El caballero del Vacío - Capítulo 5
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Capítulo 5: Una historia, un linaje y un hermano.
Capítulo 5
Y el camino que se abría frente a él ya no tenía vuelta.
El camino hacia la capital se extendía como una cinta gris entre colinas suaves y campos aún marcados por la guerra.
El ritmo de los caballos era constante, casi hipnótico. El viento matinal era frío, pero limpio, como si el mundo intentara recomponerse después del caos.
Durante un buen tramo, nadie habló.
Entonces, Yuren rompió el silencio.
—Kaerys.
Ella alzó la mirada de inmediato.
—Sí.
—Todo lo que escuches a partir de ahora —dijo con calma— es confidencial.
—Nada de esto debe salir de este camino.
Kaerys parpadeó.
—¿Confidencial…? —repitió.
Yuren no explicó.
—Es una orden directa.
La expresión de Kaerys cambió. No discutió.
—Entendido —respondió, aunque su mirada se endureció por la sorpresa.
Arel, que cabalgaba unos pasos detrás, los observó con inquietud.
Yuren giró ligeramente la cabeza hacia él.
Y, de pronto, el peso del viaje… se alivió.
—Dime algo, Arel —dijo con un tono inesperadamente cálido—.
—¿Qué cosas te gustan?
Arel casi tiró de las riendas del susto.
—¿P-perdón?
Yuren sonrió.
—No es una prueba.
Arel dudó.
—Bueno… me gusta dibujar —admitió—.
—Cuando tengo tiempo.
Kaerys lo miró de reojo, sorprendida.
—¿Dibujar?
Arel asintió.
—Sí. Personas… paisajes… a veces símbolos que no entiendo del todo.
Yuren escuchaba con atención genuina.
—¿Algo más?
—Leo mucho —añadió Arel—.
—Tengo un libro de poemas… era de mi padre.
Sus dedos se cerraron levemente sobre las riendas.
—Siempre lo llevo conmigo.
Yuren asintió, como si esa respuesta confirmara algo.
—¿Comida favorita?
Arel parpadeó otra vez.
—Lentejas.
Hubo un breve silencio.
Kaerys soltó una risa incrédula antes de poder detenerse.
—¿Lentejas?
Arel se encogió de hombros, avergonzado.
—Mi madre las hacía muy bien.
Yuren sonrió con suavidad.
—Buen gusto.
Continuaron avanzando unos metros más.
Luego, el tono de Yuren cambió sutilmente.
—¿Conoces teoría de la magia? —preguntó—.
—¿Has estudiado canales, matrices, resonancia… algo?
Arel negó.
—No.
—Nunca estudié magia. Ni siquiera sabía que lo que hacía pudiera llamarse así.
—Está bien —respondió Yuren sin dudar—.
—Eso cambiará.
Kaerys alzó la vista de golpe.
—¿Qué?
Yuren siguió mirando al frente.
—Arel —continuó—.
—Desde hoy, serás mi alumno.
Arel sintió que el aire se le iba del pecho.
—¿S-su alumno?
—Y mi protegido.
Las palabras cayeron con peso absoluto.
Kaerys frenó un poco su caballo, mirándolos con incredulidad.
—Yuren… —empezó, pero se detuvo.
No sabía cómo formular la pregunta.
Nunca.
Jamás.
Había visto a Yuren actuar así.
No con nadie.
Yuren giró apenas la cabeza hacia ella.
Su mirada era firme, pero tranquila.
—Confía en mí —dijo—.
—Por ahora, eso es suficiente.
Kaerys apretó los labios.
Asintió lentamente.
Arel, en cambio, no sabía qué decir.
—Yo… no sé si soy capaz —murmuró—.
Yuren soltó una pequeña risa.
—Nadie que lo sea… cree serlo al principio.
El camino continuó.
El sol comenzó a elevarse.
Y mientras los muros invisibles de la capital aún estaban lejos, algo mucho más importante ya había cambiado:
Por primera vez en su vida, Arel no avanzaba solo.
Y Kaerys, observándolos desde su montura, comprendió que estaba presenciando el inicio de algo que redefiniría el equilibrio del reino.
La palabra protegido no dejó de resonar en la mente de Arel durante horas.
Mientras avanzaban, mientras el sol descendía, mientras el camino se teñía de tonos anaranjados… esa sola palabra pesaba más que cualquier herida.
Protegido.
Nunca lo había sido.
No de verdad.
Había sido acogido, sí. Cuidado. Querido, incluso.
Pero aquello era distinto.
Era una promesa.
Y también una responsabilidad que no entendía.
Cuando el cielo comenzó a oscurecer, Yuren dio la orden de detenerse. Armaron un campamento pequeño, discreto, lejos del camino principal. El fuego crepitó pronto, y el cansancio del día empezó a hacerse presente.
Kaerys se mantuvo cerca, vigilante, pero silenciosa.
Yuren se sentó frente a Arel, el fuego entre ambos.
—Arel —dijo finalmente—.
—Quiero preguntarte algo.
Arel levantó la vista.
—Dígame.
—¿Has oído hablar del antiguo Aegis?
El nombre cayó con un peso extraño.
Arel negó lentamente.
—No.
Yuren asintió.
—Era el protector supremo del reino —continuó—.
—El más fuerte de todos nosotros. El escudo final de Aorion.
El fuego iluminó su rostro.
—Se llamaba Kael Arkhaion.
Arel sintió un estremecimiento involuntario.
El apellido.
—Murió —dijo Yuren— una noche sin luna.
—Durante una batalla contra un ataque coordinado de terroristas.
Kaerys alzó apenas la mirada, atenta.
—No fue una guerra abierta —continuó Yuren—.
—Fue una emboscada. Precisa. Planeada durante años.
Hizo una pausa.
—Los responsables nunca fueron reclamados oficialmente.
—Pero hoy sabemos que fue obra del culto de desconocido. Que se oculta en las sombras.
Arel recordó las túnicas blancas.
Los símbolos.
La forma errática de moverse.
—Después de esa noche… —prosiguió Yuren— el cuerpo nunca fue recuperado.
—Para el reino, murió.
—Para la historia… desapareció.
El silencio se hizo pesado.
—Kael usaba una magia que no se ha vuelto a ver desde entonces —dijo Yuren, bajando un poco la voz—.
—Una magia que no respondía a los elementos.
—Ni a la vida.
—Ni a la destrucción.
Arel tragó saliva.
—La magia del Vacío.
El fuego crepitó con fuerza.
—Una magia que no crea —continuó—.
—No destruye.
—Simplemente… niega.
Arel sintió un frío recorrerle la espalda.
La espada detenida.
La ausencia.
El muro invisible.
—Era el único que podía usarla —dijo Yuren—.
—Hasta ahora.
Arel levantó la vista lentamente.
—Yo… —susurró—.
—Lo que pasó en el campamento…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Yuren lo observó con una mezcla de gravedad y ternura.
—Entendiste rápido —dijo—.
—Eso también es parte de ello.
Kaerys apretó los puños.
Escuchaba.
Cada palabra.
Cada silencio.
Y no podía comprender por qué Yuren le estaba revelando todo eso a un muchacho de quince años…
ni por qué lo hacía con tanta honestidad.
—No te digo esto para asustarte —continuó Yuren—.
—Ni para imponerte un destino.
Miró directamente a Arel.
—Te lo digo porque mereces saber que lo que llevas dentro… no es un error.
Arel bajó la mirada.
Sus manos temblaban.
—Entonces… —dijo con voz rota—.
—¿No fue un accidente?
Yuren negó.
—Fue un despertar.
El fuego iluminó el rostro de Arel, lleno de confusión, miedo… y una comprensión incipiente.
Kaerys los observaba desde el otro lado del campamento.
No intervenía.
Pero por dentro, una sola pregunta no dejaba de martillarle la mente:
¿Por qué… le confía esto a él?
Y mientras la noche avanzaba, una verdad comenzaba a asentarse lentamente en el corazón de Arel:
Aquello que había creído perder con su madre…
nunca se había ido.
Solo había estado esperando.
Las palabras de Yuren quedaron suspendidas en el aire.
No te dejaré solo con ello.
Arel sintió cómo algo se aflojaba dentro de su pecho.
No era alivio completo.
No era seguridad.
Era… permiso para respirar.
—Yo… —empezó, pero la voz se le quebró—.
—No sé qué voy a hacer. Tengo miedo de equivocarme… de lastimar a alguien.
Miró el fuego.
—Pero si usted… si tú —corrigió— dices que no estaré solo… entonces lo intentaré.
Yuren lo observó con atención profunda.
No como Arconte.
No como maestro.
Como alguien que reconoce una decisión difícil.
—Eso es suficiente —dijo—.
—El coraje no es ausencia de miedo. Es avanzar a pesar de él.
Hubo un breve silencio.
Luego, Yuren pareció recordar algo.
—Mencionaste un libro —dijo—.
—Uno de poemas. ¿Aún lo llevas contigo?
Arel se sobresaltó levemente.
—S-sí.
Metió la mano en su morral con cuidado, como si temiera dañar algo frágil, y sacó un pequeño libro de tapas gastadas. El cuero estaba ajado, las esquinas dobladas por los años.
Se lo tendió a Yuren.
—Era de mi padre —dijo—.
—No entiendo todos los poemas… pero me gusta leerlos.
Yuren tomó el libro.
Sus dedos se detuvieron un segundo sobre la portada.
Luego lo abrió.
No necesitó leer mucho.
Una línea.
Una sola.
Yuren cerró el libro con suavidad.
Por un instante, su expresión se quebró apenas… lo suficiente para que Kaerys lo notara.
Eso no es sorpresa, pensó.
Es confirmación.
Yuren devolvió el libro a Arel.
No dijo nada.
Solo sonrió.
Una sonrisa distinta a todas las anteriores.
Más íntima.
Más antigua.
—Cuídalo —dijo—.
—Es un tesoro.
Arel asintió.
—Lo es.
Yuren se puso de pie.
—Arel —añadió—.
—Te lo prometo.
El fuego iluminó su rostro.
—Te protegeré.
—Y te prepararé como mereces.
No como arma.
No como símbolo.
Sino como persona.
Kaerys los observaba en silencio.
Aún no entendía todos los detalles.
Aún no conocía la verdad completa.
Pero algo comenzaba a encajar.
La forma en que Yuren lo miraba.
La paciencia.
El cuidado.
—Kael… —pensó en silencio—.
—Así que esto era lo que dejaste atrás.
El fuego se consumía lentamente.
La noche avanzaba.
Y entre las sombras del campamento, tres destinos comenzaban a alinearse, unidos por un hilo invisible que venía del pasado…
y se proyectaba hacia un futuro que ya no podía evitarse.
El amanecer los recibió desde lo alto de una colina.
Arel fue el primero en verla.
La capital de Aorion se extendía ante ellos como un organismo vivo, vasto e imponente. Grandes edificios de piedra clara y hierro forjado se alzaban unos junto a otros, con balcones ornamentados, ventanales altos y techos puntiagudos que recordaban a un estilo antiguo y elegante, casi victoriano, pero adaptado a la magia y al poder del reino. Torres delgadas se entremezclaban con cúpulas y puentes elevados, y en lo más alto, dominándolo todo, se erguía la fortaleza central.
El corazón del reino.
Las calles ya estaban despiertas.
Carretas avanzaban entre la multitud, comerciantes levantaban cortinas de tela, aprendices corrían con pergaminos bajo el brazo, y caballeros patrullaban con paso firme. La ciudad vibraba con vida, ruido y movimiento constante.
Arel sintió cómo el pecho se le cerraba.
Nunca había visto tanta gente junta.
Nunca había sentido tantas presencias al mismo tiempo.
—No te separes —dijo Yuren con calma—.
—Aquí, incluso el aire escucha.
Cruzaron las puertas principales sin ser detenidos. Los guardias reconocieron de inmediato a los Arcontes y se hicieron a un lado con respeto absoluto. Las miradas se clavaron en ellos… y luego en Arel.
Demasiado joven.
Demasiado fuera de lugar.
Yuren tomó el camino directo hacia la fortaleza.
—Debo informar del ataque de Oriana —dijo mientras avanzaban—.
—Lo ocurrido en el campamento no puede ocultarse más.
Arel apenas escuchaba.
Algo no estaba bien.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Miró de reojo.
Entre la multitud, sombras se movían de forma antinatural. No eran personas comunes. Caminaban a contracorriente del flujo, deteniéndose cuando ellos se detenían, avanzando cuando avanzaban.
No llevaban uniformes.
No necesitaban hacerlo.
Arel apretó los puños.
—Yuren… —susurró—.
—Creo que…
—Lo sabemos —respondió Yuren sin mirarlo—.
Kaerys asintió, su mano cerca del sable.
—Nos observan desde que cruzamos la puerta este.
Las sombras se hicieron más definidas por un instante: figuras altas sobre tejados, reflejos en cristales, presencias que no proyectaban sombra propia.
Arel tragó saliva.
—¿Quiénes son…?
Yuren sonrió apenas.
—Los demás Arcontes.
La palabra no tranquilizó a Arel.
Lo aterrorizó más.
—No temas —añadió Yuren—.
—Si estuvieran aquí para detenerte… ya lo habrían hecho.
La fortaleza crecía ante ellos.
Muros altos, ennegrecidos por el tiempo, con estandartes ondeando desde lo alto: el símbolo de Alfa y Omega superpuestos brillaba bajo la luz del amanecer.
Arel levantó la vista.
Sintió que entraba en un lugar donde cada piedra conocía secretos…
y donde su presencia ya había sido anunciada sin una sola palabra.
Mientras cruzaban el puente de acceso, las sombras se detuvieron.
Observando.
Esperando.
Y Arel comprendió algo con claridad inquietante:
Había llegado al centro del reino…
y al mismo tiempo, al punto exacto donde su destino ya no podía ocultarse.
El paso de Arel se detuvo en seco.
El aire cambió.
No fue un sonido ni un grito lo que anunció su llegada, sino una presión densa, metálica, como si el suelo mismo hubiera ganado peso.
Desde uno de los accesos laterales de la fortaleza, una figura avanzó.
Era alto.
Imponente.
Completamente cubierto.
Su armadura era de acero oscuro pulido, compuesta por placas angulares perfectamente ensambladas, sin un solo espacio vulnerable a la vista. Cada paso resonaba con un eco grave, profundo, que se propagaba por el puente de piedra. No llevaba capa; no la necesitaba.
El yelmo ocultaba su rostro por completo.
—Arconte Yuren Valken —dijo la figura con una voz que sonaba amortiguada, como si proviniera desde el interior de una campana—.
Yuren se detuvo.
Kaerys también.
Arel sintió cómo la piel se le erizaba.
—Arconte de Acero —respondió Yuren con naturalidad—.
El caballero inclinó ligeramente la cabeza.
—El Aegis solicita su presencia inmediata —continuó—.
—La de usted… y la de sus acompañantes.
El visor del yelmo se giró lentamente hacia Arel.
Luego hacia Kaerys.
—Ambos incluidos.
El corazón de Arel comenzó a latir con fuerza.
—¿El… Aegis? —susurró.
Kaerys tensó la mandíbula.
—¿Desde cuándo el Aegis convoca a civiles? —preguntó, con cautela.
El Arconte de Acero no respondió de inmediato.
—Desde que lo ocurrido en el campamento dejó de ser un asunto ordinario —dijo finalmente—.
Yuren observó al Arconte durante un segundo largo.
No había sorpresa en su rostro.
Solo confirmación.
—Guíanos —dijo.
El Arconte de Acero dio media vuelta.
Cada paso suyo resonaba como un martillo sobre yunque.
Mientras avanzaban hacia el interior de la fortaleza, Arel sintió que el mundo exterior quedaba atrás: el ruido de la ciudad, el bullicio, la vida cotidiana.
Todo se apagaba.
Y solo quedaba una certeza, tan clara como inquietante:
El lugar donde alguna vez se sentó el protector supremo del reino…
ahora lo estaba llamando por su nombre, aunque aún no lo supiera.
No los condujeron al salón del Aegis.
Aquello, por sí solo, fue una señal.
El Arconte de Acero cambió de dirección dentro de la fortaleza, llevándolos por corredores más amplios, adornados con tapices antiguos y estatuas de antiguos protectores del reino. El ambiente se volvió más solemne, más frío.
Arel lo sintió en la piel.
—Aquí… —murmuró Kaerys—.
—Aquí se decide el destino del reino.
Las puertas de la Sala del Consejo se abrieron.
El espacio era vasto, circular, con gradas de piedra ascendiendo en semicírculo. En ellas se encontraban sentados los nobles, representantes de casas antiguas, comerciantes poderosos y figuras cuya influencia no necesitaba título militar.
En el centro, una mesa larga de obsidiana pulida.
Y detrás de ella… Vortham Nullis.
El Aegis.
No llevaba una armadura completa como el Arconte de Acero, pero su presencia era aún más opresiva. Vestía ropajes oscuros reforzados con placas negras que parecían absorber la luz. A su alrededor, el aire era denso, como si toda energía se inclinara hacia él.
Arel sintió un vacío extraño en el pecho.
No el suyo.
El de Vortham.
—Arconte Yuren Valken —dijo una voz del consejo—.
—Proceda con su informe.
Yuren avanzó sin titubear.
Su voz fue clara, precisa, sin adornos innecesarios. Relató el ataque de Oriana, la emboscada, la presencia de individuos con símbolos extraños, la intervención de Sevrak Ignivar, y la retirada enemiga.
El salón escuchó en silencio.
Cuando terminó, un murmullo bajo recorrió la sala.
Entonces, un noble se inclinó hacia adelante.
—Arconte Yuren —dijo—.
—Nuestros informantes nos han hecho llegar un detalle… preocupante.
Sus ojos se desviaron hacia Arel.
—Un muchacho.
—Quince años.
—Que manifestó una magia desconocida en medio del combate.
Arel sintió cómo todas las miradas caían sobre él.
—Ese incidente ya es conocido —continuó el noble—.
—Y no podemos permitir que alguien con ese poder camine libremente por la capital.
Otro miembro del consejo asintió.
—¿Qué planea hacerse con él?
Kaerys dio un paso al frente.
—Con el debido respeto —comenzó—.
—Arel salvó vidas. Actuó por reflejo, no por intención hostil. No puede—
—Arconte Kaerys —interrumpió una voz seca—.
—Usted no tiene voz en esta deliberación.
Kaerys se detuvo.
Bajó la mirada.
Como siempre.
Arel apretó los puños.
Entonces, Yuren dio un paso adelante.
El suelo pareció responder a su presencia.
—Eso no va a pasar.
El murmullo cesó de golpe.
—Arel —continuó Yuren— es desde ahora mi aprendiz.
Algunas voces intentaron levantarse.
—Arconte Valken, esto no es—
Yuren alzó la mirada.
Su mana no explotó.
No fue necesario.
—No está a discusión —dijo con una calma peligrosa—.
—Yo me haré responsable de él. De su entrenamiento. De sus errores… si los hubiera.
Avanzó un paso más.
—Y si alguien aquí considera que eso es inaceptable —añadió—, entonces primero tendrá que enfrentarse a mí.
El silencio que siguió fue absoluto.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Algunos nobles evitaron su mirada. Otros apretaron los labios.
Vortham Nullis permaneció inmóvil.
Observando.
Absorbiendo.
Finalmente, uno de los consejeros carraspeó.
—El… consejo tomará nota —dijo con rigidez—.
No hubo objeciones.
Porque todos lo sabían.
Yuren Valken no solo era un Arconte.
Era el más fuerte entre ellos.
Arel levantó la vista, incrédulo.
Kaerys lo miró de reojo.
Y por primera vez, entendió completamente:
No era solo protección lo que Yuren había prometido.
Era una declaración de guerra contra cualquiera que intentara arrebatarle ese destino.
Y Vortham Nullis, el Aegis, observaba en silencio…
como quien presencia el inicio de algo que no puede —ni debe— detener.
Tras ello fueron citados por el aegis.
La sala privada del Aegis estaba lejos del bullicio del consejo.
No era grande ni ostentosa. Las paredes eran de piedra oscura pulida, sin estandartes ni símbolos de poder. Solo una mesa circular, tres asientos… y uno más, ligeramente apartado.
Cuando la puerta se cerró, el silencio duró apenas un segundo.
Luego, Vortham Nullis soltó una risa grave.
—Vaya, Yuren —dijo mientras se quitaba lentamente los guanteletes—.
—¿Amenazar al consejo completo en su propia sala?
—Has madurado… o te has vuelto más imprudente.
Yuren sonrió de lado.
—Dime que no lo disfrutaste.
Vortham negó con la cabeza, aún sonriendo.
—Lo disfruté demasiado.
Kaerys se quedó rígida.
Aquello era… antinatural.
El Aegis.
El hombre ante el que nobles, generales y Arcontes medían cada palabra…
bromeando.
Como un viejo amigo.
—Si hubiera sabido que ibas a hacer eso —continuó Vortham—, habría pedido vino.
Yuren soltó una breve risa.
—El consejo ya estaba bastante alterado.
Kaerys los observaba sin decir nada.
Yo he servido bajo el Aegis durante años, pensó.
Y jamás lo había visto así.
Vortham finalmente dirigió su atención a Arel.
Su mirada era intensa… pero no hostil.
—Así que tú eres Arel.
Arel tragó saliva.
—S-sí, señor.
—No hace falta —respondió Vortham—.
—Aquí, solo Vortham.
Arel asintió, nervioso.
—Quería darte la bienvenida personalmente —continuó el Aegis—.
—Y dejar algo claro desde el inicio.
Se apoyó en la mesa.
—Estoy completamente de acuerdo con la decisión de Yuren.
Arel abrió los ojos, sorprendido.
—¿De… verdad?
—Por supuesto —respondió Vortham—.
—Si Yuren ha decidido tomarte como aprendiz, no hay mejor persona para hacerlo.
Miró de reojo a Yuren.
—Tiene un pésimo carácter… pero un criterio impecable.
—Eso dice todo el mundo —replicó Yuren.
Vortham volvió la mirada a Arel.
—No tienes nada de qué preocuparte aquí —dijo con voz firme—.
—Yo me encargaré del consejo.
Su expresión se endureció apenas.
—Ya se está propagando el rumor —añadió—.
—Dicen que tu magia… se parece demasiado a la de Kael Arkhaion.
Kaerys sintió un escalofrío.
Arel bajó la mirada.
—No confirmaremos nada —continuó Vortham—.
—Ni lo negaremos. Dejar que hablen también es una forma de control.
Luego, suavizó el tono.
—Pero quiero que sepas algo, muchacho.
Se inclinó un poco hacia él.
—Mientras estés bajo esta fortaleza…
—nadie te tocará sin pasar primero por mí.
Arel sintió un nudo en la garganta.
—Gracias…
Vortham se enderezó.
—Bien —dijo, dando una palmada—.
—Eso es todo por ahora.
Miró a Yuren.
—Cuídalo bien.
Yuren asintió.
—Lo haré.
Mientras salían de la sala, Kaerys caminaba en silencio, con la mente llena de preguntas.
No entendía aún todo lo que estaba ocurriendo.
Pero una cosa era clara:
Arel no solo había llamado la atención del Arconte más fuerte.
Había sido aceptado, sin condiciones, por el Aegis de Aorion.
Y eso…
era algo que cambiaría el equilibrio del reino, quisiera el consejo o no.
El pasillo que salía de la sala privada estaba casi vacío.
La tensión del consejo aún parecía adherida a las paredes, pero Yuren caminaba con la tranquilidad de quien ya había ganado la batalla más importante del día.
—Ha sido suficiente por hoy —dijo sin detenerse—.
—Kaerys, retírate. Descansa. Es una orden.
Kaerys se detuvo en seco.
Quería decir algo.
Preguntar.
Exigir respuestas.
Se le notaba en la rigidez de los hombros, en la mano apretada contra el sable.
—…Entendido —respondió finalmente, casi a regañadientes.
Se giró, pero antes de marcharse se detuvo frente a Arel.
Durante un segundo volvió a ser la Arconte de la Dama de Hielo…
Luego, su expresión cambió.
—Arel —dijo con voz más baja—.
—Gracias… por salvarme.
Arel parpadeó, sorprendido.
—Y-yo… no fue nada —respondió, nervioso—. Solo… reaccioné.
Kaerys bajó la mirada por un instante.
Algo muy poco común en ella.
—Aun así —dijo—.
—Espero… verte pronto.
Se enderezó de inmediato, recuperando su compostura habitual, y se dio la vuelta sin añadir nada más.
Cuando desapareció por el pasillo, Yuren soltó una carcajada contenida.
—Eso no es propio de ella —comentó—.
—Si el consejo la viera así, se desmayan.
Arel se sonrojó.
—N-no fue para tanto…
Yuren lo miró de reojo, con una sonrisa burlona.
—Claro que sí.
—Al parecer le gustas.
—¡¿Q-qué?! —Arel desvió la mirada de inmediato—.
—N-no, yo… no…
Yuren rió más fuerte.
—Relájate. Solo bromeo… por ahora.
Continuaron caminando hasta llegar a una zona distinta de la fortaleza, más tranquila, con corredores amplios y ventanales altos que dejaban entrar la luz del atardecer.
Allí los esperaba un hombre de mediana edad, vestido con ropas sobrias, portando pergaminos y un pequeño registro metálico.
—Arconte Yuren —saludó con respeto.
—Todo listo —respondió Yuren.
Hablaron en voz baja durante unos momentos. Nombres, firmas, sellos mágicos que Arel no comprendía del todo.
Finalmente, el hombre sacó una llave.
Era de metal oscuro, con una runa grabada en el centro.
Se la entregó a Arel.
—Desde hoy —dijo con tono formal—, este apartamento le pertenece.
—Es su residencia asignada dentro de la capital.
Arel miró la llave.
Luego al hombre.
Luego a Yuren.
—¿M… mío? —susurró.
—Tu hogar —confirmó Yuren—.
—Al menos mientras estés aquí.
Arel apretó la llave entre los dedos.
No dijo nada.
No pudo.
Solo se quedó allí, inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho, consciente de que, por primera vez desde la muerte de su madre…
tenía un lugar al que podía llamar casa.
Salieron de la fortaleza cuando el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violáceos.
Las enormes puertas se cerraron a sus espaldas con un sonido grave y solemne, como si marcaran el final de una etapa y el inicio de otra. Afuera, la capital seguía viva: carruajes avanzando por las calles empedradas, faroles encendiéndose uno a uno, voces mezcladas con el murmullo constante de la ciudad.
Arel caminaba en silencio junto a Yuren.
Aún sostenía la llave en la mano.
La giraba ligeramente entre sus dedos, como si temiera que desapareciera si dejaba de mirarla.
—¿Estás bien? —preguntó Yuren sin mirarlo.
—Sí… creo —respondió Arel—.
—Solo… es mucho.
Yuren asintió.
—Lo sé.
—La capital suele hacer eso. Y yo también.
Avanzaron por calles más tranquilas, alejándose del bullicio del centro político. Los edificios cambiaron: menos ornamentales, más sobrios, pero sólidos, antiguos, pensados para durar generaciones. Algunos tenían balcones estrechos, otros ventanas altas cubiertas por cortinas gruesas.
Finalmente llegaron a un conjunto de apartamentos resguardados por un pequeño arco de piedra y sellos discretos grabados en las paredes.
—Aquí es —dijo Yuren.
Entraron.
El interior era silencioso, casi acogedor. Un pasillo largo, escaleras de madera oscura y puertas alineadas con precisión. Nada lujoso, pero tampoco humilde. Un lugar pensado para quienes servían al reino… y sobrevivían lo suficiente para necesitar descanso.
Yuren se detuvo frente a una de las puertas.
—Este es el tuyo.
Arel respiró hondo.
Introdujo la llave.
El clic del mecanismo resonó más fuerte de lo que esperaba.
Abrió la puerta.
Un espacio sencillo lo recibió: una cama, una mesa, una pequeña estantería vacía, una ventana que daba a los tejados de la ciudad. La luz del atardecer entraba suavemente, bañándolo todo de un tono cálido.
Arel dio un paso adentro.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió prisa.
—Descansa —dijo Yuren desde el umbral—.
—Mañana empezamos de verdad.
Arel asintió.
—Gracias… por todo.
Yuren sonrió de lado. — murmurando contesto.
—Duerme, hermanito.
Cerró la puerta con suavidad, dejándolo solo.
Arel se quedó de pie en medio del cuarto, apretando la llave contra su pecho, mientras la ciudad de la capital respiraba afuera y el peso del día, por fin, comenzaba a caer sobre él.
El amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre los tejados de la capital cuando Arel abrió los ojos.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
El techo desconocido.
El silencio distinto.
El leve rumor de la ciudad despertando.
No era Aurora.
No era la posada.
Era la capital de Aorion.
Se incorporó lentamente, aún con el cuerpo pesado por el cansancio del día anterior. Miró la llave sobre la mesa, el libro de poemas cuidadosamente apoyado junto a ella. Todo era real.
Entonces—
Toc, toc.
El sonido seco en la puerta hizo que su corazón diera un salto.
—Arel —la voz de Yuren atravesó la madera con naturalidad—. Despierta.
Arel se levantó de golpe.
—¡S-sí! —respondió apresurado, casi tropezando con la cama.
Se acercó a la puerta y la abrió apenas.
Yuren estaba ahí, completamente despierto, con su ropa blanca impecable, el pantalón y las botas negras contrastando con la luz suave del amanecer. La katana colgaba de su cintura como si nunca la dejara.
—Cámbiate —dijo sin rodeos—.
—Tu entrenamiento empieza ahora.
Arel parpadeó.
—¿A-ahora?
—Ahora —repitió Yuren—.
—La magia no espera a que estés listo.
El estómago de Arel se encogió.
—P-pero yo… no he entrenado nunca —confesó—.
—No sé ni por dónde empezar.
Yuren lo observó un instante más.
—Por eso empiezo contigo hoy —respondió—.
—Y temprano.
Arel asintió, nervioso.
Cerró la puerta y apoyó la frente contra ella durante un segundo. Sintió cómo el pulso se aceleraba, cómo las manos le sudaban.
Entrenamiento…
Magia…
Vacío…
Se cambió con torpeza, ajustándose la ropa una y otra vez como si eso pudiera calmarlo. Antes de salir, tomó aire profundo.
—Está bien… —se dijo en voz baja—.
—Solo… da un paso a la vez.
Abrió la puerta.
Yuren ya lo esperaba, de pie, mirando el pasillo.
—¿Listo? —preguntó.
Arel tragó saliva.
—Creo que sí.
Yuren sonrió apenas, como si supiera que no lo estaba… y aun así, eso fuera suficiente.
—Entonces vamos —dijo—.
—Hoy das tu primer paso.
Y sin saberlo aún, Arel cruzó el umbral que separaba una vida ordinaria…
de un camino del que ya no habría retorno.
Caminaron por la capital mientras el sol terminaba de alzarse entre torres y cúpulas.
Las calles ya estaban despiertas. Comerciantes abrían sus puestos, aprendices corrían con libros bajo el brazo, y patrullas de caballeros avanzaban con paso firme. Arel caminaba junto a Yuren, tratando de no quedarse atrás, con el pulso acelerado y la mente llena de preguntas.
No sabía exactamente qué temía más: fallar…
o descubrir que todo aquello era real.
Tras unos minutos, Yuren habló.
—Sobre lo de hace un rato —dijo sin mirarlo—.
—La rudeza. La prisa.
Arel levantó la vista.
—No es personal —continuó—. Parte del entrenamiento lo es.
—La magia no responde bien a la comodidad.
Arel asintió.
—Lo entiendo… creo.
Yuren dejó escapar una leve exhalación.
—Aun así, lo siento.
—No todos están hechos para ser arrojados al agua y aprender a nadar.
Eso no tranquilizó a Arel. Pero agradeció la honestidad.
Continuaron avanzando.
—Ahora escucha con atención —dijo Yuren—.
—Todos los seres humanos nacen con maná. Es parte de estar vivo.
Arel frunció el ceño, concentrado.
—Pero muy pocos pueden manifestarlo de forma física —prosiguió—.
—Crear fuego, lanzar ráfagas de viento, moldear el agua… eso ya es una excepción.
Giró ligeramente la cabeza hacia él.
—Y luego están las familias.
—Generaciones que han cultivado formas específicas de usar la magia.
Arel recordó a Kaerys.
—Magias raras —dijo Yuren—.
—Oscuridad. Luz. Hielo… como la de Kaerys.
Arel sintió un escalofrío al pensar en ella.
—Por eso el consejo está tan interesado en ti —añadió—.
—Toda persona que puede usar magia debe ser registrada, evaluada… regulada.
Arel bajó la mirada.
—¿Controlada? —preguntó en voz baja.
—Sí —respondió Yuren sin rodeos—.
—Antes de que sea un peligro para otros… o para sí misma.
El camino terminó en una zona abierta de la ciudad, rodeada por muros bajos y gradas de piedra. Era un campo de entrenamiento, sencillo pero amplio, con marcas de combate grabadas en el suelo y áreas delimitadas por barreras mágicas.
Había varios caballeros ya entrenando.
De cuarto y tercer grado.
Cuando Yuren puso un pie dentro del campo, todo se detuvo.
Las conversaciones cesaron.
Los movimientos se congelaron.
Uno a uno, los caballeros se giraron hacia él y realizaron saludos militares con una precisión impecable.
—Arconte Valken —dijeron casi al unísono.
Arel se tensó.
Sintió decenas de miradas clavarse en él.
¿Por qué está aquí?
¿Quién es ese chico?
Yuren alzó una mano.
—Necesito un área de combate —dijo—.
—Y una espada común.
Un caballero de tercer grado se apresuró a obedecer.
—De inmediato, señor.
Mientras preparaban el espacio, los murmullos crecieron en voz baja. Las miradas iban de Yuren a Arel y de vuelta, llenas de curiosidad y desconcierto.
Arel tragó saliva.
Sentía el estómago revuelto.
Pero al mismo tiempo…
Algo más despertaba en él.
Curiosidad.
Expectativa.
Un deseo profundo de entender.
Se quedó de pie junto a Yuren, nervioso, temeroso…
y aun así, listo para aprender.
Sin saberlo, estaba a punto de dar su primer paso real dentro del mundo de la magia.
Yuren tomó la espada que le habían entregado.
Era sencilla.
De acero común, sin runas ni adornos.
La sostuvo un momento… y luego se la extendió a Arel.
—¿Alguna vez usaste una?
Arel dudó antes de responder.
—Cuando era muy pequeño… —dijo—.
—Tal vez cuatro años. Mi padre me enseñó un poco.
La mano de Yuren se detuvo en el aire.
Lo miró.
Y entonces… sonrió.
No una sonrisa burlona.
No una sonrisa amable.
Una sonrisa cargada de recuerdos.
—¿Ah, sí? —dijo con interés genuino—.
—Entonces… muéstrame lo que recuerdas.
Arel tomó la espada.
El peso le resultó familiar… y extraño al mismo tiempo.
Respiró hondo.
Dio un paso atrás, cargando el peso del cuerpo hacia la pierna trasera. Bajó ligeramente el centro de gravedad y extendió la espada hacia el frente, con la punta apuntando directamente a Yuren.
La postura era torpe.
Imperfecta.
Pero era real.
Los ojos de Yuren se abrieron un poco más.
—…Vaya —murmuró.
Él conocía esa postura.
—Ataca —ordenó.
Arel se quedó inmóvil.
El miedo le congeló los músculos.
¿Atacar a un Arconte?
¿A Yuren?
Yuren lo notó.
Y no esperó.
Avanzó en un instante.
—Nunca bajes la guardia —dijo mientras atacaba.
El acero chocó.
Arel apenas logró levantar la espada a tiempo. El impacto le recorrió los brazos como una descarga. Retrocedió un paso, casi perdiendo el equilibrio.
—¡Bien! —dijo Yuren—.
—Ahora cubre.
Otro ataque.
—¡Muévete!
Arel esquivó por reflejo. El aire cortado por la hoja pasó peligrosamente cerca de su rostro.
El corazón le latía con fuerza.
—No pienses —continuó Yuren, avanzando sin darle tregua—.
—Reacciona.
Golpe.
Desvío.
Paso atrás.
Yuren no lo atacaba con brutalidad… pero tampoco con suavidad.
—El acero no perdona —dijo—.
—Un descuido… y sangras.
Arel lo sabía.
Cada choque de espadas se sentía real. Demasiado real.
El miedo lo atravesaba.
Pero también… algo más.
Una memoria antigua.
Un eco.
Los caballeros alrededor observaban en completo silencio.
—¿Está… enseñando? —susurró uno de cuarto grado.
—Nunca lo había visto hacer eso —respondió otro—.
—Ni siquiera con nosotros.
—¿Quién es ese chico?
—No lo sé… pero si Yuren lo entrena… debe ser especial.
Arel apenas escuchaba.
Solo veía la hoja venir hacia él.
Solo sentía el peso del acero.
Solo recordaba una voz lejana, hace muchos años, diciéndole cómo moverse.
Y por primera vez desde que comenzó el entrenamiento…
no retrocedió.
Siguió de pie.
Aprendiendo.
El choque fue seco.
La espada de Yuren impactó con precisión contra la de Arel… y la diferencia de fuerza se hizo evidente de inmediato. El acero vibró, y la espada de Arel salió despedida de sus manos, girando en el aire antes de caer al suelo con un sonido metálico.
Arel se quedó inmóvil.
El pulso le latía con fuerza.
Yuren bajó su arma apenas un instante.
—Las armas nunca se sueltan —dijo con calma—.
—Aunque duela. Aunque tiemblen las manos.
No hubo reproche.
Solo una verdad.
Yuren volvió a avanzar.
—Ahora —continuó—, usa los puños.
Arel abrió los ojos.
—¿Q-qué?
—Ataca.
Arel dudó… y luego lanzó un golpe torpe, sin técnica, sin equilibrio. Su puño cortó el aire sin acercarse siquiera a Yuren.
Yuren lo esquivó con suma facilidad.
—Así no —dijo.
El mango de la katana golpeó el costado de Arel.
El aire se le escapó de los pulmones.
—Usa el cuerpo —otro golpe, esta vez en el hombro—.
—No solo los brazos.
Arel retrocedió, intentando cubrirse.
Yuren atacaba con partes sin filo: el mango, el lomo de la hoja, el costado del arma. Cada impacto era preciso, controlado… pero dolía.
Mucho.
—Mantén el equilibrio.
Golpe.
—Mira al oponente.
Otro.
—No cierres los ojos.
Arel cayó de rodillas por un momento, respirando con dificultad. El cuerpo le ardía, los brazos le temblaban, la vista se le nublaba.
Quería llorar.
Quería que terminara.
Pero Yuren no se detenía.
—Levántate —ordenó.
Arel lo hizo, como pudo.
Los caballeros alrededor no podían creerlo.
—¿Ahora combate cuerpo a cuerpo…?
—Está entrenándolo en todo…
—¿Quién es ese chico para recibir esto?
Arel apenas escuchaba.
El mundo se redujo al siguiente golpe.
Yuren avanzó, rápido, preciso, el mango de la katana dirigido directo al rostro de Arel.
No tuvo tiempo de pensar.
No tuvo tiempo de reaccionar como le habían enseñado.
Solo… ocurrió.
El aire frente a él se distorsionó.
Un muro invisible se formó entre el golpe y su cara.
El impacto no llegó.
La katana de Yuren se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra algo que no podía verse.
Silencio.
Yuren abrió los ojos con sorpresa genuina.
Los caballeros alrededor quedaron inmóviles.
—¿Q-qué fue eso…?
—¿Vieron eso…?
—¿Magia… sin canalización?
Arel respiraba agitadamente, sin comprender lo que había hecho. Miró sus manos, temblorosas.
—Yo… no…
El muro se desvaneció tan rápido como apareció.
Pero el impacto ya estaba hecho.
El campo de entrenamiento ya no era solo un lugar de práctica.
Se había convertido en el escenario donde, por segunda vez, el Vacío se manifestaba ante todos.
Yuren levantó la mano.
El combate se detuvo de inmediato.
El silencio pesó sobre el campo de entrenamiento, roto solo por la respiración agitada de Arel. Yuren bajó la katana lentamente y lo observó con atención, sin rastro de enojo.
—Tranquilo —dijo—.
—No hiciste nada mal.
Arel alzó la mirada, aún temblando.
—Lo que acabas de hacer —continuó Yuren— es natural en tu caso.
—Tu cuerpo reaccionó antes que tu mente. Se protegió solo.
Miró el punto donde el muro invisible había aparecido.
—Con el tiempo —añadió— podrás usarlo a voluntad.
Los murmullos entre los caballeros crecieron.
—¿Usar magia así… sin preparación?
—¿Inconsciente…?
—¿Quién es realmente ese chico?
Yuren se giró, tomó la espada del suelo y se la devolvió al caballero que se la había entregado.
—Gracias —dijo con cortesía.
Luego volvió junto a Arel.
Su expresión cambió.
Sonrió.
—Por ahora, la lección terminó —anunció—.
—Es hora de comer algo.
Arel dejó escapar una risa nerviosa… que se transformó en una mueca de dolor.
—Me… me duele todo.
Yuren lo observó de arriba abajo.
—Tal vez —dijo— se me fue un poco la mano.
—¿Un poco…? —murmuró Arel, adolorido—.
—Eso es injusto… usted puede curarse solo.
Yuren suspiró.
Luego soltó una carcajada.
—Tienes razón —admitió—.
—Eso sí sería injusto.
Se giró hacia uno de los caballeros.
—Llama a un médico —ordenó—.
—Dile que el responsable fui yo.
Los caballeros obedecieron de inmediato.
Arel se dejó caer sentado en el suelo, exhausto, cubierto de golpes… pero con el corazón latiendo con una emoción nueva.
Dolía.
Pero había aprendido.
Y por primera vez, supo que ese poder que llevaba dentro no solo era miedo…
también podía ser protección.
El local era pequeño y cálido.
El aroma de guisos recién hechos llenaba el aire, mezclándose con el murmullo de conversaciones ajenas. Arel estaba sentado frente a Yuren, cubierto de vendas, parches y pequeños ungüentos. Su aspecto era tan lastimero que rozaba lo cómico.
Yuren lo observó un momento antes de pedir.
—Un guiso del día —dijo—.
—Y lentejas.
Arel alzó la vista, sorprendido.
—¿Lentejas…?
Yuren le devolvió la mirada con una leve sonrisa.
—Claro —respondió—.
—Es tu comida favorita.
Arel se quedó en silencio unos segundos.
—…¿Lo recordó?
—Sí —dijo Yuren sin dudar—.
—Jamás olvidaría lo que le gusta a mi hermanito.
Arel parpadeó.
—¿H-hermanito…?
Yuren apoyó el codo sobre la mesa, relajado.
—Hay muchas cosas de las que debemos hablar —dijo—.
—Pero no ahora.
Arel tragó saliva.
—¿Qué quiere decir con…?
—Por ahora —interrumpió Yuren con suavidad—, relájate.
—Disfruta la comida.
El mesero dejó los platos frente a ellos.
El vapor ascendía lentamente.
—Solo hay algo que necesitas saber por el momento —continuó Yuren, bajando un poco la voz—.
—Eres mi hermano.
Arel sintió que el mundo se detenía.
—N-no… —susurró—.
—Eso no tiene sentido…
—No de sangre —aclaró Yuren—.
—Pero lo eres.
Lo miró con seriedad.
—Tu padre… y quien fue mi maestro… eran el mismo hombre.
El corazón de Arel se apretó con fuerza.
Las palabras resonaron en su mente una y otra vez.
¿Mi padre…?
¿Su maestro…?
La respiración se le volvió irregular. Sus manos temblaron sobre la mesa.
Todas las preguntas que había guardado durante años irrumpieron de golpe. La ausencia. La sonrisa en la oscuridad. El libro de poemas. La sensación constante de no pertenecer a ningún sitio.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Yo… —la voz se le quebró—.
—Yo pensé que estaba solo…
Yuren se inclinó hacia él.
—No lo estás —dijo con firmeza—.
—Nunca lo estuviste.
Arel bajó la cabeza, al borde del llanto.
Yuren colocó una mano sobre la mesa, cerca de la suya.
—Te lo contaré todo —prometió—.
—Pero no en este momento.
Sonrió con calidez.
—Por ahora, come.
—Relájate.
—Y… intenta ser feliz.
Arel asintió lentamente.
Entre lágrimas contenidas y el calor del guiso, comprendió algo que jamás creyó posible:
Había encontrado, al fin, algo parecido a una familia.
La comida terminó en silencio.
Arel apenas pudo acabar su plato. Cada bocado parecía quedarse atascado en su garganta, mezclado con emociones que no sabía cómo procesar. Yuren no lo apuró. Simplemente esperó.
Cuando se levantaron, la tarde ya comenzaba a caer.
—Es hora de irnos —dijo Yuren.
No explicó a dónde.
Salieron del local y, poco después, montaron a caballo. Dejaron atrás la capital, sus calles abarrotadas y su ruido constante, hasta que las murallas quedaron atrás y el paisaje se volvió más abierto, más tranquilo.
El camino transcurrió en completo silencio.
Arel miraba el horizonte sin realmente verlo. Las palabras de Yuren se repetían en su mente una y otra vez.
Hermano.
Maestro.
Padre.
¿Cómo era posible?
Tras un largo trayecto, llegaron a una pequeña montaña, más bien una colina elevada, aislada, desde donde se alcanzaba a ver la capital a lo lejos. Yuren desmontó y le indicó que lo siguiera.
—Por aquí.
Tomaron un sendero estrecho que serpenteaba entre rocas y árboles bajos. El viento soplaba con suavidad.
Entonces, Yuren habló.
—Hace muchos años… —comenzó— un hombre me adoptó.
Arel levantó la mirada, pero no dijo nada.
—Nací con una anomalía —continuó—.
—Las anomalías… somos personas benditas o malditas. Depende de a quién le preguntes.
Se detuvo un momento, como midiendo sus palabras.
—Tenía cuatro años cuando ocurrió. Nací con una cantidad de maná tan abismal… que cualquiera que estuviera cerca de mí podía morir por la presión que generaba.
Arel sintió un nudo en el pecho.
—Mis padres —dijo Yuren— eran nobles.
—Decidieron sellar mi poder con ayuda de caballeros especialistas en sellos.
Avanzaron unos pasos más.
—Les costó mucho —admitió—. Pero al final lo lograron.
Su voz no tembló. Pero algo en ella se volvió más fría.
—Después de eso… fui tratado como un monstruo.
—Una bestia.
Arel apretó los puños.
—Mi poder fue mal visto —prosiguió—.
—Dos años después apareció ese hombre.
Yuren alzó la vista hacia el cielo.
—Kael…
El nombre quedó suspendido en el aire.
—Decidió tomarme —dijo—.
—Mis padres no objetaron.
—Era más fácil deshacerse de mí… que intentar entenderme.
El sendero terminó en una pequeña explanada natural.
—Kael me enseñó todo —continuó—.
—A controlar mi poder. A defenderme. A pelear.
—A usar la magia con un propósito.
Yuren se giró hacia Arel.
—No solo fue mi maestro —dijo con firmeza—.
—Fue mi padre.
El silencio cayó entre ambos.
—El único —añadió—.
—Y me trató como a su hijo.
Arel sintió que la garganta se le cerraba.
—El libro de poemas que tienes… —Yuren sonrió con tristeza—.
—Lo supe al instante.
Se llevó una mano al pecho.
—Esa letra… es la suya.
Arel permaneció en silencio.
Escuchó cada palabra.
Sintió el peso de la historia caer sobre él como una marea: tristeza, shock, melancolía. Pensó en todo lo que Yuren había pasado. En lo injusto. En lo cruel.
Y, al mismo tiempo, en la extraña conexión que los unía.
No dijo nada.
No hacía falta.
El viento sopló entre ambos, llevándose las palabras… pero no el significado.
Yuren respiró hondo antes de continuar.
Se giró lentamente, observando el lugar que los rodeaba: la explanada, las rocas desgastadas por el tiempo, el silencio casi sagrado de la colina.
—Este lugar… —dijo— es donde él me preparó.
Arel alzó la vista.
—Aquí me enseñó.
—Aquí me protegió.
El viento movía ligeramente la hierba.
—Y ahora —continuó Yuren—, aquí es donde haré lo mismo.
Arel sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
—No sé cómo ni por qué —admitió—.
—Tampoco entiendo cómo el destino… o Dios… hizo que te encontrara.
Yuren apretó los puños.
—Hay cosas que aún no me quedan claras —prosiguió—.
—Tu nacimiento.
—Y qué fue realmente de nuestro padre.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero hay algo que sí tengo absolutamente claro.
Se giró hacia Arel.
—Protegerte.
Arel sintió que el pecho le ardía.
—Sé que esto no es algo que esperabas —dijo Yuren—.
—Tal vez ni siquiera algo que deseas.
Dio un paso más cerca.
—Pero, dados los hechos, no pienso abandonarte ni dejarte a tu suerte.
Arel tragó saliva.
—Eres mi hermanito —afirmó—.
—Y a la familia no se la abandona.
Las palabras se hundieron en Arel como un golpe suave… pero profundo.
—Desconozco el porqué de las acciones de nuestro padre —continuó Yuren—.
—Pero estoy seguro de que hubo una razón.
Miró al horizonte, donde la capital se veía lejana.
—Hasta que lo entendamos, lo único importante para mí es esto:
—Protegerte y enseñarte a usar tu poder.
Arel sintió un nudo en la garganta.
—La magia de nuestro padre —dijo Yuren—.
—Tu legítimo poder.
Respiró hondo.
—El consejo irá tras de ti —advirtió—.
—Querrán usarte como un arma… o algo peor.
Arel apretó los puños, tembloroso.
—Pero mientras estés bajo mi cuidado —concluyó Yuren—, eso no sucederá.
El silencio volvió a envolverlos.
—No sé cuáles sean tus planes —dijo finalmente—.
—Pero por ahora… deberán esperar.
Se acercó un poco más.
—Primero te prepararé.
Arel no respondió de inmediato.
Su mente era un torbellino: miedo, alivio, tristeza, esperanza. La idea de no estar solo, de tener a alguien que lo protegiera, chocaba con el peso de todo lo que acababa de descubrir.
Sintió los ojos arderle.
Nunca había pedido esto.
Nunca lo había esperado.
Pero, por primera vez desde la muerte de su madre…
alguien se quedaba.
Y eso, aun en medio del caos, le dio fuerzas para seguir de pie.
Arel respiró hondo.
Las palabras parecían atorarse en su pecho, como si el aire no fuera suficiente para sostenerlas. Levantó la mirada hacia Yuren y, con la voz temblorosa, habló.
—Gracias… —dijo—.
—Gracias por todo esto… y… yo lo acepto.
Intentó seguir hablando, pero no pudo.
El nudo en su garganta se rompió y las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—No puedo creerlo… —sollozó—.
—Pasé tanto tiempo pensando que estaba solo… y ahora… ahora tengo un hermano…
El llanto lo venció.
Yuren no dijo nada de inmediato. Solo dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza, sin dureza, sin prisa. Un abrazo firme, real.
—Está bien —dijo finalmente, con voz baja—.
—De verdad… está bien.
Arel apretó la ropa de Yuren con las manos, como si temiera que desapareciera.
—Yo tampoco puedo creer todo esto —continuó Yuren—.
—Pero… me alegra. Mucho.
Se separó apenas para mirarlo.
—Te lo prometo —dijo—.
—Con el tiempo te ayudaré a descubrir qué fue realmente de nuestro padre.
—Y si tienes alguna meta… cualquier cosa que quieras hacer… te ayudaré a alcanzarla.
Arel asintió entre lágrimas.
Respiró hondo, tratando de calmarse, y entonces recordó algo.
—Mis… mis abuelos —dijo—.
—Solo sé que son médicos, como mi madre.
—Vivían en el Valle del Este.
Yuren lo escuchó con atención.
—Está bien —respondió—.
—Te ayudaré a encontrarlos.
Su tono fue firme.
—Usaré mi poder y mi influencia para hacerlo.
Arel sintió un alivio profundo al oírlo.
—Pero antes —continuó Yuren—, debo decirte algo importante.
Su expresión se volvió más seria.
—El consejo no tardará en actuar.
—Te obligarán a convertirte en caballero.
Arel se tensó.
—No pasará mucho tiempo antes de que descubran que tu magia es del Vacío —prosiguió—.
—La misma que usó nuestro padre.
El viento sopló con más fuerza.
—Querrán respuestas —dijo—.
—Querrán saber qué fue de él.
Yuren bajó un poco la voz.
—Oficialmente, Kael está muerto.
—Para nosotros… y para la historia.
Miró a Arel a los ojos.
—Tu existencia demuestra lo contrario.
Arel comprendió el peso de esas palabras.
—Eso molestará al consejo —continuó Yuren—.
—Mucho.
Respiró hondo.
—Mientras tanto, te prepararé.
—Estamos en guerra.
Arel guardó silencio.
—Aunque yo pueda protegerte —dijo Yuren—, también tengo un deber con la gente de este reino.
Miró hacia la capital a lo lejos.
—Ese fue el propósito que nuestro padre me dejó.
Volvió a Arel.
—No te obligo a tomarlo —aclaró—.
—Pero es muy probable que este sea también tu destino.
Hizo una pausa.
—Al menos… por un tiempo.
Arel cerró los ojos un instante.
El miedo seguía ahí.
La incertidumbre también.
Pero ahora, junto a todo eso, había algo nuevo.
Un lazo.
Una promesa.
Un camino.
Y por primera vez, no tendría que recorrerlo solo.
Arel respiró hondo.
El temblor en su cuerpo comenzó a disiparse poco a poco. Aún tenía miedo, eso no había cambiado, pero ahora ese miedo ya no lo paralizaba. Levantó la mirada y habló con una firmeza nueva, nacida del fondo de su pecho.
—Está bien —dijo—.
—Lo haré.
Yuren lo observó en silencio.
—Me convertiré en caballero —continuó Arel—.
—Si este poder me aterra… entonces aprenderé a usarlo.
Apretó los puños.
—Como médico siempre quise lo mismo —añadió—.
—Proteger.
—Cuidar.
—Salvar.
El viento pasó entre ambos.
Yuren sonrió.
No fue una sonrisa contenida ni irónica. Fue una expresión clara de orgullo… y de felicidad genuina.
—Así será —respondió—.
—Eso es exactamente lo que nuestro padre habría querido.
Ambos dirigieron la mirada hacia el horizonte.
La capital de Aorion se extendía ante ellos, majestuosa y compleja, llena de luces, sombras y destinos entrelazados. Por primera vez desde que había llegado, Arel no sintió que aquella ciudad lo aplastara.
Sintió confianza.
Sintió alegría.
Sintió esperanza.
Había encontrado un lazo que no esperaba.
Había descubierto que no estaba solo.
Y mientras el sol comenzaba a descender lentamente, Arel comprendió que, aunque el camino que tenía delante sería duro…
pero también estaba listo para recorrerlo.
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