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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Miranda Stone La madre de la maldicion
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16: Miranda Stone: La madre de la maldicion 16: Miranda Stone: La madre de la maldicion Estaba Miranda Stone en la Universidad de Altland, una institución fría y exigente, donde las paredes olían a café rancio y libros antiguos.

El invierno apenas se asomaba, pero ya era suficiente para obligarla a llevar bufanda, aunque su paso firme nunca vacilaba entre edificios.

A sus 18, era una sombra brillante entre pasillos llenos de mediocridad.

Estudiaba química, física cuántica, física general y matemáticas aplicadas.

No era una simple estudiante destacada.

Era un fenómeno.

Los profesores evitaban corregirla.

Algunos incluso reescribían sus clases después de escucharla hacer una sola pregunta.

Porque cuando Miranda Stone hablaba, no lo hacía para impresionar, sino para revelar—para desarmar los conceptos más abstractos con una precisión quirúrgica, como si las matemáticas le susurraran secretos directamente al oído.

Sus cuadernos estaban llenos de fórmulas, no con tinta, sino con violencia.

Cada cálculo era una afirmación.

Cada ecuación, una declaración de guerra contra lo que no entendía.

No tenía tiempo para fiestas.

No tenía paciencia para estupideces.

Y, sin embargo, el campus entero hablaba de ella.

No por su cuerpo atlético ni por su rostro sereno, que parecía esculpido por alguna divinidad precisa, sino por esa presencia imposible de ignorar.

Una joven que parecía nacida para entender el universo…

o para romperlo.

Pero a pesar de su lógica férrea y de esa rutina tallada a golpes de concentración, algo—o, mejor dicho, alguien—quebró el equilibrio.

Fue sutil al principio.

Un roce de curiosidad, apenas un parpadeo en la rutina perfecta de Miranda Stone.

Entró a mitad de semestre, de forma casi accidental, como si no perteneciera allí.

Pero lo cierto era que, desde el primer segundo, él llamó su atención.

Se le conocía por ser increíblemente rápido.

No solo corriendo—aunque eso también—sino al pensar, al moverse, al hablar.

Tenía un don para anticipar, reaccionar, cortar esquemas antes de que siquiera nacieran.

Se sentaba dos filas detrás de ella, pero no pasó mucho antes de que estuviera a su lado.

Ella, que nunca tuvo tiempo para nada más que números, buscó momentos para todo.

Se hizo su amiga.

Y luego, casi sin darse cuenta, empezó a respirar para él.

A hablar como él.

A mirar el mundo con el mismo impulso eléctrico que lo rodeaba.

El nombre de aquel hombre era Caleb Voss.

Y aunque muchos lo veían como un joven inquieto con reflejos excepcionales, para Miranda Stone, Caleb era la variable que no podía calcular.

Entre ambos creció algo extraño, casi clandestino, como un experimento al que nadie le ponía nombre pero todos sabían que existía.

Caleb Voss era torpe con los números, pero veloz en todo lo demás.

En cambio, Miranda Stone era una máquina para los cálculos, pero comenzaba a volverse lenta en algo que jamás había enfrentado: el sentimiento.

Y aunque él siempre parecía estar en movimiento, fue ella quien empezó a detenerse.

Gastó tiempo.

Horas enteras que antes dedicaba a ecuaciones, ahora las invertía en explicarle fórmulas a Caleb.

Lo hacía con precisión quirúrgica, aunque disfrazada de sarcasmo.

—¿De verdad no ves que esto es una derivada, Voss?

—le decía sin mirarlo del todo, con media sonrisa y el ceño fruncido—.

—Te juro que, si fueras más lento, estarías en coma.

— Y, sin embargo, se lo explicaba todo.

Despacio, detallado, con una dedicación que rozaba el afecto.

A su manera fría, y juguetonamente distante, lo cuidaba.

Y él lo sabía.

Las calificaciones de Miranda Stone bajaron ligeramente ese año.

Lo justo como para que uno de sus profesores la mirara con sospecha, pero no lo suficiente como para ponerla en riesgo.

Caleb también mejoró, no por talento, sino porque Miranda le prestaba el suyo.

Para cuando ella cumplió 21 años en el 2008, la atracción entre ambos era insoportable.

No era juvenil.

No era superficial.

Era de esas fuerzas que se arrastran por dentro como un vendaval.

Ambos lo sabían, aunque nadie lo decía.

No lo necesitaban.

Y aunque Miranda se esforzaba por mantener su estructura intacta, con cada mirada, cada roce accidental, se rompía un poco más.

La lluvia no había parado en todo el día.

Miranda Stone y Caleb Voss compartían el sofá viejo del pequeño apartamento de ella, rodeados de libros de física abierta, tazas de café frío y papas fritas a medio comer.

Una escena que se repetía cada semana, como si ambos no supieran cómo despegarse del otro sin inventarse una excusa.

Pero esa noche no sería como las otras.

—Estoy cansada —dijo ella, de pronto, sin mirarlo.

—¿Del café frío o de los libros?

—respondió Caleb con una sonrisa mientras hacía girar un lápiz entre los dedos.

Ella se giró lentamente, lo miró fijamente.

Sus ojos estaban más brillantes que de costumbre.

—Estoy cansada… de fingir que no me importas.

— Caleb dejó caer el lápiz.

—¿Qué…?

— —Te quise desde hace años.

Y no, no fue como un rayo.

Fue como la gravedad.

Cada día me jalabas un poco más.

Me acostumbré a pensarte, a tenerte cerca, a ayudarte solo para que te quedaras más tiempo.

Y no quiero que sigas viniendo solo por física cuántica.

Quiero que vengas por mí.

— Hubo un silencio espeso.

Entonces Caleb se levantó de golpe.

—¿Tú estás…

estás confesándome algo?

—dijo mientras retrocedía, nervioso, casi temblando de la risa.

—¡Obviamente!

—gritó ella, avanzando hacia él con una mezcla de emoción y vergüenza contenida—.

¡Y no voy a arrepentirme!

Caleb, con la torpeza de un niño atrapado, se giró y desapareció hacia el pasillo del apartamento.

—¡AH NO!

¡No vas a huir!

—gritó Miranda con una sonrisa amplia, corriendo tras él.

—¡¿Pero ¡¿qué es esto?!

¡¿Una trampa emocional?!

—respondió él desde la cocina, y en un segundo ya estaba del otro lado del sofá, como si se hubiera teletransportado.

—¡Lo es, y caíste!

—rio ella, girando en seco para atraparlo.

—¡Déjame procesar esto!

¡Eres una genia emocionalmente reprimida, no puedes de repente venir con esto y encima sonreír como si fuera normal!

—gritó Caleb, alejándose con una velocidad absurda por el pasillo, resbalando con un libro en el suelo.

—¡Demasiado tarde, Voss!

¡Te atrapó la gravedad!

—gritó Miranda, saltando sobre él mientras ambos caían al suelo entre libros y risas.

Caleb se rindió.

Rió.

Respiró.

Y la miró desde el suelo, aún sin entender cómo ese día acabó con ella encima de él, confesando todo, como si la vida fuera una comedia mal escrita.

—Estás loca —susurró, sin dejar de sonreír.

—Sí —respondió Miranda, con el corazón latiéndole como un tambor desbocado—.

Pero loca por vos.

Y en ese instante, entre la risa y el caos, Caleb entendió que no había escapatoria.

Porque cuando Miranda Stone decidía algo, ni el tiempo ni el espacio eran capaces de detenerla.

La lluvia había terminado cuando la noche se convirtió en madrugada.

Miranda Stone y Caleb Voss ya no eran solo dos estudiantes brillantes encerrados en un apartamento lleno de libros: esa noche, se habían reencontrado con algo más antiguo que la física o la química.

La conexión fue natural, íntima, silenciosa al principio.

Pero luego se volvió fuego.

Fue el tipo de encuentro donde todo tiene sentido: los años, las miradas, las frustraciones.

Y al final, cuando Caleb la abrazó, le susurró sin pensar: —Quiero quedarme.

— —¿Por cuánto tiempo?

—preguntó Miranda, con los ojos entrecerrados.

— —Para siempre —respondió él, sin dudar.

Pasaron los meses.

La noticia del embarazo llegó como una explosión controlada.

Miranda, que siempre tuvo control de cada átomo en su entorno, de pronto sentía que la fórmula más compleja era la que latía dentro de ella.

Caleb no huyó.

Al contrario, se quedó.

Fue por los pañales, por las ecografías, por los vómitos matutinos.

Se convirtió en alguien con quien el tiempo era más fácil, más ligero.

Y entonces llegó el día.

La sala de partos estaba inundada de luz blanca y voces agitadas.

Miranda, con la fuerza de una tormenta contenida, empujaba con una determinación que no podía calcularse en Newtons ni en julios.

Caleb sostenía su mano, pero no decía nada.

Solo apretaba.

Solo respiraba con ella.

—Ya viene… ya viene… —gritó una enfermera.

Y en un instante, el silencio del cuarto fue reemplazado por un llanto agudo y perfecto.

Los doctores se miraron.

Hubo un segundo de asombro.

Después, un estallido de emoción.

—¡Dios mío, es… es precioso!

—dijo una de las médicas.

—¡Tiene unos ojos increíbles!

¡Parece un dibujo!

—añadió otra, sosteniéndolo con una sonrisa enorme.

Caleb soltó una risa nerviosa.

—¿Es normal que los doctores se enamoren de tu hijo antes que tú?

— Y luego lo vio.

Pequeño.

Frágil.

Inmenso.

Lo pusieron en brazos de Miranda, y por un momento el mundo se volvió eterno.

La piel aún tibia, el llanto aún débil, pero los ojos… esos ojos abiertos como estrellas nacientes.

Miranda lo acarició suavemente.

—Hola, mi amor… — Caleb no sabía si llorar o reír.

Se acercó, la rodeó con el brazo y susurró: —Ese es nuestro hijo.

— —Sí… — —¿Y cómo lo vas a llamar?

— Miranda lo miró, sin dejar de ver al bebé.

—Ángel… Ángel Stone.

— Y ahí, entre lágrimas, sudor y el amor más brutal que se puede conocer, nació no solo un niño.

Nació una familia.

La sala entera contuvo la respiración.

El silencio, después del llanto, fue total.

Y entonces ocurrió.

El cuerpo pequeño de Ángel se estremeció levemente en los brazos de Miranda, y frente a todos los presentes, emergieron dos alas.

Grandes.

Suaves.

Majestuosas.

Como si fueran parte de un sueño o una pintura celestial.

Las plumas, blancas como la nieve, brillaban con un resplandor suave que no parecía reflejarse de ninguna lámpara.

Eran reales.

Eran suyas.

El aire se llenó de murmullos y exclamaciones ahogadas.

—¿Eso es…?

—balbuceó una enfermera, retrocediendo medio paso.

—¡T-Tiene alas!

—exclamó un joven residente, con la cara blanca como una sábana.

—Nunca… n-nunca vi algo así —dijo la doctora principal, aún con las manos enguantadas en sangre, pero con la mirada fija en esa criatura imposible, con una pizca de miedo a lo desconocido.

Miranda no dijo nada al principio.

Solo lo sostuvo.

Lo arropó mejor.

Lo acunó con una calma aterradora.

Y luego, como si esa reacción la esperara desde siempre, miró a todos y habló.

—⎯Ángel.

Su nombre es Ángel Stone.

—dijo con voz clara, decidida, solemne.

Caleb se quedó sin aire.

—⎯ ¿Qué… qué significa esto?

—preguntó, con una mezcla de asombro y temor.

— —⎯No lo sé… pero nació así.

No es un don.

Es parte de él.

—respondió Miranda, mientras el bebé se acurrucaba contra su pecho, las alas temblando suavemente con cada respiración.

Una enfermera, sin saber si debía correr o arrodillarse, murmuró: —⎯Es… hermoso.

— —⎯Sí.

Lo es.

—añadió Caleb, con una sonrisa temblorosa.

—Y ahora entiendo por qué parecía que el mundo se detenía cuando ella entraba a clase.

Esto… esto es más que genética.

— Miranda no respondió.

Solo apretó al bebé contra su corazón, y mientras lo hacía, las alas se plegaron con cuidado, como si supieran que estaban en casa.

Y así fue como el nacimiento de Ángel Stone no solo rompió toda lógica conocida, sino también todo récord en la historia de los dones: nadie, jamás, había mostrado uno tan pronto.

Pero aquello no era un don.

Era algo más antiguo.

Más puro.

Algo que aún nadie, ni siquiera su madre, podía entender.

Con el paso de los días, y luego semanas, las alas de Ángel no desaparecieron.

No eran un fenómeno temporal.

Eran parte de él, como sus ojos o su respiración.

Las plumas crecían en proporción a su cuerpo, con un brillo tenue pero constante, como si siempre estuvieran bañadas por una luz divina.

Y eso… lo cambió todo.

Caleb, de naturaleza científica y racional, pasaba noches enteras en vela, con el bebé dormido en sus brazos, tratando de entenderlo, de clasificarlo.

No podía.

No había teoría, experimento ni fórmula que pudiera explicarlo.

Nada en el mundo físico podía justificar la existencia de aquellas alas.

Miranda, por su parte, dejó de buscar respuestas en los libros.

Comenzó a mirar hacia arriba.

—¿Y si esto no es ciencia?

¿Y si es fe?

—dijo Miranda con la voz baja, observando a Ángel dormir con las alas ligeramente abiertas.

Caleb apretó los labios.

Se notaba agotado, pero sobre todo rendido.

—Parece un mesías… uno recién nacido —dijo en voz baja, como si temiera ofender a algo más grande que ellos.

Desde entonces, algo dentro de ellos cambió.

Comenzaron a ir a misa cada domingo.

Se confesaban, rezaban, y Miranda incluso volvió a leer los pasajes que de niña le parecían fantasías.

Ahora, le sonaban a profecía.

—Si Dios nos lo dio con alas, fue por algo —susurró una noche Miranda, mientras mecía a Ángel en su regazo.

—Y yo voy a proteger ese propósito, aunque me cueste la vida —añadió con una mirada decidida que no permitía discusión.

Desde ese momento, ambos empezaron a verlo no solo como su hijo, sino como un signo.

Un faro en medio de una generación incrédula.

Y aunque aún no sabían lo que significaba, sí sabían una cosa con certeza: ese niño era distinto.

Y el mundo no estaba listo para él.

Samantha era una de las pocas personas que no trataban a Ángel como un fenómeno.

Ni como un monstruo.

Ni como un chico raro.

Era, para él, el único lugar seguro en toda la escuela.

Su voz siempre era suave, y su risa… su risa era un faro entre tanta oscuridad.

—No entiendo cómo puedes sonreír después de todo eso —le dijo ella una vez, sentados detrás del gimnasio, en una de esas tardes que parecían durar cinco minutos.

—Porque estás tú —respondió Ángel, encogiéndose de hombros.

Ella le acarició el cabello, y él se quedó inmóvil, como si algo dentro suyo se rompiera y se reconstruyera a la vez.

Era la primera muestra de afecto genuino que recibía desde hacía meses.

Y aquel día… fue el último.

Ángel no quería nada más.

Solo un abrazo.

Algo que no doliera.

Algo que no lo empujara, ni lo escupiera, ni lo encerrara en un casillero.

Solo un abrazo.

Y lo hizo.

Se acercó, temblando como si caminara al borde de un abismo.

Ella abrió los brazos con ternura, sin miedo.

Él la abrazó.

La envolvió con los brazos primero… y luego, sin darse cuenta, sus alas brotaron.

Fue solo un segundo.

Un instante.

Pero las plumas blancas se tornaron cuchillas.

Un sonido seco.

Como huesos crujiendo dentro de una licuadora.

La sangre salpicó las paredes del aula vacía.

Y cuando Ángel abrió los ojos, ya no estaba abrazando a su amiga.

Solo quedaban trozos.

Fragmentos.

Huesos astillados.

Y un charco rojo que no dejaba de crecer.

—¿S-Samantha…?

—susurró Ángel, retrocediendo, con las manos temblando.

Pero no había nadie que pudiera responderle.

Los gritos llegaron segundos después.

El juicio, días después.

Las preguntas, los periodistas, los policías.

Todo fue un torbellino.

Pero nada dolía tanto como esa primera mancha en sus alas.

En la sala, Miranda no entendía.

Su rostro estaba helado.

Sus labios no se movían.

Solo miraba a su hijo, allí de pie, sin alma, sin luz.

—¿Qué es esto…?

—susurró.

—¿Qué fue lo que hicimos…?

— Caleb, sentado a su lado, tragaba saliva con fuerza.

Tenía los ojos rojos, las mejillas mojadas, pero no emitía sonido.

Solo sostenía la mano de su esposa con fuerza, como si el mundo se fuese a romper.

Y en medio de todos los flashes, de todos los murmullos, de toda esa gente señalando a un niño… estaba Ángel, con la cabeza gacha, sin emitir palabra.

Porque no había nada que pudiera decir.

La sala estaba llena.

Demasiado llena.

Cámaras flotaban con drones de grabación.

Sensores de verdad sobrevolaban como insectos dorados, captando micro expresiones.

Había silencio, pero un silencio tenso, contenido, elástico.

Todos sabían lo que había pasado.

Y todos esperaban saber quién era realmente Ángel Stone.

En el estrado, el juez Marcus Evergale, hombre alto y de rostro tan quieto como una estatua de plomo, respiró hondo.

Su don era Impasibilidad Mental, lo que hacía que ninguna emoción externa alterara sus decisiones, y lo convertía en el juez más respetado (y temido) del distrito.

La fiscal dio un paso al frente.

Su voz, amplificada por un aura plateada de su garganta —don de Proyección Vocal Dominante—, resonó con claridad perfecta en cada rincón.

—El acusado, Ángel Stone, activó de manera letal su habilidad física de clase orgánica sin previo aviso, en un entorno civil.

La víctima, Samantha DeWitt, murió por compresión múltiple causada por lo que se presume fueron sus alas.

—señaló la pantalla holográfica, donde se mostraban imágenes pixeladas del cuerpo de Samantha, casi irreconocible—.

No fue defensa propia.

No hubo provocación.

Solo un abrazo.

Solo…

un crimen.

— La abogada defensora, Eliza Marell, se adelantó.

Era una mujer de cabello rojo trenzado, su don: Memoria Forense, capaz de recordar con precisión absoluta cada palabra, cada prueba, cada gesto.

—Mi cliente no actuó con intención criminal.

Nunca había activado su don.

No tiene entrenamiento, ni historial violento.

Solo quería recibir afecto…

después de años de aislamiento, trauma y abusos que esta misma institución educativa ignoró sistemáticamente.

—hizo una pausa, conteniendo la furia detrás de sus gafas—.

Fue un accidente.

Uno trágico, sí.

Pero no un homicidio con culpa.

— Miranda se levantó.

—¡No lo críe como un monstruo!

¡Es un niño!

¡Mi niño!

—gritó, con las lágrimas luchando por caer antes de su voz.

El juez levantó una mano.

Un leve destello azulado salió de su palma, y el aura de contención envolvió la sala.

Nadie más hablaría sin permiso.

—Orden.

O utilizaré sellos de silencio.

— Caleb sujetó la mano de Miranda.

Aunque él no hablaba, una gota bajó por su mejilla.

Ahí es cuando el don de uno de los de seguridad se activaron, Estabilidad Emocional Ambiental, mantenía el aura de los presentes contenida, para que Miranda no se descontrolara por las emociones que fluctuaban alrededor.

Uno a uno, los testigos pasaron.

Profesores.

Estudiantes.

Directivos.

Algunos hablaban del extraño brillo que emanaban las alas de Ángel.

Otros comentaban su soledad, su silencio, su miedo constante.

Pero lo más doloroso fue cuando una pequeña niña, compañera de curso, alzó la voz: —Samantha decía que Ángel tenía el alma rota, pero que ella podía pegarla.

Ella siempre decía que lo abrazaría un día.

— La sala se estremeció.

La fiscal habló por última vez.

—Una sociedad como la nuestra, con dones tan variados y peligrosos, no puede permitirse el lujo de perdonar sin responsabilidad.

Si no detenemos esto aquí, ¿quién será el siguiente?

¿Cuántos más morirán por un “accidente afectivo”?

— La defensa solo murmuró, con voz contenida: —No fue un accidente.

Fue un milagro mal entendido.

Él no destruyó a Samantha… fue su don el que no estaba listo para recibir amor.

— El juez se levantó.

Cerró los ojos durante largos segundos, canalizando su habilidad para bloquear todo ruido emocional, toda presión social, toda empatía humana.

Cuando abrió los ojos, eran grises como la ceniza.

—En vista de los hechos, el dolor causado, y el peligro potencial del acusado, este tribunal lo declara…

culpable de homicidio culposo por negligencia de hablilidades.

Será enviado al Centro de Reeducación y Contención Donaria Clase 3, para estabilización, control y evaluación periódica.

Su condición será revisada en dos años.

Caso cerrado.

— El mazo cayó.

Y con él, el corazón de Miranda.

El eco del mazo aún no se había apagado del todo cuando una voz rasgó el aire como una cuchilla oxidada.

—¡Eso es!

¡Culpable!

¡Encerrado como el monstruo que es!

¡Mi hija podrá descansar ahora!

—gritó un hombre desde los asientos del público, con los ojos inflamados y la garganta ardiente de rabia.

Era Richard DeWitt, el padre de Samantha.

Su rostro estaba desencajado, una mezcla de dolor, ira y desesperación dibujando cada línea de su expresión.

Se levantó con violencia, como si su alma entera lo empujara a enfrentarse al mundo en ese instante.

—¡Y si esa condena no es suficiente…

entonces yo mismo me encargaré de él!

¡Lo juro por la tumba de mi hija!

¡Sea donde sea que lo escondan, voy a encontrarlo, y voy a matarlo con mis propias manos!

¡NO HAY PERDÓN PARA QUIEN LA MATÓ!

— Las palabras fueron un disparo al corazón de todos en la sala.

Caleb abrazó con fuerza a Miranda, que había quedado de pie, inmóvil, sin poder procesar la amenaza.

Ángel, sentado entre los guardias, giró lentamente la cabeza hacia Richard, sus ojos sin brillo, sin reacción.

—¡SEGURIDAD!

—ordenó el juez Marcus, levantando la voz sin perder la compostura.

Dos oficiales se precipitaron sobre Richard, sujetándolo por los brazos.

El hombre forcejeaba con fuerza, casi rompiendo la silla en la que se apoyaba.

—¡SUÉLTENME!

¡ÉL MATÓ A MI HIJA!

¡¿Y USTEDES LE DAN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD?!

¡¿QUÉ CLASE DE JUSTICIA ES ESTA?!

—vociferó mientras lo arrastraban fuera de la sala.

Cuando cruzaba la puerta, aún tuvo tiempo de lanzar una última promesa, un juramento marcado por el odio más visceral: —¡TE ENCONTRARÉ, ÁNGEL STONE!

¡TE LO JURO!

— Un silencio opresivo cayó sobre la sala.

Algunos presentes bajaron la cabeza.

Otros simplemente no sabían dónde mirar.

Miranda, con los ojos perdidos, respiraba apenas.

Caleb seguía sujetándola con fuerza.

Y Ángel, con la mirada fija en sus propias manos esposadas, susurró con un hilo de voz: —No quise…

no quise hacerlo…

— Pero ya nadie lo escuchaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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