El caballero del Vacío - Capítulo 6
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Capítulo 6: El peso del acero
Capítulo 6
El sonido del acero cortando el aire se repetía una y otra vez en la cima de la colina.
Arel jadeaba, con el cuerpo cubierto de sudor, los brazos temblándole por el esfuerzo. Sus movimientos ya no eran tan torpes como días atrás. La espada obedecía un poco más a su voluntad, la postura era más firme, y sus pies comenzaban a moverse con intención en lugar de puro instinto.
No era bueno.
Pero ya no era inútil.
Yuren avanzó, lanzando un ataque limpio. Arel logró desviar el golpe y retroceder sin perder el equilibrio.
—Mejor —comentó Yuren—.
—Ya no retrocedes con los ojos cerrados.
Arel sonrió apenas, cansado.
Tras un intercambio más, bajó la espada y respiró hondo.
—Yuren… —preguntó—.
—¿Cuándo me enseñarás a usar la magia? El maná, quiero decir.
Yuren se detuvo frente a él.
—Aún no —respondió con calma.
Arel frunció el ceño.
—Pero…
—Antes de aprender magia —interrumpió Yuren—, debes aprender a pelear sin ella.
Apoyó la katana en su hombro.
—Espada.
—Puños.
—Piernas.
Dio un paso al frente.
—Un mago que depende solo de su poder muere rápido.
—El cuerpo es la base de todo.
Arel asintió, aunque con cierta decepción.
—Cuando domines lo básico —continuó Yuren—, entonces te enseñaré a usar el maná.
—Pero por ahora, concéntrate en el combate.
Arel ajustó el agarre de la espada.
—Entendido.
Volvieron a enfrentarse.
El sonido del metal volvió a llenar el aire, hasta que—
Yuren se detuvo de golpe.
Su mirada se desplazó hacia el sendero que bajaba por la colina.
—Basta —dijo—.
—Es momento de parar.
Arel bajó la espada, confundido.
—¿Pasa algo?
Yuren sonrió levemente.
—Sí.
—Es momento de presentarte a un amigo.
De entre los árboles apareció una figura.
Un hombre de porte tranquilo, caminando sin prisa, como si aquel terreno no le exigiera esfuerzo alguno. Medía alrededor de 1.80, de espalda recta pese a la edad. Su cabeza era completamente calva, y su rostro estaba surcado por arrugas profundas, marcas de una vida larga y cargada de experiencias.
Sus ojos cafés eran serenos… pero atentos.
No eran los ojos de un anciano común.
Vestía ropas similares a las de un monje guerrero: túnica blanca, con franjas de azul marino y detalles oscuros que parecían más funcionales que decorativos. La tela se movía con cada paso, revelando un cuerpo aún fuerte bajo la edad.
No llevaba armadura.
No llevaba arma visible.
Y aun así… su presencia imponía respeto.
Arel sintió un leve escalofrío.
Yuren dio un paso adelante.
—Arel —dijo—.
—Te presento a Raiken Volmar.
La historia, una vez más, avanzaba.
Raiken dio un paso al frente y se inclinó ligeramente, con una formalidad sencilla.
—Soy Raiken Volmar —dijo con voz grave, serena—. Caballero mágico… y arconte.
Arel parpadeó.
La palabra arconte resonó en su cabeza con fuerza. Sus ojos recorrieron de nuevo el cuerpo del anciano: las arrugas, el andar tranquilo, la ausencia total de armadura. No podía creer que alguien que aparentaba tanta edad siguiera ocupando un rango tan alto, reservado para monstruos en el campo de batalla.
Raiken sonrió al notar su sorpresa.
—Es un gusto conocerte —continuó—. El chico del que medio reino empieza a murmurar.
Yuren alzó una ceja.
—¿Cuánto sabes?
—Solo rumores —respondió Raiken—. Susurros exagerados, medias verdades… ya sabes cómo funciona esto.
Luego miró a Arel con más atención.
—Pero para que tú seas su aprendiz —dijo señalando a Yuren—, algo grande debió pasar.
Yuren asintió lentamente.
—Así es.
—Toma asiento, Raiken. Es momento de que sepas todo.
La escena se desdibujó.
El sol avanzó en el cielo, y cuando la conversación terminó, el silencio se asentó pesado sobre la colina. Raiken permanecía sentado, con las manos entrelazadas, los ojos bajos. No había interrumpido ni una sola vez.
Finalmente, se levantó.
Sus pasos fueron lentos, pero firmes, hasta quedar frente a Arel. El muchacho levantó la vista, nervioso, sin saber qué esperar.
Entonces, sin aviso alguno, Raiken lo rodeó con los brazos.
—No puedo creer que Kael te hiciera pasar por todo esto —dijo con una mezcla de rabia y afecto—. Te prometo que si algún día vuelvo a ver a ese bastardo… le daré su merecido.
Y soltó una carcajada breve, cargada de emoción.
Arel quedó completamente rígido.
No entendía ese afecto repentino. No sabía cómo reaccionar. Sus brazos tardaron unos segundos en responder.
Raiken se separó y lo miró a los ojos.
—Tu padre fue mi mejor amigo —continuó—. El único.
—Vivimos cientos de cosas juntos, desde que nos enlistamos como caballeros… hasta el día que se sacrificó por el reino.
Su sonrisa se apagó un poco.
—O al menos… eso es lo que creímos todos.
—Eso es lo que creemos aún.
Miró entonces a Yuren.
—¿Quién más lo sabe?
—De momento, solo Kaerys —respondió Yuren—.
—Está bajo mis órdenes. No dirá nada.
Raiken asintió.
—Está bien. Es una buena chica. Buena soldado.
—No los traicionará.
Luego volvió su atención a Arel, y esta vez su sonrisa fue distinta. Más cálida.
—En cuanto a ti… —dijo—, puedes llamarme tío Raiken, o solo Raiken.
—No te presiones.
Se llevó una mano al pecho.
—Pero para mí, eres como mi hijo.
Arel sintió un nudo en la garganta.
—Desde hoy —continuó Raiken—, al igual que Yuren, cuidaré de ti.
—Eres el hijo de mi gran hermano.
Bajó la mirada un instante.
—Lamento no haber sabido de ti antes.
—Si lo hubiera hecho, créeme… habría ido por ti hace mucho.
Luego, con suavidad:
—Y lamento lo de tu madre.
—Debió ser una mujer extraordinaria.
—Me alegra saber que mi hermano amó a alguien.
Arel tragó saliva.
—Lo fue —respondió con voz temblorosa—.
—No recuerdo mucho… pero estoy seguro de que se amaron de verdad.
Raiken sonrió, satisfecho.
—Entonces… —dijo abriendo los brazos—, bienvenido a esta pequeña familia.
Y por primera vez desde que su mundo se derrumbó, Arel sintió que, de verdad, ya no estaba solo.
Arel respiró hondo antes de hablar.
—Gracias… de verdad —dijo, inclinando un poco la cabeza hacia Raiken—.
—No sé qué decir, pero… me alegra no estar solo.
En su pecho se mezclaban emociones nuevas, cálidas. Una familia, pensó. No era la que imaginó de niño, ni la que el destino le prometió, pero era real. Y eso bastaba para hacerlo sonreír.
Raiken le devolvió la sonrisa, satisfecho.
Entonces giró el rostro hacia Yuren y, con una expresión cargada de afecto sincero, dijo:
—Estoy muy feliz por ti, niño.
Yuren parpadeó un segundo, sorprendido… y luego sonrió como pocas veces lo hacía.
—Gracias, Raiken.
El ambiente era ligero, casi tranquilo, pero Raiken suspiró y su tono cambió.
—No quiero amargar el momento —dijo—, pero creo que sabes por qué estoy aquí, ¿cierto?
Yuren asintió lentamente.
—El consejo te envió.
—Así es —confirmó Raiken—.
—Quieren que te presentes… y que lleves al chico contigo.
—Desean una explicación por tus acciones, y también por él.
—Lo de su magia ya se sabe.
Yuren no mostró sorpresa.
—Está bien —respondió con firmeza—.
—Iremos ahora mismo al consejo.
Raiken lo observó con atención.
—¿Harás público lo de Kael?
Yuren tardó un instante en responder.
—Solo una parte —dijo finalmente—.
—Lo suficiente.
—Sé cómo piensan… si creen que no está dispuesto a servirles, intentarán eliminarlo o convertirlo en un arma.
Raiken asintió, serio.
—Está bien, chico.
—Te acompañaré en todo momento.
Mientras hablaban, Arel sentía un peso crecer en su pecho. Sus manos se cerraron con nerviosismo. Todo esto es por mí, pensó. Soy un problema. Una carga.
Raiken lo notó de inmediato.
Se agachó un poco frente a él y habló con suavidad.
—No tienes por qué ponerte triste —dijo—.
—No eres una carga.
—Nosotros estaremos contigo todo este tiempo.
—Y no dejaremos que el consejo haga contigo lo que le dé la gana.
Arel alzó la vista.
Sus ojos brillaban, pero esta vez no de miedo.
—Gracias… —murmuró, esbozando una pequeña sonrisa.
No sabía qué le esperaba en el consejo. No sabía qué decidirían los poderosos del reino.
Pero una cosa era clara, ahora tenía una familia y no pensaban abandonarlo.
Antes de cruzar las enormes puertas del consejo, Yuren se detuvo.
El murmullo del interior se filtraba por las rendijas, grave, denso, como si el propio edificio respirara poder.
Yuren se inclinó un poco hacia Arel y habló en voz baja, firme pero tranquila.
—Escúchame bien —dijo—.
—No es necesario que hables. Yo lo haré.
—Solo responde si te preguntan algo directamente.
—Sin mentir. Nunca mientas aquí.
Arel asintió de inmediato, tragando saliva.
Raiken apoyó una mano en su hombro, breve, reconfortante.
—Respira —le dijo—. No estás solo.
Las puertas se abrieron.
Yuren entró primero, seguido por Raiken y luego Arel.
La sala del consejo estaba completamente llena.
No solo los nobles: estaban todos. Arcontes con sus armaduras ceremoniales, altos mandos militares, figuras envueltas en túnicas costosas, representantes de linajes antiguos. En el centro, elevado sobre el resto, se encontraba el Aegis. El peso de tantas miradas cayó sobre Arel como una losa.
No era normal.
No era nunca normal que toda la nobleza y los caballeros más importantes del reino se reunieran así.
A esto vine a parar, pensó Arel.
Sintió una presión fuerte en el pecho, casi física. El aire parecía más denso. Su mana —aunque aún no sabía llamarlo así— reaccionaba al entorno, inquieto, como un animal acorralado.
Sus ojos recorrieron la sala con nerviosismo… hasta que la vio.
Kaerys.
Estaba a lo lejos, de pie junto a un hombre de porte similar al suyo: misma postura recta, misma disciplina grabada en el cuerpo. Cabello claro, mirada fría. Probablemente familia, pensó Arel.
Kaerys lo miró directamente a los ojos.
Por un instante, apenas uno, le dedicó una leve sonrisa.
Luego su rostro volvió a ser pura seriedad.
Arel sintió cómo el calor le subía al rostro y bajó ligeramente la mirada, avergonzado, sin saber por qué.
Entonces Yuren dio un paso al frente.
El murmullo de la sala comenzó a apagarse.
La atención del reino entero se concentró en él.
Y Arel entendió, con una mezcla de miedo y certeza, que lo que estaba a punto de suceder cambiaría su destino para siempre.
El murmullo de la sala se apagó cuando Lord Halvek Durness levantó una sola mano.
Arel sintió cómo el aire se volvía pesado.
—Acércate —ordenó.
El muchacho dio el primer paso con torpeza.
Luego otro.
Y otro más.
Cada pisada resonaba demasiado fuerte sobre el mármol pulido del centro del salón. Sentía los ojos de todos clavados en él: nobles, arcontes, generales, figuras que solo conocía por historias y rumores. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que le dolía. Le sudaban las manos. La garganta se le cerró como si alguien la estuviera apretando desde dentro.
Halvek Durness lo observaba desde su asiento elevado.
Era, sin exagerar, el hombre más rico del reino. Su cabello canoso estaba perfectamente arreglado, su barba recortada con precisión. Vestía seda de la más alta calidad, capas superpuestas de tonos oscuros y profundos, adornadas con broches de oro. En sus dedos brillaban varios anillos, cada uno más ostentoso que el anterior, cargados de gemas que reflejaban la luz de las lámparas como pequeños soles artificiales.
—Preséntate ante el consejo —dijo con una voz suave… demasiado suave—. Dinos quién eres.
Arel tragó saliva.
Sintió que las palabras se le amontonaban en la boca, chocando unas con otras. Abrió los labios… y durante un segundo no salió nada.
—Y-yo… —empezó, con la voz temblorosa.
Respiró hondo. O lo intentó.
—M-mi nombre es Arel… Arel Herwyn —dijo finalmente, usando el apellido de su madre—. S-soy del pueblo de Aurora… un pueblo pequeño, c-cerca de la costa…
Notó cómo su voz se quebraba. Sus manos temblaban tanto que tuvo que apretarlas contra los costados para que no se notara. Sentía el estómago revuelto, como si fuera a vomitar en cualquier momento.
—S-solo soy un joven que… que practica la medicina —continuó—. N-no tengo rango… ni t-título… solo…
Las palabras empezaron a atropellarse.
—S-solo curo personas —dijo al final, casi en un susurro.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Arel tenía la sensación de que, si levantaba la mirada, se desmoronaría. Cada segundo allí, en el centro de la sala, se sentía eterno. Su respiración era irregular. Le ardían los oídos. El pecho le dolía de tanto contener el aire.
Entonces, una voz distinta cortó el ambiente.
—Curioso.
Arel alzó la vista apenas.
Quien había hablado era Lady Verena Salkyr.
Era una mujer que rondaba los treinta años, de porte firme y mirada calculadora. Vestía ropajes elegantes y sobrios, estructurados de una forma que recordaba más a la eficiencia que al lujo: telas finas, colores neutros, líneas limpias. No llevaba joyas llamativas; su autoridad no las necesitaba. De un cabello color plata y ojos de color avellana.
—Mis informantes ya me han entregado reportes detallados sobre lo ocurrido en el campamento —continuó, cruzando las manos—. Sabemos que utilizaste magia. Sabemos también qué tipo de magia fue.
Arel sintió que el mundo se le venía encima.
—L-lo siento, y-yo… —intentó decir.
—No te disculpes aún —lo interrumpió Verena con calma—. Confiesa primero.
Sus ojos se afilaron.
—Explícanos por qué posees algo que se asemeja tanto a la magia del vacío.
El corazón de Arel dio un salto violento.
El aire abandonó sus pulmones de golpe. Sus rodillas flaquearon. Las palabras se le atascaron en la garganta y salieron rotas, torpes.
—Y-yo n-no sé… n-no sabía que… —balbuceó—. Y-yo solo quise… proteger…
Las sílabas se le caían, una tras otra, como si no pudiera sostenerlas. El sudor le corría por la espalda. Sentía la cabeza ligera, a punto de marearse. En su mente solo había ruido: miradas, juicios, miedo.
Y en algún lugar, al fondo de la sala, Yuren observaba en silencio.
Sin moverse.
Sin intervenir todavía.
Esperando.
Un murmullo bajo empezó a recorrer la sala.
Primero fue apenas perceptible, como el roce del viento entre hojas secas. Luego creció. Voces susurradas, miradas que se cruzaban, gestos discretos entre nobles y caballeros.
—¿Vacío…?
—Eso es imposible.
—¿No estaba extinta?
—Kael…
Algunos arcontes se mantenían inmóviles, con el rostro serio, analítico. Otros intercambiaban miradas cargadas de inquietud. El Arconte del Eco, Malthir Kain, observaba en silencio desde un extremo de la sala, los ojos entrecerrados, como si ya estuviera memorizando cada reacción, cada palabra, cada gesto.
General Tharos Edevain frunció el ceño, claramente incómodo. Para un hombre de guerra convencional, aquello escapaba por completo a su dominio.
En el sector de la nobleza, varios rostros mostraban algo más que preocupación: ambición.
Arel seguía en el centro, pequeño, expuesto, con la respiración entrecortada. Sentía que lo estaban desnudando ante todos, pieza por pieza.
—Silencio —ordenó Halvek Durness, sin alzar la voz.
El murmullo cesó de inmediato.
—Lady Salkyr hace una observación válida —continuó Halvek, apoyando los dedos enjoyados sobre el brazo de su asiento—. La magia del vacío no es algo que aparezca… por accidente.
Arel abrió la boca, pero no logró decir nada.
—No tiene instrucción formal —intervino otra voz noble—. No pertenece a ningún linaje registrado.
—Eso lo hace más peligroso, no menos —respondió otro.
—O más útil.
La última frase cayó pesada.
Fue entonces cuando Yuren dio un paso al frente.
El sonido de su bota contra el mármol fue seco, claro. No gritó. No levantó la voz.
Aun así, la atención de la sala se desplazó hacia él como si alguien hubiera tensado un hilo invisible.
—Basta —dijo.
Una sola palabra.
Fría. Controlada.
Yuren se colocó ligeramente delante de Arel, no de forma teatral, sino natural, casi instintiva. Su presencia era distinta a la de los nobles: no estaba allí por herencia ni riqueza. Estaba allí porque nadie podía ignorarlo.
—El muchacho ya respondió lo que puede responder —continuó—. No miente. No entiende su poder. No lo buscó.
Lady Verena Salkyr lo observó con atención.
—Arconte Valken —dijo—, con todo respeto, esto supera incluso tu autoridad.
Yuren giró apenas el rostro hacia ella.
—No —respondió con calma—. Esto entra exactamente dentro de mi autoridad.
Un nuevo murmullo recorrió la sala, más tenso que el anterior.
—Yo estuve allí —continuó Yuren—. Vi lo que ocurrió en el campamento. Vi cómo reaccionó su cuerpo. No hubo intención hostil. No hubo canalización consciente.
Se volvió hacia el consejo completo.
—Y lo más importante: si no hubiera intervenido, Kaerys Glacien estaría muerta.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
Kaerys, al fondo, apretó ligeramente los labios.
—¿Van a castigar a un chico por salvar una vida? —preguntó Yuren, sin ironía—. ¿O por el simple crimen de haber nacido con algo que no entienden?
Halvek Durness entrecerró los ojos.
—Arconte Valken —dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, nadie ha hablado aún de castigos.
—No —respondió Yuren—. Pero ya están hablando de control.
El Aegis, Vortham Nullis, observaba todo en silencio, sin intervenir todavía.
Yuren dio un paso más.
—Arel está bajo mi tutela directa —declaró—. Yo asumo toda responsabilidad sobre su entrenamiento, su conducta y su poder.
La frase resonó con fuerza.
—Y cualquiera que tenga objeciones —añadió, levantando la mirada lentamente—, puede planteármelas a mí.
Nadie respondió de inmediato.
El aire estaba tenso. Demasiado tenso.
Arel, detrás de Yuren, temblaba aún… pero ya no estaba solo en el centro del salón.
Y el consejo lo sabía.
El silencio tenso que había dejado la intervención de Yuren fue roto por el sonido seco de un bastón golpeando el mármol.
—Orden —dijo una voz firme—. Mantengamos el orden.
Quien habló fue el Marqués Othryn Belvar.
Se levantó con calma de su asiento, y su sola presencia impuso una quietud distinta a la de la fuerza bruta: era la quietud de la ley. Vestía ropajes sobrios, largos y estructurados, similares a los de un juez antiguo, con capas internas de tonos oscuros y símbolos bordados en hilo plateado que representaban balanzas, círculos rúnicos y sellos legales. Aquella vestimenta no era decorativa: era el emblema visible de su cargo como máxima autoridad del consejo jurídico y de las leyes mágicas del reino.
Othryn rondaba los cuarenta años. Su rostro era severo, afilado por la disciplina. Llevaba una barba estilo van Dyck: un bigote fino y bien delineado que se curvaba ligeramente hacia arriba, separado de una perilla puntiaguda y cuidadosamente recortada en el mentón, sin rastro de vello en las mejillas. Su cabello negro estaba corto, peinado hacia atrás con pulcritud, y sus ojos celestes observaban con frialdad analítica, como si cada persona en la sala fuera un caso más que diseccionar.
—Arconte Valken —dijo—, antes de que esta sesión se convierta en un circo político… exijo claridad.
Clavó la mirada en Yuren.
—Dejando de lado la aparente manifestación de magia del vacío —continuó—, ¿cuál es el motivo real de su interés por este muchacho?
—Según todos los registros oficiales, no existe conexión alguna entre usted… y él.
Arel sintió un vuelco en el estómago.
Yuren permaneció en silencio.
Por primera vez desde que había hablado, dudó.
La sala entera lo notó.
El Arconte de las Garras entrecerró los ojos desde su asiento. Halvek Durness sonrió apenas. Malthir Kain inclinó levemente la cabeza, atento.
Yuren cerró los ojos un instante.
Luego habló.
—Porque he confirmado algo que hasta ahora se creía imposible —dijo con voz grave—.
—Ese chico es descendiente directo de Kael.
La reacción fue inmediata.
La sala estalló.
—¡¿Qué?!
—¡Eso es imposible!
—¡Kael murió sin herederos!
—¡Es una blasfemia!
Las voces se superpusieron unas a otras. Algunos nobles se pusieron de pie. Otros golpearon la mesa con los puños. El murmullo se convirtió en gritos.
—¡¿Cómo osas decir eso?! —exclamó una voz femenina, cargada de indignación—. ¡Manchas el nombre de un antiguo Aegis con una mentira tan vil!
La voz pertenecía a Lady Seraphyne Astryvane.
Se levantó con una elegancia que contrastaba con la violencia de sus palabras. Era una mujer que, aunque claramente mayor, conservaba una juventud casi antinatural. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, como hilos de oro iluminados por las lámparas. Sus ojos azules, profundos y brillantes, parecían reflejar constelaciones invisibles. Su piel era clara, perfecta, y sus facciones delicadas daban la impresión de una estatua tallada con devoción.
Lady Seraphyne era la líder de la Casa Astryvane, una de las familias más antiguas y respetadas del reino, dedicada al estudio de los astros, las constelaciones y la magia celestial. Su vestimenta lo reflejaba sin pudor: llevaba un vestido largo de tonos azul oscuro y plateado, bordado con patrones que imitaban mapas estelares, símbolos astrales y círculos cósmicos. Pequeñas gemas incrustadas en la tela brillaban como estrellas distantes cuando se movía.
—Kael fue un pilar de este reino —continuó—. Un Aegis. Un símbolo.
—No permitiré que se use su nombre para justificar imprudencias.
—¡Tiene razón!
—¡Esto es una provocación!
—¡Exigimos pruebas!
Los reclamos se multiplicaron. Algunos miraban a Arel con abierta hostilidad. Otros con interés calculador. Unos pocos… con miedo.
Arel sentía que el suelo podía abrirse bajo sus pies en cualquier momento.
En medio del caos, el Aegis Vortham Nullis seguía en silencio.
Observando.
Esperando el momento exacto para intervenir.
Y el consejo, sin saberlo aún, acababa de cruzar una línea que no tendría vuelta atrás.
La tensión en la sala alcanzó un punto insoportable.
Entonces, el aire cambió.
No fue una explosión de mana ni un estruendo. Fue una presión precisa, cortante, como si cuchillas invisibles se hubieran deslizado entre las columnas del salón.
Tres figuras avanzaron desde uno de los accesos laterales.
—Los Varkyss… —susurró alguien.
El murmullo murió al instante.
Al frente caminaba Zhaelor Varkyss, Arconte de las Garras.
Zhaelor vestía un ropaje elegante y severo, de líneas rectas y tonos oscuros, más cercano a una toga judicial que a una armadura. Sobre el rostro llevaba un antifaz de estilo carnavalesco, liso, perfectamente simétrico, ocultando la parte superior de su cara. No era un adorno: era un símbolo. Un veredicto.
Su piel era casi pálida, antinatural. El cabello corto, ordenado con precisión. Sus ojos rojo rubí observaban la sala sin parpadear. Bajo el labio inferior, del lado izquierdo, destacaba un pequeño lunar que rompía la perfección de su rostro de forma inquietante.
A su derecha avanzaba Kaedryn Varkyss.
Compartía la misma vestimenta sobria, el mismo antifaz, los mismos ojos rojos. Su cabello era más largo, recogido hacia atrás en una coleta baja. Su expresión era neutra, distante, como si lo que estaba por suceder fuera solo un trámite más.
A la izquierda caminaba Ithrael Varkyss.
El menor. Cabello ondulado, suelto hasta los hombros. Una leve sonrisa torcida marcaba sus labios, peligrosa, casi infantil. Sus ojos rojo rubí brillaban con curiosidad. El antifaz reforzaba la sensación de que los tres no eran individuos separados, sino partes de una misma sentencia.
Eran los Ejecutores.
Cazadores de caballeros mágicos que traicionaban al reino. Jueces sin apelación.
Zhaelor se detuvo frente a Yuren.
—Arconte Valken —dijo con voz pulida, carente de emoción—. Ya sabes cuáles son las reglas cuando se presenta alguien… de esta naturaleza.
Su mirada se deslizó apenas hacia Arel.
El muchacho sintió un nudo en el estómago. El sudor frío recorrió su espalda. Su respiración se volvió errática.
Yuren dio medio paso al frente.
Su mano descendió lentamente hacia la empuñadura de su sable.
No lo desenvainó.
Pero estaba listo.
Los Varkyss ajustaron su postura al unísono.
No era provocación.
Era advertencia.
Fue entonces cuando varias voces se alzaron desde el consejo.
—¡Esto ha ido demasiado lejos! —exclamó Lord Caedmon Rhyl.
Un hombre alto y delgado, de rostro afilado y mirada calculadora. Vestía túnicas nobles en tonos verde oscuro y dorado, con símbolos discretos de comercio bordados en las mangas. Señor del Dominio de Rhylmark, controlador de las principales rutas mercantiles terrestres del reino, puertos fluviales y casas de cambio. Su poder no residía en la magia, sino en el oro.
—La presencia de los Ejecutores confirma la gravedad del asunto —añadió Lord Brennicar Holt.
Un hombre robusto, de barba espesa entrecana, con una cicatriz cruzándole la mejilla. Vestía ropajes militares nobles, reforzados y prácticos. Gobernante del Dominio de Holtvar, una región fortificada rica en hierro y graneros, base de reclutamiento para milicias privadas y tropas auxiliares.
—Esto rebasa por completo la autoridad de un solo arconte —intervino Lady Isolde Carthayne.
De semblante severo, cabello oscuro recogido en un elaborado peinado y vestimenta sobria, casi monástica. Matriarca del Dominio de Carthayne, custodios de archivos históricos, linajes antiguos y tradiciones del reino. Su poder estaba en la legitimidad y la memoria.
—El muchacho debe ser entregado para un interrogatorio formal —concluyó Lord Maelric Vorsten.
De rostro anguloso, ojos grises y sonrisa fría. Vestía ropajes negros y plateados, adornados con símbolos estratégicos. Señor del Dominio de Vorstenhold, región fronteriza conocida por su producción armamentística y academias tácticas. Un estratega político por excelencia.
Las voces comenzaron a superponerse.
—¡Entréguenlo!
—¡Es una amenaza!
—¡El consejo debe decidir!
—¡Los Ejecutores no están aquí por casualidad!
Arel sentía que el suelo podía desaparecer bajo sus pies.
Yuren permanecía inmóvil, tenso, la mano aún cerca de su arma.
Zhaelor Varkyss inclinó apenas la cabeza.
—Arconte Valken —repitió—. Entrégalo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Y en ese silencio quedó claro que el siguiente movimiento no decidiría solo el destino de Arel…
Sino si aquella sala seguiría siendo un consejo
o se transformaría en un campo de batalla.
La decisión de Yuren no fue anunciada con palabras.
Fue sentida.
El mana surgió de él como una marea invisible, densa, antigua. No estalló de golpe: ascendió, capa tras capa, hasta que el aire mismo pareció volverse pesado. Las antorchas del salón temblaron. Los estandartes crujieron como si una tormenta silenciosa hubiera sido invocada dentro de aquellas paredes sagradas.
Arel sintió que le faltaba el aire.
Muchos nobles retrocedieron instintivamente un paso.
Otros se llevaron la mano al pecho.
—Es… es imposible… —susurró alguien—. ¿Cuánto mana está liberando?
—Siempre se dijo que Yuren Valken era el más fuerte del reino… —murmuró otro—. Pero esto…
—No se puede combatir contra él.
Los susurros se propagaron como un incendio contenido.
Los Varkyss dejaron de moverse.
Por primera vez desde su entrada, los tres mostraron algo más que compostura: seriedad absoluta. No miedo. No duda. Cálculo.
Zhaelor lo entendió al instante.
No eran rivales.
Y ese pensamiento no fue solo suyo.
Desde su lugar, Aldric Lumengarde observó la escena con el ceño fruncido.
Heredero de la casa Lumengarde, representante del fuego más devastador del reino, su sola presencia imponía respeto. Su cabello largo y salvaje, semejante a la melena de un león, caía sobre sus hombros en un rojo intenso. Sus ojos amarillos, felinos, seguían cada fluctuación del mana de Yuren con precisión instintiva. Vestía ropajes nobles carmesí, adornados con el emblema de una llama ardiente: el escudo de su casa.
Si no se detiene… pensó con preocupación.
Esto terminará en caos absoluto.
Ni siquiera él estaba seguro de qué ocurriría si Yuren cruzaba ese umbral.
A su lado, Mary Lumengarde apretó los labios.
Su cabello lacio, de longitud media, mezclaba tonos rojos y negros como magma enfriándose. De tez clara, ojos amarillos idénticos a los de su hermano, vestía una indumentaria similar, aunque más estilizada. Su mirada no estaba fija en el consejo… sino en Yuren.
Había preocupación en sus ojos.
Una que iba más allá de la política.
En el extremo opuesto del salón, la Casa Glacien reaccionó al instante.
Alaric Glacien, alto y apuesto, dio un paso al frente, colocándose frente a su padre. Su cabello corto, negro con reflejos azulados, contrastaba con su tez clara. Sus ojos cafés evaluaban la situación con rapidez, el mana de hielo comenzando a resonar de forma defensiva.
Detrás de él estaba Eryndor Glacien, ya mayor, de porte noble y cansado, con facciones que reflejaban los años y las decisiones difíciles. Vestía ropajes elegantes, bordados con símbolos de su casa.
—Esto es demasiado mana para una advertencia —murmuró Alaric.
—Mantente alerta —respondió Eryndor en voz baja—. Esto acabará mal.
A unos metros, Kaerys Glacien observaba en silencio.
Su expresión era firme, pero en su interior se agitaban preguntas imposibles de ignorar. Sabía que aquella insubordinación no sería pasada por alto. No importaba cuán fuerte fuera Yuren. No importaba que superara incluso al Aegis.
¿Qué harás ahora…? pensó.
¿Y qué será de ti después de esto?
Cuando la presión aumentó aún más, la Casa Astryvane reaccionó como una constelación alineándose.
Los tres hijos de Lady Seraphyne Astryvane se adelantaron al unísono para cubrirla.
Al frente estaba Caelum Astryvane.
Alto, imponente, vestido con un traje blanco impecable. Su piel era pálida, casi luminosa. El cabello corto combinaba tonos rubios y negros de manera extraña, como si la luz y la sombra convivieran en él. Pero eran sus ojos los que imponían silencio: iris que parecían contener el espacio mismo, un cielo estrellado girando lentamente.
Detrás de él, Noctis Astryvane ajustó su postura. Vestía ropajes negros, su piel clara rozaba lo pálido, y su cabello negro profundo caía ordenado. Sus ojos morados observaban la escena con frialdad analítica.
A un costado, el menor, Lior Astryvane, brillaba como un reflejo dorado. Ropajes de oro, cabello largo rubio, piel blanca casi albina, ojos verdes claros. Su mana de luz vibraba suavemente, protegiendo a su madre.
—Esta vez Yuren se está excediendo —dijo Noctis en voz baja.
—Es normal —respondió Caelum sin apartar la mirada—. Tiene el poder de desafiar a quien desee.
Lady Seraphyne no dijo nada.
Pero observaba con atención.
No muy lejos, un grupo de figuras intercambió miradas tensas.
Rheinar Solveth, portador de magia gravitacional, apretó los dientes.
Lyssandra Velmor, dominadora de ilusiones avanzadas, frunció el ceño.
Torvek Runhild, usuario de runas de guerra, cruzó los brazos con incomodidad.
Aesryn Calder, maestro del rayo, dejó escapar una exhalación lenta.
Serion Halcyne, de magia sonora, negó con la cabeza.
Maelis Thorne, vinculada a espinas arcanas, observó en silencio.
Eldran Corvayne, de sombras disciplinadas, mantuvo la mirada fija en Yuren.
Eran caballeros de primer grado, los más fuertes después de los arcontes, presentes porque el consejo sabía que situaciones como esta podían ocurrir.
—Si esto escala… —murmuró Rheinar—, no sé si podríamos detenerlo.
—Ni siquiera juntos —añadió Lyssandra.
El silencio posterior fue una admisión colectiva.
Cerca del trono del Aegis, dos figuras permanecían firmes.
Elyndor Virell, Arconte de la Vida, de presencia serena, con ropajes verdes y blancos que parecían respirar junto a él, mantenía su postura calmada. Sus ojos, llenos de compasión y experiencia, no se apartaban de Yuren.
A su lado, Bram Volkhard, Arconte del Acero, sólido como una fortaleza viviente, permanecía inmóvil. Su armadura reflejaba la luz con sobriedad, su expresión era grave.
—¿Hará algo? —preguntó Elyndor en voz baja.
Bram no respondió.
Ambos miraron al Aegis.
El líder supremo del reino no se movió. No habló. No intervino.
Solo observó.
Espectador absoluto de la decisión que Yuren estaba a punto de tomar.
Y en ese silencio cargado de mana, todos comprendieron una verdad incómoda:
El consejo ya no tenía el control de la situación.
Yuren inhaló.
Fue un gesto simple. Humano.
Pero quienes sabían leer el flujo del mana entendieron que ese instante era el punto de no retorno.
Y entonces lo soltó.
No fue una explosión visible.
Fue peor.
El mana se desplegó como una bóveda invisible que cayó sobre la sala. El suelo crujió. Las columnas vibraron. El aire se volvió tan denso que respirar se transformó en un acto consciente, doloroso. Muchos nobles se llevaron la mano al cuello; otros cayeron de rodillas sin entender por qué sus piernas ya no respondían.
Arel sintió que algo gigantesco lo aplastaba desde todos los ángulos. Su visión se nubló, los oídos le zumbaron.
—N-no puedo… respirar… —jadeó un noble menor, desplomándose sobre su asiento.
—¡Por los cielos… esto es mana puro! —gritó alguien desde las gradas— ¡Ni siquiera está usando un hechizo!
—¿Está… está intentando matarnos? —susurró otro con la voz rota.
Los Varkyss apretaron los dientes.
Zhaelor dio medio paso atrás por puro instinto, algo que no había hecho en años.
—Esto no es una amenaza… —murmuró Ithrael, con la voz tensa—.
—Es una declaración —completó Kaedryn.
Los antifaces de los tres crujieron levemente cuando su propio mana defensivo se activó para no ser aplastados por completo.
Aldric Lumengarde sintió cómo su fuego interno reaccionaba de forma violenta, intentando oponerse a aquella presión aplastante.
—Maldita sea… —gruñó entre dientes—. Esto no es solo poder.
Esto es dominio.
Sus ojos amarillos se clavaron en Yuren con una mezcla de respeto y alarma.
A su lado, Mary cerró los puños, el mana de lava agitándose peligrosamente en su interior.
—Yuren… detente… —susurró, más para sí que para él.
En la Casa Glacien, el frío se condensó en el aire.
Alaric hincó una rodilla en el suelo, usando todo su control para mantener un escudo de hielo invisible alrededor de su padre.
—¡Padre, no se mueva! —dijo con dificultad.
Eryndor respiraba con esfuerzo, el rostro pálido.
—Esto… no es una demostración —logró decir—.
Es un recordatorio de lo que es.
Kaerys apretó los dientes, su propio mana de hielo vibrando descontrolado.
Está dispuesto a enfrentarlos a todos…
Por él.
Su mirada fue, inevitablemente, hacia Arel.
Los Astryvane resistieron mejor que la mayoría, pero incluso ellos sintieron el peso.
Lior cayó de rodillas, jadeando.
—¡Esto… duele…!
Noctis apretó los dientes, activando capas de oscuridad para amortiguar la presión.
—Está aplastando el mana ambiental —dijo con frialdad—.
Como si el espacio mismo le perteneciera.
Caelum no se movió.
Sus ojos estrellados brillaron con intensidad mientras observaba a Yuren.
—Impresionante… —murmuró—.
Está desafiando al consejo sin decir una sola palabra.
Lady Seraphyne cerró los ojos un instante.
—Yuren Valken… —susurró—. Sigues siendo igual.
Los caballeros de primer grado estaban al límite.
Rheinar cayó de rodillas, clavando una mano en el suelo.
—Si esto sigue así… —jadeó— ¡voy a perder la conciencia!
Lyssandra apenas lograba mantener una ilusión estabilizadora alrededor de su cuerpo.
—Nunca… nunca sentí algo así —dijo con la voz temblorosa—.
Ni siquiera frente a un arconte en combate real.
Torvek apretó los dientes, runas brillando por todo su cuerpo.
—No estamos hechos para enfrentarlo —gruñó—.
Esto sería una masacre.
Eldran, siempre silencioso, solo dijo una frase, cargada de respeto:
—Ahora entiendo por qué nadie lo desafía.
Cerca del trono, Bram Volkhard plantó firmemente los pies en el suelo, su cuerpo de acero resistiendo por pura voluntad.
—Hmph… —resopló—.
Sigue siendo un monstruo.
Elyndor Virell sostenía su respiración con calma forzada, su magia de vida estabilizando a quienes estaban a punto de colapsar cerca de él.
—Yuren… —murmuró—.
No olvides que el chico está aquí.
Finalmente, todas las miradas se dirigieron al Aegis.
El líder supremo del reino mantenía la postura erguida, aunque incluso él sentía la presión recorriéndole el cuerpo como un peso ancestral.
Sus dedos se cerraron lentamente sobre el brazo del trono.
El silencio era absoluto.
Y en medio de ese infierno invisible, Yuren permanecía de pie, firme, con la mirada clara.
No había odio en sus ojos.
Solo una verdad imposible de ignorar:
Si lo deseaba, podía destruirlos a todos.
Y el consejo… lo sabía.
El mana se detuvo.
No se disipó de inmediato; simplemente dejó de aplastar. Como cuando una tormenta decide no caer y el aire, aún cargado, tarda en volver a ser respirable.
Uno a uno, los presentes recuperaron el aliento.
Se escucharon toses ahogadas, jadeos descompuestos, el roce apresurado de telas cuando algunos nobles se apoyaron en mesas o en los brazos de sus asientos para no caer. Un par de consejeros menores habían perdido el conocimiento y eran auxiliados en silencio por sirvientes temblorosos.
El alivio llegó primero.
El miedo, después.
Yuren dio un paso al frente.
Su voz no fue un grito.
No lo necesitaba.
—Podrán ser los nobles —dijo, con una calma cargada de furia contenida—.
Podrán ser los más ricos de este reino. Los que deciden guerras desde sillas acolchadas y mandan a otros a morir por tierras que nunca pisarán.
Avanzó otro paso. El eco de sus botas resonó como un martillo.
—Pero jamás serán los más fuertes.
El murmullo murió al instante.
—Ese lugar lo ocupo yo.
Algunos tragaron saliva. Otros bajaron la mirada sin darse cuenta.
Zhaelor Varkyss apretó los puños dentro de sus guantes, el orgullo herido ardiéndole en el pecho, pero sin atreverse a replicar.
—No olviden jamás —continuó Yuren— de lo que soy capaz.
Porque si así lo deseara…
Sus ojos recorrieron la sala. No con odio, sino con una claridad aterradora.
—En este mismo instante podría destruir este consejo.
A todos.
Un silencio absoluto cayó como una losa.
Lady Isolde Carthayne cerró los ojos un segundo, pálida.
Lord Brennicar Holt dejó escapar un suspiro involuntario, como si acabara de darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración todo ese tiempo.
Maelric Vorsten se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, sin preocuparse ya por la compostura.
Incluso Halvek Durness, el hombre más rico del reino, había perdido su sonrisa ensayada. Sus dedos, cubiertos de anillos, temblaban apenas.
—Pero no lo haré —dijo Yuren.
La frase cayó como una bendición… y como una advertencia.
—No porque no pueda —aclaró—.
Sino porque no es lo correcto.
Elyndor Virell cerró los ojos, aliviado.
Bram Volkhard soltó el aire con un gruñido bajo.
—Así que les daré algo que no merecen —prosiguió Yuren—: una oportunidad.
Algunos alzaron la vista.
—Negociaremos —dijo—.
Los términos de la situación de Arel.
Un murmullo recorrió la sala, esta vez distinto: no de arrogancia, sino de shock, de alivio nervioso, de miedo mal disimulado.
—¿Negociar…? —susurró Lyssandra Velmor entre los caballeros de primer grado—.
—Nos está dando una salida —respondió Rheinar, aún incrédulo.
Lady Seraphyne Astryvane observó a Yuren con atención renovada, los labios apretados.
—Siempre tan peligroso… —murmuró—.
Incluso cuando ofrece paz.
Caelum sonrió de lado.
—No está pidiendo permiso —dijo en voz baja—.
Está imponiendo condiciones.
Arel, en el centro de todo, sentía las piernas temblarle. El peso de tantas miradas lo abrumaba, pero algo más crecía en su pecho: una certeza nueva.
No estaba solo.
Yuren se giró apenas, lo suficiente para que Arel pudiera ver su perfil.
No había rabia descontrolada en él.
Había protección.
—Hablen —dijo Yuren al consejo—.
Porque esta es la única vez que les ofrezco hacerlo en paz.
Y por primera vez en décadas, el consejo de Aorion comprendió una verdad incómoda:
No eran ellos quienes tenían el control de la sala.
El silencio que siguió no fue vacío.
Fue pesado, espeso, como si el aire mismo se hubiera vuelto demasiado denso para respirar. Nadie se atrevía a moverse. Nadie quería ser el primero en romper aquel instante en el que el poder de Yuren aún parecía latente, vibrando en los muros de la sala.
Entonces, el Aegis se incorporó.
Vortham Nullis apoyó ambas manos sobre la mesa central. El eco metálico resonó como un martillazo de juicio final, obligando a todas las miradas a converger en él.
Sus ojos recorrieron la sala lentamente, deteniéndose primero en los nobles aún pálidos, luego en los arcontes, y finalmente en Yuren… y en Arel.
—Esto ha ido demasiado lejos como para resolverse con murmullos y amenazas —declaró con voz grave—. Lo ocurrido hoy no puede ignorarse.
El consejo entero se tensó.
—A partir de este momento —continuó—, la existencia del muchacho y su linaje quedan bajo supervisión directa del Aegis.
Algunos nobles inhalaron bruscamente; otros apretaron los dientes. Ninguno habló.
—Yuren Valken —pronunció su nombre con precisión—, serás el responsable absoluto de Arel. De su entrenamiento, de su conducta… y de las consecuencias que su poder pueda traer.
Yuren sostuvo la mirada del Aegis sin titubear.
—Lo acepto —respondió con firmeza.
Vortham asintió apenas, pero no había terminado.
—Sin embargo —añadió—, estamos al borde de una guerra. No puedes desaparecer indefinidamente del tablero. Por ello, te concedo un mes.
Un murmullo recorrió la sala.
—Un mes para prepararlo —prosiguió el Aegis—. Un mes bajo tu tutela directa. Al término de ese plazo, Arel deberá presentarse nuevamente ante este consejo.
Arel sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
—Entonces —concluyó Vortham—, se le asignará oficialmente un grado de caballero… y se le impondrán las obligaciones que ello conlleva. Le guste o no al consejo. Le guste o no al propio muchacho.
Yuren no apartó la mirada.
—Un mes será suficiente —dijo—. Me encargaré de que esté preparado.
El Aegis sostuvo su mirada un instante más largo de lo necesario, como si midiera el peso de aquellas palabras.
—Entonces queda decidido.
Los sellos mágicos incrustados en la sala resonaron al unísono, un sonido profundo y antiguo, como si la propia fortaleza sellara el veredicto.
El alivio llegó en oleadas desordenadas. Algunos nobles se dejaron caer contra sus asientos; otros intercambiaron miradas cargadas de inquietud y cálculo. El miedo no se había ido. Solo había cambiado de forma.
Mientras la asamblea comenzaba a disolverse entre susurros y pasos apresurados, Arel comprendió algo con una claridad que le erizó la piel.
No era una concesión.
Era una cuenta regresiva.
Cuando alzó la vista y vio a Yuren Valken de pie frente a él, firme como una muralla imposible de derribar, supo que aquel mes definiría su vida.
Porque a partir de ese instante, cada paso sería observado.
Cada decisión, juzgada.
Cada error, imperdonable.
Y en las sombras del consejo, mientras viejas ambiciones despertaban y nuevos enemigos afilaban sus colmillos, el destino del reino acababa de inclinarse peligrosamente.
El reloj había comenzado a correr.
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