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El caballero del Vacío - Capítulo 7

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7: Primeras Lecciones 7: Primeras Lecciones Capítulo 7 La oscuridad aún dominaba la capital cuando Arel abrió los ojos.

No había dormido bien.

No podía.

Cada vez que cerraba los párpados, las palabras del consejo regresaban como martillazos: un mes.

Solo un mes para convertirse en algo que ni siquiera comprendía del todo.

Se quedó mirando el techo de su pequeño apartamento, inmóvil, con las manos cruzadas sobre el pecho.

La madera crujía suavemente en algún lugar lejano.

Afuera, la ciudad respiraba en silencio, ajena a la tormenta que se gestaba dentro de él.

¿Podré hacerlo?

La pregunta flotó en su mente sin respuesta.

Pensó en su madre.

En sus manos firmes curando heridas, en su voz tranquila enseñándole a no rendirse.

Pensó en su padre, esa figura borrosa que apenas recordaba, envuelta en sombras y sonrisas cálidas.

Pensó en Yuren, en la forma en que se había plantado frente al consejo entero como si fuera una muralla imposible de derribar.

No estoy solo.

Esa certeza era lo único que lo mantenía cuerdo.

Entonces lo escuchó.

Pasos.

No eran apresurados ni furtivos.

Eran firmes, seguros, avanzando por el pasillo con un ritmo casi ceremonial.

Arel se incorporó de golpe, el corazón acelerándose.

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

Toc, toc.

Dos golpes secos, precisos.

Arel tragó saliva y se levantó de inmediato.

Tomó su morral, el mismo que había cargado desde Aurora, el que guardaba el libro de poemas de su padre, algunas vendas limpias y poco más.

Se lo colgó al hombro y caminó hacia la puerta.

Respiró hondo.

La abrió.

Yuren estaba de pie, vestido con su túnica blanca impecable, el pantalón y las botas negras contrastando como siempre.

La katana colgaba de su cintura.

Sus ojos grises lo recibieron con una mezcla de seriedad y… entusiasmo.

—Buenos días, hermanito —dijo con una leve sonrisa—.

¿Listo para empezar?

Arel asintió, aunque su voz no salió de inmediato.

—S-sí… creo.

Yuren soltó una breve carcajada.

—Esa no es la respuesta que esperaba, pero servirá.

Dio un paso al frente.

—¿Puedo pasar?

Arel se hizo a un lado de inmediato.

—Claro.

Yuren entró con tranquilidad, observando brevemente el interior del apartamento.

No había mucho que ver: una cama sencilla, una mesa, la estantería vacía, la ventana que daba a los tejados de la capital.

Todo olía a madera nueva y silencio.

Yuren se giró hacia él y sacó algo de su propia mochila.

Un mapa.

Lo extendió sobre la mesa con cuidado, asegurándose de que Arel pudiera verlo bien.

Era un mapa del reino de Aorion, detallado, con rutas marcadas, símbolos de ciudades y montañas trazadas con precisión.

—Mira aquí —dijo Yuren, señalando un punto elevado al norte de la capital—.

Esta montaña.

Arel se inclinó para ver mejor.

—¿Qué hay ahí?

—Nada —respondió Yuren—.

Y eso es exactamente lo que necesitamos.

Su dedo se deslizó por el mapa.

—Está a un día a caballo desde aquí.

Aislada.

Sin pueblos cercanos.

Sin ojos curiosos.

Miró a Arel directamente.

—Ahí es donde entrenarás.

Arel sintió un nudo en el estómago.

—¿Solo… tú y yo?

—Por ahora, sí —respondió Yuren—.

Más adelante, tal vez alguien más se una.

Pero al principio, necesito que sea solo nosotros dos.

Enrolló el mapa con cuidado.

—Partimos ahora.

Arel parpadeó.

—¿Ahora?

¿Tan temprano?

Yuren sonrió de lado.

—Cuanto antes salgamos, menos atención llamaremos.

Luego metió la mano en su morral y sacó algo más.

Ropa.

No cualquier ropa.

Era un uniforme idéntico al que Yuren llevaba puesto: túnica blanca, pantalón negro, botas de cuero oscuro.

Simple, funcional, pensado para el combate.

Se lo extendió a Arel.

—Toma.

Póntelo.

Arel lo tomó con ambas manos, sintiendo el peso de la tela.

Era más resistente de lo que parecía, reforzada con costuras dobles en puntos clave.

—¿E-esto es…?

—Tu uniforme —dijo Yuren—.

Si vas a entrenar como mi alumno, vestirás como tal.

Arel tragó saliva y asintió.

Se giró hacia un rincón del cuarto y comenzó a cambiarse con rapidez, quitándose la ropa sencilla que había usado desde que salió de Aurora.

Cuando se puso la túnica blanca, sintió cómo la tela se ajustaba a su cuerpo con comodidad.

El pantalón negro era más ligero de lo esperado, y las botas… las botas eran sorprendentemente cómodas.

Se giró hacia Yuren, sintiéndose extraño, como si llevara puesta la piel de alguien más.

Yuren lo observó de arriba abajo.

Y sonrió.

—Te queda perfecto —dijo con sinceridad—.

Pareces un caballero de verdad.

Arel bajó la mirada, avergonzado, pero no pudo evitar sentir un leve orgullo.

—Gracias… Yuren dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo y miró por encima del hombro.

—Última pregunta antes de irnos —dijo—.

¿Estás listo para comenzar?

Arel respiró hondo.

Las dudas seguían ahí.

El miedo también.

Pero algo más crecía en su pecho, algo nuevo, algo que no había sentido en mucho tiempo.

Determinación.

Levantó la mirada y sostuvo los ojos de Yuren sin titubear.

—Sí —dijo con firmeza—.

Estoy listo.

Yuren asintió, satisfecho.

—Entonces vamos.

Salieron del apartamento mientras el amanecer aún no llegaba, dejando atrás la capital envuelta en sombras.

El camino hacia la montaña había comenzado.

Y con él, el verdadero despertar de Arel Arkhaion.

El viento soplaba con fuerza mientras avanzaban por el camino que salía de la capital.

La ciudad quedaba atrás, sus torres y murallas perdiéndose entre la bruma matinal.

Arel cabalgaba junto a Yuren en silencio, aún procesando todo lo que había ocurrido en las últimas horas.

El uniforme blanco se movía con el viento, y por primera vez, sintió que realmente estaba dejando atrás su antigua vida.

No era el mismo muchacho que había salido de Aurora.

Ya no.

Yuren tiró de las riendas y detuvo su caballo en una zona despejada del camino.

Arel hizo lo mismo, mirándolo con curiosidad.

—¿Pasa algo?

—preguntó.

Yuren desmontó con un movimiento fluido.

—Sí.

Es hora de tu primera lección.

Arel bajó del caballo con menos gracia, casi tropezando al hacerlo.

Yuren sonrió apenas, pero no dijo nada.

Se acercó a él y habló con seriedad renovada.

—Pon atención —dijo—.

Aparte de las técnicas heredadas, como alguna vez te dije, puedes crear tu propia hechicería.

Hizo una pausa, asegurándose de que Arel lo mirara directamente.

—Esa es la palabra correcta: hechicería.

Es todo ello.

El poder heredado o algo nato que nace de ti.

Arel frunció el ceño, concentrado.

—Sin embargo —continuó Yuren—, también está la magia.

El estudio de esta.

Levantó un dedo.

—Técnicamente, crear una hechicería sería algo que entra dentro de la magia, pero no importa… tecnicismos más, tecnicismos menos.

Dio un paso más cerca.

—Mi punto aquí es que no solo naces con habilidades.

También puedes crear alguna.

Y dentro de estas creaciones… existen los sellos.

Arel procesó cada palabra como si estuviera memorizando un texto médico.

Su mirada era firme, clara, sin distracciones.

No parpadeaba.

No se movía.

Yuren lo notó.

Y sonrió.

Así que cuando se trata de aprender, te transformas por completo.

—Muy bien —dijo Yuren—.

Te haré una demostración.

Se adelantó unos pasos y giró apenas el rostro.

—Tócame el hombro.

Arel titubeó un segundo, pero obedeció.

Caminó hacia él y apoyó la mano sobre su hombro con cuidado.

Yuren extendió ambas manos hacia adelante.

Y dio un aplauso.

PAM.

El sonido resonó con más fuerza de lo normal, como si el aire mismo hubiera sido golpeado.

El mundo se distorsionó.

Arel sintió cómo su estómago se retorcía, cómo el suelo desaparecía bajo sus pies, cómo la luz se quebraba en mil pedazos antes de recomponerse en un instante imposible.

Y entonces… Estaban en otro lugar.

Una zona abierta.

Árboles altos.

El sonido del agua cayendo con fuerza.

Una cascada.

Arel parpadeó varias veces, tratando de procesar lo que acababa de suceder.

Miró alrededor con los ojos muy abiertos, el corazón golpeándole el pecho.

—¿Q-qué…?

Yuren se giró hacia él con una sonrisa burlona y extendió los brazos de forma teatral.

—¡ABRACADABRA!

Arel lo miró, completamente aturdido.

—Acabas de presenciar un sello de teletransportación —dijo Yuren con entusiasmo—.

El viaje que nos iba a tomar un día entero… lo reduje a segundos.

En ese momento, el mundo de Arel se inclinó.

Su cabeza empezó a dar vueltas.

El estómago se le revolvió violentamente.

Las piernas le temblaron.

—N-no… —murmuró, tambaleándose hacia un árbol cercano.

Se llevó una mano a la boca, pero no fue suficiente.

Se inclinó y vomitó.

El contenido de su estómago salió con fuerza, salpicando la base del árbol.

Tosió, jadeó, volvió a vomitar.

Yuren observó la escena con una expresión de genuina culpa.

—Sííí… —dijo despacio—.

Upss.

Olvidé decirte que te prepararas.

Arel seguía inclinado, respirando con dificultad.

—La teletransportación mueve tu cuerpo de un lugar a otro en segundos —continuó Yuren—.

Y mis sellos son muy potentes, así que yo lo hago en menos de segundos.

Se rascó la nuca.

—Con el tiempo te acostumbras a ello, hermanito.

Arel escupió una última vez, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Se apoyó contra el árbol, aún mareado, con las piernas temblorosas.

Pero su mente ya estaba procesando.

Levantó la vista hacia Yuren, con los ojos aún húmedos por el esfuerzo, pero con una pregunta clara en la mirada.

—Así que… con los sellos puedes hacer ese tipo de cosas… —dijo con voz ronca—.

¿Cuál es el límite?

Yuren parpadeó, sorprendido.

Luego sonrió ampliamente.

Este chico acaba de vomitar sus tripas y ya está preguntando por los límites del poder.

—Me gusta tu actitud —dijo Yuren—.

El límite es tu entendimiento del maná.

Caminó hacia él, cruzándose de brazos.

—Como mencioné, naturalmente los sellos de teletransportación suelen tardar segundos, minutos o hasta días, dependiendo de la habilidad de la persona, su conocimiento y, en ese caso, aguante físico.

Señaló a Arel.

—Como puedes ver, un efecto secundario es lo que te acaba de pasar.

Luego señaló hacia sí mismo.

—En mi caso, mi conocimiento, físico y habilidad con los sellos no es de lo mejor… pero es lo suficientemente buena como para atravesar grandes distancias en menos de segundos.

Hizo una pausa.

—Siempre y cuando deje un sello en mi lugar de destino.

Tampoco puedo teletransportarme a lugares que no conozco o que no haya dejado un sello.

Arel asintió lentamente, aún recuperándose, pero absorbiendo cada palabra.

—Entiendo —dijo.

Yuren lo observó un momento más y asintió, satisfecho.

—Muy bien.

Dejaremos por ahora los sellos.

Es hora de que hablemos del maná… y tu hechicería única.

El tono de Yuren cambió.

Se volvió más serio.

—Antes de todo, debo advertirte algo.

Arel alzó la vista.

—Kael… padre… nunca me explicó del todo su poder —dijo Yuren—.

Sabía que mi hechicería de mimetismo podía duplicarla.

No quería que la usara.

Sus ojos grises se clavaron en los de Arel.

—Decía que usar ese poder conlleva un gran precio.

Un riesgo.

Arel sintió un escalofrío.

—Ciertamente pude duplicarla —continuó Yuren—, pero solo hasta cierto punto.

Así que llegará un momento en que iremos a ciegas.

Respiró hondo.

—No sé qué tanto podrías hacer… o alcanzar con tu poder.

El silencio que siguió fue pesado.

Arel apretó los puños.

¿Por qué mi poder sería un riesgo para mí?

La pregunta lo aterrorizaba… pero también lo intrigaba.

—Entiendo —dijo finalmente.

Yuren asintió.

—Muy bien.

Antes de seguir, te enseñaré lo más básico de la hechicería y magia.

Dio un paso hacia él.

—Vamos a concentrar maná en tus manos.

Quiero que cierres los ojos y te concentres.

Arel obedeció de inmediato.

—Trata de sentir cómo, desde tu corazón, el maná fluye —continuó Yuren con voz tranquila—.

Imagina como si agua fluyera por tu cuerpo.

Como si estuvieras empapado de ello.

Arel cerró los ojos con fuerza.

Al principio, no sintió nada.

Solo el viento.

El sonido de la cascada.

Su propia respiración.

Pero luego… Algo pequeño.

Muy pequeño.

Como una chispa en la oscuridad.

—Puedo… sentirlo —murmuró Arel—.

Pero es muy poco.

Yuren sonrió.

—Muy bien.

Ahora trata de hacer que esa mota de energía crezca en tu interior.

Trata de darle forma.

Como si la expandieras.

Arel apretó los dientes.

Concentró toda su atención en esa pequeña chispa dentro de su pecho.

Y empezó a empujarla.

La sensación fue extraña, como si estuviera moviendo algo que no sabía que existía.

Pero poco a poco, la chispa creció.

Se expandió.

Fluyó.

Primero cubrió su pecho.

Luego sus hombros.

Sus brazos.

Sus manos.

Yuren observaba en silencio, viendo el flujo de maná manifestarse alrededor del cuerpo de Arel.

Sus ojos se abrieron con sorpresa genuina.

Lo está logrando… Sonrió con orgullo.

—Sigue así, pequeño.

Arel no se detuvo.

El maná siguió fluyendo.

Abdomen.

Cintura.

Piernas.

Pies.

Cuello.

Cabeza.

Todo su cuerpo estaba cubierto.

—Muy bien —dijo Yuren—.

Ahora trata de hacerlo más grande.

Que ya no solo habite en tu cuerpo, sino aún más.

Fuérzalo hasta el máximo.

Arel obedeció.

Empujó más.

Más.

Más.

El maná empezó a expandirse más allá de su piel, formando un aura invisible alrededor de él.

Pero entonces… Se detuvo.

No podía más.

Trató de forzarlo.

Nada.

Apretó los dientes.

Hizo fuerza.

Empujó con toda su voluntad.

—Es suficiente, pequeño —dijo Yuren—.

Lo has hecho lo mejor posible.

Para ser tu primera vez, me has impresionado.

Pudiste expandirlo a un gran tamaño.

Pero Arel no hizo caso.

Siguió forzándose.

Siguió empujando.

Debo lograr más.

Pensó en su padre.

En Yuren.

En el consejo.

En el peso que cargaba sobre sus hombros.

Soy hijo de un antiguo Aegis.

Debería poder lograr más.

El enojo creció en su pecho.

La decepción también.

¿Por qué no puedo?

Y entonces… Por un instante.

Por casi un segundo.

Sintió como si algo se liberara.

Como si una compuerta dentro de él se abriera de golpe.

El maná explotó.

BOOOOM.

Una onda expansiva visible estalló desde su cuerpo, llenando la zona entera de energía pura.

Los árboles se sacudieron.

El agua de la cascada tembló.

El aire se volvió denso, pesado, casi irrespirable.

Yuren abrió los ojos con sorpresa absoluta.

¿Qué…?

Y luego, tan rápido como apareció, desapareció.

Arel cayó de rodillas, jadeando como si acabara de correr una maratón.

El sudor le cubría la frente.

Las manos le temblaban.

—¿Q-qué… sucedió?

—logró decir entre respiraciones—.

Sentí como si mi cuerpo fuese a explotar por un momento.

Yuren se acercó lentamente, aún procesando lo que acababa de presenciar.

—Acabas de expulsar una gran cantidad de energía —dijo—.

Fue solo por un momento… pero incluso para solo haber sido un momento, fue muchísima.

Lo miró con una mezcla de orgullo e inquietud.

—Me atrevería a decir que liberaste incluso más que yo a mis quince años.

Y eso que siempre he sido una bestia en cuanto se considera en reservas de maná.

Se arrodilló frente a él.

—Tienes una energía oculta, Arel.

Con el tiempo, aprenderás a liberar ese poder.

Arel levantó la vista, aún agotado.

Pero sonrió.

Por primera vez desde que todo comenzó, sintió que no era tan débil como creía.

Que tal vez… solo tal vez… Podría estar a la altura de lo que se esperaba de él.

Arel se quedó sentado en el suelo, respirando aún con dificultad, con las manos apoyadas sobre la hierba húmeda.

El cansancio le pesaba en cada músculo, pero algo más crecía en su pecho: una certeza pequeña, frágil, pero real.

Puedo hacerlo.

Yuren se incorporó y le extendió la mano.

—Descansa un momento —dijo—.

Mañana empezamos de verdad.

Arel alzó la vista, confundido.

—¿Mañana?

¿Pero…?

—Hoy solo confirmé algo que ya sospechaba —lo interrumpió Yuren con una sonrisa—.

Tienes el potencial.

Ahora toca forjarlo.

Tomó la mano de Yuren y se puso de pie con esfuerzo.

Las piernas aún le temblaban.

—Vamos —dijo Yuren, señalando hacia una pequeña cabaña de madera que se alzaba cerca de la cascada—.

Prepararé algo de comer.

Necesitas recuperar fuerzas.

Arel asintió y lo siguió lentamente.

Mientras caminaban, giró apenas la cabeza para observar el lugar donde había liberado aquella explosión de maná.

La hierba estaba ligeramente aplastada, como si una onda invisible la hubiera presionado desde arriba.

Eso… salió de mí.

No lo entendía del todo.

No sabía cómo controlarlo.

Pero lo había sentido.

Y esa sensación no lo abandonaría.

Cuando llegaron a la cabaña, Yuren abrió la puerta y entró primero.

Arel lo siguió, dejando el morral junto a la entrada.

El interior era simple: una mesa, dos camas, una chimenea apagada y estantes con provisiones básicas.

—Este será nuestro hogar durante el próximo mes —dijo Yuren mientras comenzaba a preparar el fuego—.

Acostúmbrate.

Arel se sentó en una de las camas, sintiendo cómo el agotamiento comenzaba a vencerlo.

Yuren lo miró de reojo.

—Descansa, pequeño —dijo con suavidad—.

Hoy diste el primer paso.

Arel asintió y se recostó lentamente, sin quitarse el uniforme.

Cerró los ojos, pero antes de caer dormido, una última pregunta cruzó su mente.

¿Qué más soy capaz de hacer?

El sonido de la cascada llenó el silencio.

Afuera, el sol comenzaba a descender entre las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas.

El primer día de entrenamiento había terminado.

Pero la verdadera prueba apenas estaba por comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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