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El caballero del Vacío - Capítulo 4

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Capítulo 4: Arcontes

Capítulo 4

Arel aún estaba junto al fuego cuando el murmullo del campamento cambió.

No fue un sonido fuerte. No hubo gritos ni alarma. Fue algo más inquietante: conversaciones que se apagaban, pasos que se detenían, miradas que se alzaban casi al mismo tiempo.

El aire se volvió pesado.

Arel levantó la vista.

Dos figuras acababan de cruzar el límite del campamento.

No iban escoltadas, y aun así nadie osó interponerse. Los soldados se abrían a su paso de forma instintiva, como si una jerarquía invisible se hubiera impuesto sobre todos.

El primero era un hombre alto, de complexión delgada pero firme. No llevaba armadura. Vestía ropas blancas, limpias pese al polvo del camino, una túnica ligera pensada para moverse con libertad. Solo su pantalón y sus botas eran negras, creando un contraste marcado que hacía su figura imposible de ignorar.

No portaba escudo. Apenas una espada sencilla colgaba a su costado.

Su presencia no imponía por peso…

sino por control.

Sus ojos recorrían el campamento con una calma peligrosa, como si ya supiera exactamente qué iba a encontrar.

A su lado caminaba una joven de cabello claro, casi blanco, recogido con pulcritud. Su porte era distinto. No irradiaba autoridad; irradiaba frialdad. Incluso entre antorchas y humo, el aire a su alrededor parecía más quieto.

Su expresión era seria, contenida, casi distante.

Arel sintió un estremecimiento involuntario.

El hombre habló primero.

No alzó la voz.

—¿Quién está al mando aquí?

Aun así, todos lo escucharon.

Havel apareció de inmediato, seguido por varios oficiales. Inclinó la cabeza con respeto absoluto.

—Arconte Yuren Valken —dijo—.

—Y Arconte Kaerys Glacien.

El nombre de ella provocó un silencio aún más profundo.

Yuren dio un paso al frente.

Fue entonces cuando sus ojos se cruzaron con los de Arel.

Solo un instante.

Pero Arel sintió una presión en el pecho, como si algo dentro de él hubiera sido observado… y medido.

Yuren se detuvo.

Lo miró con atención, como quien intenta confirmar un recuerdo que no debería existir.

—Tú —dijo, señalándolo—.

—¿Quién eres?

La voz no admitía demora.

Arel se incorporó de inmediato.

—A-Arel Herwyn, señor.

Yuren no reaccionó al nombre. Solo sostuvo su mirada un segundo más, antes de volverse hacia Havel.

—Informe. Ahora.

Kaerys permaneció en silencio, pero sus ojos claros recorrieron el campamento… y se detuvieron brevemente en la zona médica. Donde estaban las tiendas. Donde estaban los heridos.

Arel notó cómo varios médicos y enfermeras se acercaban entre murmullos nerviosos.

—¿Quiénes son? —susurró.

Una mujer mayor respondió casi sin mover los labios.

—Arcontes…

Arel frunció el ceño.

—¿Qué es un arconte?

La mujer lo miró con incredulidad.

—Caballeros mágicos —dijo—. El grado militar más alto que existe por debajo del Aegis.

—¿Aegis? —repitió Arel, perdido.

Otro médico intervino, en voz baja.

—El protector máximo del reino.

—Si los Arcontes caminan por el frente… significa que la guerra ya dejó de ser algo lejano.

Una enfermera añadió, casi temblando:

—Dicen que Yuren Valken acabó solo con una fuerza completa hace años. Sin armadura. Sin refuerzos.

—Y ella… —susurró otro, mirando con cautela a Kaerys—.

—La llaman la Dama de Hielo.

Arel tragó saliva.

—¿Por qué?

—Por su magia —respondió la mujer—.

—Y porque cuando entra en combate… no deja nada con vida.

Arel volvió a mirar hacia ellos.

Yuren hablaba con los oficiales, firme, preciso. Kaerys permanecía inmóvil, como una estatua viva, observando todo sin expresión.

Arel no entendía del todo qué era un Arconte.

Ni qué era el Aegis.

Pero entendía el miedo.

Y algo más lo inquietó todavía más:

la forma en que Yuren lo había mirado…

como si no fuera la primera vez.

Kaerys Glacien se detuvo.

No fue un movimiento brusco ni deliberado. Simplemente dejó de caminar.

Arel lo notó antes de entender por qué. Fue una sensación súbita, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso. Levantó la vista y se encontró con los ojos claros de la Arconte.

Ella no lo miraba como se observa a un desconocido.

Lo miraba como se observa algo potencialmente peligroso.

El silencio entre ambos duró apenas unos segundos, pero a Arel le parecieron largos. Kaerys no frunció el ceño ni endureció el gesto. Su rostro permanecía sereno, casi inexpresivo.

Entonces, sin decir palabra, dio un paso más cerca.

Arel sintió frío.

No el frío del aire nocturno, sino uno más profundo, que le recorrió la piel como una advertencia. Tragó saliva, sin saber por qué su instinto le pedía no moverse.

Kaerys inclinó apenas la cabeza.

Sus labios se separaron lo justo para dejar escapar una sola frase, en voz baja:

—No deberías estar aquí.

No hubo reproche.

No hubo amenaza.

Solo certeza.

Luego pasó a su lado.

El frío desapareció tan rápido como había llegado, pero Arel se quedó inmóvil un segundo más, con el corazón golpeándole el pecho.

—Arconte Valken —dijo Havel, acercándose—. Los heridos están en las tiendas del este.

Yuren asintió.

—Llévenme con ellos.

Pero antes de avanzar, volvió a mirar a Arel.

No directamente. No esta vez.

Era como si lo mantuviera dentro de su campo de visión, analizándolo de reojo, midiendo cada gesto, cada respiración.

Arel bajó la mirada, incómodo.

—Arel —llamó una voz conocida.

Therion estaba de pie frente a la tienda médica, serio como pocas veces.

—Ven.

Arel obedeció, sintiendo aún el peso de esa mirada sobre la nuca.

Dentro de la tienda, el ambiente era más tenso que de costumbre. Yuren entró detrás de él, seguido por Kaerys, cuya presencia pareció bajar la temperatura del lugar de inmediato.

Los heridos guardaron silencio.

Therion no perdió tiempo.

—Arconte Valken —dijo—. Este es el muchacho del que le hablé.

Yuren se acercó a una de las camillas. Observó la herida sin tocarla, con atención absoluta.

—Dijeron que notaste algo —dijo, sin apartar la vista del herido—.

—Explícalo.

Arel dudó.

No por miedo a hablar…

sino por la sensación de estar diciendo algo que aún no debía decirse.

—Las heridas no reaccionan igual —comenzó—. No todas.

—Algunas… permanecen tensas. Como si el cuerpo no reconociera el daño como algo normal.

Yuren levantó finalmente la vista.

Sus ojos se clavaron en Arel.

—¿Magia?

Arel negó.

—No como la que conozco.

—Es… distinto. Como si algo hubiera quedado dentro.

Kaerys dio un paso al frente.

—Residuos —murmuró—.

Therion la miró sorprendido.

—¿Lo cree posible?

Kaerys no respondió.

Yuren volvió a observar a Arel, esta vez sin disimulo.

—¿Cuántos notaste así?

—Tres —respondió Arel—. Tal vez cuatro.

—Todos heridos por los mismos atacantes.

El silencio cayó como una losa.

Yuren se enderezó lentamente.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

Arel sostuvo su mirada, pese al temblor en las manos.

—No del todo —admitió—.

—Pero sé que no fue un ataque común.

Yuren sonrió apenas.

No fue una sonrisa amable.

—Eso mismo pensamos nosotros.

Se giró hacia Therion.

—Quiero que este muchacho esté presente cada vez que examinemos a uno de estos casos.

Therion abrió la boca para responder, pero Yuren añadió:

—No como ayudante.

La mirada volvió a Arel.

—Como observador.

Arel sintió un escalofrío.

—Y quiero que nadie le diga nada —continuó Yuren—.

—Quiero ver qué descubre… sin saber qué está buscando.

Kaerys volvió a mirar a Arel una última vez.

Sus ojos eran como hielo quieto.

—Ten cuidado —dijo—.

—Algunas cosas… responden cuando se las mira demasiado.

Luego se dio la vuelta.

Yuren la siguió, pero no sin antes lanzar una última mirada a Arel.

Una mirada larga.

Medida.

Como si ya hubiera comenzado a hacer cálculos.

Arel se quedó de pie, en silencio, con una sola certeza latiéndole en el pecho:

algo acababa de fijarse en él…

y no tenía intención de soltarlo.

El herido estaba inconsciente.

Su respiración era irregular, superficial, como si el cuerpo dudara entre continuar o rendirse. Arel se acercó con cuidado, mientras Therion y los ayudantes se mantenían a distancia.

Yuren se situó al otro lado de la camilla.

Kaerys permaneció unos pasos atrás, inmóvil, observando.

—Empieza —ordenó Yuren.

Arel asintió. Retiró con cuidado el vendaje.

La herida no era grande. Un corte limpio en el costado, ya cerrado en apariencia. Sin sangrado activo. Sin signos claros de infección.

Y aun así…

Arel frunció el ceño de inmediato.

—Esto no está bien —murmuró.

Yuren no preguntó. Solo observó.

Arel apoyó dos dedos cerca del borde de la herida, sin presionar. Cerró los ojos un instante.

—He tratado heridas causadas por magia —dijo—.

—Fuego, viento, agua… incluso descargas menores.

Abrió los ojos.

—Cada una deja algo distinto. Calor residual. Humedad. Tensión en los músculos.

—Esto no tiene nada de eso.

Yuren inclinó apenas la cabeza.

—Continúa.

Arel tragó saliva.

—Es… como si la herida no fuera el problema.

—Como si el daño real estuviera… debajo.

Kaerys dio un paso al frente.

El aire descendió varios grados.

—¿Puedes sentirlo? —preguntó ella.

Arel dudó.

—No con las manos —respondió—.

—Es más bien… una resistencia. Como si el cuerpo rechazara algo que no entiende.

Yuren acercó la mano, sin tocar al herido.

—¿Esto? —preguntó.

Arel abrió los ojos con brusquedad.

—Sí —dijo, sorprendido—.

—Eso.

Yuren retiró la mano lentamente.

—Interesante.

Kaerys observaba a Arel con atención absoluta. Sus ojos no se movían de él, ni siquiera cuando el herido emitió un quejido bajo.

—No es magia elemental —continuó Arel—.

—Ni una variación común.

—Es… ajena.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Yuren lo interrumpió.

—Basta.

Arel se detuvo de inmediato.

Yuren se enderezó y dio un paso atrás. Kaerys hizo lo mismo.

Durante unos segundos, ambos Arcontes no miraron al herido.

Miraron a Arel.

No como se mira a un médico.

No como se mira a un soldado.

Lo miraron como se observa un instrumento que acaba de reaccionar de forma inesperada.

Yuren fue el primero en apartar la vista.

—Trátenlo como indicó —ordenó a Therion—.

—Nada más.

Therion asintió, aunque claramente tenía preguntas.

Kaerys se giró ya hacia la salida de la tienda, pero se detuvo un segundo.

—Tú —dijo, sin mirar a Arel—.

—No intentes nombrar lo que no conoces.

Luego salió.

Yuren la siguió, no sin antes lanzar una última mirada a Arel. No había dureza en ella.

Había cálculo.

Arel sintió de nuevo ese calor leve en el pecho, como una respuesta involuntaria.

Cuando ambos Arcontes se alejaron, las voces regresaron poco a poco a la tienda. El mundo retomó su ruido.

Pero Arel permaneció inmóvil.

Porque sabía algo con certeza absoluta:

eso no era magia común.

Y por primera vez, había alguien más que también lo sabía…

y lo había visto a través de él.

Yuren y Kaerys se alejaron de la tienda médica sin decir palabra.

Caminaron hasta el borde del campamento, donde las antorchas eran menos y el ruido se disipaba. El viento nocturno arrastraba ceniza y polvo, pero ninguno pareció notarlo.

Fue Yuren quien habló primero.

—Eso no era magia elemental.

Kaerys no respondió de inmediato.

—Ni siquiera era magia residual común —continuó—.

—Era… persistente.

Kaerys se detuvo.

—No lo nombres —dijo, con frialdad—.

—Ni siquiera aquí.

Yuren cerró los ojos un instante.

—Lo sé —respondió—.

—Pero esa sensación… la he sentido antes.

Kaerys lo miró.

—¿Dónde?

Yuren dudó. Muy poco.

—En textos sellados —dijo finalmente—.

—Magia prohibida. No por su poder… sino por su origen.

El silencio se tensó.

—Entidades —añadió—. Deidades antiguas.

—Cosas que no deben ser tocadas, invocadas… ni siquiera comprendidas.

Kaerys apretó ligeramente los dedos.

—¿Crees que Oriana…?

—No —interrumpió Yuren—.

—Oriana no tiene ese conocimiento.

—Ni el valor… ni la estupidez.

Ambos guardaron silencio.

—Entonces alguien más está moviendo piezas —concluyó Kaerys.

Yuren asintió.

—Y ese muchacho… —añadió—.

—No es normal.

Kaerys giró el rostro hacia la tienda médica.

—Ningún médico sin instrucción en magia médica debería detectar eso —dijo—.

—Ni siquiera el Arconte de la Vida lo habría notado con tanta rapidez.

Yuren abrió los ojos.

—Exacto.

Se giró hacia uno de los oficiales cercanos.

—Tráiganlo.

Arel fue llamado minutos después.

Cruzó el campamento con el corazón acelerado, consciente de las miradas que lo seguían. Cuando llegó, encontró a ambos Arcontes de pie, frente a frente, como si el espacio mismo se hubiera ordenado alrededor de ellos.

—Arel Herwyn —dijo Kaerys—.

—Responde solo lo que se te pregunte.

Arel asintió, tenso.

Kaerys dio un paso al frente.

—¿Quién te enseñó a reconocer magia en heridas?

Arel tragó saliva.

—Nadie —respondió—.

—Mi madre me enseñó a curar. No magia.

—¿Has estudiado magia médica? —continuó ella.

—No.

—¿Has recibido instrucción arcana? —insistió.

—No.

Kaerys lo observó con atención, como si buscara una grieta en su voz.

—Entonces dime —dijo—.

—¿Cómo supiste que eso no era magia común?

Arel dudó.

Yuren lo observaba en silencio absoluto.

—Porque… —empezó— porque no se sentía viva.

Kaerys frunció apenas el ceño.

—Explícate.

—La magia elemental deja huellas —dijo Arel—. Calor, flujo, movimiento.

—Esto era… distinto.

—No reaccionaba.

—Solo estaba ahí.

Yuren entrecerró los ojos.

—¿Como algo que observa? —preguntó.

Arel levantó la mirada, sorprendido.

—Sí —respondió sin pensarlo—.

—Exactamente así.

El silencio que siguió fue pesado.

Kaerys retrocedió un paso.

—¿Lo oíste? —murmuró.

Yuren asintió lentamente.

—No miente.

Kaerys volvió a mirar a Arel.

—¿Desde cuándo puedes sentir eso?

Arel dudó.

—No lo sé —admitió—.

—Nunca le puse nombre.

—Solo… sé cuándo algo no pertenece.

Yuren dio un paso adelante.

—Escúchame bien, Arel Herwyn —dijo con voz baja—.

—Lo que has percibido hoy no es algo que deba divulgarse.

Arel asintió de inmediato.

—Y tampoco es algo que debas intentar entender por tu cuenta —añadió Kaerys—.

—Algunas verdades devuelven la mirada.

Arel sintió un escalofrío.

—Por ahora —continuó Yuren—, seguirás trabajando como hasta ahora.

—Nada más.

—Pero desde este momento —dijo Kaerys—, estarás bajo nuestra observación.

Arel bajó la cabeza.

—Sí, señora.

Ambos Arcontes lo observaron un segundo más.

Cuando Arel se retiró, Kaerys rompió el silencio.

—Ese muchacho no debería existir así.

Yuren respondió sin apartar la vista del campamento.

—No —dijo—.

—Pero existe.

Y eso…

era el verdadero problema.

Arel se alejó con pasos lentos.

No sabía si sentía alivio por haber salido de ahí… o miedo por haberlo hecho.

Las palabras de los Arcontes seguían resonando en su mente, una y otra vez. No pertenece. Algunas verdades devuelven la mirada. No entendía del todo lo que había dicho, ni por qué había sido suficiente para inquietarlos.

Se miró las manos.

No parecían distintas. No temblaban. No ardían.

Y aun así, por primera vez, tuvo la sensación de que algo en él había sido visto, no descubierto, sino reconocido… como si hubiera estado oculto a plena vista todo este tiempo.

—No debería existir así…

La frase de Kaerys volvió a su mente, más fría que el aire nocturno.

Arel apretó los puños.

Solo curo heridas, pensó. Eso es todo.

Dio un paso más—

La explosión lo lanzó al suelo.

El estallido sacudió el campamento entero. Una onda seca, brutal, acompañada de un destello cegador que iluminó las tiendas como si fuera de día. El suelo tembló bajo sus pies y el aire se llenó de polvo, ceniza y gritos.

Arel golpeó con fuerza contra la tierra, el oído zumbándole, la visión borrosa.

Por un instante… no escuchó nada.

Luego, el caos.

—¡ATAQUE!

—¡AL SUELO!

—¡PROTEJAN LAS TIENDAS MÉDICAS!

Arel intentó incorporarse, pero el mundo giró. Un pitido agudo le atravesaba la cabeza. Sentía la boca llena de polvo y el pecho pesado, como si le faltara aire.

Vio sombras correr. Fuego elevándose. Una tienda médica desplomándose a lo lejos.

—¡Arel! —escuchó a alguien gritar, aunque la voz parecía venir de muy lejos.

Entonces lo sintió.

Una presión distinta. Más fuerte. Más clara.

El aire se tensó.

Yuren apareció como un relámpago blanco entre el humo, ya con la espada desenvainada. Su expresión había cambiado por completo: ya no analizaba, ya no medía.

Actuaba.

—¡Formación! —ordenó—. ¡Esto no es artillería común!

Kaerys avanzó a su lado.

El suelo a su alrededor comenzó a escarcharse, extendiéndose en patrones irregulares mientras levantaba una mano. El fuego cercano se apagó de golpe, ahogado por un frío antinatural.

—No fue una explosión física —dijo ella—.

—Fue detonación arcana.

Yuren frunció el ceño.

—¿Desde dentro?

Kaerys asintió.

—Desde muy cerca.

Arel logró ponerse de rodillas.

El zumbido en sus oídos comenzaba a ceder, pero algo más ocupó su lugar: esa misma sensación que había percibido en las heridas… ahora multiplicada.

Era la misma presencia.

Más amplia.

Más despierta.

Y por primera vez, no estaba solo observando.

Estaba respondiendo.

Arel llevó una mano al pecho, jadeando.

—No… —murmuró—. No aquí.

Kaerys giró bruscamente la cabeza.

Sus ojos se clavaron en él.

—Yuren —dijo—.

—Él lo siente.

Yuren no respondió de inmediato.

Solo miró a Arel, en medio del humo, del fuego, del grito de los heridos y del acero desenvainado.

Y en esa mirada no hubo duda.

Solo confirmación.

—Todos en alerta máxima —ordenó—.

—Esto… recién empieza.

El campamento ardía.

Y Arel, aún aturdido, comprendió algo con una claridad aterradora:

el interrogatorio no había sido una advertencia.

Había sido una preparación.

El humo aún no se disipaba cuando una figura emergió del centro del cráter.

Caminaba despacio, sin prisa, pisando restos de madera y tela quemada como si fueran simples hojas secas. El resplandor de las antorchas iluminó su silueta, revelando una armadura ligera de tono plateado, pulida, con líneas y grabados naranja incandescente que parecían reaccionar al mana a su alrededor.

Era alto. Delgado. Totalmente calvo.

Sus ojos, de un naranja antinatural, brillaban con una excitación enfermiza. Sonreía.

—Ah… —dijo, inhalando profundamente—.

—Nada como el olor del pánico al caer la noche.

Yuren dio un paso al frente.

Kaerys lo hizo a su lado.

El extraño inclinó ligeramente la cabeza, como si los reconociera.

—Arcontes de Aorion —continuó—. Qué honor.

—Permítanme presentarme antes de borrar este lugar del mapa.

Alzó los brazos con teatralidad.

—Sevrak Ignivar. Caballero de élite de Oriana.

—Un rango… comparable al suyo.

El campamento entero pareció tensarse.

—Retrocedan —ordenó Yuren sin apartar la vista—.

—Esto no es para ustedes.

Sevrak rió.

—¿Crees que vine por ustedes? —preguntó—.

—Vine por el caos.

Yuren desapareció.

No fue un movimiento normal. Fue como si el aire se hubiera plegado sobre sí mismo. En un parpadeo, ya estaba frente a Sevrak, desenvainando su arma.

Arel lo vio.

Y su corazón se detuvo un segundo.

No era una espada común.

Era un sable de hoja curva, de un metal oscuro con un filo tan limpio que parecía absorber la luz. No tenía runas visibles ni adornos innecesarios. Su sola presencia imponía una sensación extraña, como si el arma no necesitara demostrar nada.

—Interesante… —murmuró Sevrak.

El choque fue brutal.

El sable de Yuren descendió con una velocidad imposible, pero Sevrak lo detuvo al colocar la palma abierta frente al golpe.

El aire explotó.

No hubo fuego. No hubo llamas.

Solo una detonación seca, violenta, que lanzó una onda expansiva en todas direcciones.

Yuren fue empujado hacia atrás varios metros, clavando el sable en el suelo para detenerse.

Antes de que Sevrak pudiera avanzar, Kaerys ya estaba sobre él.

Su sable brilló con un tono pálido, y el suelo bajo sus pies se cubrió de escarcha al instante. Cada movimiento suyo era preciso, silencioso, letal.

Atacaron juntos.

Yuren presionaba de frente, su sable trazando cortes imposibles, mientras Kaerys cerraba los ángulos, congelando el aire y el suelo para limitar el movimiento del enemigo.

Sevrak reía.

Giraba. Esquivaba. Detonaba el espacio entre golpes, usando explosiones comprimidas para desviar ataques, romper trayectorias, crear aperturas imposibles.

—¡Vamos! —gritó—.

—¡Muestren por qué los llaman Arcontes!

El intercambio fue feroz.

Metal contra vacío.

Frío contra presión.

Y entonces… Sevrak cambió el ritmo.

Permitió que Yuren lo atacara de frente.

Kaerys avanzó un segundo tarde.

Ese segundo fue suficiente.

Sevrak giró sobre sí mismo y lanzó un golpe directo al torso de Kaerys, impactándola de lleno. Antes de que pudiera reaccionar—

—Demasiado cerca —susurró.

La explosión ocurrió a quemarropa.

El aire se comprimió entre ambos y estalló con violencia absoluta.

Kaerys fue lanzada por los aires como una muñeca, atravesando varias tiendas antes de estrellarse contra el suelo, dejando un rastro de escarcha quebrada y tierra levantada.

—¡KAERYS! —rugió Yuren.

Arel no pensó.

Corrió.

El campamento se había convertido en un infierno.

Caballeros de Oriana irrumpían por los flancos, chocando contra las fuerzas ordinarias de Aorion. Acero, magia, gritos. Las tiendas médicas se llenaban de heridos incluso antes de que los primeros fueran evacuados.

Los médicos trabajaban sin descanso, arrastrando cuerpos, improvisando vendajes, decidiendo a quién podían salvar… y a quién no.

Arel llegó hasta Kaerys.

Ella yacía en el suelo, inmóvil, su sable clavado a unos metros de distancia. El hielo a su alrededor se derretía lentamente, chisporroteando contra la tierra caliente.

Arel se arrodilló junto a ella, con el corazón desbocado.

—No… no ahora… —murmuró, llevándole las manos al pecho para examinarla.

A lo lejos, Yuren volvió a alzarse frente a Sevrak.

Y el caballero de Oriana sonreía más que nunca.

—Esto —dijo, observando el campamento en llamas—.

—Esto es guerra.

Arel apoyó ambas manos sobre el torso de Kaerys.

El impacto había sido devastador.

No había una herida abierta evidente, pero eso era lo peor. El daño no estaba en la piel: estaba dentro. Sus pulmones luchaban por tomar aire, el pulso era irregular, y cada respiración sonaba rota, como si el aire pasara a través de cristales.

—Explosión comprimida… —murmuró Arel, tenso—.

—El impacto viajó por el mana…

Había tratado heridas de fuego. De hielo. De rayos. Incluso de viento cortante.

Pero esto era distinto.

El mana residual seguía vibrando dentro de ella, como si el golpe aún no hubiera terminado de explotar.

Arel cerró los ojos un instante.

Recordó las manos de su madre, firmes pero suaves.

“Primero, calma tu respiración. Luego escucha el cuerpo.”

Inspiró.

Canalizó su atención, no como un mago… sino como un sanador.

Sus dedos comenzaron a moverse con precisión, presionando puntos específicos, guiando la respiración de Kaerys, forzando al mana intruso a dispersarse poco a poco.

—Resiste… —susurró—.

—Por favor, resiste…

Un estruendo sacudió el suelo.

Arel levantó la vista justo a tiempo para ver cómo una tienda médica explotaba en una nube de fuego y presión. Camillas, frascos, vendas… todo salió despedido.

Gritos.

—¡LOS HERIDOS!

—¡RETÍRENSE!

Sevrak caminaba entre las detonaciones como si estuviera paseando.

—Ups —dijo con falsa sorpresa—.

—¿Esa era importante?

Yuren se interpuso entre él y las carpas restantes.

Su respiración era pesada.

Su mirada… distinta.

—Aléjate —dijo, con voz baja—.

—De ellos.

Sevrak ladeó la cabeza.

—¿O qué? —preguntó—.

—¿Me copiarás otra vez ese bonito movimiento rápido?

Otra explosión.

Esta vez, directamente contra Yuren.

Yuren bloqueó, clavando el sable en el suelo. La onda expansiva lo empujó varios metros, arrancando la tierra bajo sus pies.

Sevrak no le dio respiro.

Detonaciones constantes. Precisas. Calculadas.

No buscaba vencerlo rápido.

Buscaba romperlo.

—Vamos, Arconte —se burló—.

—¿Eso es todo?

Otra tienda médica estalló.

Arel sintió el golpe en el pecho, incluso a la distancia.

Algo dentro de Yuren crujió.

No gritó.

No rugió.

Simplemente… dejó de contenerse.

El aire a su alrededor cambió.

El mana comenzó a fluir de su cuerpo en oleadas visibles, distorsionando la luz, haciendo vibrar el suelo. No era violento como el de Sevrak, ni frío como el de Kaerys.

Era adaptativo.

—Tú lo elegiste —dijo Yuren, alzando el sable.

Sevrak sonrió, excitado.

—¿Ah, sí?

Yuren avanzó.

Pero esta vez, algo era diferente.

Cuando Sevrak lanzó la siguiente explosión, Yuren no la bloqueó.

La replicó.

El aire frente a su sable se comprimió de la misma forma, con la misma presión, la misma firma mágica… y explotó contra la explosión original, anulándola en el acto.

El campamento quedó en silencio un segundo.

Los ojos de Sevrak se abrieron por primera vez, sorprendidos.

—…¿Qué?

—Mimetismo —dijo Yuren—.

—Mi técnica.

El mana de Yuren cambió de ritmo.

De forma.

De naturaleza.

Cada detonación que Sevrak lanzaba era absorbida, analizada y devuelta, amplificada, pulida, ejecutada con una precisión aterradora.

Yuren desapareció de nuevo.

Apareció frente a Sevrak y lanzó un corte.

El aire explotó.

No hacia afuera.

Hacia adentro.

Sevrak salió disparado hacia atrás, clavándose contra el suelo, dejando un cráter bajo su cuerpo.

Yuren no se detuvo.

Avanzó, paso a paso, cada movimiento replicando y superando el poder de su enemigo.

—Tú usas explosiones para crear caos —dijo—.

—Yo las uso para terminar batallas.

Arel, arrodillado junto a Kaerys, alzó la vista.

Por un instante, sintió un escalofrío.

No por Sevrak.

Sino por Yuren.

Y sin saber por qué…

tuvo la extraña certeza de que ese poder no era algo que cualquiera pudiera observar sin consecuencias.

Sevrak se incorporó entre los escombros, respirando con dificultad.

Su armadura plateada estaba agrietada, ennegrecida por su propio poder devuelto una y otra vez. Su sonrisa seguía ahí… pero ahora estaba torcida, forzada.

—Je… jejeje… —rió—.

—Así que esto es un Arconte de Aorion de verdad…

Alzó ambas manos.

El mana a su alrededor se volvió errático, descontrolado. Las explosiones ya no eran precisas: eran desesperadas.

—¡SI VOY A CAER… ME LLEVARÉ TODO!

Una cadena de detonaciones surgió a su alrededor, expandiéndose en todas direcciones, buscando consumir el campamento entero.

Yuren avanzó.

No corrió.

No se apresuró.

Levantó su sable blanco… y el mundo pareció ordenarse a su alrededor.

Cada explosión que nacía frente a él era interceptada por otra idéntica, perfecta, silenciosa. No chocaban de forma caótica; se anulaban como si nunca hubieran existido.

El campo de batalla se convirtió en un corredor de presión controlada.

Sevrak gritó, furioso.

—¡MALDITO COPIÓN!

Yuren apareció frente a él en un parpadeo.

El sable descendió.

El corte fue limpio.

Demasiado limpio.

La armadura de Sevrak se abrió desde el hombro hasta el pecho, y la sangre brotó de inmediato, caliente, abundante.

Sevrak retrocedió, tambaleante.

—Tch… —escupió sangre—.

—Esto… no termina aquí…

Una última explosión cegadora estalló a sus pies.

Cuando el humo se disipó, Sevrak ya se alejaba, dando la orden con una carcajada rota:

—¡RETIRADA! ¡NOS VAMOS!

Yuren dio un paso para perseguirlo.

No llegó.

Un destello.

Un tajo invisible cruzó el aire.

Yuren se detuvo en seco.

Una línea roja apareció en su pecho.

Su túnica blanca se tiñó lentamente de sangre.

El golpe lo empujó hacia atrás varios metros.

Arel lo vio con claridad.

Yuren no cayó.

No gritó.

Ni siquiera cambió el gesto.

Solo… observó la sangre que manaba de su propio cuerpo, como si fuera una molestia menor.

Mientras tanto, Kaerys gimió.

—…¿Yuren…?

Sus ojos se abrieron.

Intentó incorporarse, respirando con dificultad, apoyándose en un codo.

—Tengo que… —murmuró—.

—Aún…

Un caballero de Oriana, rezagado, la vio.

Sonrió.

Alzó su espada y corrió hacia ella.

—¡MUERE!

Arel giró la cabeza.

El tiempo pareció romperse.

No pensó.

No gritó.

Solo extendió la mano.

Algo ausente respondió.

No fue luz.

No fue mana visible.

Fue… vacío.

La espada chocó contra algo invisible y se detuvo en seco, a pocos centímetros del rostro de Kaerys, como si hubiera golpeado un muro inexistente.

El caballero de Oriana quedó paralizado, confundido.

Kaerys abrió los ojos, incrédula.

Yuren también.

Por primera vez… miró directamente a Arel.

—…¿Qué… fue eso?

El muro invisible se desvaneció.

Arel retrocedió un paso, pálido, sin entender.

—Y-yo no… —susurró—.

—No sé qué hice…

El caballero enemigo volvió a moverse.

No llegó a atacar.

Yuren apareció frente a él y lo golpeó con el mango del sable.

Un solo impacto.

El hombre cayó inconsciente.

Yuren regresó junto a Kaerys y Arel.

Apoyó una mano sobre su propio pecho.

El mana fluyó.

La herida se cerró como si nunca hubiera existido. La sangre dejó de brotar, la piel se selló sin cicatriz.

Luego se arrodilló junto a Kaerys.

Repitió el proceso.

Kaerys jadeó… y luego respiró con normalidad.

—Siempre tan exagerado… —murmuró ella, débil pero consciente.

Alrededor, el caos comenzaba a disiparse.

Las tropas de Oriana se retiraban, obedeciendo la orden de Sevrak. El campamento, destrozado, quedaba en silencio poco a poco.

Yuren se incorporó.

Miró el campo.

Luego… volvió a mirar a Arel.

Esta vez, no como a un muchacho.

Sino como a algo que no debería existir.

Y Arel, sin saberlo aún, acababa de cruzar una línea de la que no hay regreso.

La tienda principal apenas se sostenía en pie.

Había sido reforzada a toda prisa con postes y lonas remendadas. Afuera, el campamento seguía en movimiento constante: pasos apresurados, órdenes secas, el sonido inconfundible del dolor y la urgencia.

Dentro, el ambiente era distinto.

Therion —el jefe de los médicos— se limpió las manos manchadas de sangre en un paño ya inútil. Su rostro, surcado por arrugas profundas, mostraba cansancio… y algo más cercano al desconcierto.

—No es magia médica formal —dijo finalmente—.

—Ni siquiera empírica. Ese muchacho no canaliza como un sanador, ni como un mago.

Kaerys permanecía sentada, apoyada contra una mesa, aún pálida pero firme. Escuchaba en silencio, los brazos cruzados, la mirada fija en el suelo.

—Y aun así —añadió Therion—, estabilizó heridas que habrían matado a hombres entrenados.

—Sin catalizadores. Sin símbolos. Sin invocaciones.

Hizo una pausa.

—Y detectó una anomalía mágica que ni yo, ni otros dos médicos… notamos.

Kaerys cerró los ojos un instante.

La imagen del muro invisible volvió a su mente. La espada detenida a un suspiro de su garganta.

—Si no fuera por él… —murmuró—.

—Yo estaría muerta.

Abrió los ojos y miró hacia la salida de la tienda.

Arel estaba afuera, ayudando a vendar a un soldado, con las manos aún temblorosas pero la voz sorprendentemente firme.

—Tiene miedo —continuó Kaerys—.

—No del enemigo. De sí mismo.

Therion asintió con lentitud.

—Eso lo hace peligroso… y humano.

Yuren había permanecido en silencio todo ese tiempo, de pie, con los brazos cruzados. Su túnica blanca seguía manchada de sangre seca, contraste violento con su expresión serena.

—No ha recibido instrucción mágica —dijo finalmente—.

—Eso es seguro.

Therion lo miró.

—Entonces, ¿cómo explica lo que hizo?

Yuren no respondió de inmediato.

Su mirada se desvió, atravesando la lona de la tienda, hasta posarse de nuevo en Arel.

Por un instante, su expresión cambió.

No era cálculo.

No era alarma.

Era… reconocimiento.

—No todo poder se enseña —dijo con suavidad—.

—Algunos… se heredan.

Kaerys levantó la vista bruscamente.

—¿Insinúas…?

Yuren negó con la cabeza.

—No aún.

Therion frunció el ceño.

—Arconte —dijo con cautela—.

—Ese muchacho no pertenece a ninguna orden. No tiene respaldo. No tiene protección.

Yuren sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña, contenida.

—Eso ya no es del todo cierto.

Kaerys lo observó, intrigada.

—¿Qué sabes tú… que nosotros no?

Yuren no respondió.

Se limitó a caminar hacia la entrada de la tienda y detenerse allí.

Arel levantó la vista en ese momento, sorprendido de encontrar su mirada.

Durante un segundo, ninguno dijo nada.

Yuren inclinó levemente la cabeza.

No como un superior.

Sino como alguien que reconoce a otro… por primera vez.

Arel no entendió el gesto.

Pero algo en su pecho se aflojó.

Como si, sin saber por qué, ya no estuviera completamente solo.

—Descansará cuando termine esto —dijo Yuren, sin volverse—.

—Y después… hablaremos con él.

Kaerys observó a Arel una vez más.

Había gratitud en su expresión.

Y algo cercano a la preocupación.

—Sea lo que sea —dijo—.

—Ese niño no debería estar aquí.

Yuren cerró los ojos un instante.

—Y sin embargo… —respondió—.

—Aquí es exactamente donde tenía que estar.

Afuera, Arel continuó ayudando a los heridos, sin saber que, en ese breve intervalo, el mundo acababa de reconocerlo.

Ni que uno de los hombres más poderosos del reino acababa de confirmar una verdad largamente enterrada.

La noche se asentó sobre el campamento como un manto pesado.

Las llamas de las antorchas parecían cansadas, temblando con un brillo débil, incapaces de disipar del todo la oscuridad que se había instalado tras la batalla. El aire aún olía a ceniza, a metal caliente, a sangre seca.

Arel permanecía despierto.

Estaba recostado sobre una manta áspera, mirando el cielo cubierto de nubes. Cada vez que cerraba los ojos, la escena regresaba: la espada detenida en el aire, el espacio inexistente entre el acero y la vida.

No recordaba haber sentido mana.

No recordaba haber decidido nada.

Solo… ocurrió.

—¿Qué soy…? —susurró.

El viento respondió moviendo las lonas cercanas.

Entonces escuchó pasos.

No eran apresurados. No eran de guardia.

Eran tranquilos.

—Si fuerzas el sueño —dijo una voz serena—, solo recordarás más.

Arel se incorporó de golpe.

Yuren estaba de pie a unos metros, iluminado por la luz oscilante de una antorcha. Vestía de blanco, como siempre, con el pantalón y las botas negras contrastando con la pureza de la tela. Su presencia no imponía… acompañaba.

—S-señor Arconte… —murmuró Arel.

Yuren negó con la cabeza.

—Yuren —corrigió—.

—Aquí, no necesito títulos.

Se sentó frente a él, dejando una distancia justa, sin invadir su espacio.

—No vine a interrogarte —continuó—.

—Vine a escucharte.

Arel tragó saliva.

—¿Qué… qué quiere saber?

Yuren lo miró con atención genuina.

—De dónde vienes.

—Quiénes te criaron.

—Y cómo llegaste hasta aquí… solo.

Esa última palabra quedó suspendida en el aire.

Arel bajó la mirada.

—Nací en un pueblo pequeño —comenzó—. Se llama Aurora.

—Está cerca de la costa, al este del reino.

Yuren asintió, como si el nombre le resultara familiar.

—Mi madre se llamaba Maera —continuó Arel—.

—Era médica. No de academia… aprendió de otros, de campo en campo.

Su voz tembló apenas.

—Murió cuando yo era niño. La tos blanca.

Yuren cerró los ojos un instante.

No en sorpresa.

En respeto.

—Maera… —repitió en voz baja.

Arel no lo notó.

—Ella me enseñó todo —dijo—.

—A curar, a observar, a no rendirme mientras alguien aún respire.

Levantó la vista.

—De mi padre no sé casi nada. Se fue cuando yo era muy pequeño.

—A veces… siento que ni siquiera existió de verdad.

Yuren sostuvo su mirada.

—A veces —dijo con suavidad—, quienes se van lo hacen para proteger más de lo que imaginamos.

Arel frunció el ceño.

—¿Usted cree?

—Lo sé.

El silencio se alargó.

—Después de que mi madre murió —continuó Arel—, viví con unos vecinos.

—Una pareja de ancianos. Luego llegué al pueblo de los Halegard… curé a Elin… y me dejaron quedarme.

Una sonrisa breve apareció en su rostro.

—Hace poco cumplí quince.

Yuren lo observó como si ese número no significara lo que debería.

—Has vivido demasiado para tu edad —dijo—.

—Eso no siempre es una maldición.

Arel dudó.

—Lo que hice hoy… —murmuró—.

—No sé qué fue. Me dio miedo.

Yuren inclinó la cabeza.

—El miedo no es debilidad —respondió—.

—Es la señal de que no estás solo en lo que sientes… aunque creas que sí.

Arel lo miró, confundido.

—¿Cómo?

Yuren sonrió.

No como un Arconte.

Como alguien cercano.

—Porque, aunque no lo sepas aún —dijo—, hay personas en este mundo que caminan el mismo sendero que tú.

Se levantó.

Antes de irse, apoyó una mano en el hombro de Arel.

Fue un gesto breve.

Firme.

—Descansa —añadió—.

—Mañana será un día largo.

Dio unos pasos y se detuvo.

—Y Arel… —dijo sin volverse—.

—No importa cuántas veces la oscuridad intente convencerte de lo contrario…

Hizo una pausa.

—Nunca has estado solo.

Yuren se alejó, perdiéndose entre las luces del campamento.

Arel se quedó inmóvil.

Con el corazón latiendo con fuerza.

Por primera vez desde la batalla… el vacío dentro de él no se sentía frío.

Se sentía acompañado.

Y en algún lugar profundo de su ser, sin comprender por qué, supo que aquellas palabras no eran solo consuelo.

Eran una promesa.

El amanecer llegó sin ceremonia.

Un cielo grisáceo cubría el campamento, y el olor a humo persistía, mezclado ahora con el del pan recién calentado y las hierbas medicinales. Los heridos dormían o eran atendidos en silencio, como si la noche hubiera dejado a todos con menos palabras.

Arel apenas había probado bocado cuando un soldado se detuvo frente a él.

—Arel Herwyn —dijo con voz firme—.

—Por órdenes directas del Arconte Yuren Valken. Preséntate de inmediato.

El estómago de Arel se tensó.

Asintió.

Encontró a Yuren junto a Kaerys, revisando un mapa extendido sobre una mesa improvisada. Ambos alzaron la vista cuando Arel se acercó.

—Partimos hoy —dijo Yuren sin rodeos—.

—Regresamos a la capital.

Arel parpadeó.

—¿La… capital?

—Sí —respondió Kaerys—.

—Este campamento ya no es lugar para ti.

No había dureza en su voz. Solo certeza.

Yuren enrolló el mapa.

—Vendrás con nosotros.

Arel tragó saliva, pero asintió.

—Entendido.

No preguntó más.

Sabía que algo había cambiado desde la noche anterior. Lo sentía en la forma en que los soldados lo miraban, en el silencio que se hacía a su paso.

Antes de partir, pidió permiso para despedirse.

Therion estaba inclinado sobre una camilla cuando Arel se acercó. Al verlo, el viejo médico dejó lo que hacía y lo observó con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Así que te vas —dijo.

—Sí, señor.

Therion suspiró.

—Sabía que no te quedarías mucho tiempo —murmuró—.

—Las manos como las tuyas nunca lo hacen.

Le colocó una mano en el hombro.

—No olvides lo que eres, muchacho.

—Curar… también es una forma de resistir.

Arel inclinó la cabeza con respeto.

Luego se reunió con los ocho caballeros que lo habían escoltado desde la posada. Estaban formados, algunos con vendas aún visibles, otros apoyados en sus lanzas.

—Cuídate, chico —dijo uno de ellos—.

—La capital no es amable.

—Y no dejes que te cambien demasiado —añadió otro—.

—El mundo ya tiene suficientes armas.

Arel sonrió con timidez.

—Gracias… por confiar en mí.

Uno de los caballeros rió.

—Después de lo que vimos, sería difícil no hacerlo.

Kaerys montó primero.

Yuren lo hizo después.

Arel subió al caballo que le asignaron, sintiendo el peso del momento caer sobre sus hombros.

El campamento quedó atrás.

Con cada paso, el sonido de la vida que conocía se desvanecía un poco más.

No sabía qué le esperaba en la capital.

Solo sabía que lo que había sido hasta ahora… estaba quedando atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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