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El Cielo También Tiene Ruinas - Capítulo 17

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Capítulo 17: “Conoce tu lugar”

De vuelta al presente, al Miranda citarle esas palabras a Park Tae Hyun al oído, con último empujón, Miranda arrojó a Park al suelo, dejando en claro que este no tenía lugar en ese enfrentamiento, ni en el mundo de Ángel.

Park Tae Hyun se quedó un momento en el suelo, conmovido y amenazado al mismo tiempo por las palabras de Miranda. Su expresión pasó de la confusión al enojo, sintiendo una extraña mezcla de emociones que no estaba acostumbrado a experimentar.

Mientras tanto, Miranda no perdió ni un segundo. Corrió rápidamente hacia Ángel, que yacía malherido en el suelo, su cuerpo cubierto de cortes y sangre. La preocupación en sus ojos era evidente, incluso cuando intentaba mantener la calma.

Park Tae Hyun, aún tirado entre los escombros, se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo y escupiendo a un lado con frustración. Se pasó la mano por la cara, intentando procesar lo que acababa de pasar, y maldijo en voz alta:

—¿Acabas de lanzarme 1 de Corintios en la cara y me dejas en el suelo?! ¿Tienes algún…? ¿¡Estás mal de la cabeza?! ¿¡QUÉ CLASE DE MANERA ES ESA DE INTIMIDAR A ALGUIEN!? —

Su voz sonaba irritada, pero había algo más en ella: un rastro de incredulidad, casi como si la presencia de Miranda lo hubiera afectado más de lo que quería admitir.

Desde el otro lado, Miranda lo ignoró por completo. Todo su enfoque estaba en Ángel. Se arrodilló junto a él y colocó su mano sobre su rostro, evaluando sus heridas con una mezcla de ternura y dureza. No era la primera vez que veía a su hijo en una situación así, pero esta vez era diferente.

Su hijo estaba en el suelo, derrotado, pero aún respirando, y eso era suficiente para ella.

Miranda no dudó ni un segundo. Arrebató a Ángel de los brazos de Woods con una fuerza que no dejaba espacio a discusión.

Lo sostuvo en sus brazos, sintiendo el peso de su hijo malherido contra su pecho. Sus músculos tensos parecían contener algo más que simple determinación. Había, dolor. Instinto.

Ángel, por su parte, sabía que no tenía fuerzas para hablar.

Cada respiración se sentía como una batalla, y cualquier palabra que intentara formar sería tan desperdicio de energía. Solo cerró los ojos por un momento, confiando en los brazos de su madre, aunque su mente le gritara que no había escapatoria real de esa pesadilla.

Detrás de ellos, Park Tae Hyun se acercaba lentamente. Su expresión ya no era de diversión pura. Había enojo. Había frustración. Había algo más profundo que se agitaba dentro de él, algo que ni él mismo entendía.

Mientras caminaba, su cuerpo comenzó a cambiar. Su silueta se volvió más delgada, pero increíblemente marcada. Sus músculos se redefinieron, adaptándose a la situación. Menos volumen, más velocidad. Menos fuerza bruta, más precisión.

—No voy a dejar que simplemente te vayas con él, señora. —

Su voz sonó diferente esta vez. No era la burla descarada de antes. No era el sarcasmo juguetón. Ahora, había algo más afilado en ella, algo que decía que esta pelea estaba lejos de terminar, y Jiwon Jae se precipito como salvador.

—(en coreano) ¡Chaeun!, ¡Les ganare tiempo, ustedes corran!, ¡yo podré con e- —.

El sonido del impacto fue brutal.

En un solo movimiento, Park Tae Hyun se deslizó por el suelo como un depredador y, con una precisión inhumana, golpeó la cabeza de Jiwon Jae contra el asfalto. No hubo oportunidad de reaccionar. No hubo margen de error. Solo fuerza pura y absoluta violencia.

Silencio.

Jiwon Jae quedó tendido en el suelo, inmóvil. Su cuerpo, que segundos antes desafiaba con furia, ahora yacía sin vida en medio de los escombros.

Chaeun Park jadeó. Su garganta se cerró en un grito que nunca llegó a salir. Sus ojos se abrieron como platos, temblorosos, incapaces de procesar lo que acababa de ver.

Los demás simplemente se quedaron atónitos.

Jackie, Callaghan Woods, incluso Miranda.

Ángel, aún en los brazos de su madre, intentó moverse, intentó decir algo, pero su cuerpo no respondía.

Park Tae Hyun ya no estaba jugando.

Se sacudió el polvo con calma.

Levantó la mirada.

Sonrió de lado.

—¿Y bien? ¿Quién sigue? —

Chaeun no se movió.

Sus manos temblaban, sus uñas se clavaban en sus palmas con tanta fuerza que la piel comenzó a romperse.

Jiwon Jae estaba muerto.

La única persona con la que había sobrevivido tanto tiempo.

El único que entendía sus palabras torpes en español.

El único que le recordaba que no estaba sola en un mundo en ruinas.

Y ahora yacía en el suelo, irreconocible.

El temblor que Park Tae Hyun sintió no era del suelo.

No era de la anomalía.

Era de Chaeun Park.

Su cuerpo entero se sacudía en ira pura y cruda. Un dolor primitivo, visceral.

Pero Park Tae Hyun no estaba impresionado.

No.

Estaba furioso.

Park Tae Hyun apenas y le prestó atención.

Porque su verdadero objetivo no era Chaeun Park.

Era Ángel.

—Tráeme a mi juguete, puta zorra. —

Chaeun Park cerró los ojos.

Un trueno retumbó en su interior.

Mientras Chaeun cargaba lo que sea que cargaba dentro de su mirada llorosa y fría, Park Tae Hyun empezó a maldecirla e insultarla, tratando de hacerla mover del camino sin ponerle una mano encima. Para él, sus manos estaban reservadas solo para Ángel.

Aún así, Chaeun Park se alejó de su camino mirándolo fijamente y, en ese momento, hizo una especie de campo de gas. Su figura se desvaneció dentro de un edificio, dejando tras de sí una visión inquietante.

Park Tae Hyun observó con curiosidad cómo el gas comenzaba a moverse, formando palabras en el aire de forma amenazante y casi burlona. Las letras flotaban y se retorcían con una presencia casi viva, como si se rieran de él en silencio.

Las palabras eran claras:

—“Ven y juega conmigo entonces, querido”. —

Él se detuvo en seco, sus ojos brillando con una mezcla de molestia y emoción.

—¿Así que quieres jugar, zorra? —

Escupió al suelo y estiró su cuello, haciendo crujir cada vértebra con un sonido seco y desagradable.

—Está bien. Pero espero que juegues mejor que ese saco de mierda que acabo de aplastar. —

Sin perder más tiempo, saltó directo al edificio.

Pero algo estaba mal.

El aire se sentía pesado.

El gas no era solo una distracción.

Era una trampa.

No era gas, era polvo.

Park empezó a sonreír mientras sentía el aire a su alrededor. Le gustaba la dificultad de mantenerse en pie, el desafío de moverse en un entorno que no estaba a su favor.

Pero no tardó en adaptarse rápidamente. Sus músculos se contrajeron y ajustaron su peso, haciendo que sus pies se aferraran mejor al suelo. Sus movimientos eran más precisos ahora, como si estuviera danzando en el polvo de Chaeun Park en lugar de resistirse a él.

Mientras avanzaba por la zona envuelta en polvo, miró alrededor con curiosidad, analizando la estructura del edificio y la posible ubicación de su oponente. Entonces, en su idioma natal, habló con una mezcla de burla y peligro:

—(en coreano): “Sabes… no es normal que quieras coger conmigo después de matar a ese… lo que sea que era ese tipo.”—

Hizo una pausa, inhalando el aire pesado a propósito, dejando que el polvo le recorriera el cuerpo, solo para demostrar que no lo intimidaba.

—(en coreano): “Ese ‘ven y juega conmigo, querido’… Suena tentador, no lo voy a negar.”—

Sonrió con arrogancia, con la mirada llena de un brillo enfermizo, disfrutando de la provocación.

—(en coreano): “Pero al final del día… Pienso dejarte igual.”—

Su voz cambió en la última frase. El tono juguetón desapareció.

Ahora solo quedaba pura agresión.

Pequeñas piedras comenzaron a golpear a Park Tae Hyun desde distintos ángulos. No eran lo suficientemente fuertes como para hacerle daño, pero sí para irritarlo.

Park Tae Hyun dejó escapar un gruñido molesto y comenzó a atrapar las piedras al vuelo. Sus músculos y huesos se deformaron en un instante, generando múltiples brazos que le permitían lanzar las rocas en todas direcciones.

Sin embargo, no le pegó a nada.

El eco de las piedras rebotando en las paredes era lo único que resonaba en el edificio envenenado.

Mientras Park Tae Hyun lidiaba con su frustración, en otro punto de la zona, Miranda y Callaghan Woods estaban inclinados sobre Ángel, evaluando su estado.

Ángel apenas respiraba. Su cabello pegajoso por la sangre le cubría parte del rostro, y sus alas, aunque intactas, temblaban como si estuvieran al borde de colapsar.

De repente, Chaeun Park emergió entre las sombras. Su respiración era pesada, pero aún mantenía la compostura.

Con su español roto, trató de comunicarse lo mejor que pudo:

—”Yo… yo tiempo ganar… Ustedes… correr ya.”—

No había tiempo para preguntas. Callaghan Woods y Miranda intercambiaron miradas rápidas y, sin dudarlo, levantaron a Ángel para largarse de ahí.

Mientras corrían entre escombros, Jackie apareció de la nada, ya estaban todos ahí.

Su rostro tenía un golpe notorio y sangre resbalaba desde su frente, pero él solo sonrió con su aire despreocupado de siempre.

—Demonios, ¿qué se perdieron de la fiesta? — bromeó Jackie, con su típica sonrisa ladeada.

Callaghan Woods, sin perder el ritmo, miró a Ángel y, sin previo aviso, utilizó su telequinesis para levantar un gran trozo de escombro.

Con un movimiento rápido y calculado, lo lanzó con fuerza directamente a las alas de Ángel.

El impacto resonó como el crujido de un metal desgarrándose.

Las alas de Ángel se resquebrajaron, rompiéndose en pedazos metálicos que cayeron al suelo como si fueran partes de una vieja armadura.

Jackie y Miranda se detuvieron en seco. Por un instante, creyeron que Callaghan Woods le había destrozado las alas.

Pero cuando la capa metálica desapareció por completo, la verdad se reveló.

—No jodas… ¿eran una armadura? — soltó Jackie, con los ojos como platos.

Bajo la cubierta metálica, las verdaderas alas de Ángel se desplegaron, libres. No eran de metal, sino de algo más orgánico, aunque igual de filosas.

Miranda frunció el ceño.

—¿Pero entonces para qué tenía esa cosa encima? —

Callaghan Woods señaló los restos metálicos en el suelo.

Callaghan Woods bajó un poco la voz, como si la revelación fuera más pesada de lo que parecía.

—Esas armaduras tenían propulsores. Lo ayudaban a volar, porque…—

Todos giraron la mirada hacia Ángel, quien apenas se mantenía en pie.

—Henry me había dicho que Ángel… nunca había aprendido a volar por sí mismo. Yo solo quise despertar su instinto guerrero al perderlo todo. —

—¿Espíritu… guerrero…? —rugió Ángel con furia, mientras Miranda lo sostenía entre sus brazos—. ¡Me mentiste!

Los demás seguían corriendo, pero en ese instante, el tiempo pareció detenerse. Woods sintió el peso de las palabras de Ángel como si fueran balas, cada una perforándolo más profundo. El chico lo miraba con ira, sus ojos plateados brillando con una intensidad aterradora.

—¡Pensé que las perdí y eran mi única conexión con Samantha porque…! —gritó Ángel, su voz quebrada por el dolor y la rabia—. ¡MIS ALAS FUERON LA RAZÓN POR LA QUE SE FUE!

Woods tragó saliva, la tensión ahogándolo.

—¿Cómo le llamas bendición a algo como esto…? —escupió Ángel, cada palabra cargada de veneno—. ¡Estuve sufriendo y llorando por una pendejada que TÚ causaste! ¡Nos secuestraste a Henry y a mí para hacernos soldados…! —Sus alas, afiladas como cuchillas, se tensaron—. ¡Y NOS MANDAS A UNA MISIÓN SUICIDA CON ESE PSICÓPATA!

Sin titubear, Ángel arremetió contra sí mismo. Un golpe seco, un crujido. La sangre brotó violentamente cuando sus alas cortaron lo que quedaba de su propio brazo. Antes de que alguien pudiera reaccionar, lanzó el miembro amputado hacia Woods. El brazo cayó a sus pies con un sonido húmedo, la acusación más brutal.

El silencio fue más ensordecedor que cualquier grito.

El golpe fue más simbólico que físico. Callaghan Woods lo atrapó por reflejo, pero en su mente, todo se desmoronaba.

Ángel, debilitado por el dolor y la pérdida de sangre, se desmayó en los brazos de Miranda.

Todos quedaron en shock.

Jackie reaccionó primero. Corrió desesperado y atrapó el brazo de Ángel antes de que tocara el suelo.

Chaeun Park simplemente se llevó las manos a la cabeza, sin saber qué pensar.

Callaghan Woods…

Woods estaba furioso. Pero al mismo tiempo, sentía un peso en el pecho que no podía ignorar.

Por primera vez en mucho tiempo, no sabía si tenía razón en lo que hacía.

El aire se cortó con un estruendo cuando Park Tae Hyun apareció corriendo al lado de ellos.

Nadie lo notó hasta que su voz burlona y cruel los atravesó como un cuchillo.

“¿Hacia dónde van…? ¿Japón? No se preocupen, yo los mando…”

El tiempo pareció detenerse.

Mierda…

Él estaba ahí.

La razón por la que confiaban.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, su cuerpo se deformó grotescamente, generando múltiples brazos con una fuerza monstruosa.

En un instante, Park los golpeó a todos al frente con una brutalidad indescriptible, estaban en el ángulo perfecto para apuntar a Japón.

El impacto fue tan descomunal que salieron disparados como proyectiles.

El mundo se volvió un borrón de luces y sombras.

En segundos, atravesaron el cielo a una velocidad imposible.

Y entonces…

BOOM.

Cayeron en la costa de Japón.

Pero no se detuvieron ahí.

El golpe los envió rebotando y girando hasta atravesar un edificio en pleno Tokio.

La ciudad se congeló.

Los transeúntes miraban aterrados cómo un grupo de personas caía del cielo como meteoritos, atravesando concreto y acero.

Pero Miranda los abrazó a todos con fuerza.

Su don de durabilidad evitó que Ángel, Chaeun Park y Callaghan Woods murieran en el impacto.

Jackie, en cambio, activó su don en el último segundo.

Con un cálculo preciso, ralentizó el tiempo solo lo suficiente para hacer una maniobra en el aire.

Pero aun así…

Salió disparado a otro edificio.

El polvo se asentó.

El sonido de los vidrios rotos y el concreto desmoronándose quedó suspendido en el aire.

Y en el corazón de Tokio, con una multitud atónita observándolos…

La guerra seguía.

Woods se reincorporó lentamente entre los restos del edificio, aún sacudiendo el marco del impacto brutal. Su cabeza latía como un tambor, su cuerpo entero gritaba de dolor, pero lo primero que hizo fue mirar a su alrededor.

—¿Dónde… mierda estamos…? En qué clase de lío me metí… — dijo Woods murmurando.

Al alzar la vista, sus ojos se enfocaron en los rostros que lo rodeaban. Gente… común… no soldados. No monstruos.

Japoneses

Dharma, ese caos violento que los perseguía y arrasaba corea, por alguna razón, tenia a Japón y a todo el continente asiático, pero no los conquistó, solo se quedó con corea, en esta tierra, todo seguía siendo normal.

Fue entonces que, entre los escombros, una figura se elevó sobre pequeñas rocas que flotaban a su alrededor. Era una persona japonesa, de unos veintitantos, con cabello oscuro y corto, una expresión tranquila, y sin movilidad en las piernas.

A pesar de eso, usaba su don para flotar sobre los restos como si el suelo nunca hubiese sido necesario.

Se acercó a Woods y los demás con su mano extendida, sin miedo.

—(hablando en japones: Daijobu desu ka? Tasuke ga hitsuyo desu ka?) ¿Están bien? ¿Necesitan ayuda? —

Woods se quedó mudo, aún aturdido por todo. Pero en ese momento, Jackie reapareció.

Su cuerpo metálico estaba rasguñado, su ropa polvorienta, pero tenía los ojos bien abiertos y la respiración acelerada.

—¡CORRAN! —dijo Jackie gritando con miedo en la voz.

Todos giraron hacia él al instante. La tensión volvió a caer sobre sus hombros como una losa de concreto.

La guerra aún seguía.

¿Si Park Tae Hyun los mandó ahí de 1 golpe, que le impide llegar también?

Antes de que nadie pudiera reaccionar, un ruido sordo sacudió el suelo.

¡CRASH!

Desde el cielo, como una maldición lanzada por los dioses, Park cayó directamente sobre el joven japones flotante, aplastando su improvisado flotador de rocas y sepultándolo bajo un golpe brutal y seco que resonó como un trueno en toda la calle.

Un silencio abismal lo siguió.

Park Tae Hyun se levantó entre el humo y el polvo, chasqueando la lengua con molestia. Su cabello mojado de sudor y sangre le caía sobre la frente, y con un gesto mecánico y aburrido, se lo echó hacia atrás. La mirada que lanzó al frente no era alguien feliz por la cacería.

Era la de un hombre frustrado.

Cansado.

A punto de perder la paciencia

Pero aun así… entre esa mueca de irritación, se asomaba una pequeña curva en sus labios.

Todavía se estaba divirtiendo.

Solo que ahora… el juego se volvía más personal.

Así que, se le ocurrió una idea.

Park copió la apariencia de Jackie, junto con algunos de sus atributos físicos gracias a la pelea que habían tenido anteriormente. Se giró hacia el grupo y les habló con una sonrisa torcida:

—Haremos las cosas más entretenidas…— dijo Park con un tono oscuro y provocador.

—Pelearan contra ustedes mismos. —

En ese instante, todos en el grupo se detuvieron. Algo… algo extraño se volvió evidente. Algo que había estado ahí todo el tiempo, pero hace sentido con lo que Woods avisó anteriormente:

FLASHBACK

“Eviten todo contacto con las anomalías, o los “Vestigios”, y especialmente lo que vean con un punto MORADO o AZULEJO en alguna parte del cuerpo, me informaron que hay entidades con estos puntos y suelen ser los más devastadores, por ahora solo me dijeron que hay 1”

FIN DEL FLASHBACK

En su rostro copiado, esa mascara de Jackie falsa, había una mezcla grotesca y asquerosa de colores. Azul… morado… y rojo.

Una textura casi liquida, como si su piel fuera una pintura fresca y venenosa.

Era su sangre… o lo que quedaba de ella desde que dejó de ser humano.

Una abominación de tonos entrelazados que se deslizaban apenas bajo su piel deformada. Una muestra clara de que, aunque ahora pudiera verse como Jackie…

Ya no lo era.

Ni por dentro.

Ni por fuera.

Park Tae Hyun, aun con la apariencia de Jackie, se cruzó de brazos en silencio.

Su mirada se paseó entre todos con calma, como si estuviera aburrido del caos que él mismo había generado.

Y entonces, con una sonrisa ladina, soltó:

—Antes de empezar este juego… tienen que encontrar a alguien entre la multitud. Alguien que tenga el don de sanar. Porque si no… su angelito no les va a durar ni cinco minutos. —

Se refería a Ángel, que seguía malherido, vencido, roto.

A pesar del miedo, del temblor en el aire y los escombros esparcidos, un chico japones, visiblemente nervioso, pero con una extraña fusión de carne en sus manos, que sorprendentemente entiende el inglés, emergió de entre la multitud. Con la voz temblorosa dijo apenas audible en japones, mientras extendía las manos sobre el cuerpo destruido de Ángel.

Y milagrosamente, el cuerpo de Ángel empezó a sanar. Cada músculo, cada hueso, cada gota de sangre, incluso su brazo perdido solo se regenero rápidamente desde lo que quedaba de su brazo.

Las alas quebradas crujieron y se enderezaron, la piel se cerró y la fuerza volvió poco a poco.

Y entonces, en un instante, Ángel abrió los ojos. Y lo primero que hizo fue gritar con una furia salvaje, como si su alma ardiera:

—¡¡¡PARK!!! —

Saltó de los brazos de su madre con un estallido de energía, buscando aire como si se hubiera ahogado durante horas. Y Park, aun disfrazado de Jackie… solo sonrió. Satisfecho. Como si al fin el juego estuviera por comenzar.

Miranda, al ver a su hijo levantarse con esa rabia casi inhumana, jaló fuerte del uniforme de Ángel hacia atrás, tratando de girarlo, de frenarlo…

Pero fue como intentar mover una roca viva. Ángel no se movía ni un centímetro, y sus músculos tensos marcaban cada vena como si fueran a explotar.

Park Tae Hyun, aún con la apariencia de Jackie, reía como un niño al ver la escena. Se le notaba la emoción, la diversión pura.

—¡Así, así se hace, eso es! —exclamaba con entusiasmo Park, casi aplaudiendo.

Miranda preocupada, con el corazón en la garganta, trató de hablar con su hijo.

—Ángel… lo que vas a hacer… no hay vuelta atrás. —

Pero Ángel no la escucho. Ni lo intentó. La empujó con facilidad a un lado, con una fuerza que ni parecía suya, no por querer herirla, sino porque ya no había espacio para la calma.

Sus ojos seguían plateados, fijos como cuchillas en Park.

Y entonces, con la voz desgarrada por el rencor, soltó con ira:

—¿¡Creíste que podías acabar conmigo a golpes!? ¡¿Eso era todo tu odio?! ¡¿Eso era TODO!? —

Ángel después de soltar todo eso, al gritar, una gran cantidad de sangre le salió de las entrañas, y solo las escupió, gracias a la sanación, tiene más sangre que nunca, pero, aunque ni siquiera sabe que lo curaron, está demasiado cegado por la ira que no se centrará en algo más.

—Me dejaste hecho mierda… y, aún así, aquí estoy. Cada hueso que rompiste gritaba tu nombre mientras estuve inconsciente. — Ángel prepara sus alas, levantándolas en lo alto de su figura, extendiéndolas, y mostrando un brillo increíble, que no eran ni más ni menos que su filo.

—No necesito perdón. No necesito redención. Solo necesito una cosa… —

—Verte caer. —

—Y esta vez, no me vas a desmayar… vas a suplicar que lo haga yo. —

Miranda, sin rendirse aún, dio un paso más hacia su hijo. Su voz temblaba, no de miedo, sino de desesperación.

—Ángel… escúchame. N-no tienes que hacerlo solo. No así, ¿Que fue de mi pequeño, mi obediente hijo? —

Pero antes de que pudiera siquiera terminar, la voz de Park Tae Hyun explotó en el aire como un trueno:

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA, MALDITA SEA, ¡CALLATE YA VIEJA ZORRA DE MIERDA! —

El grito cortó el aire. Fue violento, fue cruel, y fue suficiente.

Ángel se alteró aún más. Sus ojos brillaron con rabia contenida.

Y aunque dentro de él había una espina clavada de resentimiento hacia su madre, por haberlo entregarlo a ese mundo desquiciado, es voz, ese grito de Park, lo reactivó todo.

Ángel ríe un poco antes de empezar, y empieza a dar pequeños saltos de calentamiento antes de atacar.

—Ahora… ahora si tengo más razones para matarte. —

Y justo en ese momento, amaneció.

El cielo se pintó de naranja y dorado. El sol asomó su luz sobre el horizonte de Tokio, pegando directamente en la espalda de Ángel, mientras el viento levantaba el polvo a su alrededor.

Ahí estaba él. No solo un chico ángel con alas malditas… sino un ser roto, herido, sin libertad.

Pero con una sola convicción:

Usar esas alas, esta vez, para volar directo a la muerte de su enemigo.

Capítulo 20: “Ángel Stone vs Park Tae Hyun”

Sábado, 20 de octubre del 2025, a las 7:48AM, en Tokio, Japón, salió el sol.

Y entonces… sin previo aviso. Ángel fue el primero en moverse.

El golpe inicial sacudió el suelo como un terremoto. Las alas de Ángel cortaron el aire como cuchillas de obsidiana, y el cuerpo de Park respondió al instante. Sus puños de encontraron a medio camino, generando una onda de choque que hizo volar a los autos estacionados y quebrar las ventanas de los rascacielos más cercanos.

Woods, Miranda, Jackie y Chaeun solo observaban.

Ya no podían hacer nada.

Esa era su pelea.

La batalla que nadie más debía interferir, a menos que se tornara mortal, o peor.

Los golpes continuaban.

No parecían humanos, parecían titanes.

Cada choque era una explosión, cada movimiento, una danza violenta entre el caos y la rabia.

Y en medio de ese infierno, Park dejó de jugar.

Abandono la forma de Jackie, esa burla que ahora ya no servía, y volvió a su figura habitual: su piel mutando, su cuerpo moldeado por la batalla, su rostro marcado con ese extraño matiz entre azul, morado y rojo. Una mezcla grotesca que nunca se borraba del todo.

Y entonces sucedió.

Ángel con un tajo limpio, cortó un edificio entero a la mitad. Como si de mantequilla siendo cortada por un cuchillo al rojo vivo se hablara.

La estructura cayó en cámara lenta, los escombros flotando un segundo en el aire antes de caer como lluvia de piedra.

Ángel ni se inmutó. Su rostro seguía frío, decidido, sin emociones.

Park apenas logró esquivarlo, saltando hacia atrás. Acostándose en el aire por un instante mientras su cuerpo se retorcía como humo.

Pero entonces lo entendió. La mirada de Ángel no iba vacía. Estaba apuntando al morado en su cara.

Ese detalle que creía insignificante era su punto débil.

Lo había descubierto, tan rápido…

Y por primera vez, Park no estaba cazando. Lo cazaban a él.

Park por primera vez en toda la pelea, soltó un grito que no era de poder ni de gloria, sino de frustración disfrazada de burla:

—¡¿Puedes parar un segundo?! ¡Dame un respiro al menos! — gritó con esa sonrisa forzada que ya no ocultaba el estrés.

Pero Ángel ni siquiera titubeo

—¿Ahora estas más loco? —

Su voz fue como el hielo. No había emoción, no había compasión.

Jackie, quien había visto a Ángel pelear antes, tragó saliva. No lo podía creer. Ni siquiera el, con su don de ver en cámara lenta, podía seguirles el ritmo a los dos. Era una pelea de adaptación.

Ángel golpeaba preciso, como si supiera exactamente donde hacer daño, aunque aún no había tocado ese punto que marcaba el final.

Hasta que…

Un simple movimiento lo cambio todo.

Ángel, al retirar su mano tras un golpe brutal, rozó con un solo dedo la zona amoratada en la cara de Park.

Y ahí todo se volvió más extraño.

El cuerpo de Park empezó a deformarse grotescamente. No como antes. No como parte de su poder.

Esto era algo distinto.

Su carne tironeaba hacia direcciones opuestas, como si partes de su cuerpo quisieran escapar por si solas.

Un espectáculo horrible, imposible de dejar de ver. Asqueroso… pero extraño. Interesante. Como ver algo prohibido.

Y aunque solo duró unos segundos, Ángel lo vio. Lo entendió.

Mientras Park se recomponía como una masa retorcida de carne y arrogancia, Ángel lo observaba con la mirada más fría del universo.

No había duda.

Ese era el punto débil.

Y no estaba equivocado.

El ambiente se volvió más denso. Las partículas de polvo flotaban como ceniza en un mundo sin tiempo. El golpe accidental de Ángel había desatado más que dolor: desato el miedo.

Park Tae Hyun, con su cuerpo aun deformándose, se giró y reconstruyó rápidamente, como si su carne fuera plastilina viva. Su rostro, por primera vez, no mostraba ni burla, ni placer, sino algo más… precaución.

El punto morado que antes marcaba su mejilla ahora no estaba.

—¿Lo notaron…? —murmuró Jackie a Woods, Miranda y Chaeun, apretando los dientes.

Woods entrecerró los ojos, y dijo:

—Lo movió… el punto débil ahora está en su espalda. —

Park, con el sudor resbalando de su frente, reconstruyéndose en su forma usual “humana”, habló con voz clara, pero tensa:

—¿Y ahora qué, angelito…? ¿Te sientes fuerte porque me tocaste ahí por un accidente? — dijo Park con voz grave y arrogante, también temblando ligeramente.

—¡PUES ADIVINA, BUSCALO! —

Miranda susurró desde atrás, temiendo lo que vendría:

—No… Ángel ya no está peleando por estrategia… está peleando porque ya no quiere seguir respirando el mismo aire que ese monstruo… —

Park giró sobre sí mismo, mostrando la espalda por un segundo como un acto de desafío.

—¡VAMOS! ¡A VER SI PUEDES TOCARME OTRA VEZ, ÁNGEL CAIDO! —

Pero Ángel no respondió con palabras.

Sus alas se movieron con violencia, creando una corriente de viento tan fuerte que las ventanas a 300 metros se quebraron.

Y entonces…

Se lanzó

Ángel no se detenía. Sus alas cortaban el aire, el concreto, la tierra… todo lo que estuviera detrás de Park, quedaba marcado, destruido, dividido.

Y Park, ahora más cauteloso que nunca, no se atrevería a dejar que Ángel se acercara lo suficiente. Se regeneraba, sí. Pero evitaba, siempre evitaba mostrar su espalda.

Era su tesoro sagrado. Su punto morado.

Jackie viendo la intensidad, murmuró con los brazos cruzados:

—Está… peleando como si no tuviese alma. Como si ya nada importara. —

Chaeun, mirando fijó la pelea, frunció el ceño y hablo con dificultad en su inglés torpe para hablar con Jackie.

—Tu… tú dices cosas. Pero tu… tu no viste… su cara. No se detiene… no sabe parar. El… matar o morir. —

Miranda, con los ojos clavados en Ángel, tragó saliva. Dolor y orgullo se peleaban dentro de ella.

—Yo… creí que él era más que solo poder… que aun podía escucharme… —

Woods en cambio, sonrió. Una sonrisa torcida, de esas que esconden más verdades de las que revelan.

—Sabía que ustedes eran la pieza que faltaba. Si no los reunía a todos… esta misión habría sido un suicidio. Pero, bueno, ahora… es una apuesta. O ese chico gana, o el mundo se rompe con Dharma. —

Y allá adelante, los titanes seguían su danza de muerte.

La mañana ya era un hecho. El sol se elevaba en el cielo japonés, y los pocos civiles que no habían escapado todavía corrían despavoridos, tropezando con sus propios miedos. Pero justo cuando el caos parecía dominar, el sonido metálico de botas, hélices y vehículos especiales comenzó a llenar el aire.

Habían llegado ellos:

TRUMAN COMPANY: DHARMA CONTROL

Una organización internacional de contención creada no por gobiernos, sino por el miedo. Por el miedo a las anomalías. A lo incontrolable. A los que ni los ejércitos del mundo podían enfrentar.

Y gracias a un milagro, Japón contaba con ellos.

Su estructura es tan clara como brutal:

NIVEL 1 – “LIMPIADORES”

El primer muro entre el desastre y la normalidad. Estos agentes poseen dones comunes, prácticos, casi aburridos.

Pero en manos entrenadas, pueden ser útiles para “limpiar” zonas urbanas. Fuerza muscular aumentada, telekinesis básica, control de temperatura, sentidos mejorados.

Woods podría haber sido uno de ellos. Pero su mente y estrategia lo elevaron más alto. Aun así, los limpiadores están ahí para contener lo contenible.

Control de multitudes. Derrumbes, desastres de barrio.

Son carne de cañón… pero carne útil.

NIVEL 2 – “LEONES”

Aquí las cosas cambian. Dones más definidos. Más potentes. Más peligrosos. Pero lo que realmente los hace temibles es lo que entrenan hasta la locura para dominar lo que tienen

Un león puede tener un don “débil”. Pero te lo hará tragar como si fuera un misil.

Bomberos que apagan incendios con un solo gesto.

Médicos que pueden manipular internamente células para cerrar heridas sin tocar. Militares que no necesitan armas porque sus ojos ya disparan.

Leones son ORDEN, DISCIPLINA, FUERZA PURA.

NIVEL 3 – “ORCAS”

No hay muchos. Y los que hay… se vuelven leyendas o simplemente no aparecen hasta que la situación sea claramente incontrolable, y nadie sabe exactamente cuántos existen.

Solo se habla de uno, que se presenta solo en situaciones “Especiales”, se llama Víctor Steel o “El hombre de las rocas”, que hacía armas con las manos, que bailaba entre explosiones, que nunca necesitó refuerzos.

Dicen que ellos desaparecieron. O que los encerraron. O que se hacen enemigo del sistema.

Pero si alguna vez una Orca aparece… la tierra tiembla.

Y justo ahora, mientras Park se relamía los labios y Ángel se levantaba entre los restos del edificio, los primeros helicópteros bajaban. Los limpiadores ya estaban en tierra. Y un grupo de Leones caminaba directo hacia el epicentro, con los ojos encendidos.

Y entonces, el momento congeló.

¡CLACK! ¡CLACK! ¡CLACK!

Decenas de armas se alzaron al unísono. Entre el polvo y el sol, láseres rojos cortaban el aire como hilos de muerte.

Los helicópteros zumbaban arriba como avispas nerviosas.

Desde cada ángulo, soldados con trajes especiales apuntaban a los dos combatientes.

Una línea entre el caos y la ejecución.

Dones de fuerza, telequinesis o aceleración muscular para hacer el trabajo de cinco humanos.

Era el mínimo que podían hacer.

Mientras tanto, los Leones estaban todos listos.

Dedo en el gatillo.

Corazón en piedra.

Una voz sonó desde los altavoces integrados en sus cascos.

Era un japonés un poco forzado, pero con un español sorprendentemente claro, gracias a un traductor automático.

—¡Identifíquense inmediatamente! ¡Ambos! Están en una zona restringida. Cualquier acción ofensiva será respondida con fuerza letal —advirtió la voz, metálica y cortante.

Unos pasos más al frente.

Un agente con una visera dorada y un símbolo de león grabado en el pecho avanzó con el arma baja, pero con el tono firme.

—Les daremos cinco segundos. Si no colaboran, dispararemos —dijo sin emoción.

Ángel no dijo nada.

Solo lo miró.

Sin miedo.

Sin respeto.

Sin palabras.

Park soltó una risita desde donde estaba, girando un poco el cuello con ese crujido que parecía de huesos que ya no deberían estar ahí.

—Ohhh… Ahora sí que se puso divertido —dijo con burla, en perfecto español, mientras levantaba las manos como si se estuviera entregando.

Pero el brillo en sus ojos decía todo lo contrario.

—Cinco.

—Cuatro.

—Tres.

Park seguía hablando, con su voz empapada de falsa calma:

—Vamos, no ven lo que está pasando aquí. Él fue el que empezó todo. Yo solo trataba de defenderme. ¡No pueden dispararme! ¡Soy una víctima aquí! —dijo, con desesperación disfrazada de lógica.

Sus manos alzadas temblaban, no por miedo, sino por frustración.

Ya no estaba en Corea. No tenía sus criaturas deformes ni su territorio corrupto.

Aquí estaba solo.

Y por primera vez, se notaba.

—Dos.

—Uno.

—Cero.

¡RATATATATATATA!

Todo tronó.

Los Leones abrieron fuego sin dudar.

Ángel ni parpadeó.

Sus alas se cerraron como una muralla celestial de cuchillas y sombra. Cada bala que tocaba sus plumas explotaba en polvo metálico o quedaba incrustada sin dañar su carne endurecida.

Su piel brillaba con ese tono pálido que sólo aparecía cuando su rabia estaba tan contenida que su cuerpo entero lo protegía por inercia, el don que heredó de su madre, endurecer la piel como diamante.

Las plumas caían lentamente al suelo como hijas negras.

Pero Park no tuvo la misma suerte.

Lo estaban masacrando. Las balas lo perforaban una tras otra, haciéndolo retroceder como títere de trapo, el solo regeneraba, las balas y los dones de los Leones solo lo hacían retroceder, rocas, balas yendo a máxima velocidad gracias a tácticas usadas con dones, y hasta armas de alto calibre usadas como si de un rifle automático se tratara, eran feroces, violentos, letales.

Pero… por mala suerte, por pura mala suerte para Park Tae Hyun, tocaban su punto débil.

Esa área morada, esa herida abierta de su alma, aunque se desplazaba por su cuerpo para protegerse, era alcanzada de vez en cuando.

Y cada impacto ahí… lo descomponía.

Sus extremidades se estiraban sin control.

Su cuello se deformaba, girando como una serpiente. Sus huesos artificiales y extrañamente orgánicos se disolvían por segundos, y se reformaban como barro seco.

—¡YA BASTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! —

Gritó Park, su voz reverberando desde varias bocas al mismo tiempo, que se abrían y cerraban en su cuerpo mutante, y perturbadoramente, algunas de las rocas y escombros le salían bocas y también gritaban, su frustración y desesperación era solo suficiente para inestabilizar el mundo.

Pero TRUMAN COMPANY no paraba. No sabían si Ángel era igual de peligroso, pero Park. Ese ya estaba marcado como anomalía clase roja desde el momento en el que se ve como se debilita.

Y Ángel, aun no se movía. Solo observaba.

Su pecho se inflaba al compás de su respiración, mientras analizaba el caos como si midiera cada decisión con bisturí.

Pero su mirada no era tranquila.

Era el ojo de la tormenta.

El tiroteo se detuvo. No por órdenes, ni por compasión.

Se detuvo porque lo que flotaba frente a ellos ya no era humano.

Donde antes estaba Park, ahora flotaba una esfera amorfa, brillante en ciertas partes, con una piel gelatinosa que latía como si tuviera vida propia.

Ojos, carne, metal, piel, bocas…

Todo mezclado en una forma que parecía salida de una pesadilla.

Tan repulsivo como fascinante.

El silencio se hizo absoluto, y nadie se atrevía a moverse. Ni siquiera Ángel. Estaba firme, con las alas extendidas cubriéndolo como un manto escuro.

Pero sus ojos.

Sus ojos estaban fijos en esa cosa.

—¿Qué demonios es eso…? —murmuró uno de los Leones de TRUMAN COMPANY, apenas audiblemente.

Esto no era normal. Esto no era algo para lo que los prepararon. Una forma que jugaba con los sentidos, diseñada para confundir.

Una visión que te atrapa, te congela.

Y entonces, se movió.

¡CLACK!

Un tentáculo afilado salió disparado desde el cuerpo flotante de Park, cortando de forma limpia la cintura de uno de los generales presentes. Por un segundo, nadie reaccionó.

Primero cayó su torso.

Después sus piernas.

Y finalmente, la sangre comenzó a manar.

En medio de la confusión tan grande en la mente de todos, Ángel fue el único que su ira lo dominaba, y seguía adelante mientras sus ojos sangraban y su mente se podía ver como se movía desde afuera.

Pero Park, en esa forma amorfa y rara, pensó: “Carajo, por la jodida madre, que le pasa a este sujeto, lo subestimé, me pasé, carajo… ¡CARAJO!”

Y en un movimiento rápido e imposible de seguir, Park se deslizó por las sombras de un callejón cercano, desapareciendo.

Silencio otra vez.

Ángel seguía sin decir una palabra, tratando de alcanzarlo, aunque su mente se destroce mientras lo seguía. Con el ceño fruncido, solo observaba la dirección por donde Park huyó. Chaeun, Jackie, Miranda y Woods también estaban en shock, teniendo semejante escena en frente, pero nadie hizo nada, ya que la confusión que generaba en la mente la forma real de Park, simplemente la mente común no la procesaba.

El cielo japonés que antes lucía limpio, ahora parecía mas pesado. Como si algo más estuviera por venir.

Horas después del escape de Park…

Nadie había comido, nadie había dormido. Sus cuerpos seguían de pie, pero el alma. Estaba hecha pedazos.

Jackie estaba sentado junto a Ángel, su respiración aun agitada, el silencio entre ellos hablaba más que cualquier palabra.

Jackie buscaba algo que decir, pero ¿Qué se le dice a alguien que acaba de enfrentar al monstruo más retorcido que ha visto en su vida, y casi pierde la vida con él?

Miranda Stone se encontraba también allí, con el rostro serio, pero el ceño fruncido con preocupación.

Ella sabia que Ángel estaba al límite, no por lo físico, sino por dentro.

Había algo apagado en su mirada.

Ya no era solo el chico con alas… ahora parecía un cambo de batalla con patas.

Woods por su parte, se encontraba más adelante, discutiendo con varios agentes de TRUMAN COMPANY.

—¡Ya les dije que todo estaba bajo control!… Bueno. Lo estuvo hasta que ese hijo de su puta madre mutó en una bola del infierno. ¡¿Qué esperaban que hiciéramos?! ¡¿Un abrazo?! —

Uno de los Leones lo miró serio, pero cansado, japonés, pero usando un traductor a tiempo real integrado en su casco.

—Esto no va a quedar así, Woods. Hay muchos civiles heridos, perdidas millonarias, y no sabemos ni que clase de criatura era esa cosa.

Woods simplemente se pasó la mano por el cabello frustrado:

—Esa cosa se llama Park Tae Hyun. Y si no fuera por estos chicos, tu y tus niveles 2 ya estarían hechos mierda. Así que mejor agradece que seguimos aquí. —

Mientras tanto, Chaeun estaba sola.

Sus dedos temblaban contra el suelo lleno de polvo. Su cabello revuelto pegado al rostro por las lágrimas.

Su cuerpo encogido como si pudiera desaparecer.

El mundo de afuera seguía su curso. Pero el de ella, había dejado de girar.

Entonces empezó a narrar su propia historia de una forma tan melancólica y rota y en coreano:

Hace unos años atrás, antes del desastre de Park Tae Hyun en Corea del Sur, estaba Chaeun.

Una joven independiente que trabajaba todos los días y estudiaba los sábados.

No pedía ayuda. No la ofrecía mucho tampoco.

No por orgullo, sino por costumbre.

Como si la vida le hubiese enseñado que lo más seguro era no molestar a nadie.

Vivía sola en un departamento pequeño en Seúl, con una planta moribunda y una cafetera vieja que solo funcionaba si le rogabas.

Su rutina era sagrada.

Despertar antes que el sol, correr al trabajo, comer lo que encontrara, estudiar hasta que los ojos le ardieran.

Y repetir.

La gente la veía pasar como quien ve una sombra con forma humana.

Educada, tranquila, eficiente.

Pero nadie sabía que, al llegar a casa, se quitaba los zapatos con un suspiro que parecía arrastrar todo el peso del mundo.

Nadie escuchaba cuando hablaba sola frente al espejo:

—No eres débil. No puedes darte el lujo de serlo.

Y entonces sonreía.

Esa sonrisa vacía que uno se pone como uniforme.

Como si pudiera engañar al destino.

Afuera, Corea vibraba con su ritmo artificial.

Pero en su interior, Chaeun ya temblaba por algo que ni siquiera conocía aún.

Pero, realmente… era feliz con su vida.

¿Quién lo diría?

Vivía en un octavo piso, en un grande y dulce apartamento que olía a canela y libros viejos.

Una gran ventana se abría al frente, mostrando al mundo su pequeño paraíso.

Y el mundo, por una vez, parecía devolverle la sonrisa.

Cada mañana, la luz dorada tocaba su rostro como si la eligiera.

Y por las noches, el cielo le contaba secretos mientras le dejaba dormir.

Hasta que llegó aquel día.

Un martes, quizá. O un jueves con disfraz de rutina.

Estaba de servicio, entregando cafés en un Sparkbucks del centro.

Su delantal tenía manchas de leche espumosa y sus ojeras eran parte del uniforme.

Entonces entró él.

Arrogante.

Testarudo.

Con el cabello despeinado como si no creyera en los espejos y unos pasos que decían “háganse a un lado” sin decirlo.

Pero ella…

ella vio más.

Una pizca de bondad, escondida como un rayo de sol entre nubes sucias.

—¿Nombre para el pedido? —preguntó Chaeun sin levantar mucho la mirada, mientras garabateaba en el vaso.

—Jiwon. Jiwon Jae. Y que esté bien caliente, como mi paciencia hoy —respondió el tipo con el ceño fruncido, sacándose los auriculares sin mirarla.

—¿Algo más? ¿Un poco de humildad con caramelo quizás? —dijo Chaeun alzando una ceja, sin borrar la pequeña sonrisa que se le escapó.

Él la miró, como si no esperara ese tipo de respuesta a esa hora de la mañana.

—¿Siempre eres así con los clientes? —preguntó Jiwon, cruzándose de brazos mientras la observaba.

—No. Solo con los que creen que el mundo gira por ellos —respondió con calma, entregándole el ticket—. Ahora… si puedes esperar cinco minutos sin explotar, tu café estará listo.

Jiwon soltó una risa corta, medio incrédulo, medio encantado.

—Tal vez vuelva mañana —dijo con un tono que no quiso sonar amable, pero lo fue igual.

Y se fue a esperar, con las manos en los bolsillos y algo nuevo rondándole la cabeza.

Chaeun lo siguió con la mirada por unos segundos.

Luego suspiró, y se giró para preparar el café.

No sabía qué acababa de pasar.

Pero sí sabía una cosa: esa risa… no era la de un cliente más.

Jiwon solo quería llorar, así que… lo hizo. En memoria de alguien como lo fue Jiwon Jae.

—(en coreano) y ahora… ahora se fue. Y yo no hice nada. Ni siquiera pude despedirme. Ni siquiera pude decirle que… que yo también lo amaba. —

Apretó con fuerza su propio brazo, como si eso detuviera la sensación de vacío.

—¿Por qué? ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué el único que me entendía se tuvo que ir así… como si a una cucaracha hubieran a-aplastado…? —

Mientras tanto, de vuelta al gran problema en el que se metió Woods, casi graciosa quitando de lado todas las tragedias.

Woods estaba en plena discusión con los agentes de TRUMAN COMPANY. El sol ya estaba en alto, pero el ambiente seguía tenso, cargado de polvo, olor a pólvora, y una desesperanza colectiva.

Uno de los agentes nivel 2: León, con su uniforme blindado y casco de comunicación, dio un paso adelante, molesto:

—Esto es una locura, Woods. ¡No teníamos autorización para dejar que esto se nos fuera de las manos! ¡Hay decenas de heridos y estructuras destruidas! ¿Quién va a responder por esto? —

Woods, con la mirada cansada pero desafiante, se cruzó de brazos:

—¡¿Creen que no lo sé?! ¡¿Creen que esto fue parte del plan?! Este bastardo, Park, no era parte del trato… ¡Nos infiltró, nos cazó y casi nos mata! —

Ahí mismo llega Jackie que durante todo el conflicto, fue guardando la laptop que era el objetivo principal, y gracias a que tenían alguien tan rápido y cuidadoso como Jackie.

—Ya tenemos lo que necesitaba que es lo importante. —

El agente golpeó su Tablet contra una caja metálica con rabia:

—¡Que bueno que al final lo conseguiste porque todas estas muertes no serán en vano! ¡Tus informes no mostraban a un enemigo de ese nivel! ¡Dijiste que era una misión para recuperar esa laptop y contener anomalías, no un enfrentamiento con un demonio cósmico que flota y corta generales por la mitad! —

Woods apretó la mandíbula, con voz grave:

—Porque ni yo sabia que ese monstruo estaba ahí. Pero si Ángel no hubiera estado con nosotros, estarían recogiendo cadáveres en bolsas negras ahora mismo a gran escala. ¿O me vas a decir que tus niveles uno y dos podían detenerlo? —

Se hizo un silencio incómodo. Incluso los limpiadores que pasaban con escombros de detuvieron un segundo.

Un comandante, un nivel 3: Orca, se acercó caminando lentamente. Su presencia imponía respeto. Su uniforme era mas reforzado, y sus ojos ocultos tras unos visores brillantes.

—Suficiente. Woods, tu equipo sigue vivo. Eso ya es una hazaña. Pero si quieres que te cubramos, mas vale que empieces a hablar con claridad. ¿Qué es Ángel? ¡Por que ese sujeto “Park” conocía tanto sobre sus movimientos? ¿Y por qué carajos una niña esta llorando en ese edificio como si hubiera perdido a su mundo entero? (refiriéndose a Chaeun) —

Woods se quedó en silencio por unos segundos.

Miró hacia el edificio donde se encontraba Chaeun.

Luego bajó la cabeza.

Y respondió con voz baja.

—Cuando Park Tae Hyun se levantó y regeneró después que ayudáramos a Ángel de una pelea con él, simplemente, lo explotó como si estuviese pisando una cucaracha y toda la sangre volaba donde sea. Es una pena si lo ves desde su perspectiva. —

El comandante honestamente, no le importaba este dato, pero aun así asintió la cabeza (gesto característico en países asiáticos para reverencia, disculpa o entendimiento), miró a los alrededores y dio una orden a los suyos.

—Seguir evacuando. Mantener vigilancia aérea. Y nadie se le acerque a ese tal Ángel, sin que yo lo autorice. —

TRUMAN COMPANY había empezado a entender que esta pelea no era solo de fuerza, sino de traumas, pérdidas. Y monstruos mucho mas humanos de lo que esperaban.

Mientras tanto…

El cielo se teñía de un naranja sucio, como si el mundo estuviera ardiendo lentamente en su propia culpa.

Park corría.

No por hábito. No por entrenamiento. Corría porque sentía a Ángel detrás de cada sombra, de cada esquina, como una amenaza que respiraba a su ritmo.

—No puede estar tan cerca… no puede… —jadeó, doblando una esquina, el corazón golpeándole el pecho con violencia.

Su piel comenzaba a fallar. Sus dedos vibraban con estática interna. Un parpadeo más largo de lo normal y su brazo derecho se distorsionó brevemente: tendones falsos, hueso modelado. Su forma humana colapsaba poco a poco, como si su cuerpo recordara que era mentira.

Fue entonces que escuchó la voz.

—Mira cómo corres, Park —escupió DHARMA, con un tono entre decepcionado y divertido—. Como el perro suelto que siempre fuiste. —

Park tropezó, cayó sobre el asfalto agrietado, pero se levantó con un gruñido entre dientes, con la desesperación de quien huye de sí mismo.

—¡No me sigas! ¡Déjame! —gritó, aunque no estaba hablando con Ángel.

—¿Y así es como me representas? —continuó DHARMA, con esa voz grave que parecía salir desde adentro del cráneo de Park—. La herramienta perfecta… reducida a una sombra jadeante. ¿Qué te hizo ese niño para dejarte tan… patético?

Park se sostuvo de una pared, su brazo izquierdo ya delatando estructuras internas que no eran humanas.

—Él… él no me sigue. Es mi mente. ¡Solo es mi mente! —se dijo, sacudiendo la cabeza, como si pudiera ahuyentar los pensamientos a golpes.

—Tú no piensas, Park. Tú obedeces —dijo DHARMA, ahora más frío—. ¿Creíste que podías desobedecerme y seguir respirando?

Park se giró hacia el vacío, sus ojos desalineados y húmedos.

—No soy tu esclavo. ¡No más! —gritó, mientras caía de rodillas, escupiendo un líquido oscuro que burbujeaba antes de evaporarse.

—No eres mi esclavo… —repitió DHARMA, burlón—. Eres mi propiedad. Mi basura. Mi experimento fracasado. Y aun así… tengo un uso más para ti.

Park temblaba. Su piel se despegaba a trozos. Los datos codificados en su sistema se sobrescribían con emociones que no comprendía. Miedo. Culpa. Odio.

—Yo solo quería escapar… reconstruirme… ser algo… alguien… —susurró, sin fe en sus propias palabras.

—¿Alguien? —rugió DHARMA, con una carcajada hueca—. No tienes idea de lo que eres. ¿Quieres ser “alguien”? Entonces, serás mi mensajero. —

El silencio se quebró en su mente con la fuerza de una sentencia.

—Ahora, te daré otra misión… —dijo DHARMA, como un dios hablándole a su criatura moribunda—. Invade Japón. Luego toda Asia. —

Park alzó la mirada, aún con el cuerpo temblando, su mente al borde del colapso. No podía responder. Solo temblar.

—Tienes mi permiso —continuó DHARMA, como si dictara un decreto divino—. Yo me encargaré de borrar la memoria de todos los países que intenten entender qué está ocurriendo. Manipularé gobiernos, anularé satélites, silenciaré redes. —

La voz se volvió más grave, más oscura, como si se hablara a través del hierro oxidado de todos los recuerdos rotos de Park.

—Porque al final… yo soy tu dios. Soy el dios de todos ustedes. Y tú… —

Una pausa pesada.

—…me obedecerás a como dé lugar… basura. —

Park cerró los ojos.

No por resignación. Sino porque algo dentro de él… se activó.

Algo antiguo. Algo que ni siquiera Ángel conocía.

Su cuerpo dejó de temblar. El miedo, por un segundo, se convirtió en furia contenida.

Y en esa furia, una promesa.

Volvería.

Más fuerte.

Más rápido.

Más monstruoso.

El viento sopló entre las ruinas de su forma humana, y aunque sus pies seguían sucios y ensangrentados, su sombra creció en dirección al norte. Hacia Japón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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