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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Hyun Tae Park El elegido
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12: Hyun Tae Park: “El elegido” 12: Hyun Tae Park: “El elegido” Un chico.

Su don, era tan inútil como su estado, recrear compuestos químicos avanzados de forma inmediata, siempre que conozca su estructura… y tenga acceso exacto a todos los elementos en estado puro… y este chico, no cumplía con los recursos y el talento.

Este…

es Hyun Tae Park, prefiere que le digan Park Tae Hyun.

Treinta y siete kilos de silencio y carne mal repartida.

Tiene quince años, pero no se le nota.

Parece más joven, aunque no por inocencia, sino por hambre.

Su rostro es un mapa de lo que Corea llama “fracaso genético”: nariz ancha, ojos pequeños y hundidos, mandíbula sin forma.

Feo, decían.

Feo como una herida abierta.

Feo como el reflejo que uno esquiva en el ascensor.

Ese martes, como todos los martes, llega tarde.

No porque quiera, sino porque solo hay un par de zapatillas en su casa, y su madre necesita usarlas primero para ir a limpiar oficinas.

Él las recoge después, tibias y húmedas del sudor ajeno.

Cruza la puerta del salón de clases y las risas bajan el volumen.

No se detienen, solo se enmascaran.

—Llegó el cerdito —murmura uno, lo suficiente alto para que duela, pero no tanto como para que el profesor lo escuche.

Park no responde.

Nunca lo hace.

Tiene el estómago vacío y los bolsillos llenos de nada.

Su libreta tiene hojas arrancadas, y su mochila lleva tres años con la cremallera rota.

Se sienta en la esquina más lejana, la de siempre.

Donde ni la luz del sol lo toca.

—¿Viste cómo suda?

Ni que hubiera corrido una maratón… —dice una chica, riéndose mientras se cubre la boca con las manos perfectamente cuidadas.

—Capaz corrió detrás de un camión de comida —responde otro, y se chocan los puños con complicidad.

Park mira al frente.

Clava los ojos en la pizarra.

Finge que está leyendo algo importante.

Pero no escucha al profesor.

Solo escucha su nombre, convertido en cuchillo.

—Park Tae Hyun.

— A veces suena como un nombre.

Otras, como una broma privada que solo los demás entienden.

En el recreo no juega.

No come.

Se queda sentado en la banca detrás del gimnasio, donde el viento huele a tierra húmeda y a derrota.

A veces escribe en una libreta sin tapas.

Dibujos torpes.

Caras deformadas.

Sombras con dientes.

No sueña con ser héroe.

Ni siquiera villano.

Solo quiere desaparecer.

Que el mundo olvide que alguna vez lo escupió al nacer.

—¿Por qué no te mueres?

—le dijo una vez un chico de tercer año, al empujarlo contra la reja oxidada del baño.

—¿Para qué?

—respondió Park, sin rabia.

Como quien pregunta si lloverá mañana.

Y el otro no supo qué decir.

Porque no esperas respuestas de los muebles.

De los desperdicios.

De alguien que no debería contestar.

Pero Park contestó.

Porque, aunque por dentro ya se esté deshaciendo… aún sigue ahí.

Resistiendo.

Esperando el día en que todo eso —la grasa, la burla, la pobreza, la sombra— deje de doler.

O empiece a servir.

Días después, Park se encontraba en casa con su madre.

Era tarde, casi madrugada.

La tienda había cerrado, y él estaba en el rincón de la cocina, con los libros abiertos sobre la mesa.

Su madre había hecho todo lo que pudo por darle un poco de comida antes de que la tienda cerrara, pero ahora solo quedaba la rutina de esperar que ella terminara su trabajo y él pudiera, por fin, hacer algo de la tarea que le había quedado.

El tiempo no le alcanzaba.

Siempre se le escapaba, como el aire entre los dedos.

Estaba sentado, escribiendo, la luz de la lámpara titilando débilmente sobre su cuaderno.

Las páginas estaban llenas de garabatos y respuestas que no tenía idea si eran correctas, pero no importaba.

Solo había una cosa que necesitaba: terminar, antes de que el sueño lo venciera.

—Park, ya es tarde, tienes que dormir.

—Su madre, con la voz cansada, se acercó a él, su figura pequeña y cansada.

—No puedo.

—Su voz salió áspera, como si las palabras se deshicieran al escapar de su garganta.

No podía parar, no ahora.

No cuando todo el peso de lo que no sabía o lo que no entendía se acumulaba en su cabeza.

Su madre, con su rostro cansado, suspiró, viendo el cuaderno de su hijo con desdén.

Sabía lo que pasaba, pero no podía hacer nada.

La tienda había sido su vida.

El trabajo no podía parar.

—Park, por favor… ya es hora de descansar.

—Ella trató de tocar su hombro, pero él se apartó bruscamente.

—¡No me toques!

—gritó, levantando la voz sin pensarlo.

Su cara se sonrojó de ira, de frustración.

—¡No puedo!

¡No sé cómo hacer esto!

¡Nunca me alcanza el tiempo!

¡Nunca!

Su madre, sorprendida, retrocedió un paso.

Ella solo había querido ayudar.

Estaba tan cansada, pero aún se preocupaba por él.

—Park, yo… solo quiero que descanses, hijo.

— Pero las palabras no llegaban.

Él la miró con rabia, la frustración burbujeando dentro de él, creciendo como un monstruo que no podía controlar.

—¡Cállate y haz tu trabajo como madre!

—gritó, casi sin aliento.

—¡Quédate quieta, deja de preocuparte y colabora, por una vez!

— La madre lo miró, con los ojos llenos de preocupación.

Él estaba más allá de sus palabras.

Algo en él se rompió, y no pudo evitarlo.

No podía ser un niño.

No podía seguir siendo débil.

Nadie lo había ayudado nunca, ni siquiera ella.

Y la madre, sin saber qué más hacer, se quedó en silencio, como siempre.

Su cuerpo tembló levemente, pero no dijo nada.

Solo siguió trabajando en lo suyo, sin cuestionarlo, como siempre.

Park miró su tarea, los números y palabras flotando frente a él.

Y el dolor se instaló, profundo, dentro de él.

Porque, aunque gritara, aunque peleara, en el fondo sabía que no había nadie a quien pudiera culpar.

Solo a él mismo.

El día siguiente fue diferente.

Park, después de esa madrugada en que la frustración se había tragado su energía, lo hizo.

Lo logró.

Entregó su tarea, y cuando la profesora la revisó, no pudo evitar mirarlo con una expresión que no esperaba.

—Excelente trabajo, Park.

— Se sentía increíble.

Como si, por una vez, algo fuera bien.

Por una vez, estuviera siendo visto por lo que hacía.

Pero ese pequeño triunfo, esa fugaz sensación de estar haciendo algo bien, pronto se desmoronó.

Los demás lo notaron.

Empezaron a acercarse, a pedirle que les hiciera las tareas.

No era una solicitud, sino una exigencia disfrazada de amistad.

La excusa perfecta para aprovecharse de su habilidad y su necesidad de encajar.

Y así fue, año tras año.

Cuatro años seguidos.

Durante todo ese tiempo, Park fue el “hacedor de tareas”, el chico a quien todos se le acercaban cuando el profesor no estaba mirando.

Cada vez que el maestro se iba, los otros se aproximaban, con sonrisas falsas y miradas calculadoras.

Le pedían más, le exigían más, mientras él se quedaba allí, atrapado en su propia necesidad de ser aceptado, de sentirse por fin útil, aunque fuera solo para satisfacer las expectativas ajenas.

Hasta que llegó un momento en que ya no pudo más.

A los diecinueve años, Park estaba harto.

Un chico más grande lo empujó contra la pared durante el recreo, como siempre.

Los gritos, las risas, las bromas crueles.

Ellos se divertían con su dolor.

Pero esa vez, algo dentro de él cambió.

Cuando uno de los chicos intentó pegarle, Park se levantó, rápidamente, de forma instintiva.

Agarró un lápiz con fuerza, y sin pensar, lo empujó con todas sus fuerzas, clavándoselo en los zapatos de uno de los bullies.

La sorpresa en sus ojos fue inmediata.

Un segundo después, la pelea comenzó.

Y, por primera vez, parecía que la balanza se inclinaba a su favor.

Se sentía fuerte.

Estaba ganando.

Pero en ese instante, la situación dio un giro inesperado.

Una chica, una de las que solían estar cerca de los chicos que siempre lo hostigaban, se acercó.

—¡Deja a mi amigo en paz!

—gritó, y antes de que pudiera reaccionar, le dio un golpe directo en la nuca.

Park cayó al suelo, atónito.

La chica lo miró con desdén, sin importarle lo que acababa de ocurrir.

La pelea terminó con él de rodillas, derrotado.

Ese día, Park se ganó la desaprobación de la escuela.

La directora lo llamó al despacho, y las palabras que salieron de su boca fueron como puñales.

Pero él no escuchaba, ya no importaba.

Al llegar a casa, encontró la puerta cerrada.

Su madre no estaba.

Había ido a trabajar, como siempre, y se fue con las chanclas de andar en la casa, ya que Park ya tenía los zapatos que ambos compartían.

El silencio de la casa se sintió pesado, como si el aire estuviera impregnado de una soledad profunda, de esas que no se pueden tocar, pero que se sienten en cada rincón.

Park no sabía qué hacer.

Ya no podía quedarse allí, encerrado entre cuatro paredes.

Esa noche, salió a la calle.

Eran las 2:48 A.M.

El frío nocturno le mordió la piel, pero no le importó.

La ciudad estaba vacía, pero él caminaba sin rumbo, como si la oscuridad pudiera darle las respuestas que no encontraba en ningún lugar.

Las luces de la calle parpadeaban, las sombras lo envolvían.

Buscaba algo, o tal vez nada.

Solo quería entender qué había hecho mal, qué le faltaba, o si había alguna salida en medio de todo eso.

A esas horas, las respuestas no venían con facilidad.

Pero el caminar, el silencio, lo mantenía en movimiento.

De alguna manera, ese vacío en la noche lo hacía sentir menos solo.

Y lo único que podía hacer era seguir caminando, buscando, tal vez, una respuesta que ni siquiera él sabía si existía.

La ciudad respiraba en la quietud de la madrugada, pero algo dentro de Park seguía latiendo, buscando, gritando sin voz.

Como si la oscuridad que lo envolvía no fuera suficiente.

Entonces, cuando el frío le cortó la piel y la soledad se abrazó a su alma, eso llegó.

Era algo que no tenía forma, ni sentido, ni explicación.

No era humano, ni una sombra, ni una luz.

Era… algo más.

Algo que, al verlo, la mente no podía procesar.

Una figura, flotando en el aire, rodeada por un resplandor morado, azul y rojo, pulsante, como si fuera la sangre misma del universo, como si la vida se desbordara a través de su carne.

Y Park no podía apartar la vista.

No comprendía, pero tampoco podía dejar de mirarlo.

Esa criatura era grotesca, fascinante, más allá de cualquier cosa que un humano pudiera concebir.

Cada vez que alguien lo veía, quedaba atónito, como si su mente no pudiera comprenderlo.

Y cuando se iban… se olvidaban.

Pero el deseo seguía allí.

Querían más.

Pero Park no lo entendió.

Lo que vio no le dio miedo, ni lo paralizó.

Solo quedó quieto, sin saber qué pensar.

Solo miraba.

Y entonces, la voz resonó.

Era como un susurro en su mente, profundo y extraño, algo tan lejano que le erizó la piel.

—Te necesito —dijo la voz, que parecía nacer de todas partes.

La figura flotante parecía leer sus pensamientos, como si supiera exactamente lo que sentía.

Como si, de alguna forma, hubiera visto la oscuridad que dormía dentro de él.

Park no dijo nada.

Solo permaneció en silencio, con la mirada fija, mientras sentía un deseo profundo que nacía dentro de su pecho.

La criatura continuó, como si supiera lo que pasaba en su mente.

—Te ofrezco poder, Park.

Te ofrezco una razón, una verdad que tu alma necesita.

Lo que buscas no está en este mundo, pero puedo dártelo.

Todo lo que eres, todo lo que has sido, es solo un reflejo débil de lo que podrías ser.

Yo te daré eso.

Te haré ser alguien.

Alguien más.

— La oferta era más que tentadora.

Era imposible resistirse, un abismo al que su mente caía sin control.

El vacío que sentía, la soledad, la rabia, todo encajaba.

¿Qué importaban su madre, su familia, su dolor?

Ya no lo quería.

Solo quería ser algo más, algo más grande, algo que lo respetara.

Algo que no fuera un paria.

—Hazlo —dijo Park, casi sin voz.

Y entonces, la figura le otorgó el poder.

El poder de desatar el caos.

De transformar la realidad misma.

De repente, el cuerpo de Park comenzó a cambiar.

Su piel, su forma, todo lo que era, se transformó.

Su físico, por fin, alcanzó la perfección según los estándares coreanos.

Un rostro simétrico, un cuerpo atlético, una presencia que nunca habría sido reconocida como la suya.

Ya no era el chico gordo y roto.

Ya no era el niño que había sido víctima.

Su poder se desbordó.

Podía controlar la materia, moldear el espacio a su alrededor.

Todo lo que tocaba se destruía o se convertía en lo que él quería.

Era imparable.

Y con ello, comenzó su limpia.

Primero, su escuela.

La sangre de los que lo humillaron manchó el suelo, uno por uno.

No les dio una oportunidad de defenderse.

Los arrastró hasta sus casas, a las puertas de sus hogares, y les dio una elección que no podían entender.

—Tu hermana… o tu madre… decide.

—dijo Park con una frialdad que helaba el aire.

Ellos no podían comprender lo que estaba pasando.

La elección era absurda.

No había opción.

Y Park no lo dudó.

Los vio morir, uno tras otro, sin remordimiento.

Los padres, los amigos, todos eran carne de su decisión.

Y luego, al final de esa limpia, cuando su poder ya se sentía absoluto, tuvo que ir a buscar a su madre.

La encontró en la tienda, mientras ella terminaba su jornada, exhausta, sin saber qué había sucedido con su hijo.

Park la observó desde lejos antes de acercarse.

Su madre no lo reconoció.

Su rostro perfecto no tenía nada que ver con el niño que había dejado atrás.

—Mamá… —dijo, con la voz tan vacía como el resto de su ser.

Ella lo miró con temor, sin comprender.

No sabía que su hijo estaba allí.

No reconoció la figura perfecta que se paraba frente a ella.

Solo vio a alguien extraño.

A alguien que había dejado de ser su hijo hace mucho tiempo.

Y cuando Park levantó las manos, ya manchadas de sangre, su madre gritó, pero ya era demasiado tarde.

Toda Corea estaba a sus pies.

Y Park ya no tenía nada.

Había perdido todo lo que alguna vez le importó.

Había dejado que el poder lo consumiera, lo transformara.

La oscuridad que buscaba, la venganza que había creído justa, ya no era suficiente.

Ahora, al mirar las manos que sostenían la vida y la muerte, solo quedaba vacío.

Pero para él, la verdad era clara.

Ya no había vuelta atrás.

La casa olía a sopa recalentada.

En una olla pequeña, burbujeaba ese intento de normalidad.

El vapor flotaba sin rumbo, acariciando las paredes con los dedos tibios de un pasado que ya no existía.

La mujer seguía ahí, refugiada, con los ojos vacíos de tanto llorar.

El mundo afuera había cambiado, se había convertido en un infierno sin nombre.

Y su hijo… su hijo era un recuerdo que se le deshacía en las manos.

Entonces, la puerta se abrió.

La figura que cruzó el umbral no era humana.

O al menos, no del todo.

Medía más de un metro ochenta.

Su rostro era una máscara perfecta: mandíbula afilada, nariz recta, pómulos tallados con precisión quirúrgica, piel blanca como porcelana pero salpicada de lo que parecía ser… sangre.

Las piernas estaban manchadas hasta la rodilla.

Los brazos, salpicados como si hubiese caminado bajo una tormenta de carne rota.

Los dedos…

ni siquiera se los limpió.

Cada uno goteaba restos tibios, húmedos, de quienes ya no eran.

Caminaba descalzo, con la pisada de una criatura que no teme dejar huellas.

Y sus ojos… Sus ojos no estaban ahí.

Solo dos vacíos, oscuros, con destellos violáceos que latían como estrellas muertas.

Ella lo vio.

Y no lo reconoció.

Retrocedió.

Como lo haría cualquier criatura que intuye la muerte antes de verla.

—¿Quién… quién es usted?

¿Qué hace aquí?

— dijo, temblando.

Él no respondió.

Su presencia llenaba el aire.

No como un perfume.

Como una amenaza.

—”¿Qué estás esperando?”— susurró la voz dentro de su cráneo.

—”Hazlo.

Esta no es tu madre.

Tu madre se quedó en el polvo del pasado.”— —¿Por qué no dice nada?

¿Por qué me mira así…?

— insistió ella, como si su voz pudiese atravesar la distancia que los separaba.

Entonces, Park habló.

—”No soy nadie que debas conocer.”— Y el silencio volvió.

Solo se oía la sopa burbujear.

Como un corazón moribundo.

—”Tú eras débil, Park.

Yo te hice dios.

No te detengas ahora por una sombra del ayer.”— dijo DHARMA, flotando como un parásito dentro de su alma.

Ella cayó de rodillas.

No por miedo.

Por algo más profundo.

Una certeza muda.

Una intuición.

Esa presencia… esa manera de respirar… esa forma de hablar… —¿Park…?— susurró, apenas audible.

Y por un instante, solo uno, algo dolió.

No en su cuerpo.

En lo que quedaba de él.

Un recuerdo que sangró brevemente: una noche cualquiera, su madre le acariciando la cabeza porque no podía dormir.

Su voz diciéndole “estoy aquí”.

Una cucharada de sopa soplada con amor torpe.

Pero fue solo un instante.

Park levantó el brazo.

No con rabia.

No con odio.

Con decisión.

Un destello púrpura envolvió la casa, y la cocina entera se convirtió en luz.

No gritó.

No hubo dolor.

Solo cenizas.

Y con respeto, con esa frialdad ritual de los dioses antiguos, Park recogió lo que quedó.

Caminó durante horas, solo, con las cenizas aún calientes en sus manos.

Subió hasta la cumbre de Hallasan, la montaña más alta de Corea del Sur, al sur, en la isla de Jeju.

Desde allí, el mundo parecía pequeño, como si la humanidad no fuera más que una fiebre pasajera.

Allí, abrió la mano.

Y dejó que el viento se llevara a su madre.

Detrás de él, DHARMA susurró con desprecio disfrazado de compasión: —”Fue estúpido.

Era inferior.

Insignificante.

Una simple mortal que te habría arrastrado de vuelta al barro.

Ahora eres mil veces más.

No mires atrás…”— Hubo un silencio.

Y luego, en esa noche alta, el mismo DHARMA, por primera vez… vaciló.

—”…pero aun así…

sí, dolió.”— Y Park no dijo nada.

Porque los dioses no lloran.

Solo caminan.

Y destruyen.

Pasaron los meses.

Corea del Sur ya no era una nación.

Era un cadáver con los ojos abiertos.

Las ciudades eran cementerios verticales, los campos, fosas comunes disfrazadas de paisajes.

El cielo apenas resistía, gris, quieto, como si prefiriera no mirar más.

Park, bajo su nueva carne perfecta, caminaba como un juicio.

Su rostro era una obra de arte según los estándares coreanos, pero sus ojos hablaban otro idioma: el del silencio cruel, el del vacío que muerde.

Ya no necesitaba destruir con violencia.

Ahora destruía con presencia.

Se infiltraba entre los últimos grupos de sobrevivientes como una plaga disfrazada de esperanza.

Les hablaba, les curaba heridas, les ofrecía compañía.

Jugaba con las emociones como si fueran piezas en una sala de ensayo.

Los hacía confiar.

Los hacía amar.

Y cuando al fin bajaban la guardia… …los rompía.

No con puños, no con gritos, sino con gestos suaves, palabras dulces como el veneno.

“Aprendí a romper almas antes que cuerpos”, se decía a sí mismo, “y es mucho más eficaz.” Mató a muchísimos.

Tantos que los árboles dejaron de tener nombres y empezaron a ser lápidas.

Tantos que la lluvia ya no mojaba —limpiaba.

Tantos que el eco de los llantos ya no parecía humano, sino una parte del clima.

Algunos lo siguieron como a un salvador.

Otros cayeron bajo su hechizo como si fuese un espejismo en medio del desastre.

Y él los usaba sin piedad.

Los arrastraba a una ruina emocional tan profunda, que ni siquiera la muerte parecía una salida.

Los zombis llegaron después.

Los llamó así, pero no eran cuerpos podridos: eran cuerpos limpios, intactos… pero vacíos.

Sin voluntad, pero con memoria.

Soldados, niños, forasteros.

Gente que vino a Corea del Sur buscando explicaciones, ayuda, humanidad.

Y Park les dio todo lo contrario.

DHARMA, latiendo como un segundo corazón en su pecho, le concedió el arte de la manipulación total.

Les robaba lo último que les quedaba: el deseo de ser libres.

Los convirtió en seres que pensaban, planeaban, que hablaban con ese último rincón de mente que aún resistía… …pero ya no decidían.

Todo pensamiento salía de sus bocas como gritos ahogados, palabras sin alma.

No eran humanos.

Eran ecos, TRUMAN los llamo “Vestigios”.

Ecos obedientes, huecos y fríos.

Y Park los usó.

Como armas.

Como espías.

Como marionetas sin cuerdas.

Corea del Sur ya no tenía héroes.

Solo tenía a Park Tae Hyun.

Y a DHARMA, claro.

Siempre ahí.

Murmurando.

Riéndose en el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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