
Sheska sonrió.
Una sonrisa nerviosa.
Pero confiada.
Taren habló desde atrás, con voz ronca pero firme: —No tiene mala puntería.
Seris se giró hacia él.
—Sheska nunca falla sus blancos.
Seris frunció el ceño.
¿Qué?
Y entonces lo sintió.
Un mareo.
Leve.
Pero ahí.
El suelo bajo sus pies se movió.
No.
El suelo no se movía.
Era ella.
Perdiendo el equilibrio.
Miró sus brazos.
Las heridas.
Los cortes.
Y entendió.
Veneno.
Sus ojos se abrieron.
—Bastardos… Miró a Sheska con una mezcla de furia y… ¿respeto?
—Inteligentes.
Muy inteligentes.
Hizo una pausa, jadeando.
—Pero no lo suficiente.
Comenzó a elevar la temperatura de su cuerpo.
El aire a su alrededor se distorsionó por el calor.
—Puedo calentar mi cuerpo hasta el punto de calcinar el veneno en mi sangre.
¡No es suficiente para detenerme!
Pero el mareo aumentó.
Sus piernas temblaron.
¿Qué…?
¿Por qué es tan fuerte?
—No es… veneno común… —murmuró.
Sheska sonrió.
—Lo sé.
Seris apretó los dientes.
Elevó la temperatura aún más.
Su piel comenzó a enrojecerse.
El calor era brutal.
Todos lo sintieron.
Pero entonces… Algo cambió.
Su concentración falló.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
El halo de fuego disminuyó.
Las llamas a su alrededor se debilitaron.
Y en ese instante… ¡BOOM!
El suelo explotó.
No.
No explotó.
Vibró.
Con tanta violencia que se agrietó.
Se rompió.
Se fracturó como cristal.
Lyra había aparecido desde el otro lado.
Con ambas manos en el suelo.
Canalizando toda su magia de Resonancia.
Creando un terremoto localizado.
El suelo bajo los pies de Seris se hizo pedazos.
La tierra se abrió en grietas profundas.
Rocas volaron por los aires.
Seris perdió el equilibrio completamente.
Cayó de rodillas.
El halo desapareció.
Sus llamas se apagaron.
Su concentración se destrozó.
Ahora.
Taren lo vio.
La apertura.
Dos segundos.
Eso era todo lo que tenía.
Activó Impulso con todo lo que le quedaba.
Todo su maná.
Todo.
Sus piernas brillaron con luz blanca.
El suelo bajo sus pies se desintegró.
Y se lanzó.
Como un rayo.
Como una bala.
Tan rápido que apenas se veía.
Seris levantó la vista.
Y lo vio venir.
Sus ojos se abrieron con shock.
No.
¡NO!
Trató de levantar las manos.
De crear fuego.
De defenderse.
Pero era tarde.
Taren puso todo su maná restante en su puño derecho.
La energía se concentró.
Brillante.
Explosiva.
Y conectó.
¡CRACK!
El golpe impactó directamente en la mandíbula de Seris.
El sonido fue como un trueno.
Los ojos de Seris se pusieron en blanco.
Su cabeza se ladeó violentamente.
Y salió disparada.
Como una muñeca de trapo.
Atravesó un árbol.
CRASH.
Luego otro.
CRASH.
Y otro.
CRASH.
Finalmente se estrelló contra el suelo, rodando varios metros antes de detenerse.
Inmóvil.
Inconsciente.
Silencio.
Absoluto.
Taren cayó de rodillas.
Jadeando.
Temblando.
Sin maná.
Sin fuerza.
Pero vivo.
Sheska fue la primera en reaccionar.
—¿Lo… lo logramos?
—preguntó con voz incrédula.
Lyra corrió hacia el cuerpo de Seris.
Se arrodilló junto a ella.
Revisó su pulso.
Su respiración.
Y levantó el pulgar.
—Está inconsciente.
Fuera de combate.
Sheska gritó de alegría.
—¡SÍ!
¡LO LOGRAMOS!
Saltó de emoción, con los puños al aire.
Taren se quedó arrodillado, respirando pesadamente.
Lyra se acercó a él con una sonrisa cálida.
—Lo hiciste muy bien, Taren.
Resististe increíblemente.
Taren levantó la vista.
Y sonrió.
Cansado.
Pero genuino.
—Gracias… Lyra sacó algo de su morral.
Grilletes.
Pero no eran normales.
Eran de un metal verde oscuro, casi negro, con runas brillantes grabadas en la superficie.
Los sellos mágicos pulsaban con maná contenido.
Sheska los vio y abrió los ojos.
—Espera… ¿esos son grilletes de diamerita?
Lyra asintió mientras los colocaba en las muñecas de Seris.
—Sí.
Venían en los suministros del carro.
Cerró los grilletes con un clic metálico.
Las runas brillaron intensamente por un segundo, luego se calmaron.
—Al parecer el mando ya esperaba que hubiera enfrentamientos contra caballeros mágicos.
Sheska asintió lentamente.
—Tiene sentido.
Después de unos segundos de descanso, Taren se levantó con dificultad.
Se apoyó en un árbol para mantener el equilibrio.
—El plan funcionó muy bien —dijo con voz ronca pero satisfecha.
Miró a Lyra y Sheska.
—No importa qué tan fuerte sea el enemigo… siempre podremos con ellos si trabajamos como equipo.
Hubo un silencio.
Y entonces Sheska se rio.
—Wow, Taren.
No es común que digas algo tan inteligente.
Se ajustó los lentes con una sonrisa burlona.
—Y digno de un líder.
Lyra se rio también.
Una risa suave pero genuina.
Taren los miró a ambos.
Y se rio.
—Cállense.
Pero sonreía.
Lyra aseguró bien a Seris como prisionera.
Revisó los grilletes.
Estaban firmes.
Luego se acercó a Taren y comenzó a revisar sus heridas.
Las quemaduras eran numerosas.
Pero ninguna era profunda.
—Tienes suerte —dijo mientras aplicaba ungüento en su brazo—.
Tu hechicería te salvó de quemaduras de tercer grado.
Taren hizo una mueca de dolor.
—No se siente como suerte… Sheska se acercó también.
—¿Puedes caminar?
Taren asintió.
—Sí.
Estoy cansado, pero puedo moverme.
Lyra terminó de vendarle el brazo.
—Bien.
Porque tenemos que ir a buscar a Arel.
Los tres intercambiaron miradas.
Taren habló con voz seria: —De seguro necesitará ayuda.
Lyra asintió.
—La Dama de Hielo… es una Arconte.
Se las arreglará sola.
Miró hacia la dirección donde Arel había ido.
—Pero Arel… Sheska completó la oración: —Es su primera batalla real.
Silencio.
Todos entendieron.
Taren se incorporó completamente.
—Vamos.
Partieron hacia la dirección donde Arel había esperado.
El camino era corto.
Pero cada paso se sentía pesado.
A lo lejos podían escuchar las explosiones de Sevrak.
BOOM.
BOOM.
BOOM.
Constantes.
Violentas.
Sabían que las cosas estaban mal para Kaerys.
Pero primero necesitaban ver cómo estaba Arel.
Caminaron durante unos minutos.
El bosque estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Y entonces… Lo escucharon.
Un llanto.
Débil.
Quebrado.
Desgarrador.
Los tres se detuvieron.
Taren sintió cómo algo se apretaba en su pecho.
—No… Corrieron.
Y cuando llegaron al claro… Se detuvieron en seco.
La escena los golpeó como un martillo.
Había sangre.
Mucha sangre.
Por todas partes.
En el suelo.
En los árboles.
En las hojas.
Como si hubiera sido una masacre.
Y en medio de todo… Arel.
Arrodillado.
Con las manos cubiertas de sangre.
Llorando.
Sollozando.
Su cuerpo temblaba violentamente.
Y frente a él… El cuerpo sin vida de Mordrin.
Con la garganta abierta.
Charcos de sangre a su alrededor.
Sheska se cubrió la boca con las manos.
—Dios… Taren sintió cómo las rodillas se le debilitaban.
Tanta sangre… ¿Qué pasó aquí?
Lyra reaccionó primero.
Corrió hacia Arel.
—¡Arel!
Se arrodilló frente a él.
—¿Qué pasó?
¿Estás bien?
Arel levantó la vista.
Sus ojos estaban rojos.
Hinchados.
Llenos de lágrimas.
Y cuando vio a Lyra… Se derrumbó.
Se lanzó hacia ella y la abrazó con desesperación.
Como si fuera lo único que lo mantenía vivo.
Lyra lo sostuvo con fuerza.
—Arel… ¿qué…?
Y entonces lo escuchó.
Entre sollozos.
Entre llanto quebrado.
Las palabras salieron.
—Yo… yo lo… lo maté… Su voz era apenas un susurro.
Rota.
Destrozada.
—Yo no… no quería… yo solo… Se aferró más a Lyra.
—¡SOY UN MÉDICO!
¡NO UN ASESINO!
El llanto se intensificó.
—¡YO NO QUERÍA ESTO!
¡NO QUERÍA MATARLO!
Lyra sintió cómo algo se quebraba en su pecho.
Oh, Arel… Sheska se acercó lentamente.
Se arrodilló del otro lado.
Y lo abrazó también.
—No fue tu culpa —dijo con voz suave—.
Arel, escúchame.
No fue tu culpa.
Pero Arel no escuchaba.
Solo lloraba.
—¡LE FALLÉ!
¡LE FALLÉ A MI MADRE!
Su voz se quebró completamente.
—¡Ella me enseñó a salvar vidas!
¡A curar!
¡A ayudar!
Se cubrió el rostro con las manos ensangrentadas.
—¡Y yo… yo maté a alguien!
¡SOY UN ASESINO!
—¡No lo eres!
—gritó Sheska con firmeza.
Lo sostuvo de los hombros.
—Arel, mírame.
¡Mírame!
Arel levantó la vista.
Sus ojos estaban destrozados.
Vacíos.
Llenos de culpa.
Sheska habló con voz firme pero gentil: —Tú no eres un asesino.
Lo que hiciste… fue en defensa propia.
En defensa de todos nosotros.
Hizo una pausa.
—Si no hubieras peleado… él te habría matado.
Y luego habría venido por nosotros.
Por el campamento.
Por todos.
Lyra asintió, acariciando su cabeza.
—Arel… hiciste lo correcto.
Protegiste a las personas que no pueden protegerse a sí mismas.
Su voz se quebró ligeramente.
—Eso es lo que hace un héroe.
Pero Arel negó con la cabeza violentamente.
—¡NO!
¡NO SOY UN HÉROE!
Se separó de ellas.
Miró sus manos.
Cubiertas de sangre seca.
—¡MÍRAME!
¡MIRA LO QUE HICE!
Su voz era un grito desesperado.
—¡LO MATÉ!
¡CON MIS PROPIAS MANOS!
¡YO…!
Se detuvo.
Su respiración era errática.
—Yo… no soy lo que mi madre quería que fuera… Las lágrimas corrían libremente.
—Le prometí… le prometí que salvaría vidas… que sería un buen médico… que… No pudo continuar.
Se cubrió el rostro y lloró.
Un llanto profundo.
Desgarrador.
Como si su alma se estuviera quebrando.
Taren observaba todo desde atrás.
No sabía qué decir.
No sabía qué hacer.
Nunca había visto a alguien así.
Tan… roto.
Se acercó lentamente.
Se arrodilló junto a Arel.
Y puso una mano sobre su hombro.
—Hermano… —dijo con voz suave—.
No eres un asesino.
Arel lo miró.
Taren continuó: —Eres un médico que fue obligado a ir a la guerra.
Eso no es tu culpa.
Hizo una pausa.
—Lo que pasó aquí… lo que tuviste que hacer… no te define.
Sus ojos brillaban con sinceridad.
—Tú eres la persona que salvó a Lyra.
La persona que se arriesga por otros sin dudar.
La persona que se preocupa más por salvar vidas que por tomar crédito.
Su voz se quebró ligeramente.
—Eso es quien eres.
No esto.
Señaló el cuerpo de Mordrin.
—Esto fue supervivencia.
No asesinato.
Arel lo miró fijamente.
Y las lágrimas cayeron de nuevo.
Lyra lo abrazó más fuerte.
—Arel… tu madre estaría orgullosa de ti.
Arel negó con la cabeza.
—No… no lo estaría… —Sí lo estaría —insistió Lyra con firmeza—.
Porque tú hiciste lo que tenías que hacer para proteger a otros.
Para protegernos a nosotros.
Acarició su cabeza con gentileza.
—Eso es lo que ella te enseñó, ¿verdad?
A proteger.
A cuidar.
A salvar.
Hizo una pausa.
—Y eso es exactamente lo que hiciste.
Sheska asintió.
—No le fallaste, Arel.
Al contrario.
Lo miró con ternura.
—Le honraste.
Arel quiso creer.
Quiso creer que tenían razón.
Pero el peso de lo que había hecho… Era demasiado.
Se quedó ahí.
Abrazado a Lyra.
Sostenido por Sheska y Taren.
Llorando.
Lyra notó algo.
Mientras lo abrazaba, sintió humedad.
No solo lágrimas.
Sangre.
Miró hacia abajo.
Y vio las heridas de Arel.
El costado.
El hombro.
Seguían sangrando.
No mucho.
Pero ahí estaban.
—Arel… —dijo con voz preocupada—.
Estás herido.
Tienes que sanarte.
Arel no respondió.
Solo siguió llorando.
—Arel, por favor.
Sana tus heridas.
Nada.
Lyra lo sostuvo de los hombros.
—¡Arel!
¡Escúchame!
¡Tienes que curarte!
Pero Arel estaba perdido.
Completamente perdido en su colapso.
No podía concentrarse.
No podía pensar.
Solo sentía.
Culpa.
Dolor.
Horror.
Lyra miró a Sheska con desesperación.
—No está sanándose.
No puede concentrarse.
Sheska asintió.
—Tenemos que tratarlo nosotras.
Rápidamente sacó vendas de su morral.
Lyra comenzó a limpiar las heridas lo mejor que pudo.
Taren ayudó sosteniéndolo para que no se moviera.
Mientras trabajaban… Arel seguía murmurando.
—Lo siento… lo siento… mamá, lo siento… —Shhh… —susurró Lyra con voz gentil—.
Está bien.
Todo va a estar bien.
Pero sabía que no lo estaba.
Arel estaba roto.
Completamente roto.
Y no sabía cómo arreglarlo.
Sheska vendó el hombro.
Lyra vendó el costado.
Las heridas no eran profundas.
Pero habían sangrado bastante.
—Necesita descansar —dijo Sheska con voz seria—.
Está en shock.
Taren asintió.
—¿Qué hacemos con…?
Señaló el cuerpo de Mordrin.
Lyra lo miró.
Y luego miró a Arel.
—Lo cubrimos.
No quiero que Arel lo vea más.
Taren asintió.
Se quitó su capa y la colocó sobre el cuerpo.
Arel no lo notó.
Solo seguía llorando.
Abrazado a Lyra.
Como si fuera lo único real en el mundo.
Los tres se quedaron ahí.
Consolándolo.
Sosteniéndolo.
Mientras las explosiones de Sevrak resonaban a lo lejos.
Mientras la guerra continuaba.
Mientras el mundo seguía girando.
Ellos se quedaron.
Con su compañero.
Con su amigo.
Con su hermano.
Que había perdido algo que nunca podría recuperar.
Su inocencia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com