El caballero del Vacío - Capítulo 9
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9: Llamas y Hielo 9: Llamas y Hielo Capítulo 9 El sonido del acero chocando contra acero resonaba por todo el claro como una campana de guerra.
Arel bloqueó un tajo lateral de Yuren, sintiendo cómo la vibración del impacto le recorría los brazos hasta los hombros.
Retrocedió un paso, ajustando su guardia, el sudor cayéndole por la frente.
Respira.
Concéntrate.
Mantén el flujo.
Sus ojos permanecían enfocados en cada movimiento de Yuren, en cada cambio de postura, en cada inclinación de la espada.
—No olvides mantener un flujo constante de maná en el arma —dijo Yuren mientras giraba la espada con elegancia y atacaba de nuevo—.
Si te excedes de energía, podrías romperla.
El acero común no está hecho para soportar tanto poder.
Arel desvió el golpe con un movimiento brusco y contraatacó con un tajo diagonal dirigido al costado de Yuren.
Yuren lo bloqueó sin esfuerzo, desviando la hoja con un leve giro de muñeca.
—Así como puedes reforzar con maná las armas —continuó, avanzando con pasos medidos—, también puedes hacerlo con tu cuerpo.
En las zonas de impacto.
Para mitigar daños.
Lanzó una estocada rápida, directa al pecho.
Arel la esquivó por los pelos, sintiendo el viento de la hoja pasar junto a su mejilla como un susurro mortal.
Demasiado cerca.
El combate se intensificó.
Intercambios rápidos.
Bloqueos precisos.
Esquivas calculadas.
Arel comenzó a combinar el combate cuerpo a cuerpo con el de la espada: bloqueaba con el acero, pero respondía con patadas bajas y golpes de codo cuando la apertura lo permitía.
No era elegante, pero era efectivo.
Yuren sonrió ampliamente, con genuino orgullo.
—¡Muy bien!
—exclamó, desviando una patada con la rodilla—.
Siempre debes tener esa facilidad.
Entre arma y cuerpo.
No te cases con una sola forma de pelear.
El que solo sabe usar la espada… muere cuando se la quitan.
Arel asintió, sin dejar de moverse, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.
Pero entonces, algo captó la atención de Yuren.
Se detuvo en seco, bajando la guardia de inmediato.
—Tiempo fuera —dijo, envainando su espada.
Arel parpadeó, confundido, aún jadeando.
—¿Qué…?
¿Por qué…?
Siguió la mirada de Yuren hacia el sendero que bajaba por la montaña.
Dos figuras se acercaban a lo lejos.
Caminaban con paso firme, sin prisa, pero con una presencia que no pasaba desapercibida.
Incluso a esa distancia, se sentía el peso de su maná.
¿Quiénes son?
Conforme se acercaban, sus rasgos se volvieron visibles.
Una de ellas era alta, de porte imponente.
Su cabello largo mezclaba tonos rojos y negros como magma enfriándose bajo la luz del sol.
Vestía ropajes carmesí adornados con el emblema de una llama ardiente bordado en oro.
Sus ojos amarillos, felinos, brillaban con diversión apenas contenida.
Mary Lumengarde.
La otra era más baja, de constitución atlética pero delgada.
Su cabello azul claro caía ordenado hasta los hombros, y sus ojos del mismo tono observaban todo con frialdad analítica.
Vestía su armadura ligera plateada con detalles dorados, y portaba su sable al costado con la naturalidad de quien nunca se separa de su arma.
Kaerys Glacien.
Arel sintió un nudo en el estómago.
La Dama de Hielo… está aquí.
Yuren envainó su espada por completo y saludó con una inclinación respetuosa.
—Mary.
Kaerys.
¿Qué hacen aquí?
Mary detuvo su andar justo frente a él, cruzó los brazos y alzó una ceja con expresión de reproche apenas contenido.
—Te presentas en la capital, haces un numerito en el consejo que todavía tiene a medio reino murmurando… —dijo con voz suave pero cargada de intención— ¿y ni siquiera te tomaste un día para pasar a verme?
Arel se quedó inmóvil, sorprendido ante esas palabras.
¿Pasar a verla?
¿Qué significa…?
Entonces Mary dirigió su mirada hacia él.
Su expresión cambió por completo.
El reproche se desvaneció, reemplazado por una sonrisa cálida y curiosa.
—Así que tú eres el joven del que todos están hablando —dijo con entusiasmo genuino, dando un paso más cerca—.
Muy atractivo, por cierto.
Arel sintió cómo el calor le subía al rostro de golpe, como si alguien hubiera prendido fuego a sus mejillas.
—E-es un gusto conocerla, señorita —tartamudeó, haciendo una torpe reverencia—.
S-soy Arel Herwyn… ¿Por qué dije eso?
¿Por qué me inclino?
¡Deja de actuar como idiota!
Mary soltó una risa suave, claramente divertida.
—Qué educado.
Me agradas.
Kaerys, por su parte, saludó con un simple asentimiento de cabeza hacia Yuren y Arel, sin cambiar su expresión seria.
Sus ojos azules se posaron brevemente en Arel, evaluándolo en silencio, antes de volver a mirar al frente.
Yuren carraspeó, intentando recuperar el control de la situación.
—¿Qué sucede, Mary?
—preguntó, aunque ya tenía una sospecha de por qué estaba ahí.
Mary recuperó la compostura y sacó un pergamino sellado de su morral.
El sello llevaba el emblema del Aegis.
—Traigo órdenes del Aegis para ti —dijo con voz seria, aunque en sus ojos amarillos brillaba una doble intención que no pasó desapercibida—.
¿Podemos ir a discutirlas en privado?
Es… clasificado.
Yuren notó esa mirada.
Tragó saliva.
Oh no.
—S-sí, claro… —respondió, tratando de mantener la compostura—.
Solo dame un momento.
Arel observó la escena con curiosidad creciente.
Hay algo entre ellos.
Definitivamente hay algo.
Sabía que algo pasaría entre Yuren y Mary… pero no sabría decir exactamente qué.
Yuren se acercó a Kaerys y habló en voz baja, aunque lo suficientemente alto como para que Arel escuchara.
—Bien.
Ya que tardaré un rato con Mary… ¿por qué no entrenas un poco a Arel?
Miró directamente a sus ojos.
—Por favor.
Te lo ordeno.
Kaerys aceptó sin emoción alguna, con un simple movimiento de cabeza.
—Entendido.
Arel se sorprendió de que aceptara tan fácilmente… y se puso nervioso de inmediato.
Jamás he golpeado a una mujer.
El pensamiento lo golpeó con fuerza, como un puño en el estómago.
¿Cómo se supone que pelee contra ella?
Yuren sonrió de lado, claramente disfrutando de la incomodidad de Arel, y le dio una palmada firme en el hombro.
—Muy bien.
Combate cuerpo a cuerpo.
Que te maltrate un poco.
No se la pongas fácil.
Hizo una pausa, mirándolo directamente a los ojos.
—Solo no lo mates, Kaerys.
Kaerys asintió sin expresión.
—No lo haré.
¿”No lo haré”?
¡Eso no es tranquilizador!
Y sin más, Yuren se fue con Mary hacia la cabaña, dejando a Arel y Kaerys solos en el claro.
El silencio cayó entre ambos como una losa.
Kaerys se posicionó frente a él, con los brazos cruzados, observándolo con atención fría.
—Muy bien —dijo con voz clara y carente de emoción—.
Vamos a tener un duelo.
El primero en tocar el suelo pierde.
Arel tragó saliva y asintió, ajustando su postura.
Respira.
Solo es entrenamiento.
Solo… Se preparó mentalmente.
Esto será difícil.
Kaerys se lanzó.
Rápida.
Precisa.
Letal.
Soltó una combinación de golpes y patadas dirigidas directamente a su rostro.
Arel esquivaba lo que podía, girando el torso, inclinando la cabeza, retrocediendo cuando era necesario.
Bloqueaba lo que no alcanzaba a esquivar, sintiendo el impacto de sus puños y pies contra sus antebrazos.
Es rápida.
Muy rápida.
Pero tenía los reflejos suficientes como para seguir sus ataques.
Puedo verla.
Se movieron por todo el bosque, saltando entre árboles, esquivando ramas bajas, aprovechando el terreno irregular.
Kaerys no decía nada, solo atacaba con una eficiencia mecánica que resultaba aterradora.
En un momento, Kaerys abrió la guardia.
Apenas un instante.
Apenas un segundo.
Arel lo notó.
¡Ahí!
Iba a atacar, su puño ya moviéndose hacia adelante.
Pero dudó.
No puedo golpearla… Su puño se detuvo en el aire.
Kaerys notó esa duda de inmediato.
Sus ojos se afilaron.
Y le asestó un golpe fuerte, directo y sin piedad en el costado.
PAM.
Arel sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones de golpe.
Su cuerpo salió disparado hacia un lado, chocando con fuerza contra un árbol.
La corteza crujió bajo el impacto.
Jadeó, el dolor recorriéndole todo el costado como fuego líquido.
Duele… maldición, duele… Kaerys lo miró con severidad absoluta, sin un ápice de compasión en su rostro.
—No porque soy mujer no me vas a atacar —dijo con voz fría, casi cortante—.
En el campo de batalla hay muchas mujeres como yo.
¿Acaso tendrás consideración con ellas cuando traten de matarte?
Arel apretó los dientes, sosteniéndose el costado.
Tiene razón.
Completamente razón.
Asintió, comprendiendo la magnitud de su error.
Recordó las palabras de su madre, tan claras como el día en que las escuchó: “A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, Arel.
Recuérdalo siempre.” Pero esto era diferente.
Era combate.
Era entrenamiento.
Y si no la atacaba… moriría.
Perdóname, madre.
Cargó todo el maná posible en sus piernas, sintiendo cómo la energía fluía como un torrente por sus músculos.
Y se lanzó hacia Kaerys a máxima velocidad.
El suelo bajo sus pies se agrietó levemente por la fuerza del impulso.
Kaerys alzó la guardia, preparándose para el impacto.
Pero en el último segundo… Arel pasó toda la energía de sus piernas a su hombro derecho.
Y embistió contra ella como una estampida descontrolada.
BOOM.
Kaerys reaccionó en una milésima de segundo.
Reforzó la zona de impacto con maná, creando una capa invisible de protección justo antes del choque.
El golpe la hizo retroceder varios metros, sus pies arrastrándose por la tierra, levantando polvo y piedras.
Pero clavó los talones en el suelo y usó maná para soportar el empuje, deteniéndose justo antes de caer.
Se arrodilló unos segundos, respirando con más intensidad.
Su progreso en tan solo una semana… Levantó la vista hacia Arel, analizándolo con atención renovada.
Debe ser porque Yuren le está enseñando su “control de flujo”.
Ese movimiento… redirigir el maná en pleno ataque… no es algo que cualquiera pueda hacer.
Se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo.
Y decidió aumentar su poder.
Se lanzó sobre Arel con más velocidad y fuerza que antes.
Arel se preparó, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho con violencia.
No puedo seguirle el ritmo así.
Necesito algo más.
Entonces recordó algo.
La venganza de Yuren.
La forma en que había esquivado sus ataques con tanta facilidad.
Si puedo reforzar armas… mejorar mi fuerza y velocidad… ¿por qué no hacer más agudos mis reflejos?
Concentró maná en sus ojos.
Y el mundo se ralentizó.
No literalmente.
Pero ahora podía ver los movimientos de Kaerys con más claridad.
Cada inclinación de su cuerpo, cada cambio de peso, cada preparación para un golpe.
Funciona.
¡Funciona!
Pero tenía que administrar bien su maná.
A diferencia de Kaerys o Yuren, su cantidad era limitada.
Muy limitada.
Alternaba el maná entre piernas y puños: esquivaba cuando podía, bloqueaba cuando no, contraatacaba en las aperturas más pequeñas.
Kaerys notó esos cambios.
Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos.
Está alternando el flujo de maná en pleno combate… Incluso para caballeros experimentados es algo que supone un gran reto por la demanda de concentración… Y este chico puede pelear y alternar sin problema alguno.
¿Quién es realmente?
Siguieron combatiendo por un rato más, moviéndose entre los árboles como sombras.
Kaerys empezaba a ver que Arel se estaba cansando.
Su respiración era más pesada.
Sus movimientos, más lentos.
Decidió meterle presión.
Aumentó la velocidad de sus ataques.
Arel, ya agotado, decidió cambiar de estrategia.
No puedo seguir así.
Me voy a quedar sin energía.
Se concentró solo en esquivar y atacar en las aperturas más visibles.
Entonces la vio.
Kaerys dejó su costado derecho ligeramente descubierto.
¡Ahí!
Puso toda su energía restante en un ataque dirigido a ese costado, lanzando su puño con todo lo que tenía.
Estaba a punto de impactar cuando… Kaerys esquivó el golpe con facilidad, girando apenas el cuerpo.
Arel se dio cuenta de inmediato, los ojos abriéndose con sorpresa.
No es que sea mala… También puede engañar.
Como Yuren.
Tras esquivar el ataque, Kaerys aprovechó el impulso de Arel y le asestó una patada limpia en el pecho.
CRASH.
Arel salió disparado como un proyectil.
Atravesó un árbol.
La madera estalló en pedazos.
E impactó con fuerza brutal contra el suelo, rebotando una vez antes de detenerse.
No se movió.
Perdió el conocimiento.
Kaerys pasó de seria a preocupada en un instante.
Sus ojos se abrieron con alarma.
—¡No, no, no!
Corrió hacia él de inmediato.
Me excedí.
Me excedí demasiado.
Lo tomó con cuidado, apoyándolo entre sus brazos, revisando su respiración.
Estaba vivo.
Pero inconsciente.
Maldición.
Lo cargó con más facilidad de la que esperaba —era sorprendentemente ligero— y corrió hacia el lago cercano de la cascada.
Lo recostó en la orilla y le echó agua fría en el rostro.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Funcionó.
Arel abrió los ojos lentamente, parpadeando con confusión, desorientado.
—¿Q-qué… pasó…?
Su voz era débil, ronca.
Kaerys le explicó brevemente, manteniendo su voz firme pero con un tono ligeramente más bajo.
—Te golpeé demasiado fuerte.
Perdiste el conocimiento.
Luego, con voz seria pero cargada de algo que no sabía nombrar, añadió: —Lo siento.
Aunque en su mirada se notaba un arrepentimiento profundo que iba más allá de las palabras.
Arel sonrió apenas, aún con la respiración entrecortada.
—Está bien… no te preocupes… fue mi culpa… bajé la guardia… Kaerys sintió un leve alivio, aunque no lo demostró.
—Es hora de ir a ver si Yuren y Mary terminaron de conversar —dijo, ayudándolo a incorporarse.
Arel asintió y se levantó con dificultad, tambaleándose un poco.
—Estoy bien —dijo, aunque claramente no lo estaba del todo.
Caminaron juntos hacia la cabaña, en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Pero cuando estaban a unos metros de la estructura de madera… Se detuvieron.
Escucharon un grito peculiar provenir de la cabaña.
Ambos quedaron inmóviles, como estatuas.
¿Qué fue eso?
El sonido se repitió.
Más fuerte.
Más claro.
Entonces cayeron en cuenta.
No era un grito de dolor.
Eran gemidos.
Femeninos.
Uno tras otro.
Arel sintió cómo el calor le subía al rostro a una velocidad alarmante.
Oh no.
Oh no, no, no.
Se sonrojó de inmediato y volteó a ver a Kaerys, sin saber qué hacer.
Por primera vez desde que la conoció, vio una expresión que no fuera solo seriedad.
Estaba completamente avergonzada.
Sonrojada hasta las orejas.
Tapándose la boca con ambas manos, los ojos muy abiertos.
Arel tragó saliva, sintiendo que el mundo se volvía más pequeño a su alrededor.
—Al parecer… —dijo con voz temblorosa— es mejor que nos vayamos… Kaerys, tartamudeando por primera vez en su vida, respondió: —S-sí… eso… eso creo que debemos hacer… pero… Bajó la voz hasta un murmullo apenas audible, sin mirarlo directamente.
—¿Esto no te da… curiosidad?
Arel casi se atraganta con su propia saliva.
¿Qué acaba de decir?
—¡N-no!
—respondió demasiado rápido, demasiado fuerte—.
Es… es cosa de ellos… no deberíamos… ya sabes… Kaerys asintió rápidamente, bajando las manos de su rostro.
—Tienes razón… tienes toda la razón… Hizo una pausa.
—¿Podemos… ir a un lugar alejado de esto?
Arel asintió con tanta fuerza que casi se marea.
—Sí.
Sígueme.
La llevó a lo alto de la montaña, a una pequeña zona abierta desde donde se veía la capital a lo lejos, brillando bajo la luz dorada del atardecer.
Se sentaron sobre una roca plana, en silencio, ambos aún procesando lo que acababan de escuchar.
El viento soplaba suavemente.
Kaerys fue la primera en hablar, rompiendo el silencio incómodo.
—¿Crees que… tarden?
—preguntó con cautela—.
Digo… sabía de la relación entre esos dos, pero jamás creí que Mary estuviera haciendo… esas cosas con él.
Arel respondió con nerviosismo, mirando hacia la capital en vez de hacia ella.
—Muy probablemente… supongo que es normal si son pareja… ¿no?
Kaerys lo miró de reojo, evaluándolo.
Hubo un silencio.
Luego preguntó, con voz más baja: —¿Tú alguna vez… lo has hecho?
Arel casi se cae de la roca.
—¿¡P-POR QUÉ ME PREGUNTAS ESO!?
Kaerys se mofó un poco, una leve sonrisa apareciendo en sus labios.
—Me lo esperaba.
Si tan solo eres un chico.
Arel quedó incrédulo, girándose hacia ella con indignación.
—Ammm… yo, creo recordar según Yuren que tenemos la misma edad.
¿Acaso tú sí?
El silencio que siguió fue absoluto.
Kaerys guardó silencio un largo rato, mirando hacia el horizonte.
—No —respondió finalmente, con voz más baja.
Hizo una pausa.
—¿Alguna vez has visto a una mujer?
—preguntó de pronto—.
Incluso siendo médico… debió ser algo normal, ¿no?
¿O alguna vez sentiste curiosidad?
Arel tartamudeó, completamente avergonzado, sintiendo cómo las palabras se le atascaban en la garganta.
—N-nunca… o nunca he atendido a una mujer a… ese punto… —logró decir—.
Cuando sucedía algo así, mi madre era la que las atendía.
Y sobre tener curiosidad… no… no he tenido tanta… Kaerys se sorprendió genuinamente ante tal respuesta.
Lo miró con atención renovada.
Murmuró en voz baja, casi para sí misma: —Ya veo… no eres como otros hombres.
Arel no supo qué responder a eso.
Decidió cambiar de tema antes de que el silencio se volviera más incómodo.
—¿Y tú?
—preguntó con cautela—.
Quiero saber sobre ti.
Sobre tu vida.
Kaerys volvió a ser la chica seria de siempre.
Enderezó la espalda y habló con voz clara.
—Me volví caballera a los quince años —dijo—.
Hace unos meses me volví Arconte.
No sé si por mi sobresalencia, mi poder… o mi familia.
—¿Familia?
—preguntó Arel, girándose hacia ella con interés genuino.
—Sí.
Al ser de una familia de nobles y haber nacido con una gran hechicería heredada, me fue más fácil ganar un lugar entre los Arcontes.
Hizo una pausa.
—Aunque a veces me pregunto si realmente lo merecí… o si solo fue por mi apellido.
Arel la miró con atención.
—¿Por qué decidiste ser caballera?
Kaerys bajó la mirada, sus ojos perdidos en algún recuerdo lejano.
—Por mi madre.
Su voz se volvió más suave.
—Mis padres fueron caballeros.
Mi padre es veterano, retirado.
Mi hermano también es Arconte: el Arconte del Hielo Carmesí.
Y mi madre… murió en combate durante una batalla contra un grupo de caballeros del reino de Oriana.
Señaló su sable, que descansaba a su costado.
—Este sable es la única pertenencia que tengo de ella.
Y lo más cercano a conocerla.
Era muy pequeña cuando murió.
Apenas la recuerdo.
Solo fragmentos… su voz… su sonrisa… Arel sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento mucho —dijo con sinceridad absoluta.
Kaerys asintió apenas, sin mirarlo.
Arel preguntó tras un rato, con voz más suave: —¿Qué quieres lograr siendo caballera?
Kaerys levantó la vista hacia el horizonte, donde la capital brillaba a lo lejos.
—Quiero seguir con el legado de mi madre —dijo con firmeza—.
Proteger al reino, así como ella hacía.
Ser igual de fuerte que ella.
Quiero que la gente recuerde el nombre Glacien… no solo por mi familia, sino por lo que yo hice.
Arel sonrió con calidez.
—De seguro algún día lo harás.
Kaerys se quedó en silencio.
¿Por qué es tan amable?
Es raro.
Pero muy adentro de mí… eso me gusta.
Sonrió un poco, tan apenas que casi no se notó, sin que Arel lo viera.
Tras un rato más sentados en silencio, disfrutando de la vista, decidieron volver a la cabaña.
Ya estaba atardeciendo.
El cielo se teñía de tonos naranjas y violetas.
Arel llevaba unas plantas que había encontrado en la montaña mientras caminaban de regreso.
Medicinales.
Las reconoció de inmediato.
Ginseng.
Perfecto.
Cuando llegaron a la cabaña, Yuren y Mary estaban afuera.
Yuren tenía las piernas temblorosas, casi no podía mantenerse de pie.
Su rostro estaba pálido, demacrado, como si le hubieran arrancado el alma de su escuálido cuerpo.
Mary, en cambio, se veía radiante.
Alegre.
Satisfecha.
Arel tuvo que contenerse para no reírse.
Mary sonrió ampliamente al verlos llegar y se acercó a Kaerys.
—¿Qué tal el entrenamiento?
—preguntó con entusiasmo.
Kaerys asintió, recuperando su expresión seria.
—Todo muy bien.
Mary miró brevemente a Arel, notando los rasguños y la tierra en su ropa.
—Veo que te divirtieron.
Luego miró al cielo, notando el atardecer.
—Es hora de irnos —dijo—.
Nos queda un largo recorrido a la capital.
Arel intervino de inmediato.
—¿Por qué no se quedan?
—preguntó con genuina preocupación—.
La noche las alcanzaría y sería peligroso viajar en la oscuridad… Mary empezó a reír con diversión.
—Eres muy tierno, Arel.
Pero no es necesario.
Somos Arcontes.
Nadie nos haría algo.
Y de ser así… no vivirían para contarlo.
Pero de inmediato miró a Yuren con una mirada pícara, cargada de intención.
—Aunque… no estaría mal pasar la noche aquí.
Yuren, que apenas podía mantenerse de pie, tragó saliva con dificultad.
—N-no… no sería un problema… —respondió con voz temblorosa.
Mary sonrió con diversión y negó con la cabeza.
—Mejor nos retiramos.
No quiero matarte… todavía.
Se giró hacia Kaerys.
—Vamos.
Tras una plática corta, llena de despedidas formales, Mary y Kaerys emprendieron viaje de regreso hacia la capital.
En cuanto desaparecieron entre los árboles, Yuren casi se desplomó.
—Arel… —dijo con voz débil— ayúdame… Arel se acercó de inmediato, preocupado, y le extendió una de las plantas que había recogido.
—Come esto.
Yuren la tomó con manos temblorosas.
—¿Qué es?
—Ginseng.
Te dará fuerzas.
Confía en mí.
Yuren parpadeó, mirándolo con sospecha.
—¿Cómo sabías que…?
Arel bajó la mirada, completamente avergonzado.
—Por accidente… escuchamos cosas… Yuren se sonrojó de inmediato, cubriendo su rostro con una mano.
Luego soltó una risa nerviosa, casi histérica.
—Ah… así que ya lo sabes, ¿eh?
Arel asintió, sin saber dónde mirar.
Yuren suspiró profundamente y masticó la planta lentamente.
Tras unos segundos, recuperó algo de color en el rostro.
Se sentó en el suelo, aún agotado, apoyando la espalda contra la cabaña.
—Bien… supongo que te debo una explicación.
Arel se sentó frente a él, escuchando en silencio.
—Mary y yo… nos conocemos desde hace mucho tiempo —comenzó Yuren, mirando hacia el cielo—.
Éramos amigos.
Buenos amigos.
Entrenábamos juntos.
Peleábamos juntos.
Nos salvábamos la vida mutuamente.
Hizo una pausa.
—Pero hace casi un año… las cosas cambiaron.
Sonrió apenas, con nostalgia.
—Empezamos a salir.
Arel lo escuchaba con atención, sin interrumpir.
—Pero decidimos mantenerlo en privado —continuó Yuren—.
Si el consejo o la sociedad se enteraran… habría mucho revuelo.
Demasiado.
La familia Lumengarde es una de las más poderosas del reino.
Su padre es influyente.
Su hermano también es Arconte.
Suspiró.
—Y yo… bueno, ya sabes cómo me ven algunos.
El huérfano adoptado.
El monstruo sellado.
El que desafía al consejo.
Miró a Arel directamente.
—Si supieran que estoy con Mary… lo usarían en nuestra contra.
Política.
Presiones.
Manipulación.
Su voz se volvió más firme.
—Queremos disfrutar de nuestra relación sin tanto ruido.
Sin política.
Sin que cada momento juntos sea observado y juzgado.
Arel asintió con comprensión.
—Entiendo.
Completamente.
Yuren soltó una risa cansada.
—Aunque hoy… —añadió con diversión— Mary se aseguró de que recordara exactamente quién manda en la relación.
Arel no pudo evitar reírse también.
—Parece que te fue… bien.
Yuren negó con la cabeza, aún sonriendo, pero completamente agotado.
—Demasiado bien, hermanito.
Demasiado bien.
El sol terminó de ocultarse detrás de las montañas.
La noche cayó sobre ellos, tranquila, llena de estrellas que comenzaban a brillar una a una.
Y mientras el fuego de la chimenea comenzaba a crepitar dentro de la cabaña, ambos hermanos se quedaron sentados afuera, disfrutando del silencio compartido.
Yuren miró a Arel de reojo.
—¿Qué tal el entrenamiento con Kaerys?
Arel se tocó el costado, aún adolorido.
—Me pateó contra un árbol.
Yuren soltó una carcajada.
—Así es ella.
Seria.
Eficiente.
Sin piedad.
Hizo una pausa.
—Pero es buena persona.
Solo… no sabe cómo demostrarlo.
Arel asintió, recordando la conversación en la montaña.
—Lo noté.
Yuren sonrió.
—Descansa, pequeño.
Mañana seguimos.
Arel se levantó, estirándose con cuidado.
—Buenas noches, Yuren.
—Buenas noches, hermanito.
Entraron a la cabaña.
El fuego iluminaba el interior con calidez.
Arel se recostó en su cama, mirando el techo de madera.
Pensó en Kaerys.
En su mirada seria.
En su sonrisa casi imperceptible.
En la forma en que había hablado de su madre.
No eres como otros hombres.
Las palabras resonaron en su mente.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no sabía nombrar.
El noveno día había terminado.
Pero algo nuevo había comenzado a crecer en su pecho.
Algo que aún no entendía.
Pero que no podía ignorar.
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