El caballero del Vacío - Capítulo 22
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22: El despertar del Vacío 22: El despertar del Vacío Capítulo 22 El campamento apareció frente a ellos como un refugio desesperado.
Arel corría con Kaerys entre sus brazos, jadeando, con cada paso sintiendo cómo sus fuerzas se agotaban.
Las heridas en sus manos sangraban a través de las vendas improvisadas.
Su costado pulsaba con dolor.
Pero no se detuvo.
No podía.
Detrás de él, Taren, Lyra y Sheska corrían también, igualmente exhaustos.
Cuando cruzaron las barricadas del campamento, los soldados reaccionaron de inmediato.
—¡Es la Dama de Hielo!
—¡Está herida!
—¡Traigan a los médicos!
¡AHORA!
Varios caballeros corrieron hacia ellos.
Personal sanitario emergió de las tiendas con camillas y suministros.
Arel se detuvo en seco, respirando con dificultad.
Un médico de mediana edad se acercó rápidamente.
—Déjame verla… Pero Arel no la soltó de inmediato.
Sus brazos temblaban.
No de cansancio.
De otra cosa.
Miedo.
Si la suelto… Si dejo de sostenerla… ¿Qué soy entonces?
El médico habló con voz firme pero gentil: —Hijo, necesito examinarla.
Déjamela.
Arel parpadeó.
Y lentamente, con cuidado, depositó a Kaerys en la camilla.
El médico comenzó a revisarla de inmediato.
Y entonces miró a Arel.
—Tú también estás herido.
Déjame… —No —interrumpió Arel con voz ronca.
Se giró hacia el médico.
Sus ojos estaban vacíos.
Apagados.
Pero su voz era firme.
—Yo la atenderé.
El médico frunció el ceño.
—Estás en peores condiciones que ella.
No puedes… —Puedo —dijo Arel.
Miró sus manos vendadas.
La sangre se filtraba a través de la tela.
—Solo… necesito vendarme mejor primero.
Se acercó a la mesa de suministros médicos.
Tomó vendas limpias.
Y comenzó a quitarse las viejas.
Sus manos estaban destrozadas.
Las palmas tenían cortes profundos donde había sostenido el mazo de Gorath.
Los dedos estaban hinchados.
Algunos nudillos dislocados.
El médico lo vio y abrió los ojos.
—Hijo, esas heridas necesitan… —Lo sé —interrumpió Arel de nuevo.
Comenzó a vendarse con movimientos mecánicos.
Precisos.
Como un autómata.
—Sé exactamente qué necesitan.
Envolvió cada mano con cuidado.
Apretó las vendas lo suficiente para detener el sangrado sin cortar la circulación.
Sus manos temblaban durante todo el proceso.
Pero no se detuvo.
Cuando terminó, se giró hacia Kaerys.
—Muévanla a la tienda médica.
Necesito luz y espacio.
Los soldados obedecieron sin preguntar.
Mientras tanto, afuera de la tienda médica… Sheska, Lyra y Taren se acercaron al comandante del campamento.
Era el mismo hombre de antes.
Alto.
Con la cicatriz en el ojo.
Los miró con expresión seria.
—Informe.
Taren habló primero, jadeando: —Tres caballeros enemigos.
Nivel Arconte o cercano.
Lyra continuó: —Sevrak Ignivar.
Magia de explosiones.
Herido pero aún operativo.
Sheska añadió: —Gorath… no sé su apellido.
Magia de tierra.
Armadura casi impenetrable.
Fuerza descomunal.
Taren completó: —Y un caballero extraño, de nombre Valerius.
Magia de sangre.
Recién llegado.
No sabemos sus capacidades completas.
El comandante escuchó todo con expresión cada vez más grave.
—¿Sobrevivientes enemigos?
Sheska asintió.
—Uno.
Seris Ignivar.
Inconsciente y con grilletes de diamerita.
Señaló hacia donde varios soldados custodiaban el cuerpo inmóvil de Seris.
El comandante asintió.
—Bien.
¿Bajas propias?
Lyra bajó la mirada.
—Un caballero.
Mordrin Umbralis.
Hizo una pausa.
—Su cuerpo está en el bosque.
Aproximadamente medio kilómetro al noreste de aquí.
Dio las coordenadas exactas.
El comandante las anotó mentalmente.
—Enviaré un equipo de recuperación.
Se giró hacia sus hombres.
—¡Escuchen!
¡Prepárense para un posible ataque!
¡Esos tres caballeros enemigos podrían regresar en cualquier momento!
Los soldados comenzaron a moverse de inmediato.
Reforzando barricadas.
Preparando armas.
Tomando posiciones.
El comandante miró a Taren, Lyra y Sheska.
—Descansen.
Han hecho más que suficiente.
Pero ninguno se movió.
Taren habló con voz firme: —Con todo respeto, señor… si vienen, necesitarán toda la ayuda posible.
Lyra asintió.
—No podemos descansar sabiendo lo que se avecina.
Sheska se ajustó los lentes.
—Además, alguien tiene que vigilar a la prisionera.
El comandante los observó un momento.
Y asintió.
—Está bien.
Pero si las cosas se ponen feas… huyan.
Esa es una orden.
Los tres asintieron.
Aunque ninguno tenía intención de obedecer.
Dentro de la tienda médica… Arel estaba de pie junto a la camilla donde yacía Kaerys.
Dos asistentes médicos lo acompañaban.
Kaerys estaba inconsciente.
Su respiración era superficial.
Irregular.
Arel la examinó con ojos clínicos.
Pero sus manos temblaban.
—Costillas rotas —murmuró—.
Al menos tres.
Tal vez cuatro.
Pasó las manos sobre su abdomen con cuidado.
—Hemorragia interna.
Leve, pero ahí.
Revisó el hombro izquierdo.
—Laceración profunda.
Arterial.
Perdió mucha sangre.
Miró a los asistentes.
—Necesito agua limpia.
Vendas.
Suturas.
Ungüento hemostático.
Los asistentes se apresuraron a traer todo.
Arel comenzó a trabajar.
Primero, limpió las heridas externas.
Con movimientos precisos.
Mecánicos.
Pero sus manos temblaban tanto que tuvo que detenerse varias veces.
Concéntrate.
Eres un médico.
Esto es lo que haces.
Esto es… La imagen de Mordrin cruzó su mente.
El cuchillo cortando su garganta.
La sangre brotando.
Sus palabras finales.
“Mi muerte es resultado de Ti.” Las manos de Arel temblaron más.
Casi dejó caer la aguja de sutura.
Uno de los asistentes lo notó.
—¿Estás bien?
Arel no respondió.
Solo cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Y continuó.
Suturó la herida del hombro.
Vendó las costillas lo mejor que pudo.
Aplicó ungüento en los cortes menores.
Todo con precisión.
Con conocimiento.
Pero sin alma.
Como si fuera una máquina realizando funciones.
Cuando terminó con el tratamiento físico, se detuvo.
Miró sus manos.
Todavía temblaban.
Ahora… la parte difícil.
Cerró los ojos.
Y comenzó a fluir maná.
Pero de inmediato sintió la resistencia.
Su maná era torpe.
Descontrolado.
Como si hubiera olvidado cómo usarlo.
Trató de sincronizarlo con el maná de Kaerys.
Pero no podía.
Las corrientes chocaban.
Se repelían.
¿Qué me pasa?
¿Por qué no puedo…?
La respuesta llegó como un martillo.
Porque maté a alguien.
Porque soy un asesino.
Porque… Las lágrimas amenazaron con volver.
Pero las contuvo.
No.
No ahora.
Kaerys me necesita.
Tengo que… Tengo que poder hacer esto.
Concentró más.
Fluyó más maná.
La sanación era lenta.
Tortuosamente lenta.
Pero funcionaba.
Apenas.
Las costillas comenzaron a soldarse.
Milímetro a milímetro.
La hemorragia interna se detuvo.
El hombro comenzó a sanar desde adentro.
Pero el esfuerzo era brutal.
El sudor corría por la frente de Arel.
Su respiración era pesada.
Solo un poco más.
Un poco… BOOM.
Una explosión masiva sacudió el campamento.
Arel se tambaleó.
Casi cayó.
Uno de los asistentes gritó: —¡¿QUÉ FUE ESO?!
Afuera, los gritos comenzaron.
—¡ENEMIGOS!
—¡NOS ATACAN!
—¡PREPÁRENSE!
Arel corrió hacia la entrada de la tienda.
Abrió la lona.
Y vio.
Tres figuras emergían del bosque.
Sevrak Ignivar.
Con una venda ensangrentada envuelta alrededor de su pecho donde Kaerys lo había atravesado.
Cojeaba ligeramente, pero sus ojos brillaban con furia.
Las llamas danzaban en sus manos.
Gorath el Inamovible.
Su armadura estaba cubierta de sangre seca.
Los cortes de Kaerys eran visibles por todas partes.
Pero caminaba como si nada.
Su mazo arrastrándose por el suelo, dejando un surco profundo.
Valerius Sanguinar.
Caminaba al frente.
Con expresión fría.
Calculada.
Sus manos brillaban con un rojo oscuro.
Sevrak levantó ambas manos.
Y lanzó una esfera de fuego comprimido.
Directamente hacia el centro del campamento.
BOOM.
La explosión destruyó dos tiendas.
Los soldados salieron volando.
Algunos gritando.
Otros… silenciosos.
Los caballeros del campamento reaccionaron.
Se lanzaron al ataque.
Cinco.
Diez.
Quince de ellos.
Gritando órdenes de batalla.
Blandiendo espadas y lanzas.
Gorath levantó una mano.
Y del suelo emergieron muros de tierra.
Masivos.
Irregulares.
Bloqueando el avance de los caballeros.
Y entonces… Los muros se convirtieron en armas.
Estacas de roca emergieron desde los lados.
Atravesando cuerpos.
Los gritos llenaron el aire.
Gorath caminaba entre el caos.
Levantaba su mazo.
Lo dejaba caer.
CRASH.
Un caballero aplastado.
Lo levantaba de nuevo.
CRASH.
Otro.
Y otro.
Como si estuviera aplastando insectos.
Valerius se quedó atrás.
Observando.
Juntó ambas palmas frente a su pecho.
Y las separó lentamente.
Sus dedos medios brillaron.
Y de las puntas… Emergieron rayos.
No de luz.
De sangre.
Líquida.
Condensada.
Como láseres carmesí que cortaban el aire.
SHHK.
SHHK.
SHHK.
Atravesaron a tres caballeros de inmediato.
Limpiamente.
A través del pecho.
Cayeron sin siquiera gritar.
En cuestión de segundos… Más de diez caballeros habían caído.
Taren observaba todo desde su posición.
Sus ojos se abrieron con horror.
No.
No otra vez.
¡NO OTRA VEZ!
La imagen de Marcus cruzó su mente.
Cayendo.
Sangrando.
Muriendo mientras él no podía hacer nada.
No.
Esta vez no.
Activó Impulso.
Lo poco que le quedaba.
Y se lanzó.
Directo hacia Valerius.
—¡TAREN, ESPERA!
—gritó Lyra desde atrás.
Pero era tarde.
Taren voló hacia adelante.
Puño cargado con maná.
Apuntando directamente a Valerius.
Pero… Gorath apareció.
Se interpuso.
Recibió el golpe de lleno en el pecho.
BOOM.
El impacto hizo eco.
Pero Gorath ni siquiera retrocedió.
—No dejaré que toques a mi comandante, niño.
Agarró a Taren por el brazo.
Y lo arrojó.
Como si fuera un muñeco de trapo.
Taren atravesó el aire.
Aterrizó rodando.
Se puso de pie de inmediato.
Jadeando.
Gritó hacia los caballeros restantes: —¡RETROCEDAN!
¡ESCAPEN!
¡YO LES CONSEGUIRÉ TIEMPO!
Los caballeros lo miraron con incredulidad.
Sevrak se rio.
—¿Conseguir tiempo?
¿Tú?
¡Solo eres un caballero de Cuarta!
Valerius sonrió con frialdad.
—No podrás con nosotros, niño.
Gorath asintió.
—Es admirable.
Pero inútil.
Taren apretó los puños.
—No me importa.
Su voz era firme.
—Mientras ustedes estén distraídos conmigo… los demás pueden escapar.
Pensó en Marcus.
En su muerte.
En cómo no pudo salvarlo.
Esta vez… Esta vez sí haré la diferencia.
No dejaré que más personas mueran frente a mí.
Y entonces… Una voz.
Desde atrás.
—No estás solo.
Taren giró la cabeza.
Y vio a Arel.
Caminando lentamente hacia él.
Su expresión era vacía.
Sus ojos apagados.
Pero estaba ahí.
Taren sintió algo en su pecho.
Alivio.
Miedo.
Gratitud.
Todo mezclado.
Arel se detuvo junto a él.
Murmuró en voz baja: —Tenemos que aguantar lo máximo posible.
Señaló con la cabeza hacia atrás.
—Sheska, Lyra y el comandante ya pidieron refuerzos.
Están evacuando a los heridos.
Hizo una pausa.
—Esto es… defensa.
Nada más.
Taren asintió.
—Entendido.
Miró a los tres enemigos frente a ellos.
—Es una batalla imposible de ganar.
Arel asintió lentamente.
—Pero algo tenemos que hacer.
Los caballeros restantes retrocedieron.
Se replegaron.
Dejando el espacio abierto.
Algunos se escondieron detrás de escombros.
Observando.
Queriendo ver.
¿Podrán estos dos…?
Arel y Taren se miraron entre sí.
—¿Listo?
—preguntó Taren.
Arel no respondió.
Solo asintió.
Y ambos se lanzaron.
Gorath los esperaba.
Inmóvil.
Como una montaña.
Taren llegó primero.
Saltó.
Puño cargado.
BOOM.
Impactó en el pecho de Gorath.
El gigante ni siquiera se movió.
—¿Eso es todo?
Arel llegó desde el otro lado.
Pateó hacia las piernas.
Tratando de desequilibrarlo.
Pero era como patear acero sólido.
Gorath giró lentamente.
Levantó el mazo.
Lo dejó caer.
Ambos saltaron hacia los lados.
CRASH.
El suelo explotó donde habían estado.
Taren rodó.
Se puso de pie.
Atacó de nuevo.
Golpe tras golpe.
Cada uno con Impulso.
Cada uno cargado con todo su maná.
Pero ninguno hacía mella.
Gorath bloqueaba.
Esquivaba.
Contraatacaba.
Arel atacaba los puntos ciegos.
Los flancos.
Las articulaciones.
Pero la armadura era demasiado resistente.
Y entonces… SHHK.
Un rayo de sangre pasó junto a la cabeza de Taren.
Por centímetros.
Valerius sonrió desde atrás.
—No se olviden de mí.
Disparó otro.
Taren lo esquivó.
Rodó.
Pero otro vino desde otro ángulo.
Lo rozó en el hombro.
—¡AGH!
La piel se abrió.
No profundo.
Pero ahí.
BOOM.
Una explosión.
Sevrak.
Exactamente entre Gorath, Arel y Taren.
Los tres fueron lanzados hacia atrás.
Gorath se recuperó de inmediato.
Como si nada.
Taren aterrizó mal.
Rodó varios metros.
Se levantó jadeando.
Arel salió disparado.
Rodó por el suelo.
Se detuvo boca arriba.
Se incorporó lentamente.
Levantó los puños.
Todavía en guardia.
A pesar de que sus manos sangraban a través de las vendas.
Miró sus heridas.
La explosión había sido menos potente que antes.
Sevrak está herido.
Su poder ha disminuido.
Pero aun así… Se lanzó de nuevo.
Taren a su lado.
Atacaron a Gorath juntos.
Coordinados.
Taren desde la derecha.
Arel desde la izquierda.
CLANG.
CLANG.
CLANG.
Golpe tras golpe.
Patada.
Puñetazo.
Corte con los restos de la espada rota de Taren.
Pero nada funcionaba.
Y entonces… CRASH.
La espada de Taren se rompió completamente.
El filo se hizo pedazos.
Cayó al suelo.
Inútil.
Taren miró sus manos vacías.
—Mierda… Pero no retrocedió.
Levantó los puños.
—Entonces será a puño limpio.
Arel asintió.
Sin espada tampoco.
Solo sus manos.
Destruidas.
Sangrantes.
Pero funcionales.
Continuaron.
Los siguientes minutos fueron un infierno.
Esquivar.
Atacar.
Retroceder.
Repetir.
Los rayos de sangre de Valerius los acosaban constantemente.
SHHK.
SHHK.
SHHK.
Cortando el aire.
Rozando piel.
Abriendo heridas superficiales.
Las explosiones de Sevrak llegaban en intervalos.
BOOM.
Una.
Esquivaban.
BOOM.
Otra.
Saltaban.
BOOM.
Otra más.
Rodaban.
Y Gorath… Gorath era imparable.
Su mazo caía una y otra vez.
CRASH.
CRASH.
CRASH.
Creando cráteres.
Destruyendo el suelo.
Pero Arel y Taren seguían moviéndose.
Seguían atacando.
Seguían viviendo.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
El tiempo se distorsionó.
Se volvió elástico.
Cada segundo parecía una eternidad.
Cada minuto un parpadeo.
Taren jadeaba.
Su cuerpo estaba cubierto de cortes.
Quemaduras leves de las explosiones.
Moretones de los golpes de Gorath que casi conectaban.
Arel estaba igual.
Tal vez peor.
Sus heridas anteriores se habían reabierto.
Nuevas se acumulaban.
Sangre corría por su rostro.
Por sus brazos.
Por sus piernas.
Pero no se detenían.
Solo un poco más.
Los heridos necesitan tiempo.
Solo… Un poco… SHHK.
Un rayo de sangre atravesó el costado de Taren.
No profundo.
Pero ahí.
Taren gritó.
—¡ARGH!
Cayó de rodillas.
BOOM.
Una explosión.
Directamente sobre Arel.
Salió volando.
Aterrizó violentamente.
Rodó.
Se detuvo.
No se levantó de inmediato.
Taren trató de ponerse de pie.
Pero sus piernas temblaban.
No puedo… No puedo más… Arel se incorporó lentamente.
Jadeando.
Su visión borrosa.
Tengo que… Tengo que seguir… Se pusieron de pie.
Ambos.
Tambaleándose.
Sangrando.
Al borde de la inconsciencia.
Pero de pie.
Y en ese momento… BOOM.
Un terremoto.
El suelo tembló violentamente.
Todos perdieron el equilibrio.
Incluso Gorath.
Era Lyra.
Oculta entre los escombros.
Con ambas manos en el suelo.
Creando ondas masivas.
—¡AHORA!
—gritó—.
¡ESCÓNDANSE!
Taren reaccionó de inmediato.
Agarró a Arel del brazo.
Y corrieron.
Hacia las carpas vacías al otro lado del campamento.
Se metieron dentro.
Jadeando.
Colapsando.
Taren se recostó contra la pared de tela.
—Los heridos… ya están a salvo, ¿verdad?
Arel asintió débilmente.
—Sí… lo logramos… Taren sonrió.
Una sonrisa cansada.
Adolorida.
Pero genuina.
—Bien… Cerró los ojos.
—Entonces… valió la pena… Arel miró sus manos.
Destrozadas.
Inútiles.
Sobrevivimos.
Pero… ¿Y ahora qué?
La respuesta llegó rápido.
BOOM.
BOOM.
BOOM.
Explosiones.
Múltiples.
Las carpas a su alrededor fueron arrancadas.
Volaron por los aires.
La de ellos también.
Quedaron expuestos.
Gorath, Sevrak y Valerius los miraban desde arriba.
Sevrak sonrió.
—Ahí están.
Valerius asintió.
—Es hora de terminar esto.
Gorath levantó su mazo.
Taren trató de levantarse.
Pero su cuerpo no respondió.
Estaba demasiado herido.
Demasiado cansado.
Miró a Arel.
—Lo siento… hermano… ya no puedo… Arel se puso de pie.
Tambaleándose.
Apenas sosteniéndose.
—Está bien… Se colocó frente a Taren.
Como un escudo.
—Yo… te protegeré… Levantó los puños.
A pesar de que temblaban.
A pesar de que sangraban.
A pesar de que apenas podía sostenerlos en alto.
Los tres enemigos se acercaron.
Gorath al frente.
Valerius a la izquierda.
Sevrak a la derecha.
Todos preparando sus ataques.
Arel se lanzó.
Un último intento desesperado.
Esquivó un rayo de sangre.
Saltó sobre una explosión.
Llegó hasta Gorath.
Golpeó con todo lo que tenía.
Pero… Gorath lo agarró del brazo.
Lo levantó.
Y lo arrojó.
Arel salió disparado.
Rodó por el suelo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Se detuvo.
Trató de levantarse.
Pero su cuerpo no respondió.
No… No puedo… No puedo moverme… Logró levantar la cabeza.
Apenas.
Y vio.
Gorath caminando hacia Taren.
Levantando el mazo.
No.
Arel trató de gritar.
De moverse.
De hacer algo.
Pero no pudo.
Solo podía observar.
Impotente.
Soy débil.
Soy un inútil.
No puedo proteger a nadie.
No pude salvar a Mordrin.
No pude salvar a… Las lágrimas brotaron.
No sirvo para nada.
SOY UN MALDITO INÚTIL.
Y en lo más profundo de su desesperación… En el rincón más oscuro de su mente… Algo despertó.
Una presencia.
Fría.
Vacía.
Llamándolo.
Ven.
Ven aquí.
Ven al… Una palabra.
Una sola palabra.
Resonando en su cabeza como un eco infinito.
Vacío.
Gorath se detuvo frente a Taren.
Miró al joven caballero.
Herido.
Derrotado.
Pero con los ojos aún desafiantes.
—Peleaste bien, niño.
Levantó el mazo con ambas manos.
—Tuviste honor hasta el final.
Taren cerró los ojos.
Lo siento, Marcus.
No pude… protegerlos a todos… El mazo comenzó a caer.
Pero entonces… Se detuvo.
Como si hubiera golpeado algo.
Gorath frunció el ceño.
Empujó más fuerte.
Pero el mazo no se movía.
Era como si… Como si hubiera una pared invisible.
—¿Qué…?
Lo intentó de nuevo.
Más fuerte.
Nada.
Una vez más.
Con toda su fuerza.
CLANG.
El sonido de metal chocando contra… nada.
Gorath retrocedió un paso.
—¿Qué demonios…?
Taren abrió los ojos.
Confundido.
Asustado.
¿Por qué no me golpeó?
¿Qué está pasando?
Miró alrededor.
Y entonces lo vio.
Arel.
Tirado en el suelo.
Pero con un brazo extendido.
Apuntando hacia él.
Y había algo diferente.
Su rostro.
Estaba completamente inexpresivo.
Vacío.
Como una máscara.
Pero sus ojos… Sus ojos ya no eran cafés.
Eran grises.
Un gris brillante.
Como plata líquida.
Y sus labios se movían.
Repitiendo palabras en un susurro constante.
“Vacío… inexistencia… nada…” “Vacío… inexistencia… nada…” “Vacío… inexistencia… nada…” Una y otra vez.
Como un mantra.
Taren lo entendió.
Su hechicería.
Sea lo que sea… Me está salvando.
A lo lejos, ocultas detrás de escombros… Kaerys abrió los ojos lentamente.
Su visión era borrosa.
Su cuerpo dolía.
—¿Dónde…?
Sheska estaba a su lado.
Le puso una mano sobre la boca.
—Shhh.
No hagas ruido.
Kaerys parpadeó.
—¿Qué… qué pasó?
Sheska habló rápido, en susurros: —Te desmayaste.
Arel te curó.
Los enemigos regresaron.
Arel y Taren los están enfrentando.
Están muy heridos.
Y ahora… Señaló hacia el campo de batalla.
—Está pasando algo.
Kaerys siguió la dirección.
Y vio a Arel.
Tirado en el suelo.
Con el brazo extendido.
Y esos ojos… Grises.
Su corazón se apretó.
Quiso levantarse.
Ir a ayudarlo.
Pero Sheska la detuvo.
—No.
Mira tu estado.
Kaerys miró hacia abajo.
Estaba cubierta de vendas.
Su cuerpo apenas respondía.
—Pero… tengo que… —Espera —dijo Lyra, apareciendo desde atrás—.
Algo está cambiando.
Las tres miraron.
Arel se levantaba.
Lentamente.
Como si fuera arrastrado por hilos invisibles.
Sus movimientos eran rígidos.
Antinaturales.
Pero se puso de pie.
Completamente.
Sin tambalearse.
Sin temblar.
Solo… Vacío.
Extendió la otra mano.
Hacia Gorath.
Y el gigante… Se congeló.
Completamente.
No podía moverse.
Ni un centímetro.
Ni un músculo.
Ni un dedo.
Era como si su cuerpo hubiera sido atrapado en hielo invisible.
—¡¿QUÉ?!
—gritó Gorath.
Trató de moverse.
De resistir.
Pero no podía.
Sevrak y Valerius lo vieron.
Y reaccionaron.
Sevrak lanzó una explosión.
Directamente hacia Arel.
BOOM.
Pero… No llegó.
La explosión impactó contra algo.
A centímetros de Arel.
Y se detuvo.
Como si hubiera golpeado un muro invisible.
Valerius disparó sus rayos de sangre.
SHHK.
SHHK.
SHHK.
Todos dirigidos a Arel.
Pero… Ninguno lo tocó.
Chocaban contra la misma barrera invisible.
Y se detenían.
Arel era… Intocable.
Sevrak gritó: —¡¿QUÉ CLASE DE HECHICERÍA ES ESA?!
Lanzó más explosiones.
Una tras otra.
BOOM.
BOOM.
BOOM.
Todas impactando la barrera.
Todas fallando.
Valerius disparó más rayos.
Desde todos los ángulos.
Ninguno conectaba.
Y Gorath… Gorath comenzó a gritar.
—¡NO PUEDO MOVERME!
¡NO PUEDO…!
Y entonces lo sintió.
Presión.
Desde ambos lados.
Como si dos paredes invisibles se cerraran sobre él.
Apretando.
Comprimiendo.
—¡ARGH!
Su armadura comenzó a crujir.
—¡AGH!
Más presión.
Más fuerte.
El metal se doblaba.
Se fracturaba.
—¡AAAAGH!
Sus huesos comenzaron a romperse.
CRACK.
Uno.
CRACK.
Otro.
CRACK.
CRACK.
CRACK.
Más y más.
Sus gritos llenaban el aire.
Desesperados.
Agonizantes.
Aterradores.
Taren observaba con los ojos muy abiertos.
Horror absoluto.
Lyra se cubrió la boca.
Sheska no podía apartar la mirada.
Kaerys sentía cómo algo frío recorría su columna.
¿Qué… qué es esto?
Sevrak y Valerius retrocedieron.
Asustados.
Por primera vez.
Genuinamente asustados.
Gorath gritaba.
Más y más fuerte.
Y entonces… Arel cerró la mano extendida.
En un puño.
CRUSH.
El sonido fue como el de metal siendo aplastado en una prensa.
El cuerpo de Gorath… Se comprimió.
Violentamente.
Su armadura se hizo pedazos.
Sus huesos se pulverizaron.
Su carne… Se aplastó.
Hasta que… No quedó nada reconocible.
Solo una masa deforme.
Sangre.
Metal.
Carne.
Todo mezclado.
Silencio.
Absoluto.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Solo miraban.
El horror.
La imposibilidad.
¿Cómo…?
Arel bajó la mano lentamente.
Giró la cabeza.
Hacia Valerius.
Sus ojos grises brillaban.
Vacíos.
Sin emoción.
Sin humanidad.
Levantó el brazo derecho.
Lo apuntó directamente hacia Valerius.
Y habló.
Su voz era plana.
Fría.
Como el eco de una tumba.
—Siguiente.
Valerius retrocedió un paso.
Sus ojos llenos de miedo.
De asco.
De incredulidad.
—¿Quién… quién diablos eres?
Pero Arel no respondió.
Solo lo miraba.
Con esos ojos vacíos.
Esperando.
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