El caballero del Vacío - Capítulo 8
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8: Hermanos 8: Hermanos Capítulo 8 Una semana había pasado desde que llegaron a la montaña.
Una semana de golpes, caídas, sudor y agotamiento.
Pero también de progreso.
El sol de la mañana iluminaba el claro frente a la cabaña, donde Arel y Yuren se enfrentaban sin armas, solo sus cuerpos y el maná que fluía a través de ellos.
Arel lanzó un gancho hacia el rostro de Yuren.
Falló.
Yuren se inclinó apenas, esquivando con una facilidad irritante, y respondió con un golpe directo al costado.
Arel lo bloqueó con el antebrazo, sintiendo el impacto vibrar por todo su brazo, pero resistió.
Ya no me duele tanto.
Retrocedió medio paso y lanzó una patada baja.
Yuren la desvió con la rodilla y contraatacó de inmediato, un puño recto hacia el pecho.
Arel giró el torso, dejando que el golpe pasara rozándole la túnica blanca, y respondió con un uppercut que Yuren bloqueó sin esfuerzo.
Pero no se detuvo.
Arel concentró maná en sus piernas, sintiendo cómo la energía fluía como agua hirviendo por sus músculos.
Dio un salto hacia atrás, ganando distancia, y entonces volvió a la carga.
Más rápido.
Más ágil.
Lanzó una combinación: jab, gancho, patada giratoria.
Yuren esquivó los dos primeros con movimientos mínimos, casi perezosos, y detuvo la patada con una sola mano.
—Mejor —dijo con calma—.
Pero aún telegrafías tus movimientos.
Arel apretó los dientes y liberó más maná, esta vez en sus puños.
El siguiente golpe fue más fuerte.
Yuren lo bloqueó, pero esta vez retrocedió un paso.
Sus ojos se iluminaron con interés.
—Ah… así que ya empiezas a entenderlo.
Aumentó su propia velocidad y fuerza, igualando el nivel de Arel.
Los intercambios se volvieron más rápidos.
Más intensos.
Golpe, bloqueo, esquiva, contraataque.
El sonido de los impactos llenaba el claro, acompañado del jadeo constante de Arel y la respiración controlada de Yuren.
Pero Arel sabía que Yuren ni siquiera se estaba esforzando.
Apenas estaba jugando.
No puedo ganarle en poder… pero tal vez… Una idea cruzó su mente.
Tomó distancia de un salto y, por un instante, cerró los ojos.
Concentró todo el maná que pudo en sus piernas.
Más de lo que había hecho antes.
Mucho más.
Yuren alzó una ceja, curioso.
—¿Qué estás…?
Arel se lanzó hacia adelante.
La velocidad fue brutal.
El suelo bajo sus pies se agrietó levemente por la fuerza del impulso.
Su cuerpo se convirtió en un borrón blanco que cruzó el claro en menos de un segundo.
Yuren abrió los ojos con sorpresa.
¡Rápido!
Pudo seguir el movimiento con sus reflejos afinados, pero no esperaba que Arel fuera capaz de tanto.
Arel concentró todo su maná restante en su puño derecho, que brilló apenas por la cantidad de energía acumulada.
El golpe iba directo a la cara de Yuren.
Yuren reaccionó por instinto.
Subió la guardia, cubriendo su rostro con ambos antebrazos.
Y en ese instante exacto… Arel cambió el flujo de maná.
Del puño derecho al izquierdo.
En una fracción de segundo.
El golpe impactó en el pecho de Yuren.
PAM.
Yuren salió disparado hacia atrás, atravesando varios metros de distancia antes de clavar los talones en el suelo y detenerse, dejando dos surcos en la tierra.
Arel quedó inmóvil, jadeando, con el puño izquierdo aún extendido.
¿Lo… lo logré?
Había acertado un golpe.
Un golpe real.
Yuren se enderezó lentamente, sacudiendo la cabeza con una sonrisa amplia.
—Excelente, hermanito —dijo, frotándose el pecho donde había recibido el impacto—.
Vas progresando.
Antes incluso no te gustaba acertarme los golpes.
Sus ojos brillaron con diversión… y algo más.
Algo peligroso.
—Pero no puedo dejar que me humilles de tal manera.
La sonrisa se volvió burlona.
Los ojos se cargaron de venganza juguetona.
Arel lo comprendió en ese momento.
El aire cambió.
—E-espera… —tartamudeó, retrocediendo un paso—.
N-no es necesario… Yuren empezó a elevar su maná.
El aire a su alrededor se volvió denso, pesado, cargado de intención.
—Yuren… —dijo Arel, con una risa nerviosa—.
Recuerda que me estás enseñando… ¡No vale!
Yuren se lanzó.
Arel giró sobre sus talones y huyó a toda velocidad.
—¡NO ES JUSTO!
—gritó mientras corría hacia los árboles.
Saltó sobre una rama baja, luego a otra más alta, moviéndose entre el follaje como pudo.
Pero era inútil.
Yuren lo alcanzó en segundos.
Apareció frente a él, bloqueándole el paso, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿A dónde crees que vas?
Lanzó un golpe.
Arel lo esquivó por los pelos, saltando hacia otra rama.
Yuren lo siguió sin esfuerzo, moviéndose entre los árboles como si el terreno no significara nada.
Los intercambios fueron frenéticos.
Arel esquivaba, bloqueaba, trataba de huir.
Yuren atacaba con precisión quirúrgica, cada golpe calculado para no lastimarlo de verdad… pero sí para dejarlo claro quién mandaba.
En uno de esos intercambios, Yuren giró en el aire y asestó una patada directa al costado de Arel.
El impacto fue limpio.
Arel salió disparado como un proyectil, cruzando el claro entero, atravesando el aire… Y estrelló directamente contra la cascada.
El agua lo golpeó con fuerza, arrastrándolo hacia abajo antes de dejarlo caer en el pequeño lago que se formaba al pie de la cascada.
SPLASH.
El agua fría lo envolvió por completo.
Arel emergió unos segundos después, tosiendo, escupiendo agua, completamente empapado.
El cabello le caía sobre el rostro, la túnica blanca se le pegaba al cuerpo, y sus botas hacían un sonido ridículo al moverse.
Salió del lago con pasos torpes, chorreando agua por todos lados, con una expresión entre ofendida y resignada.
Yuren estaba de pie al borde del claro, doblado de la risa.
—¡JAJAJAJAJA!
—Se llevó una mano al estómago, incapaz de contenerse—.
¡Deberías verte la cara!
Arel se quedó de pie, goteando, mirándolo con el ceño fruncido.
—No es gracioso —dijo, aunque su voz temblaba por el frío.
Yuren seguía riendo, casi sin poder respirar.
—¡Sí lo es!
¡Pareces un gato mojado!
Arel abrió la boca para replicar… y entonces se vio a sí mismo.
Empapado de pies a cabeza.
Con el cabello pegado al rostro.
Haciendo un ruido ridículo con cada paso.
Y antes de que pudiera evitarlo… Empezó a reírse también.
Primero fue una risa contenida.
Luego más fuerte.
Hasta que ambos estaban riendo sin control, uno de pie y el otro chorreando agua como una fuente rota.
La risa llenó el claro, ahogando el sonido de la cascada.
Por un momento, no eran maestro y alumno.
No eran Arconte y aprendiz.
Solo eran dos hermanos, compartiendo un instante de paz en medio del caos que les esperaba.
Cuando finalmente la risa se apagó, Yuren se acercó y le dio una palmada en el hombro.
—Ven —dijo con una sonrisa más suave—.
Te prepararé algo caliente antes de que te congeles.
Arel asintió, aún sonriendo, y lo siguió hacia la cabaña, dejando un rastro de agua tras él.
El sol brillaba sobre la montaña.
Y por primera vez en mucho tiempo, Arel sintió algo que había olvidado.
Felicidad.
Esa noche, mientras el fuego crepitaba en la chimenea, Arel se sentó frente a las llamas, ya con ropa seca, observando las brasas con la mirada perdida.
Yuren estaba recostado en su cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando el techo de madera.
—Arel —dijo de pronto.
—¿Sí?
—Hoy hiciste algo que pocos logran en su primer mes de entrenamiento.
Arel lo miró, confundido.
—Cambiaste el flujo de maná en pleno combate —continuó Yuren—.
No solo lo concentraste… lo redirigiste en una fracción de segundo.
Giró la cabeza hacia él.
—Eso requiere control.
Instinto.
Y algo más importante… Hizo una pausa.
—Confianza en ti mismo.
Arel bajó la mirada.
—No sé si confío tanto en mí… —Pero lo hiciste —respondió Yuren—.
Eso es lo que importa.
El silencio volvió a caer entre ambos.
Yuren cerró los ojos.
—Descansa, pequeño.
Mañana comenzaremos con algo más difícil.
Arel asintió y se recostó en su propia cama.
Pero antes de cerrar los ojos, una última certeza lo acompañó.
Estoy mejorando.
Puedo hacerlo.
La llama de la chimenea danzó suavemente en la oscuridad.
Y afuera, bajo el cielo estrellado, la montaña guardaba silencio.
El octavo día había terminado.
Pero la verdadera prueba apenas comenzaba a tomar forma.
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